Jon Gorospe, autopsia de la ciudad globalizada

/ Javier González de Durana /

Desde el pasado 26 de marzo Kutxa Fundazioa presenta en su Artegunea de Tabakalera, Donostia, la exposición de Jon Gorospe, Urban Morphologies, comisariada por Alejandro Castellote. Hay algo de autómata en la forma en que habitamos el cemento, una inercia que el ojo de Jon Gorospe se dedica a desmenuzar en sus fotografías, como en una autopsia. Gorospe se para frente a la ciudad contemporánea no para retratar su alma, sino para medir sus huesos, para entender cómo la disposición de una calle o la repetición de una ventana nos dicta, en silencio, la manera de movernos, de percibir el vacío y de relacionarnos con el otro. El título, que suena a tratado científico, alude precisamente a eso: a la morfología urbana, el estudio de la materia física de la ciudad que, en sus manos, se convierte en una herramienta analítica donde la geometría y el ritmo de las fachadas revelan las estructuras invisibles que organizan nuestra vida cotidiana.

La mirada de Gorospe se orienta en contra de la distracción. Propone una reflexión sobre este tiempo de edificios clónicos, de módulos que se repiten hasta el hartazgo produciendo paisajes de una homogeneidad exasperante. En sus imágenes, la arquitectura no es un refugio, sino un sistema de producción. Se detiene en la relación entre el individuo y ese entorno construido a una escala que nos desborda, donde las barreras urbanas deciden por nosotros dónde encontrarnos y dónde no. Sus fotografías no documentan edificios; registran la experiencia humana del anonimato en los grandes conjuntos residenciales, esa pérdida de identidad en ciertos barrios periféricos. Gorospe pertenece a la estirpe de fotógrafos que usan la imagen para investigar el territorio, moviéndose en ese filo incómodo entre el documento, la arquitectura y la estética minimalista, donde la ciudad deja de ser un lugar para ser un organismo.

En esta serie fotográfica no hay monumentos ni hitos para el turista. Lo que hay es el triunfo de lo cotidiano, de lo funcional, de lo que suele pasar desapercibido por ser demasiado evidente. Gorospe se mete en las periferias metropolitanas, en esas zonas de expansión reciente donde los bloques de viviendas contemporáneas despliegan sus fachadas de ventanas y estructuras modulares diseñadas para la densidad más absoluta, donde la planificación urbana se vuelve ramplona. Los edificios aparecen como patrones visuales, ritmos metálicos de vidrio y hormigón que refuerzan una idea central: la ciudad globalizada es una máquina de producir paisajes idénticos, donde la diferencia entre una latitud y otra se entierra bajo materiales de construcción industriales. Es una geografía conceptual, un mapa de formas urbanas.

Este proyecto no nace del vacío, sino que se inscribe en esa tradición dura de la fotografía de paisaje que, desde finales del siglo pasado, decidió que la naturaleza ya no era el centro de nada. Gorospe dialoga con la sombra de Bernd y Hilla Becher, la escuela de Düsseldorf, con ese enfoque sistemático y tipológico que estudiaba las estructuras industriales como si fueran insectos disecados y los espacios urbanos, como vastedades apabullantes. Al enfatizar las geometrías y los ritmos modulares, la ciudad en su obra aparece casi como una abstracción cartográfica. No se trata sólo de representar, sino de interpretar cómo esos modelos urbanísticos condicionan nuestra forma de estar en el mundo. Al final, lo que Gorospe nos pone delante es un espejo de cemento: una invitación a mirar de otra manera esos espacios banales -una intersección, un bloque de pisos…- para entender, por fin, que el paisaje urbano no es sólo el sitio donde vivimos, sino el reflejo exacto de nuestras decisiones económicas y de nuestras derrotas culturales.

Jon Gorospe viene desplegando su práctica artística como una disección del paisaje antropizado, centrando su mirada en los entornos urbanos para proponer respuestas a las tensiones de la modernidad. En otras ocasiones le ha interesado estudiar cómo el diseño de las ciudades condiciona el desarrollo de la vida, deteniéndose en fenómenos como la proliferación de la publicidad, la mercantilización del espacio público y la homogeneidad visual. Para Gorospe, el medio fotográfico no es un simple soporte, sino un lenguaje con valor propio; por ello, otorga una carga conceptual equivalente tanto a la técnica empleada como al tema que retrata, estableciendo un diálogo entre la herramienta y el entorno.

Este fotógrafo se mueve por la ciudad con la mirada de un detective cansado de buscar asesinos, que de pronto decide que el verdadero culpable no es el tipo de la gabardina, sino el urbanista que diseñó la acera. Le interesa el paisaje urbano como a otros les puede interesar conocer el origen de un conflicto entre amigos: por lo que tiene de síntoma. Se dedica a aislar las patologías de la urbe moderna: esa profusión de anuncios publicitarios que es el sarampión del capital, la comercialización de las calles por las que antes caminábamos sin obstáculos porque eran de todos y esa globalización que nos está dejando unas ciudades tan clónicas y aburridas.

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