/ Javier González de Durana /
La existencia de edificios con aspecto -más o menos logrado- de barcos es frecuente en zonas costeras y fluviales de muchas ciudades por todo el mundo. La cercanía de las aguas, marinas o fluviales, justifica el que, a modo de guiño ambientalista, algunas construcciones situadas junto a sus orillas simulen ser naves. Se supone que es un modo sencillo y directo de encajar una nueva construcción en un lugar caracterizado por la proximidad de aguas sobre las que circulan -o circularon en un tiempo pasado- barcos de mayor o menor envergadura.
Hoy en día un edificio que se asemeje en algo a una nave náutica sólo es un capricho del diseñador o una estrategia de marketing, pero hubo un tiempo en que el parecido de una casa a un barco ponía en evidencia la firme y clara voluntad de modernidad por parte tanto del arquitecto como del promotor.
En los orígenes de la época moderna, algunos analistas y teóricos de la arquitectura se percibieron de la racionalidad con la que se diseñaban barcos frente a la reiteración falsaria de los estilos históricos que abundaba en arquitectura. Así, Viollet-le-Duc en sus Entretiens sur l’Architecture (1863) decía que “los arquitectos navales y los ingenieros mecánicos cuando hacen un barco o una locomotora no investigan las formas de los barcos del tiempo de Luis XIV o las de una diligencia, sino que obedecen ciegamente las nuevas bases dadas y producen obras de estilo y carácter propios, en el sentido de que todos puedan ver que indican un fin totalmente preciso”. De igual modo se reiteraron en tal opinión otros muchos sin lograr que se mirara la arquitectura naval como una cantera de ideas y aprender de ellas.
El asunto alcanzó solidez a partir del momento en que Le Corbusier resaltó en su Vers une architecture (1924) que “ingenieros anónimos, mecánicos metidos entre la grasa y el hierro de la fragua, han construido esas casas formidables que son los paquebotes. Nosotros, habitantes de tierra firme, carecemos de los medios de valoración y sería una suerte que para que aprendiéramos a descubrirnos ante las obras de la ‘regeneración’, se nos brindase la oportunidad de recorrer los kilómetros que representa la visita a un paquebote”. Para demostrar visualmente la ventaja del diseño de los barcos frente al de los edificios de aquel momento, ilustrando su reflexión y señalando el camino a seguir, Le Corbusier publicó en aquel influyente texto algunas fotografías de barcos tomadas de folletos confeccionados por agencias de viaje al tiempo que declaraba: “El paquebote es la primera etapa en la realización de un mundo organizado de acuerdo con el espíritu nuevo”.
Los artífices del Movimiento Moderno vieron en el barco un símbolo de los caminos renovadores por los que debía introducirse la arquitectura. Su fuerte iconicidad, el carácter emblemático, diáfano, inmaculado, saludable… fue defendido por “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz” y valorado por la precisión en el ensamblaje de los elementos constructivos, exhibidos al exterior sin reparo alguno ni ocultamientos, y la funcionalidad del espacio, dónde nada está de más y nada se echa de menos.

En Bilbao tenemos varios ejemplos de arquitectura influida, más o menos, por lo náutico. Sin estar afectado por las teorías de Le Corbusier, el Mercado de la Ribera, de Pedro Ispizua (1927-30) es el caso más antiguo. La forma alargada del mercado vino propiciada por el solar disponible y, aunque estilísticamente responde al ‘art-decó’ previo al racionalismo, no deja de ser cierto que, al estar al borde de la ría una de sus largas fachadas, parece como si se tratara de un palacio flotante atracado al muelle, un riverboat del Misisipi que por alguna extraña razón hubiera venido a encallar en esta ribera del Nervión.

- Foto de Karen Amaia.
El edificio levantado en Ripa 6 por Tomás Bilbao (1931) fue el primero que atendió a las indicaciones de Le Corbusier, Las líneas puras, el predominante color blanco, el uso de barandillas de tubo para balcones y ventanas y, sobre todo, la coronación en forma de castillo de proa establecía evidentes vínculos con las embarcaciones que atracaban en los cercanos muelles del Arenal.

Foto de Karen Amaia.
Después de la guerra, en momentos durante los que las teorías racionalistas no estaban tan en boga, Manuel I. Galíndez y José Mª Chapa llevaron a cabo un espléndido ejercicio de evocación marinera para la Naviera Aznar (1943-48) en la Plaza de Venezuela. Las citas a lo naval tenían aquí un sentido mayor al tratarse de la sede de una empresa propietaria de buques y estar ubicada a orillas de la ría. Sin renunciar al dominante carácter de palazzo, la esquina opuesta a la fachada principal es donde se concentran esas referencias.
Fuera de Bilbao, la más emblemática de todas las actuaciones históricas realizadas en el País Vasco fue, sin duda alguna, la desplegada en el Club Náutico de San Sebastián por José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen (1928-29). Se trata de un caso paradigmático que aparece mencionado en todos los manuales de arquitectura. Las instrucciones de Le Corbusier fueron seguidas aquí literalmente.


En tiempos más recientes no han faltado aproximaciones al tema, pero alejadas del mimetismo estricto. Por ejemplo, el Palacio Euskalduna, de Bilbao, diseñado por Federico Soriano y Dolores Palacios (1995-99), remite en su fachada orientada a la ría a un astillero en el que un barco se halla en proceso de construcción. De nuevo, aquí la referencia tiene doble intención: estar en la orilla y ocupar el solar de los antiguos Astilleros de Euskalduna.
En unos meses se concluirá el edificio denominado Museoalde que se está levantando en la Alameda de Mazarredo 22, donde estaba el antiguo edificio del IFAS, cerca del arranque de la calle Heros. La estructura ya está completamente acabada y se ha dado a conocer el aspecto final que mostrará. También aquí las referencias náuticas se presentan, por parte de los promotores, como una característica formal relevante: “Al norte el edificio se convierte en una enorme vela sobre la ría, la de una embarcación atracada en un muelle privilegiado”, “con la proa hacia el Museo Guggenheim”, etc.
Lo primero que debe decirse respecto a este edificio es que resulta muy complicado saber quiénes son sus autores. Mientras que en otras edificaciones de viviendas próximas se airea el nombre de su diseñador (Izosaki, Ferrater, Peña Ganchegui, Krier…), en este caso parece haber unanimidad en que tal dato no resulta importante. Unos nombres “venden” y otros, al parecer, no. A falta de autoría de ringorrango, el proyecto enfatiza otros valores: el estar cerca del museo, sobre los espacios libres ribereños a la ría…, y, por supuesto, la calidad de los materiales, el cuidado en los detalles, la espacialidad de las viviendas… Las alusiones a lo náutico aquí son más argumentos de venta que formales.
Museoalde, hotel y viviendas, está promovido por una UTE integrada por Eslora Proyectos y Jaureguizar, y diseñado por el estudio bilbaíno Agvar Arquitectos más la colaboración de Axis Arquitectura y Urbanismo, de Madrid, esto es, equipos amplios de profesionales en los que no importa la falta de un nombre estrella porque su solidez se basa en el conjunto. Agvar Arquitectos tienen una amplia trayectoria de trabajos y proyectos a lo largo de los municipios de la ría, en San Sebastián y en Burdeos, donde también tiene sede.
Museoalde parece querer acercarse a algunas de las mejores lecciones de Galíndez y Chapa en la Naviera Aznar, principalmente a la idea de fachada curva orientada hacia la ría, siguiendo el curso de esta, y a la del remate final como proa. Sea porque vivimos tiempos tecnológicos muy diferentes a los años 40 o sea porque el mercado presiona para extraer del suelo urbano el máximo beneficio, el hecho es que el resultado será diferente. Frente al orden, la armonía y la contenida discreción de la Naviera los logros formales de Museoalde parecen algo exagerados, un punto arrogantes e invasivos, resultando el conjunto como una suma de fragmentos de diferentes características, texturas y diseño. Da igual que esas diferencias deriven de las distintas funciones que albergan (garajes, hotel y viviendas), el resultado es falta de unidad.
Tiene la ventaja de que, al situarse en zona de espacios muy abiertos, sobre todo desde el paseo de Uribitarte, la construcción no resultará visualmente pesada. Bien al contrario, ofrecerá un perfil de potente iconicidad, aunque la colindancia con el edificio adyacente (Mazarredo 20) resulte un tanto descosida y que para lograr esa potencia haya sido necesario que el Consejo Asesor de Planeamiento de Bilbao diera el visto bueno a la modificación del Plan Especial del solar de IFAS, al permitir combinar los usos residencial y equipamental, y al autorizar un volumen que no se permitió en su día a los edificios colindantes de la manzana, todos ellos sujetos a unas alturas obligatorias para conseguir un bloque de cornisas unificadas y coherentes. La página web museoalde.com dice que “el Plan Especial respeta las edificabilidades autorizadas por la regulación actual” al tiempo que “se modifica el perfil, acentuando el carácter singular de la proa que conforma este solar”. No se comprende bien ese respeto que, sin embargo, modifica a conveniencia un perfil que no estaba previsto fuera así y permite ganar edificabilidad.
Una percepción distinta es la que se tendrá por la cara del Ensanche, hacia Mazarredo y Heros, con catorce pisos sobre el nivel de las calles. Sobre todo, en Heros se produce una triste pérdida, la de la visión del monte Artxanda al quedar oculto tras la altiva proa. Nos dice la promoción de Museoalde que su edificio “se asoma curioso a la calle Heros”. Ya.
Pues, la verdad, ya podía haber renunciado a esa curiosidad para que las laderas del monte hubieran continuado a la vista de todos.




