Barakaldo derriba su última memoria de acero

A Carmen Álvarez Fernández

La anunciada demolición de las antiguas instalaciones de Profusa (Productos de Fundición S.A.) constituye mucho más que la desaparición física de una fábrica abandonada. Representa la consumación de una vieja incapacidad vasca, y particularmente vizcaína, para comprender el patrimonio industrial como un legado cultural complejo, cargado de memoria social, política y estética, y no simplemente como un suelo degradado pendiente de recalificación. Lo que está a punto de desaparecer en la barakaldesa zona de Zubileta, junto al Kadagua justo antes de que éste río atraviese Zorrotza, no son únicamente naves, silos, torres o estructuras metálicas corroídas por el tiempo. Lo que se extingue es el último gran vestigio material de la siderurgia barakaldesa, el último eslabón visible de una genealogía industrial que durante siglo y medio definió el paisaje, la economía y la identidad obrera de toda la Margen Izquierda.

Resulta difícil no percibir una profunda desproporción entre el discurso institucional sobre la memoria industrial y la realidad de las decisiones urbanísticas que se toman. Desde hace años se repite que la cultura industrial forma parte esencial de la identidad vasca, que la ría no puede entenderse sin los altos hornos, las fábricas, los cargaderos y los barrios obreros. Sin embargo, cuando llega el momento de actuar, la conservación casi siempre se reduce a operaciones simbólicas mínimas, a la preservación anecdótica de un elemento aislado o a la rehabilitación decorativa de algún edificio secundario mientras el corazón productivo del conjunto desaparece bajo la piqueta.

Eso es exactamente lo que vuelve a ocurrir en Zubileta. Se anuncia como gesto patrimonial la restauración de una casa torre del siglo XVI -en la esquina Sur de la parcela que tiene cerca de 200.000 m2-, vinculada a Juan de Zubileta, un superviviente de la expedición de Juan Sebastián Elcano, mientras se permite el desmantelamiento de la última gran instalación siderúrgica activa que existió en Barakaldo. La comparación resulta casi obscena. Por supuesto que la casa torre merece protección y rehabilitación. Nadie cuestiona su valor histórico. Pero convertir ese edificio en la pieza central del relato patrimonial mientras se elimina el complejo industrial que definió la vida contemporánea de miles de personas revela una jerarquía cultural profundamente desequilibrada. Parece que seguimos considerando más noble la memoria señorial del siglo XVI que la memoria obrera e industrial de los siglos XIX y XX.

Según la promotora Inversiones Satwind, se ha «proyectado levantar la ‘Ciudad de las Ideas y Proyectos’un espacio lleno de vida, dinamismo, innovación y creatividad con una apertura y proyección Internacional. Para su diseño hemos contemplado la (…) adaptación, transformación y rehabilitación de nuestro Patrimonio Industrial y Cultural que dinamizando nuevas actividades Culturales y Formativas, conformen un ‘Corredor Patrimonial Cultural Único’ y un ‘Eje Dinamizador, Tractor y Conector’ a lo largo del río Kadagua». Promesas anunciadas siempre antes de acometer que después en la mayoría de las ocasiones, quedan reducidas a unos mínimos adulterados.

Inversiones Satwind es una empresa vizcaína que opera como un holding financiero y de gestión empresarial que controla o participa en sectores muy variados (tecnología, textil, inmobiliario o energía), con firmas como Texcon y Calidad, Digwind o Inmowind 98. Su actividad ha estado ligada a fricciones en el ámbito administrativo, urbanístico y medioambiental debido a los activos que gestionan. Así, el holding se encargó de la clausura de Profusa, un proceso que estuvo bajo la lupa pública y de las administraciones, dado que la empresa recibió en su momento subvenciones públicas para adecuaciones medioambientales. Asimismo, el proyecto de transformación de esos terrenos industriales para levantar zonas residenciales y empresariales ha conllevado complejas negociaciones, trámites y peticiones de licencias de derribo ante la Administración.

Lo verdaderamente grave no es únicamente el derribo, sino la ausencia de ambición cultural para imaginar usos alternativos que permitan conservar una parte significativa del conjunto. Europa está llena de ejemplos donde antiguas siderurgias, minas o infraestructuras fabriles se han transformado en espacios culturales, centros de innovación, equipamientos públicos o paisajes industriales visitables. Desde la cuenca del Ruhr hasta antiguas fábricas portuarias británicas o complejos metalúrgicos franceses, numerosos territorios entendieron hace décadas que la ruina industrial no debía contemplarse como un estorbo urbanístico, sino como una oportunidad para construir memoria y singularidad urbana.

Aquí, en cambio, la solución vuelve a ser la más previsible: limpiar el solar, suavizar la memoria incómoda de la industria pesada y preparar el terreno para nuevas operaciones inmobiliarias y logísticas. Bajo nombres como ‘Zubileta Evolution’ o ‘Ciudad de las ideas y proyectos’ se despliega el habitual lenguaje corporativo de la regeneración, un vocabulario que casi siempre funciona como eufemismo de sustitución territorial. Donde antes hubo producción, conflicto laboral, humo, ruido y trabajo industrial, aparecerán pabellones impersonales, urbanizaciones adosadas y espacios económicos intercambiables con cualquier periferia europea contemporánea.

Lo paradójico es que precisamente aquello que podría haber otorgado singularidad al proyecto -la conservación integral o parcial de las estructuras industriales- es lo que se decide eliminar. La torre de apagado, los silos, el gasómetro, las instalaciones de coque o las naves vinculadas a la producción poseen una potencia espacial y simbólica imposible de reproducir artificialmente. Incluso en estado ruinoso constituyen un paisaje de enorme fuerza visual, un testimonio material de la historia industrial vasca mucho más elocuente que cualquier museo lleno de paneles explicativos.

La propia Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP) ya advirtió hace años del enorme valor patrimonial y cultural de estas instalaciones. Pero, como tantas veces sucede, la sensibilidad patrimonial llega tarde y carece de capacidad política real frente a los intereses económicos ligados a la transformación del suelo. En Euskadi se ha consolidado una idea extremadamente pobre de la regeneración urbana: conservar apenas algunos fragmentos testimoniales mientras se destruye la complejidad material del conjunto histórico. El resultado es una memoria amputada, reducida a piezas decorativas descontextualizadas.

Antigua torre de Zubileta reconvertida en caserío actualmente en ruina. Abajo, ventana geminada de origen tardomedieval.

Hay además una dimensión profundamente política en esta desaparición. La historia industrial de Barakaldo no es solamente una cuestión arquitectónica. Es la historia de una sociedad obrera, migrante y sindicalizada que levantó la riqueza de Bizkaia en condiciones extremadamente duras. Derribar las últimas huellas físicas de ese mundo implica también debilitar la capacidad de las generaciones futuras para comprender de dónde procede realmente la configuración social y económica del territorio. Las ciudades que eliminan todas las marcas de su pasado productivo terminan convirtiéndose en escenarios sin profundidad histórica, lugares donde el presente parece haber surgido espontáneamente, desvinculado de cualquier conflicto o esfuerzo colectivo anterior.

Quizá dentro de unos años sobrevivan algunos silos vaciados, alguna fachada protegida o la inevitable placa conmemorativa que explique que “aquí estuvo” la última siderurgia de Barakaldo. Pero para entonces el paisaje industrial habrá desaparecido casi por completo, sustituido por una versión higienizada y rentable del territorio. Y una vez más se habrá perdido la ocasión de demostrar que el patrimonio industrial puede ser algo más que una molestia urbanística previa a la recalificación del suelo.

En este mismo emplazamiento el año 1863 fundó Facundo Chalbaud la primera planta industrial dedicada a la fundición y producción de hierros; en 1901 la empresa fue adquirida por Federico Echevarría Rotaeche para la producción de hojalata y derivados con el nombre de Santa Águeda, tomado de una cercana y famosa ermita hasta ser sustituido recientemente por el topónimo Zubileta. En 1984, tras varias transformaciones, fusiones y crisis, la actividad de la factoría se reorganizó y adoptó el nombre de Profusa. Bajo esta nueva denominación, las instalaciones se especializaron de manera definitiva en la producción de coque y subproductos.

Vista panorámica de las instalaciones de S.A. Echevarría (antecesora de Profusa), en Santa Águeda, en un dibujo de Gerardo D’Abraira realizado a principios de los años 40.

2 comentarios sobre “Barakaldo derriba su última memoria de acero

  1. Paso muy a menudo junto a esta instalación industrial y he podido ver su declive. Hace treinta y tantos años aún funcionaba su horno alto, recuerdo su fuego. Decían que era el horno alto más pequeño de Europa, lo que resulta un poco contradictorio. Un amigo que trabajó ahí hace más de cuarenta años decía que le gusta recordar el aroma del carbón de coque que usaban. Ese horno desapareció, pero aún funcionó unos años más la fundición. Luego cerró. La fábrica estuvo un tiempo en perfecto estado, como si esperara volver a funcionar en cualquier momento. Pero acabaron apareciendo señales de carroñeo, cada vez más evidentes y numerosas. Ahora está claro que nada quedará, ni para un epitafio.

    Me gusta

    1. Muchas gracias por tu comentario, Juan. Hace poco pasé por su cercanía en el tren a Balmaseda y me impresionó la magnitud de sus instalaciones, así como lo mucho que, por su abandono, me recordaron a los años 90 del siglo pasado, cuando ese paisaje de ruinas y desolación industrial era el habitual por muchas comarcas del Bajo Nervión. Siempre queda tiempo para el epitafio, incluso para evitarlo o, al menos, para que su contenido tenga algo de poesía y no la tosca prosa que quieren escribir ahí.

      Me gusta

Deja un comentario