Bilbao después del colapso turístico

/ Javier González de Durana /

La historia económica demuestra que ningún ciclo es eterno. Como dijo el filósofo: todo lo sólido se desvanece en el aire. Lo que ocurrió con la minería del hierro, la industria siderúrgica o la construcción naval se repetirá —con nuevas formas— en el turismo. Aquellos fenómenos tuvieron su aspecto más positivo en la riqueza económica producida mientras dieron trabajo a miles de personas. Su desaparición proporcionó primero desventajas (la más grave, el paro laboral), pero después también algunos beneficios inesperados. Asi, la minería destrozó montes y valles que hoy, convertidos en parques y paseos, son lugares de gran singularidad además de memoria paisajística tangible. La siderurgia cubrió los suelos de escoria y los subsuelos de contaminación, pero al desaparecer de áreas centrales o próximas a la ciudad está permitiendo un crecimiento urbano que antes permanecía estrangulado. El cierre de los astilleros clausuró la idiosincrásica y secular etapa naval, pero ha hecho posible la recuperación de las riberas del Nervión para disfrute de la ciudadanía.

En su actual fase de auge, la industria turística se percibe con una fortaleza inagotable que, además, se subvenciona; ayer mismo, 26 de abril domingo, se publicó la noticia de que el Departamento de Turismo del Gobierno Vasco «dotará con hasta 18.000 euros la creación de nuevos negocios turísticos y concederá hasta 15.000 en ayudas a la mejora de la competitividad de las empresas turísticas». En su declive, este sector económico dejará al descubierto transformaciones profundas que no habrán desaparecido al mismo ritmo que los flujos de visitantes. Bilbao quedará como una ciudad estructuralmente alterada.

El cambio más persistente se encontrará en la propiedad inmobiliaria. La transferencia de edificios completos hacia fondos de inversión y grandes tenedores habrá desarticulado el vínculo entre vivienda y comunidad local, dejando un centro urbano con «propietarios fantasma». Aunque el final del turismo liberará parte del parque residencial, muchas de esas viviendas habrán sido físicamente adaptadas para la explotación intensiva, con subdivisiones y configuraciones poco aptas para el uso familiar; su complicada reconversión funcional en hogares dignos sólo será posible con fortísimas inversiones económicas. Esto implicará que la esperada bajada de precios será desigual y limitada, dando lugar a un mercado dual entre viviendas recuperables y otras degradadas. Además, la hipotética permanencia en Bilbao de esos grandes propietarios sugiere que el acceso a la vivienda seguiría mediado por lógicas financieras globales, no por necesidades sociales locales.

Desde el punto de vista urbanístico, Bilbao afrontará las consecuencias de haber sido rediseñada como una ciudad-escenario con una infraestructura sobredimensionada para su población real. La ciudad comprobará que, desaparecidos los flujos de visitantes, los costes de mantenimiento se habrán convertido en una carga fiscal insoportable para una población local más reducida que ya no contará con los ingresos del turismo para sufragarlos. Espacios amplios, materiales costosos y una planificación orientada al tránsito y la contemplación generan un modelo urbano con altos costes de mantenimiento. Se abrirá un dilema entre el deterioro progresivo del espacio público o el incremento de la presión fiscal. Revertir esa lógica requerirá tiempo, inversión y un cambio cultural profundo.

El tejido comercial constituirá otra de las fracturas más difíciles de recomponer. La sustitución del comercio de proximidad por negocios orientados al consumo efímero habrá destruido redes económicas completas. Cuando desaparecen ferreterías, ultramarinos o talleres, no sólo se pierde oferta, sino también conocimiento, proveedores y relaciones de confianza. La ciudad post-turística heredará locales vacíos diseñados para el consumo banal, situados en calles donde la red de servicios básicos habrá sido desmantelada. Esta «desertificación de lo cotidiano» obligará a los residentes a desplazamientos más largos para cubrir necesidades básicas, consolidando un modelo de ciudad segregada donde el centro quedará como un cascarón arquitectónico de lujo pero funcionalmente inútil para la vida diaria. La recuperación no será automática.

En el plano residencial, la desaparición del turismo abrirá una oportunidad condicionada. Parte de las viviendas volverá al mercado de alquiler de larga duración, lo que podría facilitar el retorno de población joven a zonas centrales como Abando o el Casco Viejo. Las infraestructuras hoteleras de lujo, por su parte, ofrecerán una estructura ideal para su reconversión en viviendas dotacionales o residencias de mayores, optimizando edificios de alta calidad constructiva para resolver necesidades sociales urgentes que el mercado turístico mantenía bloqueadas. Sin embargo, este proceso dependerá en gran medida de la intervención pública. Sin regulación, existirá el riesgo de que el mercado simplemente sustituya al turista por otros perfiles de similar poder adquisitivo, manteniendo la exclusión residencial. La re-ocupación del centro, por tanto, no estará garantizada, sino que será un escenario posible sólo bajo el ejercicio de determinadas políticas.

Los grandes iconos urbanos no desaparecerán, pero deberán redefinir su papel. Infraestructuras como Guggenheim Bilbao Museoa o el Palacio Euskalduna podrían evolucionar hacia usos más vinculados al conocimiento, la investigación o la innovación; también podrían ponerse en manos privadas, como ya ha sucedido con la parte de la Alhóndiga cedida a La Caixa. Esta transición, sin embargo, requerirá planificación estratégica y una integración real con el tejido económico local. De no producirse, estos espacios correrán el riesgo de convertirse en infraestructuras sobredimensionadas y parcialmente infrautilizadas.

El declive del turismo también reconfigurará la relación entre el centro y la periferia. Zonas como Zorrozaurre podrían redefinirse desde modelos orientados a la atracción global hacia comunidades más autosuficientes y habitables. En la periferia y los barrios altos, el fin de la inversión en promoción exterior permitirá conducir fondos hacia su rehabilitación, eficiencia energética y accesibilidad. Al mismo tiempo, el Nervión podría recuperar funciones ecológicas y logísticas, reduciendo su papel como elemento escénico. Este proceso abrirá una oportunidad para re-equilibrar la ciudad, aunque también existirá el riesgo de consolidar desigualdades si la inversión no se redistribuye de forma efectiva.

En conjunto, el Bilbao post-turístico será una ciudad en transición (¿cuándo no lo ha sido?), atravesada por tensiones entre el legado de su transformación reciente y la necesidad de redefinir su modelo. Afrontará riesgos claros —infraestructura sobredimensionada, mercado inmobiliario distorsionado, vacíos comerciales y presión fiscal—, pero también oportunidades reales para mejorar la habitabilidad, recuperar funciones urbanas básicas y reorientar su economía. El resultado final dependerá de la capacidad institucional y social para gestionar las consecuencias del declive turístico y construir un nuevo equilibrio urbano.

Ese día llegará; vendrá provocado por una profunda crisis energética, una larga y letal pandemia, un colapso en las redes de transporte o un radical cambio en los usos y costumbres a causa de algo que ahora nos resulta inimaginable. En la medida que estemos prevenidos y lo tengamos previsto, el impacto podrá ser amortiguado. Vamos, supongo…

2 comentarios sobre “Bilbao después del colapso turístico

    1. No creo que tú y yo lleguemos a ver el inicio de ese declive, Renato. Y salvo que suceda algún acontecimiento catastrófico y súbito, será una proceso que durará años en combinación de varias circunstancias, no sólo de una, como sucedió con otros anteriores. Así, por ejemplo, la desaparición de la minería del hierro en Bizkaia fue el resultado de una combinación crítica de agotamiento geológico y pérdida de competitividad en un mercado globalizado. Tras décadas de explotación intensiva, las ricas vetas de hematites de baja profundidad se agotaron, obligando a realizar extracciones subterráneas mucho más costosas que no podían competir con los precios del mineral importado de Brasil o Australia. A este declive técnico se sumó la evolución de la siderurgia, que mediante nuevos procesos químicos dejó de depender exclusivamente del hierro vizcaíno (famoso por su ausencia de fósforo), y la crisis industrial de los años 80, que priorizó la rentabilidad económica y la protección ambiental sobre el mantenimiento de unas minas ya deficitarias, culminando con el cierre de la última explotación en 1993.

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