/ Javier González de Durana /

Durante gran parte del siglo XX, la vivienda se consolidó como un pilar fundamental para la estabilidad del individuo y la familia, no sólo como construcción física, sino como la base material sobre la que se construía la ciudadanía. En ese periodo, el Estado desempeñaba un papel activo y corrector, interviniendo en el mercado mediante la regulación del crédito y la promoción directa de vivienda pública para garantizar que el acceso al hogar no dependiera exclusivamente de la fortuna personal.
Sin embargo, a partir de la década de los años ochenta, el avance de la liberalización económica y financiera alteró profundamente esta idea. La vivienda comenzó a perder su blindaje como bien social básico para integrarse plenamente en las lógicas de un mercado globalizado, un proceso que ha ido transformando la arquitectura de nuestras ciudades y la propia naturaleza de la propiedad.

Este cambio ha tenido consecuencias fundamentales, ya que el inmueble ha dejado de percibirse únicamente como un refugio donde vivir para convertirse en un activo financiero de alta rentabilidad. En un entorno de inseguridad económica y bajos rendimientos en sectores tradicionales, los grandes fondos de inversión han identificado en el ladrillo un «valor refugio» seguro y lucrativo.
Esta entrada masiva de capital corporativo, privado, ha alterado las reglas del juego: el ciudadano que busca un hogar ya no compite con otros vecinos en igualdad de condiciones, sino con actores globales que poseen una capacidad económica inalcanzable. La lógica de estos inversores no responde a la necesidad habitacional, sino a la maximización de beneficios, lo que a menudo implica la compra de grandes carteras inmobiliarias para presionar los precios al alza, priorizando el rendimiento del capital sobre la estabilidad de los inquilinos.

La concentración de la propiedad en manos de unos pocos, alimentada por años de tipos de interés históricamente bajos que incentivaron la inversión y la especulación frente al ahorro y la producción, ha generado un mercado cada vez más excluyente. El problema de la falta de vivienda accesible no se explica solo porque se haya construido poca, sino por la gestión ineficiente de lo que ya existe. Muchas propiedades se retiran del mercado residencial para destinarse al alquiler turístico de corto plazo, se mantienen vacías como activos de reserva o se rehabilitan como productos de lujo. Esta dinámica crea una paradoja dolorosa: existen casas sin gente mientras hay gente sin casas, simplemente porque el parque inmobiliario disponible ya no está diseñado para ser habitado por la población local, sino para ser intercambiado como una mercancía financiera más.
Lo que está en juego en nuestras ciudades es un conflicto ético y político entre dos visiones irreconciliables: la vivienda como un derecho humano que garantiza la dignidad o la vivienda como un instrumento financiero para la acumulación de capital. Mientras prevalezca esta segunda visión, la brecha entre el valor económico de los inmuebles y su función social seguirá creciendo, comprometiendo el bienestar de la ciudadanía y la salud democrática de la sociedad.

En el caso específico de Bilbao, esta transición global se manifiesta con matices propios que combinan su pasado industrial con una compleja regeneración urbana. Tras la crisis de la industria pesada, la ciudad emprendió una transformación que la situó en el mapa internacional, pero este mismo éxito la ha convertido en un polo de atracción para el capital inversor. No solo llegaron turismo y museos, también se revalorizó el suelo de forma drástica, provocando que barrios históricamente populares se enfrenten hoy a procesos de gentrificación donde el precio del metro cuadrado ha escalado por encima de la capacidad adquisitiva de los residentes locales.
La geografía de Bilbao, limitada por su relieve de montes y el curso de la ría, impone una escasez natural de suelo que agrava la tensión entre la oferta y la demanda. Al no poder expandirse de forma sencilla, la presión se concentra en el parque edificado existente, donde se observa una competencia creciente entre el uso residencial de larga duración y la proliferación de pisos turísticos, especialmente en zonas estratégicas como Abando o el Casco Viejo.

A pesar de que las instituciones vascas han sido pioneras en implementar leyes que reconocen el derecho subjetivo a la vivienda y han mantenido un esfuerzo notable en la promoción de alquiler protegido, la realidad del mercado bilbaíno sigue mostrando una brecha preocupante. Bilbao se enfrenta al reto de mantener su identidad y vitalidad social sin que sus barrios se conviertan en escaparates de lujo o residencias temporales para visitantes, buscando un equilibrio urgente entre el desarrollo económico que proyecta al exterior y la necesidad de ser, ante todo, un lugar habitable para quienes la sostienen día a día.
En los últimos cinco años, la presencia de capital financiero en Bilbao se ha materializado sobre todo en la adquisición de activos completos —edificios o promociones enteras— en tres grandes segmentos: hoteles, residencial en alquiler y oficinas “prime”. Uno de los casos más claros de compra y transformación de un edificio completo es el del antiguo inmueble bancario de la Gran Vía, hoy convertido en el hotel Radisson Collection, adquirido por capital institucional gestionado por M&G Real Estate. Este tipo de operación refleja una estrategia habitual en la ciudad: adquirir activos bien ubicados, reposicionarlos y explotarlos en renta en segmentos de alto valor añadido como el lujo hotelero.
Donde más claramente se observa la entrada de fondos es en el desarrollo residencial, especialmente en el ámbito de Zorrozaurre, que se ha convertido en el principal polo de inversión institucional. Allí, inversores como M&G Real Estate o Q-Living han adquirido promociones completas —es decir, edificios enteros— bajo el modelo build-to-rent, comprando los activos antes o durante su construcción para destinarlos íntegramente al alquiler. Estas operaciones, que incluyen paquetes de cientos de viviendas, son hoy el núcleo del mercado en Bilbao, sustituyendo en gran medida la compra tradicional de edificios existentes por la financiación directa de producto nuevo diseñado para inversores.

En el segmento de oficinas, aunque hay menos operaciones públicas, sí se han producido transacciones relevantes de edificios completos, especialmente en la zona de Gran Vía. Un ejemplo significativo es la Torre Bizkaia, antiguo edificio del BBVA, que pasó por manos del fondo Angelo Gordon antes de ser adquirido por inversores institucionales locales, ilustrando un patrón típico de rotación entre capital oportunista y capital patrimonialista. Hay operaciones que combinan inmobiliario e infraestructura, como la concesión de la estación intermodal de Bilbao, en manos de Azora, que explota el activo como generador de rentas a largo plazo. Este tipo de inversiones híbridas son cada vez más comunes en carteras institucionales.
En cuanto al mapa de inversores, Bilbao presenta un ecosistema todavía relativamente concentrado. M&G Real Estate es el actor más visible en la ciudad, con presencia tanto en lo hotelero como en lo residencial. Azora destaca en activos ligados a explotaciones a largo plazo, mientras que plataformas como Q-Living se han especializado en vivienda para alquilar. Por su parte, firmas como Blackstone o Cerberus Capital Management tienen una fuerte presencia en el mercado español, aunque en Bilbao su actividad reciente es indirecta a través de carteras amplias. Además de la compra de edificios históricos en el centro, es cada vez más habitual la adquisición de activos completos o de promociones enteras, con especial énfasis en el desarrollo de vivienda en alquiler y en la transformación de inmuebles singulares.
¡Deprimente futuro!
Por momentos, al leerte, creía que hablabas de Barcelona y su área de influencial.
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Gracias, Renato, ¡arriba ese ánimo!, aunque añado algo que no quiero te deprima más.
La «turistificación premium» en Bilbao representa una preocupante deriva hacia un modelo de ciudad subordinado a la rentabilidad del capital. Un caso para destacar es el de Copla Living, firma presidida por José María Aznar Botella, quien se ha hecho con el respaldo financiero de relevantes empresarios catalanes -incluyendo al presidente de DeA Capital Real Estate, José María Xercavins, y el family office de Liliana Godia, entre otros-, con los que adquirió el clausurado desde 2020 Hotel López de Haro en la calle Obispo Orueta. Esa firma del hijo del antiguo presidente del gobierno español se sube al carro de un negocio en auge en Bilbao, siendo el ejemplo perfecto de cómo los fondos de inversión aprovechan el prestigio de ciertas arquitecturas y áreas urbanas para crear islas de exclusividad que no aportan valor social al tejido vecinal. Bajo el barniz de la rehabilitación (que no es tal) y el «alquiler flexible» (que sólo lo es para rangos económicos muy elevados), esta operación de 55 apartamentos de lujo supone en la práctica el vaciado de un inmueble (el último que diseñó el arquitecto Jesús Rafael Basterrechea) en el centro de la ciudad para entregarlo al turismo de alto poder adquisitivo, una decisión especialmente sangrante en un contexto donde la capital vizcaína ha sido declarada zona residencial tensionada debido a la asfixiante falta de oferta para la población local.
Resulta contradictorio que, mientras el consistorio limita las licencias para pisos turísticos a pequeños propietarios, se facilite el desembarco de grandes estructuras de inversión lideradas por figuras vinculadas a las élites económicas y políticas. El caso de Aznar Botella no es solo una transacción inmobiliaria, sino el reflejo de un capitalismo de relaciones donde inversores madrileños y catalanes, apoyados en la experiencia del hijo del expresidente en fondos como Cerberus, dictan el desarrollo urbanístico de Bilbao. Esta estrategia de «limpieza social» a través del mercado desplaza el comercio de barrio y eleva artificialmente los precios del suelo, consolidando un urbanismo a la carta que prioriza las ganancias de unos pocos empresarios frente a la emergencia habitacional que sufren los bilbaínos. En definitiva, la reconversión de este hotel es una nueva muestra de cómo la ciudad se está convirtiendo en un parque temático de lujo, perdiendo su identidad y resiliencia
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