Garage Ellacuría: un proyecto a la espera

A Teresa Casanovas.

Hay edificios difíciles de rehabilitar y hay rehabilitaciones que parecen incapaces de empezar. El antiguo Garage Ellacuría pertenece ya a esta segunda categoría. Lo sorprendente no es tanto que una intervención sobre un inmueble protegido, con viejos depósitos de hidrocarburos y un cambio radical de uso, requiera tiempo, sino que después de casi cinco años todavía estemos hablando del comienzo de las obras. El edificio merece esa paciencia. Proyectado por el arquitecto José María Sainz Aguirre y construido en 1942-43, constituye una pieza singular de la arquitectura industrial moderna bilbaína: era una presencia reconocible en la ciudad. Su protección y reutilización, por tanto, son razonables.

La fachada encuentra buena parte de su interés en la combinación de materiales como expresión de los distintos usos y pesos del edificio. En las plantas inferiores, vinculadas en origen al garaje y los talleres, el ladrillo caravista alterna con largas bandas de vidrio industrial, formando una envolvente horizontal, robusta y funcional, cuya continuidad se refuerza al doblar la esquina. A medida que el edificio asciende y aparecen los usos residenciales, el vidrio pierde protagonismo y el ladrillo se combina con terrazas, huecos domésticos y elementos claros de hormigón o revoco. El cambio culmina en el torreón de la esquina, donde los paños raseados y pintados de blanco sustituyen casi por completo al ladrillo, aligerando visualmente el remate y otorgándole una condición más aérea. No hay ruptura compositiva: las molduras, impostas, recercados y elementos estructurales claros que recorren los pisos inferiores habían preparado ya cromáticamente esa transición. El resultado es una arquitectura capaz de pasar de la solidez industrial de la base a la ligereza residencial del coronamiento sin perder unidad, haciendo de la diferencia de materiales un instrumento para ordenar y jerarquizar la fachada.

El Garage Ellacuría pertenece a una cultura urbana hoy desaparecida: la superposición de producción y habitación dentro de un mismo inmueble. Durante los años cuarenta fue habitual en poblaciones industriales donde la escasez de suelo y la proximidad entre trabajo y residencia favorecían edificios híbridos, con talleres, almacenes o garajes en las plantas inferiores y viviendas en las superiores. Éibar llevó esta fórmula casi hasta convertirla en una tipología propia. Bilbao, con una estructura urbana diferente, participó también de esa natural promiscuidad de usos. El Garage Ellacuría no disimula esa condición: la contundencia y amplitud de las plantas destinadas al automóvil conviven con una fachada que, al elevarse, adquiere una escala cada vez más doméstica. Lo que hoy llamaríamos con entusiasmo «uso mixto» no era entonces una sofisticada estrategia urbanística, sino una respuesta bastante pragmática a la ciudad industrial. La mezcla funcional que ahora se reivindica como garantía de vitalidad urbana ya estaba ensayada, con menos retórica y mucha naturalidad, en aquellos edificios donde se trabajaba abajo y se vivía arriba.

La convivencia entre trabajo y residencia no era ajena a algunas de las preocupaciones de la arquitectura moderna. La Bauhaus había experimentado desde los años veinte con edificios en los que aprender, producir, crear y habitar mantenían una estrecha proximidad: el propio edificio de Dessau incorporaba el Prellerhaus, con habitaciones-estudio para estudiantes y jóvenes maestros, mientras las viviendas de los profesores disponían de amplios espacios de trabajo. Walter Gropius llegó a afirmar en 1925 que «construir significa configurar procesos vitales», entendiendo el edificio como resultado de las actividades que se desarrollan en su interior. El Garage Ellacuría pertenece a otro contexto y responde a necesidades mucho más pragmáticas, pero comparte indirectamente aquella ausencia de prejuicios ante la mezcla funcional porque era una realidad ordinaria de la ciudad industrial.

Lo difícil de entender es la gestión temporal del proceso de recuperación en este inmueble. En 2022 se presentaba públicamente una operación de rehabilitación, con viviendas y apartamentos turísticos, y se anunciaba la solicitud de las correspondientes licencias. La propia promotora llegó a prever el comienzo de las nuevas edificaciones en enero de 2024 y su conclusión durante el primer semestre de 2026. En abril de 2024 todavía se estaba procediendo a retirar los depósitos de la antigua gasolinera, aunque entonces se anunciaba el inicio de la construcción para aquel verano y la terminación en el segundo semestre de 2026. Ahora, según la información publicada el 17 de septiembre de 2026, el calendario vuelve a desplazarse: las obras comenzarían durante el primer trimestre de 2027 y la entrega se sitúa ya en 2029.

No parece una secuencia ejemplar para una operación urbana de esta entidad. Inicialmente se contemplaban 52 viviendas, después 80 y finalmente 83, además de reconsiderarse el apartahotel previsto en el solar liberado hacia Sabino Arana. A ello se han sumado protección patrimonial, descontaminación, derribos, excavaciones y sucesivas modificaciones. Algunas son muy comprensibles por separado; juntas dibujan, sin embargo, un proceso demasiado errático.

Frente a las formulaciones grandilocuentes de la promoción, como «monumento emblemático» y «motor social y económico», quizá hubiera sido preferible algo más sencillo: un proyecto maduro, unas licencias resueltas, un calendario prudente y unas obras capaces de cumplirlo. Porque conservar patrimonio no consiste solamente en impedir que un inmueble desaparezca. También supone gestionar su transformación.

Resulta difícil explicar que hayan transcurrido casi cinco años entre las primeras previsiones y el horizonte de inicio de las obras sin preguntarse por la capacidad del Ayuntamiento para conducir y coordinar una transformación urbana de esta importancia. Es revelador que el proyecto haya debido ser corregido por el propio Consistorio y que durante el proceso se han sucedido modificaciones sustanciales en el número de viviendas y en la configuración del apartahotel. Cabe preguntarse, por tanto, si algunos de esos condicionantes no podían haberse definido con mayor claridad desde las primeras fases. La protección del patrimonio exige rigor administrativo, pero rigor no debe ser sinónimo de lentitud ni de sucesivas rectificaciones. Cuando un edificio protegido permanece durante años cerrado, degradándose y a la espera de una solución reiteradamente anunciada, el tiempo administrativo también se convierte en un problema de conservación urbana.

/ Javier González de Durana /

Infografía de la promotora sobre el resultado que espera lograr en 2029.

2 comentarios sobre “Garage Ellacuría: un proyecto a la espera”

  1. Hola. Es cierto que uno puede comprar un piso por varias razones, pero si el que ha comprado ha sido con la idea de ir a vivir…… Cuando voy a San Mamés paso por alli y pienso en cómo se puede tardar tanto en el papeleo necesario para rehabilitación. De todas formas, por la foto del proyecto, me parece que puede quedar precioso.

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    1. Entiendo perfectamente lo que dices. Una cosa es comprar una vivienda como inversión, pudiendo esperar tranquilamente a que se revalorice, y otra muy distinta adquirirla con la ilusión y la necesidad de convertirla en tu hogar. Para quien se encuentra en esta segunda situación, los meses y los años de espera tienen un coste económico, pero también un coste personal que difícilmente se compensa después. Y resulta desesperante que una rehabilitación pueda quedar atrapada durante tanto tiempo en una maraña de trámites administrativos. Coincido contigo, además, en que el proyecto tiene buena pinta y puede devolver al edificio una calidad arquitectónica que merece recuperar. Ojalá el resultado esté a la altura de las expectativas y, sobre todo, que quienes esperan para vivir allí puedan hacerlo cuanto antes.

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