La industria convertida en luz

A Joaquín Cárcamo.

Estas vidrieras constituyen uno de esos episodios en los que la arquitectura racionalista demuestra que modernidad y ornamentación no eran términos incompatibles. En un edificio de viviendas de la Alameda de Recalde, proyectado por Tomás Bilbao en 1935, su presencia introduce un programa figurativo inequívocamente moderno. No aparecen flores, guirnaldas o motivos historicistas, sino fábricas, chimeneas, grúas, altos hornos, puentes, barcos, instalaciones portuarias y edificios reconocibles del Bilbao metropolitano, sin olvidar un caserío, un hórreo y el antiguo conjunto (puente e iglesia) de San Antón. La decoración deja así de mirar hacia estilos del pasado y encuentra sus motivos en el paisaje industrial contemporáneo.

El procedimiento gráfico posee un enorme atractivo. Sobre una retícula muy regular de pequeños vidrios rectangulares, en su mayoría traslúcidos e incoloros, aparecen dispersas las figuras. Esa cuadrícula funciona casi como una fachada racionalista en miniatura: repetición, seriación y geometría. Los dibujos, por el contrario, introducen acontecimientos puntuales. Una grúa atraviesa varios módulos; una chimenea expulsa humo; un barco penetra desde el borde inferior; una instalación fabril se recorta mediante unas pocas líneas negras. Apenas algunos azules, amarillos, rojos y ocres interrumpen la neutralidad general.

Es interesante que las imágenes no formen una escena continua. Son fragmentos aislados, casi signos o pictogramas, que obligan al observador a reconstruir mentalmente un territorio. Aparece así una especie de inventario visual de la modernidad vizcaína: industria, energía, puerto, navegación, infraestructuras y arquitectura. Incluso cuando algunos edificios puedan identificarse en concreto, importa más el conjunto que cada elemento por separado: la vidriera construye una representación optimista de una sociedad definida por la producción y la transformación.

También existe una curiosa contradicción material. Aquello que fuera de la casa era pesado, oscuro, ruidoso y contaminante, como hierro, carbón, fábricas y grúas, se convierte aquí en vidrio, transparencia y luz. El paisaje industrial entra en el interior burgués despojado de su dureza física y transformado en imagen. Estas vidrieras son por ello algo más que una decoración: constituyen un pequeño retrato de la manera en que el Bilbao de los años treinta quiso reconocerse a sí mismo, haciendo de la industria no sólo su realidad económica, sino también una estética de la modernidad.

Los ventanales en donde se encuentran estos vitrales reciben la luz del patio de manzana e iluminan la caja de escalera en los rellanos situados entre planta y planta.

/ Javier González de Durana /

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