
En las casas de pisos destinadas a las burguesías urbanas y a las clases medias acomodadas, construidas durante buena parte del siglo XX, el portal fue algo más que un espacio de tránsito entre la calle y la vivienda. Constituyó una suerte de antesala colectiva del edificio dentro de la cual ocupaba un lugar singular la portería: un pequeño habitáculo destinado a quien ejercía simultáneamente funciones de mantenimiento, información, recepción y vigilancia.
Estas porterías eran diminutas arquitecturas dentro de la arquitectura. Su posición debía permitir el eficaz dominio visual del acceso y no entorpecer la circulación hacia escaleras y ascensores. En algunos edificios adoptaron la forma de una habitación propiamente dicha, mientras que en otros quedaron reducidas a una ventana practicada en un muro de la vivienda del portero, situada en el interior de la planta baja. El portero conocía a los residentes, recibía correspondencia y encargos, atendía a proveedores y podía interpelar al desconocido preguntándole a qué vivienda se dirigía.
Presento aquí dos delicados casos del arquitecto Raimundo Beraza, de 1935 y 1937, que muestran cómo un elemento estrictamente funcional podía adquirir una notable calidad de diseño. En uno, de madera clara y modulado con cristales post-art-decó, anexo a la puerta interior, se incorpora a la composición del vestíbulo y participa de su carácter representativo, siendo replicado por un gran espejo mural contemporáneo. En el otro cerramiento, situado en una esquina del generoso espacio del portal, la pequeña cabina posee un frente curvo de madera oscura y acristalamiento dividido por finas retículas emplomadas que se repiten vertical y horizontalmente, recordando en escala doméstica determinados cerramientos de oficinas, comercios o establecimientos bancarios de las primeras décadas del siglo XX. En ambos casos sus curvaturas no son meramente decorativas; amplían el campo de visión del portero y convierten el puesto de vigilancia en una pieza de marcada presencia espacial.
Estas pequeñas construcciones merecen atención por su condición menor. Rara vez figuran entre los elementos destacados de un edificio, pero explican muy bien una determinada manera de habitar la ciudad. Son testimonios de unas relaciones sociales, unas formas de servicio doméstico y unos sistemas de control anteriores a la automatización contemporánea. Conservadas hoy, estas antiguas porterías son pequeñas cápsulas de memoria: arquitecturas de pocos metros cuadrados capaces de contar, en silencio, cómo funcionaba un edificio y cómo se organizaba la vida cotidiana de toda una época.
/ Javier González de Durana /


«Testimonios de unas relaciones sociales, unas formas de servicio doméstico y unos sistemas de control anteriores a la automatización contemporánea»…Excelente y sugerente apunte.
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Las dos porterías son dos pequeñas maravillas.
Salvando las distancias, me ha recordado a otro caso: Esos pequeños talleres o comercios que aparecen incrustados en algunos pequeños portales de el casco Viejo de Bilbao. Creo que todavía queda alguno.
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La comparación es muy sugerente, sobre todo por el acusado contraste social entre ambos casos. Las porterías eran pequeños espacios destinados al servicio y control de residencias acomodadas, expresión de una sociedad jerarquizada en la que el portero ocupaba una posición subordinada respecto a quienes habitaban el edificio. Los diminutos talleres y comercios del Casco Viejo, por el contrario, eran lugares de trabajo autónomo, vinculados a las clases populares, al pequeño comercio y a la economía de subsistencia. Unos estaban al servicio de la riqueza ajena; los otros eran instrumentos para procurarse el propio sustento. Dos realidades opuestas, en lo social y funcional, que sin embargo compartían la extrema pequeñez de sus espacios, el aprovechamiento de cada centímetro disponible y una sorprendente capacidad para hacer habitable y útil lo diminuto.
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