“Zonas de sacrificio”

/ Javier González de Durana /

El pasado domingo, 9 de agosto, en el suplemento «Ideas» de El País, se publicó una entrevista con la filósofa argentina Verónica Gago y una de sus respuestas llamó mi atención: “Hay un término que se usa en Argentina y es el de zonas de sacrificio. Se llama así a lo que hacen algunos negocios extractivistas. Dicen que hay que sacrificar el territorio, sacrificar el agua y desplazar a sus poblaciones. Y arman maquinarias de gobierno para gestionar esas zonas de sacrificio. Es la plataformización del Estado, que se pone al servicio de los negocios extractivos”. Yo no conocía este término, «zonas de sacrificio».

Sacrificar significa que alguien decide que algo puede ser entregado en beneficio de otra cosa considerada superior, más valiosa o importante. En el lenguaje económico, ese razonamiento suele presentarse con palabras mucho más tranquilizadoras: empleo, competitividad, inversión, transición energética, interés general, desarrollo industrial. Pero la pregunta que debe hacerse después de cada una de ellas es ¿quién paga el precio?

Una refinería puede proporcionar combustible, empleo e impuestos y, al mismo tiempo, introducir en la vida cotidiana de una población unos cambios ambientales que esa misma población no ha elegido. Una infraestructura energética puede ser presentada como necesaria para la transición ecológica y, sin embargo, perpetuar la concentración de actividades industriales en los mismos lugares que llevan décadas soportándolas. No existe contradicción entre ambas cosas. Ahí está el problema.

La injusticia ambiental comienza cuando los beneficios se deslocalizan y los costes permanecen. La gasolina se consume en todas partes, pero la refinería está en un lugar concreto. Los residuos pertenecen a toda una sociedad, pero alguien tiene que vivir junto a la planta que los trata. Y cuanto más tiempo lleva instalada una actividad, más fácil resulta convertir su presencia en algo que parece natural, inevitable, casi perteneciente al paisaje.

La expresión “zonas de sacrificio” resulta útil porque obliga a cambiar el punto de vista. No habla de lugares contaminados ni de territorios industrializados, sino de espacios a los que una sociedad decide, explícita o implícitamente, cargar con una parte desproporcionada de los costes de su prosperidad. El concepto procede del pensamiento y la justicia ambientalista, aplicándose a comunidades que soportan durante largos periodos los efectos de industrias extractivas, petroquímicas, energéticas o de tratamiento de residuos mientras los beneficios económicos se distribuyen mucho más ampliamente. 

Las “zonas de sacrificio” son la expresión geográfica de una desigualdad política. No es necesario que exista una conspiración ni que alguien haya pronunciado la frase “sacrifiquemos este territorio”. Basta con que durante décadas se adopten decisiones en las que el empleo o la rentabilidad de una actividad pesen más que la calidad ambiental, el paisaje, la salud o el derecho de los habitantes a decidir qué modelo territorial quieren. La literatura sobre justicia ambiental ha insistido en que estas situaciones no pueden medirse sólo por la contaminación de una instalación aislada: importa también la acumulación histórica de cargas industriales sobre una misma comunidad. 

Y aquí aparece una cuestión política que suele incomodar: las zonas de sacrificio no son un accidente del sistema económico, sino uno de sus mecanismos territoriales de funcionamiento. El capitalismo industrial necesita lugares donde instalar aquello que no resulta aceptable en otros. La diferencia es que, cuando esos lugares están alejados de los centros de poder o tienen menor capacidad política para oponerse, la operación resulta mucho más sencilla.

En el País Vasco conviene evitar la tentación de pensar que esto es un fenómeno propio de América Latina o de las regiones mineras de Estados Unidos. Nuestra historia industrial ofrece ejemplos mucho más próximos. La Margen Izquierda, el entorno de Sestao y Barakaldo, el valle del Nervión, Erandio o determinadas áreas de Durangaldea han soportado durante generaciones una concentración industrial extraordinaria. Pero si hubiera que buscar hoy un caso particularmente significativo, el entorno de Muskiz y Abanto-Zierbena, en la zona minera, constituye un ejemplo muy próximo al concepto de zona de sacrificio.

La presencia de Petronor ha convertido durante décadas una parte de ese territorio en un espacio ligado a la actividad petroquímica. No sería riguroso afirmar que Petronor ha convertido Muskiz en una zona de sacrificio en el sentido estricto en que utilizan el concepto algunos estudios de justicia ambiental. Tampoco puede afirmarse, con los datos disponibles, que la refinería sea responsable de determinadas enfermedades de la población. De hecho, el Gobierno Vasco ha señalado que no existe evidencia que permita atribuir a Petronor un daño sanitario concreto, aunque mantiene el seguimiento de la situación. Por eso el debate debería formularse de otra manera: ¿cuánto riesgo ambiental estamos dispuestos a concentrar sobre un territorio y durante cuánto tiempo antes de considerar que existe una injusticia?

Por otra parte, ¿puede un territorio dejar de ser una zona de sacrificio cambiando el vocabulario tecnológico de las instalaciones que alberga? Si una refinería se transforma parcialmente en un complejo de hidrógeno, combustibles sintéticos, captura de carbono y nuevas infraestructuras energéticas, el paisaje industrial puede adquirir una apariencia verde sin que necesariamente cambie la lógica territorial fundamental: una gran concentración de instalaciones estratégicas en el mismo lugar, mientras la sociedad obtiene los beneficios generales de la actividad y la población local continúa soportando buena parte de sus riesgos, servidumbres e impactos.

La transición energética no consiste en sustituir una tecnología por otra conservando intacta la geografía de las cargas. De poco serviría abandonar el petróleo si el resultado fuera mantener los mismos territorios como espacios permanentemente disponibles para cualquier nueva infraestructura considerada estratégica. En Euskadi conocemos bien esa historia. Primero fueron las minas, después los altos hornos, las acerías, los astilleros, las químicas, las centrales, las infraestructuras portuarias y las grandes carreteras. Cuando unas actividades desaparecen, otras ocupan su lugar. Algunas zonas urbanas se transforman, mejoran y se revalorizan precisamente cuando dejan atrás los usos industriales que durante décadas soportaron.

Cuando un territorio industrial se vuelve atractivo para vivir, desaparecen las industrias y cuando deja de ser atractivo para vivir, reaparecen las razones para instalar industrias. Eso debería obligarnos a revisar una idea muy arraigada en nuestra cultura política: que determinados lugares son adecuados para sacrificar porque ya están sacrificados. Es una lógica perversa. Primero se degrada un territorio y después se utiliza su degradación previa como argumento para seguir cargándolo de infraestructuras molestas.

Una democracia no debe limitarse a repartir los beneficios de la industrialización. También debe repartir sus costes. Y si los costes siempre terminan en los mismos lugares, mientras los beneficios se extienden por todo el territorio, quizá haya llegado el momento de empezar a hablar de injusticia territorial. Ese es, en el fondo, el significado político de una “zona de sacrificio”: un lugar al que se le ha dicho demasiadas veces que su sacrificio es necesario para que otros puedan vivir mejor. El verdadero progreso comenzará cuando dejemos de considerar necesario que alguien tenga que sacrificarse.

9 comentarios sobre ““Zonas de sacrificio””

  1. en el mismo sentido que los «enclaves de pobreza» o las «periferias segregadas» y sus contrarios «enclaves de riqueza», auténticos segregadores del territorio. La vieja lucha de clases en clave urbanística. Un abrazo.

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    1. Sí, Santi, y quizá haya que prestar atención precisamente a ese lenguaje. La tendencia a clasificar los barrios mediante determinados sustantivos y adjetivos no es inocente: muchas veces sirve para describir el territorio sin nombrar las causas que han producido las diferencias existentes entre ellos y, de paso, naturalizarlas. El urbanismo acaba convirtiendo en categorías espaciales lo que en buena medida son desigualdades sociales y económicas. Una vieja lucha, en efecto, pero expresada en el plano de la ciudad. Un abrazo.

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  2. Muy bueno el artículo.

    Una pista, para ver si damos con la salida, investigando cuál fue la entrada del problema.

    «En Euskadi conocemos bien esa historia. Primero fueron las minas…»

    En la «zona minera» había hierro, y cualquier bizkain@ podría coger lo que necesitaba para hacer herramientas o lo que fuera, porque era comunal.

    Lo mismo que ha llegado hasta nuestros días con la madera de Urbasa, que está a disposición de cualquier casa de nabarra que la necesite, y solicite, porque Urbasa es comunal.

    Lo que no sé podía hacer era sacar hierro para hacer negocio.

    Hasta que entró en vigor la ley x (no soy experta, habrá que documentarlo) que permitió el extractivismo inglés, con la complicidad de «l@s de casa», hasta dejar Bizkaia sin un gramo de hierro.

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    1. Leire, creo que la pista que das es buena, pero merece la pena precisar cuál fue esa «ley x», porque ahí está precisamente la entrada del problema.
      La pieza fundamental fue la Ley de Minas de 4 de marzo de 1868, que estableció un régimen extraordinariamente liberal para la explotación del subsuelo. Esta legislación facilitó la concesión de minas y convirtió los recursos minerales en objeto de explotación económica con mucha mayor libertad, abriendo además la puerta a la inversión de capital extranjero. De hecho, la historiografía considera aquella ley uno de los puntos de partida jurídicos de la gran explotación minera vizcaína.
      Pero hay una segunda pieza que conviene no olvidar: la Real Orden de 4 de septiembre de 1868, «fijando el derecho de exportación de los minerales y metales», y, sobre todo, el Arancel de 1869, que eliminó los derechos que hasta entonces gravaban la exportación de la mena de hierro. La propia documentación oficial señala que la mena de hierro había estado prohibida para la exportación por el Arancel de 1841; en 1852 se había establecido un derecho específico para el mineral vizcaíno, y esos derechos desaparecieron con el Arancel de 1869.
      Y aquí aparece una curiosidad interesante: la exportación de mineral ya se estaba produciendo antes, aunque de manera limitada. Había cargaderos en la ría desde 1865. Lo que hizo la legislación liberal fue crear las condiciones para que aquella corriente se transformara en una explotación masiva y orientada al mercado internacional. Además, la prohibición foral de sacar «vena» de Bizkaia hacia reinos extranjeros no desapareció jurídicamente de manera completa hasta la legislación minera posterior a la abolición foral; por eso no conviene atribuir todo el fenómeno exclusivamente a la Ley de 1868.
      Por eso, yo reformularía tu argumento así: el problema no empezó cuando llegaron los ingleses a las minas; empezó cuando cambió el régimen jurídico que determinaba quién podía apropiarse del subsuelo, explotarlo con finalidad mercantil y colocar su producto en el mercado exterior. La Ley de Minas de 4 de marzo de 1868, la liberalización arancelaria de 1869 y, finalmente, la desaparición del marco foral en 1876 forman parte de ese proceso.
      Por ello creo que no se trata tanto de investigar «quién se llevó el hierro», sino qué transformación jurídica permitió que algo que estaba sometido a un régimen de aprovechamiento territorial y foral pasara a convertirse en una mercancía internacional y, finalmente, en un gigantesco negocio minero. Ahí está, probablemente, la verdadera «entrada del problema» al que tú aludes: el comienzo del extractivismo (inglés y vizcaino) en la Margen Izquierda y que, como apuntaba en mi artículo, en algunos puntos geográficos se prolonga hasta hoy mismo.

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  3. Buena reflexión en torno a las zonas de sacrificio. No obstante, así funcionan todos los sistemas.

    Una explotación o indstria, un ser vivo y cualquier otro sistema y proceso requiere de un recurso de entrada y una salida tras una transformacion. Esa transformación da lugar a subproductos, beneficiosos o no. Y siempre se generarán esos productos secundarios.

    En casa tienes el baño y el cubo de la basura como zonas de sacrifico, en tu cuerpo tú intestino, en tu coche el tubo de escape para echar los gases de combustión.

    Es irreal pensar que no va a haber zonas de sacrificio.

    El ser humano por el hecho de existir no puede ser «net zero». Ni el pais mas comunista y autosuficiente del mundo tampoco lo puede ser.

    Para que haya una actividad que genere bienestar, hace falta, por ende, sistemas que generen esos subproductos no deseados.

    Lo que hay que hacer es intentar equilibrar la balanza, no que haya unos «pozos de sacrifico» desmedidos.

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    1. Estoy de acuerdo con una parte importante del comentario: no existen sistemas humanos completamente inocuos y toda actividad material genera flujos de entrada, transformación y salida. Pero creo que ahí está el problema de hablar de «zonas de sacrificio»: no se trata de negar que existan residuos, emisiones o impactos, sino de preguntarnos quién los soporta, dónde se concentran y quién obtiene los beneficios de la actividad que los genera.
      El cubo de basura de una casa no es exactamente comparable con una comarca convertida durante décadas en vertedero o un territorio que pierde suelo, agua y biodiversidad para sostener actividades cuyos beneficios se disfrutan muy lejos de allí. En el primer caso, el residuo forma parte de un sistema que, al menos potencialmente, puede gestionarlo; en los segundos, existe una asimetría territorial y social: unos lugares producen los costes y otros reciben buena parte de los beneficios.
      Por eso tampoco creo que el objetivo tenga que ser un mundo «net zero», entendido como ausencia absoluta de impactos. La cuestión es más política que aritmética: qué impactos consideramos aceptables, quién decide sobre ellos, quién los soporta, durante cuánto tiempo y qué compensaciones o límites existen. Decir que siempre habrá subproductos no deseados es una constatación; aceptar que determinados territorios deban convertirse sistemáticamente en los lugares donde esos subproductos se acumulan sería otra cosa. Ahí es donde, a mi juicio, empieza el debate sobre las zonas de sacrificio. Muchas gracias por tu comentario.

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