
A Juan Félix Sánchez y Juan Antonio Frías.
Hace poco estuve en Béjar. Dos historiadores locales habían descubierto un par de grandes dibujos originales realizados por Gerardo D’Abraira en 1949-50 y desde el Centro de Estudios del modélico Ateneo local me invitaron a dar una charla sobre aquel singular dibujante bilbaíno.
Hay paisajes industriales que se entienden contemplando una gran fábrica. El de Béjar exige, en cambio, caminar. La industria textil no se instaló aquí sobre una superficie disponible y después llevó hasta ella el agua: descendió al estrecho valle del Cuerpo de Hombre para situarse donde estaba la energía. Desde comienzos del siglo XIX las manufacturas buscaron con creciente intensidad la proximidad del río para aprovechar su fuerza motriz, aunque la tradición lanera de la ciudad fuera muy anterior. De ahí surgió una insólita ciudad fabril lineal, encajada entre las laderas graníticas y casi invisible desde buena parte del casco urbano.
Las fotografías antiguas lo explican con una claridad. Bajo Béjar aparece una sucesión casi continua de fábricas, chimeneas, caminos, puentes, canales y pequeños edificios auxiliares acomodados a un relieve áspero, expresivamente, una «cuenca fabril». No había un verdadero polígono industrial, sino una industria que iba ocupando los lugares que la topografía y el agua permitían. Las fábricas crecían a lo largo, junto al cauce, o se escalonaban a diferentes alturas; unas se apoyaban contra la roca, otras parecían suspendidas sobre ella. Las fábricas Antonio Gosálvez e Hijos, Fabril Militar, García y Cascón (la que D’Abraira dibujó en dos ocasiones), Tejidos e Hilados de Estambre S.A. (para la que D’Abraira también trabajó, aunque de momento no se ha localizado el dibujo original) y Gómez Rodulfo (todavía en actividad), entre otras muchas, llegaron a emplear miles de personas. Es sorprendente hasta qué punto aquel paisaje llegó a densificarse: grandes edificios de varias plantas, largas naves, cubiertas en diente de sierra y chimeneas se insertaban en una garganta donde apenas existía suelo horizontal.
Pero lo más interesante aparece al descender hoy hasta el río. Lo que a primera vista parece un sendero entre fábricas abandonadas conserva en realidad las piezas de una verdadera infraestructura hidráulica. Las pesqueras retenían el agua y los canales la conducían hasta los establecimientos, donde servía para lavar, teñir o batanar la lana y, sobre todo, para accionar ruedas hidráulicas y, después, turbinas. Todavía pueden seguirse algunos de esos canales: cauces artificiales estrechos y tranquilos que discurren paralelos al torrente, separados de él apenas por un muro de mampostería. El contraste es revelador. A un lado corre irregular el río Cuerpo de Hombre entre enormes bloques de granito; al otro, el agua domesticada avanza hacia las máquinas.


Esa proximidad produce algunas de las situaciones espaciales más singulares del recorrido. El camino queda atrapado entre el muro de una fábrica y el río; atraviesa un antiguo puente de piedra mientras el agua continúa unos metros más abajo; pasa junto a ventanas enrejadas, compuertas oxidadas y huecos abiertos en muros cuyo cometido ya no resulta comprensible de inmediato. Incluso los grandes bolos graníticos forman parte de esa arquitectura involuntaria. La industria no eliminó la naturaleza para construir sobre un terreno regular: tuvo que negociar con ella.
Ahí reside buena parte de la potencia actual del lugar. Los edificios abandonados muestran fábricas de épocas distintas superpuestas unas sobre otras. Mampostería, ladrillo, revocos, pilares de hormigón, grandes ventanales metálicos, estructuras añadidas y reparaciones sucesivas revelan una arquitectura que nunca aspiró a permanecer intacta. Cada transformación productiva modificaba lo anterior. Una ventana se cegaba, aparecía otra; una nave se prolongaba; se añadía una planta; una turbina sustituía a una rueda; una conducción encontraba un recorrido nuevo. El resultado no responde a una composición arquitectónica única, sino a una especie de sedimentación industrial.
La vegetación está produciendo ahora una sedimentación diferente. Los árboles han recuperado las riberas, las ramas atraviesan huecos, las raíces colonizan muros y el agua vuelve a dominar un espacio que durante décadas estuvo lleno de telares, transmisiones, motores y trabajadores. Los enormes ventanales rotos de algunas naves permiten ver el bosque a través del edificio. La fábrica, concebida para utilizar la naturaleza como fuente de energía, empieza a ser ocupada por ella.


La comparación con las fotografías históricas resulta elocuente. Allí donde hoy vemos una garganta arbolada, las imágenes de comienzos y mediados del siglo XX presentan un territorio mucho más desnudo. Las laderas aparecen casi peladas y las fábricas dominan el valle. Chimeneas, cubiertas y fachadas constituían entonces el paisaje; hoy son los árboles quienes empiezan a ocultarlas. No ha desaparecido únicamente una actividad económica: ha cambiado la relación visual entre arquitectura y territorio.
Conviene, sin embargo, no contemplar estas ruinas sólo desde la melancolía. Béjar conserva algo bastante más importante que una colección de edificios fabriles. Conserva todavía legible un sistema industrial territorial: el río, las pesqueras, los canales, las compuertas, las fábricas, las chimeneas, los puentes, los caminos y la propia topografía que los obligó a relacionarse. El patrimonio industrial que reconoce la actual Ruta de las Fábricas Textiles incluye esos elementos hidráulicos y no sólo las construcciones. Esa consideración amplía mucho el significado de lo que debe preservarse.
Este paisaje resulta más convincente cuanto menos se domestique. No necesita convertirse enteramente en parque ni las fábricas en impecables contenedores culturales. Necesita consolidación, seguridad, accesibilidad y explicación, pero también conservar cierta aspereza. Los cristales rotos, las compuertas inmóviles, las conducciones abandonadas y los muros recompuestos pertenecen a la lectura histórica del lugar tanto como las arquitecturas mejor conservadas.
El río Cuerpo de Hombre no pasa simplemente junto a las fábricas de Béjar. Las explica. Durante generaciones proporcionó agua, energía y una disposición territorial a una actividad que determinó la economía y la sociedad de la ciudad. Ahora que las máquinas se han detenido, el río continúa recorriendo el mismo lugar. Y acaso sea esa continuidad, la del agua pasando entre edificios que ya no trabajan, la que permite comprender mejor que ninguna reconstrucción lo que allí sucedió.
/ Javier González de Durana /

