El nombre sobrevive a la fábrica

A Javi Barrio.

El rótulo de PEREDA que permanece sobre la fachada de esta antigua fábrica de muebles en Balmaseda tiene hoy un interés muy distinto del que tuvo cuando fue instalado. Entonces debía identificar una empresa y hacerse visible desde la carretera que pasa a su lado; desaparecida la actividad, ha quedado convertido en una pieza de memoria industrial. La empresa se sitúa en una tradición bastante más antigua: en 1934 ya existía en Balmaseda una fábrica de muebles a nombre de Carlos Pereda, mientras que la sociedad Muebles Pereda Hermanos aparece después en el paseo de La Magdalena, donde en la actualidad continúan sus restos.

El letrero posee una fuerza gráfica considerable. Las cinco letras forman una sola figura sobre la fachada y construida mediante una tipografía gruesa, geométrica y muy singular. La figura tiene un desarrollo diagonal y las letras están escalonadas y montadas cada una un poco por encima de la siguiente, con la idea de transmitir profundidad. Las curvas rotundas de la P, la R y la D contrastan con los escalonamientos rectos de la E y con la terminación triangular de la A. El resultado está a medio camino entre escritura y logotipo: PEREDA no sólo se lee como nombre, sino que se reconoce como forma. El blanco de las letras, delimitado por un fino borde rojo, destaca con extraordinaria eficacia sobre la cuadrícula azul grisácea del revestimiento. Debajo, la palabra MOBILIARIO, menor, espaciada y oscura, es informativa sin más.

Pero el interés del conjunto aumenta al verlo a distancia. La nave posee una arquitectura industrial sencilla, casi anónima: una larga fachada modular, revestida mediante pequeñas placas cuadradas y ritmada por finos montantes verticales rojos. En el centro, un cuerpo ligeramente elevado y delimitado en rojo introduce el único énfasis compositivo para recibir el nombre de la empresa. Arquitectura y gráfica fueron pensadas para trabajar juntas: la fachada proporciona la trama; el rótulo, la excepción.

El abandono ha añadido ahora una dimensión que ningún diseñador pudo prever. Placas perdidas, suciedad, carpinterías envejecidas y soportes sin uso hablan del cierre, mientras PEREDA continúa en su sitio, legible. No parece necesario atribuirle un extraordinario valor artístico para defender su conservación. Basta reconocer que estos signos comerciales explican una parte de la historia cotidiana del trabajo y del paisaje construido. Cuando desaparece una fábrica, su nombre puede ser el último trabajador que permanece en ella.

/ Javier González de Durana /

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