Restaurar sin volver atrás

La reciente intervención en las antiguas oficinas centrales de Babcock & Wilcox, en Gran Vía 50, permite comprobar hasta qué punto un buen edificio moderno puede recuperar su presencia urbana sin necesidad de ser devuelto artificialmente a un supuesto estado original. El inmueble de Álvaro Líbano y José Luis Sanz Magallón (proyecto de 1956 – construcción entre 1957 y 1961) constituyó una aparición inequívocamente moderna en aquel tramo de la Gran Vía, dominado por arquitecturas anteriores con mucha carga historicista.

Se ha tratado de una rehabilitación energética proyectada por WSP Spain Apia S.A.U., figurando Mikel Rueda Arechederra como arquitecto responsable del proyecto para SEGIPSA. La intervención resulta muy convincente porque se ha entendido que el valor del edificio reside, ante todo, en la claridad de su composición. Se han sustituido las carpinterías, pero manteniendo el plano de fachada, las proporciones entre vidrio y marco y los acabados, y se ha recuperado el aspecto original de los antepechos. El aislamiento termoacústico se ha colocado por el interior precisamente para no alterar la fachada protegida.

Se conserva la potente retícula de las fachadas, la continuidad horizontal de los huecos y, sobre todo, la singular articulación de la esquina. Allí Líbano y Sanz Magallón evitaron tanto el chaflán convencional como cualquier gesto monumental: el encuentro se resuelve mediante la continuidad de una estructura visual de líneas horizontales y verticales, contrapuesta al gran paño pétreo ciego que asciende hasta la cubierta. La limpieza conseguida tras la intervención permite leer de nuevo esa oposición entre transparencia y masa, repetición y excepción. Ligero y grave, el edificio recupera una precisión que el envejecimiento de materiales e instalaciones había ido debilitando.

Puede decirse que el edificio, después de la intervención, parece otra vez contemporáneo. No porque haya sido actualizado formalmente, sino porque ha recuperado las cualidades que ya poseía. Frente a la frecuente tentación de embellecer o reinterpretar la arquitectura moderna, aquí la inteligente operación ha consistido en devolver nitidez a lo existente. Esta restauración demuestra algo importante: conservar un edificio moderno no significa congelarlo en el tiempo, sino permitir que su arquitectura vuelva a trabajar en el presente.

En un artículo que publiqué aquí en octubre de 2024 manifestaba el temor de que la sustitución de carpinterías y vidrios pudiera «desfigurar y cambiar su aspecto». El temor era razonable, pero el resultado lo ha desmentido. Me alegro.

/ Javier González de Durana /

4 comentarios sobre “Restaurar sin volver atrás”

  1. «Nunca demoler, eliminar o sustituir, siempre añadir, transformar y reutilizar», dice la célebre consigna de los arquitectos Anne Lacaton y Philippe Vassal. Aunque, en ocasiones, a uno le entren ganas de que Zeus envíe unos cuantos rayos destructores contra esas arquitecturas de última generación, patéticamente semejantes unas a otras, que están convirtiendo los nuevos barrios de muchas ciudades en anodinos paisajes urbanísticos.

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    1. La consigna de Lacaton y Vassal merece respeto; la arquitectura en serie que arrasa la identidad de los barrios, ninguno. A esas cajas intercambiables, levantadas para que cualquier ciudad pueda parecerse a cualquier otra, no hay que añadirles nada: que Zeus las fulmine y que, sobre sus cenizas, alguien vuelva a imaginar.

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  2. Pues habrá que dar la enhorabuena y felicitar a los autores del trabajo por qué estamos tan acostumbrados a destrozos en las restauraciones que un caso como este de conservación y puesta en valor de un edificio es digno de aplauso y de consideración . Chapeau por el trabajo realizado y visto desde fuera el edificio ha recuperado el brillo y esplendor que el paso del tiempo le había ido disminuyendo

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Juan Carlos; comparto plenamente el aplauso. En un momento en que tantas intervenciones terminan por borrar la personalidad de los edificios, conservar y poner en valor exige conocimiento, sensibilidad y también una buena dosis de respeto por lo que ya existe. Y hay algo que a veces pasa más inadvertido: una restauración bien planteada no solo mejora la imagen, sino que permite seguir leyendo en los materiales las huellas de la historia del edificio. Aquí parece que se ha conseguido devolverle el esplendor sin quitarle esa memoria. Chapeau, en efecto, para todo el equipo que lo ha hecho posible.

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