De museo en el parque a museo en la ciudad

/ Javier González de Durana /

La nueva plaza ante el edificio histórico del Museo de Bellas Artes de Bilbao supone una destacada mejora urbanística; también presenta algunas cuestiones para el debate. La transformación es importante porque establece relación entre el edificio de 1945, el parque de Doña Casilda y el nuevo volumen de Foster-Uriarte. No en vano el proyecto Agravitas ha buscado recuperar el protagonismo del edificio histórico y convertir el espacio de acceso en una pieza central de la nueva organización del museo. 

En la configuración anterior, el edificio histórico aparecía subordinado al espacio exterior. La entrada quedaba al fondo de una superficie más o menos abierta, pero sin una verdadera plaza que construyera una relación frontal y representativa con la arquitectura. Había además una cierta dispersión de recorridos, elementos vegetales, bancos y pavimentos. La nueva propuesta corrige esto mediante una gran superficie peatonal unitaria, ligeramente cóncava e inclinada, y con escalinata frente a la fachada, que convierte el acceso histórico en el verdadero fondo visual del espacio. Los escalones centrales y dos rampas laterales salvan el desnivel y pasan a desempeñar un papel compositivo: la fachada y la plaza se necesitan mutuamente.

Esta es, creo, la principal ganancia urbanística. Antes se llegaba al museo; ahora se llega a una plaza del museo. Parece una diferencia menor, pero no lo es. La nueva superficie permite detenerse, reunirse, contemplar el edificio o distribuir los flujos de visitantes antes de entrar.

Hay, además, una mejora importante en términos de accesibilidad y continuidad espacial. La antigua entrada era convencional: fachada, escaleras y jardín. La nueva solución elimina barreras y hace que la transición entre el espacio urbano y el edificio resulte más fluida. Esto responde un objetivo expreso del proyecto: unificar las cotas de la planta baja y mejorar la accesibilidad y la orientación del visitante. 

Otro acierto es la recuperación de la frontalidad del edificio histórico. En las imágenes antiguas, el volumen de 1945 tenía una presencia algo aislada, casi como una pieza autónoma dentro del parque. La nueva plaza lo convierte en una fachada urbana. La composición simétrica del edificio (el cuerpo central, las dos alas, el acceso y la secuencia de huecos) adquiere ahora una lectura mucho más potente porque dispone delante de sí de un espacio lo bastante amplio: la arquitectura histórica gana presencia gracias a una intervención contemporánea.

Especialmente acertada es la solución de accesibilidad universal mediante las dos rampas laterales, simétricas y suavemente curvadas, que flanquean la gran escalinata central. Su valor es más que funcional: al integrarse plenamente en la composición de la plaza, evitan que la accesibilidad aparezca como una solución añadida o subsidiaria. Las rampas prolongan el movimiento de la escalinata, acompañan el desnivel y construyen, junto con ella, una suerte de graderío abierto ante la fachada histórica. De este modo, la plaza consigue algo que no siempre se alcanza en los espacios públicos contemporáneos: hacer compatible la monumentalidad del acceso con la accesibilidad universal, sin establecer recorridos de primera y de segunda categoría.

La relación con la nueva ampliación museística es también interesante. El gran volumen ligero y horizontal de Agravitas se mantiene suspendido sobre y detrás del edificio antiguo, sin tocarlo directamente, mientras que la plaza permite leer ambos tiempos arquitectónicos simultáneamente.

Aquí aparece, sin embargo, una cuestión que me genera más dudas: la escala de la nueva plaza. Frente a la cierta intimidad que tenía el anterior acceso, la nueva explanada es más monumental, extensa y con una cantidad importante de pavimento duro. Aunque los parterres y el arbolado lateral suavizan sus límites, existe el riesgo de que el espacio termine comportándose más como glorieta desnuda que como parte del parque. En otras palabras: gana claridad urbana, pero puede perder algo de la condición paisajística que hacía agradable este lugar.

También resulta discutible la relación entre la escala humana y la monumentalidad. La gran escalinata curva tiene una evidente potencia visual, pero introduce una teatralidad que antes no existía. El visitante ya no se aproxima a una puerta: asciende o desciende por una suerte de graderío ceremonial. Puede ser apropiado para un museo de esta dimensión, pero modifica el carácter cotidiano del acceso. Muy lamentables son dos vulgares farolas neo-historicistas plantadas en medio de este espacio, ante la fachada; el contraste es brutal a pesar de ser elementos muy menores. Imagino que el Ayuntamiento ha tenido mano en estos adefesios.

Hay otro aspecto que considero muy positivo: la plaza no intenta competir con el edificio histórico. La plaza adopta una geometría sobria, sin introducir una segunda arquitectura autónoma en primer plano, y utiliza el vacío como instrumento de articulación. Esto es importante porque la ampliación ya posee una enorme presencia visual; añadirle una plaza muy manicurada habría producido una inconveniente acumulación de gestos arquitectónicos.

La vegetación desempeña un papel más ambiguo. Existe una clara definición de los espacios verdes, con césped que bordea la explanada. Es mejor que una concepción puramente pétrea, pero sería deseable que en algún punto hubiese una presencia arbustiva de mayor entidad para que la nueva plaza no quede convertida en una simple superficie dura. 

Y hay una cuestión urbanística de fondo que me parece decisiva: la nueva plaza deja de ser un espacio perteneciente al museo en exclusiva y pasa a formar parte de un sistema peatonal mayor. La actuación municipal sobre Plaza Euskadi y el entorno del Bellas Artes pretende conectar de manera más directa el Museo con Doña Casilda y con Guggenheim Bilbao Museoa, mejorando los recorridos peatonales en un ámbito de más de 38.000 m². Esto hace que la plaza tenga sentido como una pieza mayor del espacio público en el territorio más extenso de Abandoibarra.

La valoración que puede hacerse es, por tanto, muy favorable. La plaza anterior era más discreta, paisajística y doméstica; la nueva es más legible, accesible, representativa y urbana. Ha ganado capacidad para organizar flujos, recibir visitantes y establecer una relación frontal entre el museo y la ciudad. Su principal riesgo es el reverso de esa virtud: que la voluntad de dignificar y monumentalizar el acceso produzca una plaza que sea sentida por la ciudadanía como excesivamente dura, escenográfica y desligada del carácter del parque de Doña Casilda.

La operación mejora el espacio como arquitectura urbana, pero habrá que juzgarla por cómo envejezca y cómo sea utilizada. Si la vegetación adquiere suficiente madurez, si los árboles conservados mantienen su protagonismo y si la gran superficie pavimentada se llena de actividad cotidiana, puede convertirse en uno de los mejores espacios de acceso a un museo. Si, por el contrario, queda como una gran explanada ceremonial utilizada sólo para entrar y salir del edificio, habrá ganado monumentalidad a costa de una parte del carácter paisajístico que tenía antes.

En ese sentido, hay una idea que resume bien la transformación: antes el museo estaba en el parque, ahora el parque y la ciudad llegan hasta el museo. Esa inversión de la relación espacial es, a mi juicio, la principal novedad de la intervención.

5 comentarios sobre “De museo en el parque a museo en la ciudad

  1. El Museo del Parque, como lo hemos conocido siempre, va a quedar maravilloso. El y yo nacimos el mismo año, así que nos conocemos hace ya un tiempo. Por él he paseado con mi padre, con mis hijos y con mis nietas en silla. Cuando lo vaya a ver con su nuevo traje, le diré… «Chaval, has quedado increíble. Qué buen año fue el nuestro». Suerte en la nueva etapa.

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  2. Más allá de un debate general sobre la necesidad de ampliar y sumar infraestructuras a los actuales museos -ahora mismo solo en España hay una larga lista- al mismo tiempo que su economía se mercantiliza cada vez más, es decir se privatiza, reconozco que las obras del Bellas Artes de Bilbao parecen sensatas y, en cierto modo, acertadas en su dimensión e inserción urbanística. No dudo que la calidad de su programa estará garantizada.

    Siempre he pensado que nuestro sistema cultural no necesita tanto de infraestructuras, sino mucha más atención y cuidado a la red existente y, sobre todo, diligencia y responsabilidad en el tratamiento personal y profesional a los agentes que atienden su sentido y producen contenidos.

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    1. Estoy bastante de acuerdo, Santi. Probablemente se ha puesto durante demasiado tiempo el acento en ampliar, construir y añadir infraestructuras culturales, cuando una parte importante del problema está en cuidar mejor las que ya existen y, sobre todo, en dotarlas de medios, equipos profesionales estables y capacidad para producir buenos contenidos. Un museo no mejora necesariamente porque tenga más metros cuadrados.
      Dicho esto, creo que hay un aspecto que no deberíamos considerar secundario: la accesibilidad física, que es precisamente una de las cuestiones a las que me refiero en el artículo. Poder entrar y recorrer un museo con facilidad, eliminar barreras, hacer comprensibles los itinerarios y permitir que personas con distintas capacidades puedan utilizarlo en condiciones semejantes forma parte de su propia condición de institución pública. En ese sentido, determinadas intervenciones arquitectónicas en el entorno de acceso al museo no son un añadido espectacular ni una ampliación por la ampliación, sino una corrección necesaria de edificios concebidos en épocas en las que estas cuestiones apenas se tenían en cuenta.
      Así que sí: menos fascinación por la infraestructura como fin en sí mismo y mucha más atención a las personas, a quienes trabajan en los museos, a quienes producen sus contenidos y también a quienes deben poder acceder a ellos y disfrutarlos sin obstáculos.

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