Libro “La estructura de Isozaki Atea”.

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Pasó desapercibido en su momento. Dudo que se llegara a distribuir por librerías. Da la impresión de que fue publicado con la idea de que su editor, Ibaibide-Vizcaína de Edificaciones S.A., lo utilizara como regalo corporativo para sus clientes y, por supuesto, como manifestación del orgullo que le producía haber sido promotor de una obra singular. Sea como fuere, yo no me enteré de la existencia de este libro y eso que se presentó a todo ringorrango en el Hotel Dómine el 6 de abril de 2006 con apertura del acto a cargo del alcalde Azkuna. Hace un mes tuve la fortuna de encontrarlo en una librería anticuaria de Bilbao; para mi fue la primera noticia de su existencia. En diez largos años nadie me habló de él; seguramente, culpa mía.

Sin embargo, el libro es un caso magnífico de publicación centrada en el proceso de construcción de un edificio, Isozaki Atea, eso sí, un edificio poco convencional y de autor reconocido, Arata Isozaki & Associates, en colaboración para este caso con I. Aurrekoetxea & Bazkideak y con Brufau, Obiol, Moya & Ass. S.L., como consultoría de estructuras y dirección de obras. En concreto, el libro no atiende al edificio una vez éste estuvo concluido, sino que se refiere tan sólo a la estructura del mismo, a su esqueleto de acero y hormigón. De hecho, en el libro no hay ni una sola imagen de los espacios interiores reales, porque aun no existían cuando se publicó, aunque sí muestra representación simulada de lo que esos espacios serían en el futuro. El libro, por tanto, quiso poner en valor solamente su estructura portante.

¿Por qué centrarse sólo en esa cuestión, desestimando otro libro en que la estructura estuviera contemplada en un capítulo, pero en el que los demás capítulos atendieran a otras cuestiones tectónicas y visuales? Por las peculiaridades con las que se tuvo que trabajar. Las explicaré, pero adelanto una de ellas: la estructura tal cual, acabada y despojada de adherencias y andamiajes estuvo a la vista durante muy poco tiempo; la estructura se acabó, se vio y de inmediato se empezó a ocultar con cierres y fachadas de cristal o ladrillo. Ese momento de visibilidad despejada y entera, en el que el soporte interno del edificio se manifestó entero tal cual, ese instante breve para la observación fugaz fue -puedo imaginarlo- de gran emoción y satisfacción para sus autores. En pocas semanas aquella limpieza estructural quedaría enmascarada y ya nadie la volvería a tener en cuenta. Para dejar testimonio de ese peculiar momento efímero de orgullo profesional, Ibaibide-Vizcaína de Edificaciones S.A. decidió que un libro era la mejor manera de perpetuarlo. Muy bien y acertado. Hubiera sido espléndido que el Museo Guggenheim Bilbao hubiera hecho lo mismo con la maravillosa estructura que lo sostiene. Muchos bilbaínos escépticos con el museo cambiaron de opinión cuando vieron aquella alucinante estructura de acero y se apenaron cuando se empezó a ocultar.

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Sin alardes despampanantes, pero muy buena hechura, el libro expone las dificultades que los promotores tuvieron que vencer para retomar una obra que tuvo un inicio frustrado tiempo atrás -finales de los 80- para otro proyecto. Abandonado el solar durante años, se dio inicio a una obra nueva con un planteamiento completamente distinto, pero aprovechando buena parte de las estructuras levantadas por el fallido proyecto anterior. Además de esto, el libro explica con abundantes planos, dibujos, infografías y fotografías el proceso de construcción de ese par de torres gemelas que desde hace ya más de una década se presenta como puerta de arranque para la calle Ercilla o como marco para la visualización de un fragmento de Artxanda, dependiendo desde donde se mire.

Recordemos que el Depósito Franco era el edificio que existía en el solar ahora ocupado por Isozaki Atea, un edificio histórico diseñado por Gregorio de Ibarreche en 1917, que vivió episodios trascendentales en nuestra historia, no sólo por el papel desempeñado en el puerto interior de Bilbao durante los años del esplendor de entreguerras, sino porque durante la guerra civil funcionó como almacén custodio de centenares de obras de arte, pertenecientes a colecciones públicas y privadas, consideradas en riesgo de ser dañadas o robadas por las acciones del ejército franquista.

El hecho es que a finales de los 80 o principios de los 90 se autorizó el derribo de su interior, preservando fachadas y la crujía perimetral (las instrucciones para la Alhóndiga de Gorordo-Oteiza eran de idéntica aplicación aquí). La empresa SIDECO, propiedad del promotor Miguel Escudero, se hizo con la oportunidad de intervenir en el edificio histórico y empezó a hacerlo con la colaboración de Fermín López como consultor inmobiliario y autor del plan de viabilidad para el proyecto: derribó el interior, excavó 15 metros en el subsuelo, empezó a construir en ese hueco una estructura de cinco plantas de acuerdo al plan arquitectónico que tenía…, pero la gestión no fue todo lo correcta que debía ser (al parecer, hubo fraude del IVA y también venta fraudulenta de solares a RENFE) y el asunto se frustró. Escudero, residente en Londres, fue encarcelado, la obra parada y la promotora, finalmente, quebró, quedando el asunto parado durante una década: un edificio histórico parcialmente demolido, una obra comenzada en su estructura subterránea y un enorme hueco en el resto del solar. Durante mucho tiempo ese negro agujero del Depósito Franco fue un pesado lastre en el espíritu de recuperación de los bilbaínos. El primer supuesto gran paso dado por la iniciativa privada para renovar la ciudad acabó en fiasco.

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Aunque ya han pasado bastantes años desde su finalización y nos hemos acostumbrado a verla ahí, merece la pena recordar que esta obra supuso varios hitos memorables: 90.000 m2 de superficie construida en el corazón de Bilbao; dos torres de 82 metros de altura; otros 5 edificios más pequeños; una zona peatonal con una escalinata de 35 metros de anchura; 22 pisos con 317 viviendas, comercios, oficinas; 783 plazas de aparcamiento y zonas públicas; el uso de una novedosa estructura de losas de hormigón armado y pilares de acero, para agilizar el proceso de construcción; el tiempo de instalación de la estructura: 11 meses; 1.800 toneladas de acero estructural en perfiles laminados en caliente. Una intervención a gran escala, sin duda.

La instalación de la estructura mixta de hormigón y acero tardó 11 meses en ser completada. Fue posible levantar un piso (800 m2 de superficie) por semana, gracias a dos factores: (1) se utilizó un armazón especial que aceleró el tiempo necesario para construir cada losa y (2) el uso de pilares de acero de 10,5 metros de largo. La unión entre el pilar y el forjado se realizó con una simple placa del capitel y con bridas de montaje que fueron fijados al pilar durante la fabricación. El montaje de la estructura llevó poco tiempo y la rápida instalación de los pilares liberó la grúa para otros trabajos. Una vez montados los pilares, la unión final pudo ser completada por soldadura. Estos dos factores ayudaron a lograr el nivel necesario de industrialización y prefabricación, que exige menos trabajo en obra y hace que la construcción del edificio resulte mucho más rápida.

Hubo dos obras, de hecho, en el Depósito Franco. La primera, la que formaba parte de una estructura pre-existente con cinco plantas subterráneas, tres de las cuales se conservaron destinadas a aparcamiento, más la nueva estructura que se construyó encima de la anterior, creando dos estructuras de tipologías diferentes, con el resultado de que no encajaban las distribuciones de pilares. Para conectar las dos estructuras se utilizó una losa de hormigón pretensada junto con el refuerzo de los pilares y de las cimentaciones. Por esta razón, la ligereza fue un requisito básico y la estructura de acero ayudó a lograr el peso mínimo requerido para evitar la sobrecarga de la sub-estructura. La segunda obra, próxima al Depósito Franco, en parte sobre un solar colindante y una antigua calle, donde se construyeron las torres y la escalinata.  Cada una de las dos obras respondían en sus arranques a complejidades diferentes.

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Diagrama de la losa postesada.

Centrándonos en el libro, se agradece el orden claro que lo estructura. Una introducción amplia en la que los diversos responsables de la obra exponen cuáles fueron las mayores dificultades a las que se enfrentaron desde sus respectivas responsabilidades: Juan Luis Pereira, Director General de Ibaibide, Eduardo Galnares, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Iñaki Aurrekoetxea y Arata Isozaki, ofreciendo el concepto urbanístico-arquitectónico del conjunto, Roberto Brufau, arquitecto, detallando el papel de la estructura en la arquitectura en general, y Diego Martín, arquitecto, que explica el planteamiento de la estructura concreta en Isozaki Atea.

El primer capítulo se ocupa de describir la estructura y la metodología de cálculo, empezando por mencionar los derribos que se realizaron -derribos mucho más generosos o tolerantes que los autorizados al promotor anterior, ya que, además de partes de su fracasado proyecto, se autorizó la demolición de la crujía perimetral y de secciones importantes de las fachadas; lo que desde mi punto de vista no se debería haber permitido-, el recálculo de todos los elementos conservados para poder efectuar los refuerzos oportunos, la cimentación exterior al Depósito Franco, la elaboración de la losa postesada, la acometida de los niveles de planta comercial y de viviendas, la estructura de las dos torres y el cálculo de tres puentes, uno hacia el Zubizuri y dos por encima de la calle Uribitarte. Todos estos  epígrafes están escritos por Diego Martín, excepto el de la losa postesada que se debe a Guillem Baraut, Ingeniero de CCyP. Los forjados de losa postesa o forjados postensados son forjados que han sido elaborados mediante la técnica de tesar cables de acero (armadura activa), después del fraguado del hormigón y cuando éste ha alcanzado una resistencia suficiente para soportar las tensiones provocadas por dicho tesado. Se requieren hormigones y aceros de alta resistencia. Como consecuencia del trazado curvo de los tendones también aparecen fuerzas de desviación que pueden llegar a equilibrar el peso propio de la estructura, las cargas muertas e incluso parte de las sobrecargas. Este tipo de losas se utilizan en estructuras de edificios en altura, estructuras por debajo de la cota de rasante, cimentaciones por losa, parkings, puentes, depósitos, estructuras de edificaciones industriales, etc.

El segundo capítulo se refiere a la puesta en obra con abundantes detalles sobre la sistematización de los procesos constructivos, la ejecución del postesado en obra, vigas y losa, y la consolidación de fachadas existentes y puentes. Unos breves apuntes sobre arquitectura constituyen el tercer capítulo; el cuarto nos informa sobre la relación de colaboradores que constituyeron el equipo técnico de la obra, y el quinto y último nos regala un glosario con términos constructivos utilizados a lo largo del libro. El diseño y maquetación del volumen corrió a cargo de Eñutt Comunicación S.L.

Desde mi punto de vista, una interesantísima aportación cultural a la arquitectura de esta ciudad, por el edificio, sí, claro, pero también por este libro.

 

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Muestras de ladrillo caravista para fachada.

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