Xabier Unzurrunzaga y la nostalgia.

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En la pequeña sala de exposiciones de la Delegación en Bizkaia del COAVN se presenta desde el pasado 4 de septiembre y hasta el próximo 6 de octubre una exposición adscrita al arquitecto Xabier Unzurrunzaga (Zarautz, 1937; título: Barcelona, 1964). Causa cierta perplejidad su visita, no tanto por la habitual escasez y pobreza de materiales que la acompaña (ya hemos hablado sobre este asunto en una entrada anterior), y que en este caso se limita a seis paneles -tipo banderola vertical- en los que se incluyen reproducciones de fotografías y dibujos más unas breves explicaciones referidas a cinco proyectos de arquitectura. No es tanto por eso el asombro como por el hecho de que tales proyectos no pertenecen a la exclusiva autoría del titular de la exposición, sino del equipo en el que Unzurrunzaga estuvo integrado junto con Javier Marquet y Luis Mª Zulaica entre 1964 y 1971.

En la larga trayectoria de Unzurrunzaga -50 años- hay otros proyectos firmados únicamente por él. Por ello, llama la atención que la elección para esta muestra vinculada a su nombre incluya sólo trabajos que, en realidad, fueron realizados junto con otros colegas, en pie de igualdad. Por lo menos, en el título-encabezamiento de cada banderola sí se menciona a quienes fueron sus dos socios. Más tarde, entre 1972 y 1978 Unzurrunzaga formó el Estudio SEISS junto con otros cinco colegas (Ángel de la Hoz, Francisco de León, Alberto Zabala, Javier Zubiría y Eduardo Ruiz). Después actuó como Director de Vivienda dentro del Gobierno Vasco (1978-86) y finalmente gestionó su estudio independiente durante el periodo 1987-2014, si bien casi siempre actuó asociado con diferentes colegas para según qué proyectos. Su actividad docente en la ETSA de Donostia ha corrido en paralelo a los otros frentes profesionales.

Los proyectos descritos por esta exposición fueron realizados en diferentes localizaciones de Gipuzkoa entre 1967 y 1969, tres años durante los que se firmaron realizaciones de enorme interés por parte de arquitectos que -como él/ellos- eran jóvenes entonces. Estas cinco piezas son las siguientes: Santo Tomás Lizeoa (Donostia, 1967), un claro caso aalvaraltiano por la adaptación a la topografía y el paisaje; las escuelas de Deba (Deba, 1968), construidas en 1970 y derribadas en 1995 tras 25 años de vida útil, lo que nos habla acerca de la poco comprensible obsolescencia de la arquitectura de nuestro tiempo; el edificio Urumea (Donostia, 1968, con la colaboración de Rafael Moneo), de texturada, rítmica y carnosa corporeidad orientada al río; el bloque de viviendas Elizaldea (Usurbil, 1969), penetrable,  perimetralmente paseable,  respetuoso con su monumental vecino; y las viviendas Altamira (Ordizia, 1969), de singular formalización definida por maclas y retranqueos, ganadoras del Premio Aizpurúa en 1969.

En febrero de 2016 se presentó en la ETSA de la EHU/UPV un libro y una exposición sobre la obra de Unzurrunzaga. Sus comisarios fueron Jonathan Chanca y María Izeta, ambos arquitectos. Abarcaba cincuenta proyectos de toda su trayectoria y estos seis paneles de Bilbao son un extracto parcial de aquella, habiéndose preferido la explicación concreta de un característico momento creativo antes que una leve exposición genérica de su trayectoria sin profundizar en nada en particular (otra parte de aquella misma exposición fue presentada en Arrasate Kulturate el pasado mayo, centrándose el tema entonces en la transformación urbana de Mondragón entre 1970 y 1990, bajo su dirección técnica). Las limitaciones espaciales del COAVN bizkaino no han permitido una selección más amplia de paneles, tan sólo seis.

Los años 1967 a 1969 fueron de una enorme efervescencia cultural en Euskadi, particularmente en Gipuzkoa, de modo que estos edificios forman parte indisoluble de aquel excepcional momento: unificación de la lengua vasca, terminación de la fachada de la basílica de Aránzazu, el activismo disperso de Oteiza, las canciones de Ez Dok Amairu, el arte visual de los integrantes del grupo Gaur, la escuela artística de Deba, el tutelaje y ejemplo de Peña Ganchegui… El propio arquitecto reconoce que aquellos fueron unos momentos excepcionales por la ilusión y el aire nuevo que empujaba a la sociedad vasca hacia un escenario de convivencia diferente del que se venía viviendo.

Fueron muchos los retos que se abrían ante la generación de arquitectos que empezó sus tareas profesionales a mediados de los años 60. Sobre esa generación escribí hace algún tiempo que “el esfuerzo intelectual desplegado en este empeño fue, en algunos casos, impresionante, el entusiasmo puesto en marcha era casi incendiario, como requería seguramente la autoconstrucción de una nueva fe (nueva aquí, pero vieja en algunos lugares de Europa) en el positivo poder social y estético de la arquitectura moderna. De cualquier manera, a veinticinco años vista (hoy ya son cincuenta), la tarea aparece coronada por una cierta aureola de fracaso. Rodeada por la lamentable suburbialización de las ciudades y pueblos del País Vasco (…), queda la aventura de unos pocos profesionales que investigaron, ensayaron, filosofaron, publicaron libros y revistas, debatieron entre si como nunca se hizo hasta entonces, para terminar entre desengañados y abatidos en la década siguiente”. Unzurrunzaga fue uno de aquellos pocos arquitectos. De casta le venía el empuje al galgo: su padre fue uno de los fundadores de la editorial Itxaropena y publicó, entre muchas otras obras, el Quosque tándem…! de Oteiza, con todo lo bueno y toda la confusión que ello supuso.

Estamos ante un arquitecto poliédrico que ha dejado su huella en la edificación, el urbanismo, la gestión pública, la docencia… Durante muchos años parecía estar en todas partes y lidió con lo que te tocó, cumpliendo lo mejor que supo hacer. Al principio con presupuestos ridículos para viviendas obreras destinadas a las oleadas de emigrantes que llegaron a Euskadi, viviendas modestas, proyectos sencillos, obras que, sin motivo para el arrepentimiento, Unzurrunzaga hoy aún defiende por la libertad y honestidad con las que pudieron llevarse a cabo a pesar de las limitaciones, porque los promotores privados y los políticos respetaban al profesional, asunto que en su opinión hoy ya no existe debido a la pérdida de conciencia sobre lo que debe hacerse desde la responsabilidad de cada uno. Demasiadas cosas vinieron después, entre las cuales quizás la principal fue la preocupación por salvar los cascos medievales de las villas vascas (Mondragón, Tolosa…). Al final, llegaron muchas VPO y las complicadas relaciones con promotores corporativos, como Sacyr Vallehermoso y Altuna y Uría SA, que le auditaban los proyectos, le tasaban el coste límite por vivienda construida y fijaban sus honorarios o se los discutían: la abrasadora gestión que quema la creatividad y asfixia la libertad.

El desengaño y el abatimiento parecen haber tardado en llegar a él, seguramente porque participar en la puesta en marcha del Gobierno Vasco y la Escuela de Arquitectura le aportaron bríos renovados, pero hoy su visión de la arquitectura tiene visos apocalípticos. El profesional -asegura- carece de independencia, le es imposible trabajar, se encuentra constreñido por todas partes. Las ingenierías le comen un terreno que considera suyo (prolongando el debate iniciado con los ingenieros en el siglo XIX), los arquitectos municipales actúan como policías, blandiendo con estrechez reglamentos y normativas, y los partidos políticos no tienen quien les asesore con cordura: nadie en ellos tiene nada. ¡C’est la ténèbre! Es lógico que, viendo el panorama así, sienta una poderosa nostalgia por los años 60, los de su juventud, el respeto profesional y la libertad creativa.

Reconoce el papel importante que desempeñaron los arquitectos del franquismo. Tiene palabras de admiración y respeto para Txomin Unanue, Pedro Bidagor, Pedro Muguruza…, excelentes arquitectos cuya obra reivindica, aunque él -como tantos de su generación- bebió en las fuentes de Alvar Aalto, Le Corbusier, Mies van der Rohe…

Lo digo en broma, pero Unzurrunzaga parece mantener una relación complicada con Bilbao. Se autoproclama (también en broma) hacedor del Parque de Txurdinaga, obra de Manuel Salinas, porque logró se desplazaran unos bloques de viviendas -que la normativa urbanística permitía en ese lugar- gracias a la intervención del lehendakari Garaikoetxea, incitado por él, ante el ayuntamiento bilbaíno. No le gustan los arquitectos galácticos. Asegura que la crisis ha parado muchos disparates, como el plan de Zaha Hadid para Zorrotzaurre. Piensa que los políticos contratan arquitectos galácticos porque estos plantean proyectos siderales con edificabilidades desmesuradas de rentabilidad enorme, que quedan amparadas por el escudo del Premio Pritzker, ya que ¿quién le discute a un Pritzker lo que ha dibujado?, y en esto el zarauztarra tiene razón: debido a ese motivo los traen, no porque no existan cualificados profesionales locales. Por supuesto, estuvo en contra del proyecto del Museo Guggenheim Bilbao, pero quedó convencido cuando vio el edificio, como si el proyecto del museo se limitara sólo a su arquitectura. Le parece que este museo es lo único que ha salido bien en Bilbao, y defiende como “medio-galáctico” a Rafael Moneo, por su estupenda relación calidad/precio gracias a un estudio pequeño dirigido en persona por él. Norman Foster con un estudio monstruoso de mil personas se limita a firmar los proyectos que elabora la empresa-estudio que lleva su nombre, pero que en realidad es propiedad de una corporación de seguros. Y así…, empieza y no para.

Dueño de un largo anecdotario, poco dado a sofisticaciones teóricas, bueno para la conversación y las relaciones públicas, Xabier Unzurrunzaga ha sido un arquitecto muy presente en el País Vasco durante la segunda mitad del siglo XX; figura no, pero sí corredor de fondo. Cuando dentro de unos siglos, como en la canción de Mikel Laboa, un observador se pregunte “¿nork eraiki zuen?” un edificio destacable sobre los demás alrededor, alguien seguramente responderá “Hori Unzurrunzagak egin zuen”.

Zenbat historia, hainbat galdera. Historiak bezainbat galdera. Zenbat historia! Zenbat galdera! (de la canción de Mikel Laboa Langile baten galderak liburu baten aurrean, traduciendo un poema de Bertold Brecht). Le podremos escuchar en una conferencia que pronunciará en el salón de actos del COAVN, en Bilbao, el próximo 2 de octubre, lunes, a las 19:00 horas.

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Edificio Urumea (Donostia, 1968).

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