/ Javier González de Durana /

A Marijose Aguirre, que lo ha vivido de cerca
Euskal Museoa, recientemente reabierto, ha sido objeto de una de las actuaciones culturales más importantes en Bilbao durante los últimos años. El proyecto, diseñado por Vaillo + Architects, da nueva vida a una institución que arrastraba problemas de organización espacial, limitaciones funcionales y una propuesta museográfica parcialmente desfasada. La intención de abrir el museo a nuevos públicos, mejorar la accesibilidad y actualizar la forma de explicar la cultura vasca responde a necesidades que venían señalándose desde mucho tiempo atrás.
En el terreno arquitectónico, la intervención ofrece aspectos valiosos. La renuncia a soluciones llamativas o efectistas encaja bien con el carácter histórico del conjunto. Frente a otras rehabilitaciones donde la arquitectura contemporánea acaba imponiéndose visualmente al edificio existente, aquí se percibe una actitud más respetuosa, centrada en recuperar la claridad del antiguo colegio jesuita del siglo XVII y en dotar de unidad de un conjunto integrado por piezas muy diversas. Su condición monumental y el estar protegido con diferente grado en cada uno de los cuatro edificios que lo constituyen ha posibilitado combinar el máximo respeto en ciertas partes con la intervención transformadora en otras.
Lo más interesante de la intervención es que no intenta competir con el edificio histórico ni diluirse en él. La actuación introduce una arquitectura claramente contemporánea, reconocible por sus formas y por su lógica constructiva, pero lo hace sin alterar la comprensión del conjunto original. No se trata de una ampliación concebida como un objeto autónomo ni de una restauración que aspire a reconstruir una imagen perdida, sino de una operación mucho más sutil: insertar una nueva estructura capaz de reorganizar el museo desde dentro y ofrecer nuevas formas de recorrerlo.

La operación arquitectónica más significativa se concentra en el cuerpo longitudinal paralelo a la calle María Muñoz. La intervención ha consistido en crear un vacío mediante la eliminación de los forjados ordinarios que ocupaban dicho cuerpo. La galería suspendida aparece como el único elemento que permanece flotando dentro de un espacio completamente liberado. El proyecto no busca aumentar la superficie útil mediante la superposición de nuevas plantas, sino transformar una sucesión de dependencias relativamente convencionales en un espacio de gran escala vertical. El verdadero gesto arquitectónico es, por tanto, una operación de sustracción antes que de adición.
La importancia de esa galería no radica tanto en la superficie que aporta como en su capacidad para hacer visible el vacío que la rodea. De hecho, la pieza suspendida adquiere sentido precisamente porque existe ese gran espacio libre que permite contemplarla desde distintos niveles y perspectivas. La arquitectura deja de organizarse mediante una acumulación de salas para hacerlo a través de una experiencia espacial basada en la altura, la sección y la percepción simultánea de distintos estratos del edificio.
Desde este punto de vista, la intervención se acerca más a ciertas operaciones contemporáneas donde el vacío se convierte en el principal material de proyecto. La eliminación de las plantas intermedias permite revelar dimensiones desconocidas del edificio y otorga protagonismo a la sección de ese bloque arquitectónico. La galería suspendida funciona como un elemento de mediación entre escalas: permite recorrer el espacio y ocuparlo sin interrumpir su continuidad visual.
No se trata únicamente de establecer un diálogo entre arquitectura histórica y arquitectura contemporánea. La nueva intervención no compite con la estructura heredada porque, en buena medida, se limita a despejarla y a darle un nuevo valor. La galería suspendida introduce una presencia contemporánea inequívoca, pero su principal función es hacer perceptible la amplitud del vacío ganado y permitir que el visitante tome conciencia de las dimensiones reales de esa parte del edificio.
Por ello, quizá la principal virtud del proyecto no sea la creación de un nuevo recorrido ni la ampliación de la capacidad expositiva, sino la construcción de una experiencia espacial inédita dentro del museo. Allí donde antes existía una secuencia de plantas relativamente anodinas, aparece ahora un gran espacio vertical recorrido por una pieza suspendida entre el suelo y la cubierta. El visitante no recorre simplemente una serie de salas; recorre una sección arquitectónica. Esa es probablemente la aportación más original y valiosa de la intervención.
Dicho de otro modo, el elemento protagonista no es la galería, sino el vacío que la galería hace posible. La pieza suspendida actúa como instrumento para medir, recorrer y comprender un espacio cuya verdadera importancia reside en la amplitud ganada tras la eliminación de las antiguas plantas. Esa inversión de protagonismos, que da más valor al vacío que a la masa construida, constituye el aspecto más sofisticado de toda la operación arquitectónica.

La circulación está resuelta con una claridad poco habitual en edificios históricos adaptados a usos museísticos, ya que se entiende de forma inmediata. El único interrogante tiene que ver con la fuerte direccionalidad del recorrido principal. Los itinerarios muy lineales suelen facilitar la visita, pero también pueden limitar la libertad de movimiento y reducir las posibilidades de exploración espontánea. No obstante, esa posible rigidez parece compensarse con la riqueza espacial que generan las distintas relaciones visuales entre la galería suspendida, el claustro y los espacios históricos. Esa facilidad de orientación constituye una ventaja evidente en un museo, donde la experiencia de la visita depende tanto de los contenidos como de la forma en que éstos se descubren.
El claustro barroco conserva su papel como centro organizador del conjunto. Lejos de convertirse en un simple patio contemplativo, sigue actuando como referencia espacial permanente. Desde distintos puntos del recorrido se mantiene la relación visual con este vacío central, que aporta orden y equilibrio a una planta inevitablemente compleja por la evolución histórica del edificio. El claustro continúa siendo el corazón del museo y la nueva intervención ha entendido que su fuerza reside precisamente en esa capacidad para estructurar el conjunto. En una época en la que muchas ampliaciones museísticas buscan llamar la atención mediante formas espectaculares o imágenes icónicas, aquí la arquitectura parece más preocupada por mejorar el funcionamiento del edificio que por producir un efecto mediático. La intervención concentra sus esfuerzos en la organización espacial, en la accesibilidad y en la calidad de la experiencia interior.
Esta intervención ha entendido que el patrimonio no se limita a conservar muros y fachadas, sino que incluye también las proporciones, los vacíos y las relaciones espaciales acumuladas a lo largo del tiempo. La nueva arquitectura no sustituye esas cualidades ni las oculta; las utiliza como materia de proyecto. El resultado responde a una idea sencilla pero difícil de lograr: transformar profundamente un conjunto de edificios históricos sin que dejen de ser reconocibles como tales.

La recuperación de este conjunto histórico en pleno Casco Viejo refuerza además el papel cultural del centro histórico de Bilbao y contribuye a equilibrar una oferta museística que durante años ha estado marcada por el enorme protagonismo mediático del Guggenheim Bilbao Museoa y la intachable calidad del Museo de Bellas Artes. En ese contexto, el Euskal Museoa tiene la oportunidad de ocupar un lugar propio, más vinculado a la interpretación crítica de la sociedad vasca que a la lógica de los grandes iconos culturales destinados al consumo turístico global.
Precisamente ahí aparece una de las incógnitas más relevantes. El Casco Viejo soporta desde hace años una presión turística creciente que afecta al comercio tradicional, a los usos residenciales y a la vida cotidiana de sus vecinos. La reapertura del museo enriquece la oferta cultural del barrio, pero resultaría paradójico que una institución dedicada a preservar la cultura vasca terminara contribuyendo, aunque fuera involuntariamente, a procesos que debilitan el tejido social y urbano que da sentido a esa misma cultura.
Se puede debatir sobre la decisión de haber situado el acceso al museo en la calle menos visible y atractiva de las tres que rodean al conjunto, o si es respetuoso que buena parte del espacio urbano en esa calle peatonal, que forma parte del ámbito de protección del monumento, se encuentre colonizada por las terrazas de los bares situados en la acera de enfrente.
El valor final de la remodelación dependerá de mucho más que de sus aciertos arquitectónicos. El edificio ofrece espacios renovados, una imagen coherente y una organización más eficaz que la anterior. Pero la verdadera prueba llegará con el tiempo. Lo que determinará el éxito o el fracaso del proyecto será su capacidad para convertirse en un lugar de conocimiento, debate y reflexión sobre la realidad vasca contemporánea. Después de años de obras, retrasos y una inversión considerable, la cuestión principal ya no está en los muros ni en las cubiertas, sino en el relato cultural que el museo sea capaz de construir y compartir con la sociedad, ofreciendo una mirada compleja, rigurosa y crítica sobre la historia y la cultura vascas, evitando relatos simplificados o complacientes.

Me gusta lo que comentas… y lamento no poder disfrutarlo físicamente por el momento. ¡Algún día!
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