Vivienda mínima y posguerra: un caso singular.

enecuri 1Fotografías históricas y planos proceden de la Revista Nacional de Arquitectura, 1943, nº 14, pp. 73-76.

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La necesidad de vivienda promovida por las instituciones públicas durante los primeros años 40 en Bilbao era un problema que venía desde los años anteriores a la guerra, pero que ésta agravó. Tan pronto como en el año 1942, cuando las mayores oleadas migratorias procedentes de Castilla, Extremadura y Galicia todavía no habían empezado a producirse, las autoridades ya sintieron la obligación de dar algún tipo de respuesta a esa necesidad. Los precedentes de viviendas sociales de los años 20 y 30 señalaban el camino, pero las circunstancias de todo orden y naturaleza ya no eran  las mismas.

La promoción de viviendas municipales durante los cinco primeros años de la posguerra presentó tres iniciativas. Una (1939-41) prolongaba la exitosas actuaciones previas en Solokoetxe con 21 viviendas en altura (PB+4) y entre medianeras, de entre 52 y 75 m2,  diseñadas por Emiliano Amann Amann y Ricardo Bastida; otra (1941-44) de los mismos arquitectos (más Germán Aguirre y Emiliano Amann Puente) respondía en Deusto con nueve bloques longitudinales y paralelos de PB+4 cada uno, el conocido como Grupo Madariaga, dando lugar a 256 viviendas de entre 52 y 80 m2, y un tercer grupo (1941-45), en el que me quiero detener ahora, diseñado por Juan Carlos Guerra que previó la construcción de 131 casas individuales de 92 m2 cada una en una ladera del Monte San Pablo, junto al alto de Enekuri.

De abril de 1939 a febrero de 1941 el alcalde de Bilbao fue el arquitecto y empresario José Mª de Oriol Urquijo. A él se debieron las tres iniciativas mencionadas. La calidad de los arquitectos encargados de acometer los proyectos estaba contrastada y el alcalde Oriol, que los conocía bien por ser compañeros de profesión, no tuvo dudas al respecto. Sin embargo, las dos primeras operaciones salieron adelante, con dificultades, pero se culminaron bien; la tercera, la del Monte San Pablo, por contra, resultó un rotundo fracaso, seguramente porque la idea originaria era un disparate en el que lo ideológico, más que lo sensato, tuvo una fuerte incidencia.

Las tres zonas elegidas se situaban entonces cerca de lugares de trabajo: el Casco Viejo para Solokoetxe, la Ribera de Deusto para el Grupo Madariaga y la zona de Luchana-Erandio para el Monte San Pablo. No obstante, mientras que los dos primeros emplazamientos estaban en las inmediaciones de sus zonas laborales, el tercero se situaba a una distancia de casi 1 km y en lo alto de un barranco desde el que había que descender 100 metros hasta el borde de la ría en su encuentro con el afluente Asúa, donde se encontraban las industrias más próximas. Bajar 100 metros de altura en 900 metros de recorrido es, en otras palabras, una cuesta de la de Dios; entonces ¿por qué? La Revista Nacional de Arquitectura (1943, nº 14, pp. 73-76, “Proyecto de viviendas protegidas en Bilbao. Grupo de caseríos en el Monte San Pablo”, Arquitecto: Carlos Guerra) dedicó un reportaje a estas viviendas y empezaba afirmando: “Se han proyectado estas viviendas de modo que por su emplazamiento y características faciliten a sus vecinos una actividad de vida mixta agrícola-industrial, régimen muy extendido en estas provincias de manera espontánea y de inmejorables resultados en la práctica. Estos terrenos tienen distancias medias de un kilómetro a la zona industrial“. Lo que no decía es que ese kilómetro tenía una pendiente del carajo. Era una época en que los trabajadores no disponían de coche y, caso de ser propietario de una bicicleta, el descenso resultaba fácil (aunque peligroso si los frenos no funcionaban bien), pero era durísimo de subir pedaleando; ni Federico Bahamontes en sus mejores tiempos escalando el Galibier.

Lo que se pretendía, en realidad, era la consecución de una especie de utopía laboral en la que las tareas agrícola-ganaderas coexistieran con las fabriles, con la secreta pretensión de que la exclusiva actividad industrial no alterara el alma popular de las gentes ligadas a la tierra, o sea, a los valores tradicionales. Para ello, se pidió a Juan Carlos Guerra que diseñara una tipo de vivienda y urbanización en la que esa vida mixta fuera posible. El resultado fue un modelo de casa unifamiliar que formalmente recordaba en algunos aspectos al caserío popular vasco, atribuyendo a cada una de estas casas un terreno de 1.500 m2 para el laboreo hortelano: “Se ha elegido la parcela de mil quinientos metros cuadrados por vivienda unifamiliar, estimándose como el área que puede ser atendida en la referida forma de trabajo. Se reserva una zona de unos ochenta mil metros cuadrados para pastos comunes del ganado atendido por las familias“. Pero lo cierto es que, en cuanto a su forma, esas casas venían a ser algo así como una caricatura del caserío y constructivamente no tenían nada que ver. No obstante, eran viviendas extraordinariamente dignas para la existencia cotidiana que ya hubiese querido para sí un gran número de trabajadores en aquella época…, pero en otro lugar.

La tendencia tradicionalista de la arquitectura de posguerra ofrecía un casticismo sin posibilidad de discusión en una doble vertiente: la imperialista y la popular. La mística fascista por “lo popular”, como depositario del alma de la patria, buscando la raíz del carácter del pueblo español y su esencia en la tradición artesanal preindustrial, condujo a una exaltación de la arquitectura anónima vernácula en toda España. La misma RNA mostró durante aquella década abundantes proyectos de casas nuevas para pescadores, agricultores, colonos… semejantes a las que pregonaba la Dirección General de Regiones Devastadas y el Instituto Nacional de Colonización. La tarea de este último Instituto era transformar el campo español para materializar en él la utopía agraria de la Falange, consistente en construir el “nuevo orden rural” para España después de la guerra civil: una arquitectura menor asociada a la familia rural católica, entendida ésta como institución social básica del nuevo Estado. Con ello también se quiso dar un enfoque que expresase la voluntad anti-urbana del régimen, pues el campo y la agricultura constituían la base de la nueva sociedad española en el contexto de la autarquía, un intento de construcción de un “nuevo orden rural” como expresión del carácter nacional frente al modelo industrial burgués, influido por un internacionalismo antiespañol causante de los males de la patria. Algo de todo esto se quiso ver plasmado en el poblado de Monte San Pablo.

En cuanto a la construcción, se aplicaron técnicas tradicionales, como la bóveda tabicada en cubierta y suelo, rareza que dotaba de un aislamiento magnífico a la zona habitacional, compuesta por una cocina-comedor, tres habitaciones y una cuadra anexa en cuyo fondo se ubicaba el aseo: “En su construcción se emplean materiales tales, que producen, dentro de la economía, los resultados de mayor garantía de solidez y duración, como de ausencia de gastos de entretenimiento. Únicamente las puertas y ventanas y el entarimado de los dormitorios son combustibles. Muros de mampostería, suelo, techo y cubierta de hormigón armado con forjados curvos (lo que supone un ochenta por ciento de economía sobre la construcción de forjado plano). La teja curva asentada con mortero proporciona un buen aislamiento térmico“.

Se quisieron levantar alrededor de 130 casas pero, al fallar la financiación, que debía afrontar sólo el Ayuntamiento de Bilbao, se construyeron unas 15, las mismas que aún hoy subsisten. Seguramente, en la paralización del proyecto también influyó la locura del emplazamiento elegido, que es probable se optara por él a causa de lo barato que debía de valer el metro cuadrado. Sin embargo, tanto las pretensiones laborales que se atribuían a sus futuros moradores como las dificultades de acceder al lugar no compensaban el bajo coste final, resultando que el proyecto quebró. Aunque hubiese resultado un poco más caro el precio del suelo, hubiese merecido la pena llevar a cabo esta iniciativa junto a las fábricas, en Luchana-Erandio. La urbanización se desarrollaba, más o menos, de acuerdo con la orografía de la ladera, de inclinación muy fuerte, siguiendo en la medida de lo posible las curvas de nivel, en una suerte de organicismo básico.

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Estaba previsto un edificio religioso-escolar. La unión entre la iglesia católica y la educación adquiría en edificios como éste la expresión más clara del control ideológico del franquismo a través de la enseñanza desde los niveles básicos. Se trataba de un inmueble con planta en forma de U, en el que una capilla ocuparía el centro del tramo frontal, el más largo, con capacidad para acoger a 300 personas. La planta interior de esta capilla sería ochavada y se resolvería en la cubierta con una bóveda soportada por pilares y con lucernario central. A los lados de la capilla, ligeramente separados pero unidos por sendos arcos, se desarrollarían dos pabellones con planta en L y dos aulas en cada uno de los brazos, ocho en total con capacidad para atender 400 niños y niñas. Uno de los pabellones sería para escolarización de niños y el otro, para niñas. Todas las aulas tendrían puertas de acceso independientes. Su ubicación dentro de la urbanización sería de una cierta centralidad de manera que ninguna casa quedara demasiado alejada. Este edificio tampoco se llegó a realizar.

En la actualidad creo que todas las casas que se construyeron aún existen. Quizás haya desaparecido alguna, no estoy seguro. Todas las demás perviven con las lógicas modificaciones, agregaciones, levantamientos, ensanchamientos o cierres de vanos…; en algún caso, para hacer accesibles los vehículos modernos se han construido muros de contención en la ladera próxima. La sensación es que ahora, con coches, en ese lugar se vive muy bien. Las vistas hacia el mar al Oeste y hacia los montes de las Encartaciones al Sur son espectaculares.

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