D’Abraira y la imagen industrial de posguerra

/ Javier González de Durana /

Manufacturas Olaran Beasain), circa 1945, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 88 x 238 cm,

El próximo martes, 10 de marzo, se inaugurará en San Telmo Museoa una exposición de trabajos realizados por Gerardo D’Abraira, un dibujante -hasta hace poco tiempo totalmente olvidado- que en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado definió visualmente la imagen de la industria en el País Vasco y España. Los dibujos que se verán en Donostia serán, sobre todo, de fábricas guipuzcoanas, ULGOR, ALFA, Boinas Elósegui, BELLOTA…, aunque habrá alguna vizcaína, KRUG, y cuatro piezas singulares de Haro por referirse a un tipo de «fábrica» infrecuente entre sus trabajos, Viña Tondonia, una bodega.

La historiografía de la industrialización en España se enfrenta a un desafío ontológico: la proximidad temporal de su desmantelamiento. El periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y las últimas décadas del XX, especialmente su fase de aceleración tras 1975, permanece bajo un escrutinio constante debido a la carga traumática de su final. El cierre masivo de factorías durante los años 70, 80 y 90 no sólo supuso una crisis socioeconómica de magnitud sistémica, sino que desencadenó una catástrofe documental. La desaparición de archivos, planos y registros visuales, a menudo vendidos como papel de desecho o arrojados a vertederos, ha dejado vacíos irreparables en el registro de la cultura tecnológica del país.

En este escenario de desidia administrativa y pérdida material, la figura del trabajador se convierte en una «arqueología viva». El saber hacer (know-how) de los operarios desaparece sin ser registrado y la fisonomía de las fábricas se borra antes de ser estudiada. Es en este contexto de lucha contra el tiempo donde el hallazgo de la obra de Gerardo D’Abraira adquiere una relevancia excepcional. D’Abraira no fue solo un dibujante; fue el arquitecto de la imagen corporativa de la industria española en un momento crítico de su reconstrucción.

La trayectoria de Gerardo D’Abraira es la de un hombre cuya discreción personal contrasta con la rotundidad de su producción profesional. Nacido en Begoña (Bilbao) en 1904, su formación como delineante -registrado en la Federación de Técnicos de Vizcaya en 1923- constituye la base técnica de su lenguaje visual. Su rastro vital, difuminado por mudanzas y el paso implacable de las décadas, sitúa su madurez profesional en el entorno de Las Arenas (Getxo). Aunque su formación fue técnica, su obra trasluce una sensibilidad arquitectónica que desborda el mero dibujo lineal. El diseño de una vivienda racionalista que se conserva entre sus pertenencias sugiere que D’Abraira «sentía» la arquitectura como una vocación no titulada. Su capacidad para traducir volúmenes complejos a planos bidimensionales indica una formación superior, probablemente perfeccionada en estudios de arquitectura cuya identidad aún permanece en la penumbra historiográfica.

La génesis de la especialidad de D’Abraira -la vista aérea axonométrica de complejos fabriles- responde a una necesidad del mercado en la España de posguerra. Antes de que la fotografía aérea fuera accesible y estéticamente superior para las empresas, estas requerían de una representación que aunara fidelidad técnica y potencia visual.

Una hipótesis sólida sitúa sus inicios en la colaboración con la empresa Babcock & Wilcox. En los años 20 y 30, la firma disponía de fotografías de interiores de gran calidad, pero que perdían nitidez al ser reproducidas en papel couché. D’Abraira, mediante la técnica del silueteado y el redibujo interno, logró salvar estas deficiencias. El hallazgo de un anagrama que integra las letras G, D y A en estas obras tempranas refuerza la tesis de que este fue su campo de entrenamiento. El salto de los interiores a las vistas exteriores fue un proceso natural de evolución hacia la autonomía del dibujo frente a la referencia fotográfica.

ULGOR (Arrasate), 1956-59, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 96 x 178 cm.

Uno de los hitos más significativos en su producción es el dibujo de Altos Hornos de Vizcaya (Sestao), datado hacia 1941. Este trabajo es paradigmático por su valor documental y su metodología «proyectual». En la obra aparece representada la Escuela de Aprendices de la empresa, una institución obligada por el Ministerio de Industria en 1940. Lo relevante es que D’Abraira dibujó la Escuela no como estaba en el momento de su ejecución (en fase de construcción), sino como dictaban los planos del ingeniero José Ricardo Zubiría. Este acto de «dibujar el futuro» revela que D’Abraira no era un observador pasivo, sino un colaborador que tenía acceso a los planos de ingeniería y arquitectura de las empresas. Su dibujo se convertía en una promesa de modernidad, una realidad terminada antes de que el hormigón fraguase. En ocasiones, esto generaba anacronismos históricos cuando los proyectos originales se modificaban sobre la marcha de su ejecución, dejando el dibujo de D’Abraira como el único registro de lo que la empresa «quiso llegar a ser».

Tras su traslado a Getxo en los años 40, su cartera de pedidos se expandió de forma exponencial. El País Vasco, con el eje del Nervión como motor industrial, fue su principal mercado, pero su fama trascendió las fronteras regionales. Realizó trabajos extensos en Cantabria y Burgos, destacando su relación con el sector textil (SESA, Fabril Sedera, FEFASA). Su prestigio alcanzó dimensión nacional: Valencia, Barcelona, Vigo, Sevilla, Valencia y Salamanca, a menudo a través de las redes de contacto del empresariado vasco que poseía participaciones en industrias locales. D’Abraira utilizaba un membrete profesional que mencionaba Bilbao, Santander y Madrid, proyectando una imagen de consultoría técnica de ámbito nacional que superaba la realidad de su estudio doméstico en Las Arenas. En un mercado donde otros dibujantes realizaban esquemáticos paisajes industriales de forma esporádica, D’Abraira se erigió como el especialista indiscutible por su calidad y continuidad. Su obra no era un simple ornamento para las salas de Consejos de Administración o despachos de Dirección; era el elemento distintivo de la papelería industrial, facturas y catálogos, heredando la tradición de la litografía decimonónica, pero bajo un rigor métrico moderno.

Gerardo D’Abraira ante uno de sus dibujos.

El estilo de D’Abraira se define por la precisión axonométrica. A diferencia de la perspectiva caballera o cónica tradicional, su técnica permitía mantener una escala legible en todo el conjunto fabril, lo que resultaba fundamental para la comprensión técnica del complejo. Cuatro datos caracterizan sus dibujos. 

La Composición Espacial: Sus vistas se tomaban desde un punto elevado imaginario, un «ojo de Dios» que otorgaba grandiosidad a la industria. La línea del horizonte solía situarse en el tercio superior de la imagen, permitiendo la integración de la fábrica en su entorno geográfico, aunque a menudo este entorno fuera simplificado para no restar protagonismo al objeto industrial. A la vez, la visión angular del edificio provocaba que sus paredes laterales crearan dos puntos de fuga muy separados entre sí con la idea de sugerir una «grandeza» que la modesta realidad del inmueble, a veces, contradecía. Sin embargo, no modificaba la realidad; por decirlo de algún modo, D’Abraira era verdadero en los detalles y un poco inventivo en el conjunto.

La Humanización del Espacio: A pesar del rigor geométrico, D’Abraira introducía detalles extra-arquitectónicos: pequeños camiones, coches de la época, obreros caminando y, sobre todo, infraestructuras de transporte (ferrocarriles y barcos). Estos elementos no eran anecdóticos; servían para demostrar la conectividad logística y el dinamismo operativo de la planta junto a la contundencia inerte de las arquitecturas industriales.

ALFA (Éibar), 1954, reproducción fotográfica a partir de un negativo original de Estudio Pascual.

La Semiótica del Humo: Un rasgo constante es la presencia de densas humaredas negras saliendo de las chimeneas. En el contexto de la autarquía y la posterior estabilización económica, el humo no era interpretado como contaminación, sino como un signo inequívoco de salud financiera, empleo y progreso.

La Limpieza Formal: Sus dibujos presentan una realidad «limpia», desprovista de la suciedad y el caos inherentes a la actividad fabril real. Es una arquitectura idealizada, donde el orden y la pulcritud comunican la eficiencia administrativa de la empresa. Era la visión que los empresarios tenían de sí mismos y que deseaban transmitir a clientes, competidores…

En estos trabajos D’Abraira no pretendía pasar por artista, aunque para realizarlos tuviera que tener el oficio y las cualidades de un artista. Su rigor técnico no nacía de una falta de creatividad, sino de una autodisciplina profesional que subordinaba el estilo a la función. D’Abraira era consciente de que el empresario que contrataba sus servicios no buscaba arte, sino una atractiva herramienta de comunicación institucional. Sin embargo, su capacidad para introducir detalles deliciosos y transfiguraciones paisajísticas eleva sus dibujos muy por encima del mero plano de ingeniería.

Altos Hornos de Vizcaya (Sestao), 1941, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 71,49 x 194,8 cm.

Gerardo D’Abraira falleció el 28 de septiembre de 1964. Tuvo la fortuna de no presenciar la decadencia de las instituciones que con tanto esmero dibujó. Su muerte precedió a la crisis del petróleo y al posterior desmantelamiento industrial español, que condenó a gran parte de sus dibujos al olvido o la destrucción.

El rescate actual de su obra, a menudo recuperada de chamarileros o de almacenes olvidados, permite realizar una lectura transversal de la historia de España. Sus dibujos son microhistorias visuales que documentan no sólo edificios, sino una mentalidad: la de un país que buscaba en la industria su identidad moderna.

La obra de Gerardo D’Abraira debe ser reivindicada como una pieza fundamental del patrimonio industrial español. Su capacidad para sintetizar la complejidad de una planta industrial en una sola imagen coherente, estéticamente atractiva y técnicamente precisa, lo sitúa en la cúspide de su oficio.

En un mundo que hoy valora la sostenibilidad y el patrimonio, los dibujos de D’Abraira funcionan como un espejo de lo que fuimos: una sociedad que encontraba en la estructura fabril y el vapor la promesa de un futuro mejor. Su legado no es sólo artístico; es un archivo visual de la voluntad constructiva de un país, un testimonio que, a pesar de la desidia y el tiempo, hoy vuelve a reclamar su lugar en la historia.

La Conchita (Sodupe), circa 1949-50, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 61 x 100 cm.

Olabeaga, paradojas entre renacer y resucitar

/ Javier González de Durana /

Fernando Laroche, Ria de Bilbao en Olabeaga, 1918, óleo /cartón, 45,5 x 56 cm. Antes de SEFESA.

El llamado “renacimiento” de Olabeaga se presenta como una operación de modernización imprescindible, casi inevitable, envuelta en un lenguaje seductor -“dar oxígeno”, “coser la ciudad”, “liberar espacio”- que evoca reconciliación urbana y progreso compartido. Sin embargo, bajo esa retórica optimista se percibe un planteamiento más propio de los grandes ciclos expansivos del urbanismo financiero que de una estrategia sensible hacia un barrio con identidad histórica, tejido social consolidado y una escala humana muy definida. 

Lo que necesita Olabeaga quizás no sea exactamente renacer para ser otro barrio distinto del que fue, sino resucitar para preservar, en un tiempo nuevo, la personalidad que durante siglos ha moldeado su carácter. El cierre de grandes empresas como SEFESA y Euskalduna, así como de pequeños talleres auxiliares vinculados a la construcción naval, la metalurgia y la química, junto a la desaparición del tráfico ferroviario, condujo al barrio a un estado de “muerte” laboral y social.

El núcleo de la propuesta recientemente conocida -la retirada de las vías ferroviarias como palanca de transformación- es, en sí mismo, una aspiración legítima. Nadie discute que la integración ferroviaria puede mejorar la conectividad y la calidad urbana. El problema surge cuando esa intervención pública estratégica queda subordinada a un modelo de financiación que convierte el suelo liberado en mercancía y la vivienda en instrumento de compensación económica. La construcción de casi 600 nuevas viviendas no aparece como respuesta a una demanda social diagnosticada en el entorno inmediato, sino como la “moneda de cambio” necesaria para hacer viable la operación. Es decir, no se planifica en función de las necesidades del barrio, sino en función del equilibrio contable del proyecto.

Presentar una densificación masiva en un barrio tradicionalmente angosto y de escala doméstica como una forma de “liberar espacio” roza la paradoja. Se sustituye una barrera física de hierro -las vías férreas- por otra de hormigón y cristal: bloques residenciales que alterarán radicalmente la morfología, la relación con la ría y la percepción espacial del entorno. El riesgo no es únicamente volumétrico; es social. Cuando el valor del suelo aumenta y el nuevo producto inmobiliario se orienta a segmentos de renta superiores, el proceso de gentrificación no es una posibilidad remota, sino una consecuencia previsible. El encarecimiento de alquileres, la transformación del comercio de proximidad y la progresiva sustitución demográfica son dinámicas ampliamente documentadas en operaciones similares. La identidad de Olabeaga -ese carácter casi de enclave propio, la “Noruega” bilbaína- podría diluirse en una continuidad estética con San Mamés o en una prolongación residencial de Zorrotzaurre.

La propia estrategia administrativa refuerza la sensación de un modelo predefinido y blindado. La simultaneidad de licitaciones y concursos internacionales antes de concluir los estudios informativos transmite una prisa poco compatible con la deliberación pública. Más que abrir un debate, parece buscar consolidar un marco de actuación difícilmente reversible. Delegar el diseño en un concurso con jurado técnico puede aportar calidad formal, pero también conlleva el riesgo de repetir errores ya conocidos: priorizar el gesto icónico, la imagen exportable, la arquitectura que funciona en renders y memorias promocionales, pero que no necesariamente resuelve las cuestiones cotidianas de quienes habitan el barrio. El comercio local, el aparcamiento, los equipamientos de proximidad, la protección frente a la subida de rentas o la garantía de vivienda asequible no suelen protagonizar las imágenes de portada de los concursos internacionales.

Gerardo D’Abraira, Sociedad Española de Fundiciones Eléctricas, SEFESA, circa 1945, tinta china / papel, 91 x 188 cm. SEFESA recién construida.

El debate de fondo es qué se entiende por regeneración urbana. Si se mide en número de viviendas nuevas, inversión privada captada o firmas arquitectónicas de renombre, el modelo actual puede considerarse exitoso. Pero si se mide en cohesión social, permanencia de la población residente, fortalecimiento del tejido económico local y mejora real de la calidad de vida sin desplazamientos forzados, la evaluación cambia sustancialmente.

Existen alternativas viables que no pasan necesariamente por hipotecar el suelo público para financiar infraestructuras. La integración ferroviaria podría concebirse como una inversión estratégica en infraestructura verde y resiliencia climática, susceptible de financiación europea orientada a la transición ecológica. El trazado liberado podría convertirse en un parque lineal continuo, en un corredor ecológico que conecte barrios y ría, generando valor ambiental y social sin necesidad de maximizar la edificabilidad. En lugar de expansión, cabría apostar por la rehabilitación intensiva del parque edificatorio existente: mejora de accesibilidad, eficiencia energética, refuerzo estructural y programas de ayudas que permitan a los vecinos permanecer en sus hogares. Esta estrategia tendría un impacto directo en la calidad de vida y reduciría la presión especulativa.

Asimismo, la regeneración podría orientarse hacia la diversificación económica y la generación de empleo local. Los antiguos espacios ferroviarios y tinglados ofrecen oportunidades para talleres de economía circular, centros de formación profesional vinculados a actividades portuarias y fluviales, laboratorios de innovación social o espacios de creación cultural. En lugar de convertir el barrio en un mero nodo residencial de alta demanda o en un lugar de paso, se podría consolidar una economía propia que refuerce su autonomía y su identidad.

En última instancia, la transformación de Olabeaga no debería plantearse como una operación de ingeniería financiera revestida de narrativa urbana, sino como un proyecto de cuidado territorial y social. Regenerar no es sustituir; es mejorar sin expulsar. No es llenar el horizonte de grúas, sino fortalecer las redes vecinales. No es atraer nuevos residentes a cualquier precio, sino garantizar que quienes ya forman parte del barrio puedan seguir haciéndolo. Si el supuesto renacimiento implica pagar el peaje de la masificación y la pérdida de identidad, quizá no se trate de un renacimiento, sino de una mutación irreversible cuya factura social será mucho más alta que la económica.

El concepto de «continuo metropolitano» que agrada en las altas instancias municipales es el eufemismo definitivo para la homogeneización de la ciudad. En ese modelo de «ciudad escaparate», los barrios pierden sus costuras y sus particularidades para fundirse en un diseño standard de paseos marítimos y torres de acero, donde el habitante histórico es sustituido por un perfil de usuario más acorde con la nueva estética global de la ría. Estamos ante una «integración» que, en la práctica, funciona como una absorción: Olabeaga no se integra en Bilbao, Bilbao devora a Olabeaga.

Gerardo D’Abraira, Sociedad Española de Fundiciones Eléctricas, SEFESA, circa 1955, tinta china, acuarela y guache / papel, 91 x 188 cm. SEFESA ampliada.

La ciudad se eleva con sentido

/ Javier González de Durana /

La construcción de uno, dos, tres o más pisos sobre edificios existentes es una práctica que existe desde hace siglos entre nosotros. A veces esos recrecimientos se hacían sobre edificios que no estaban estructuralmente preparados para soportar el nuevo peso y con el tiempo esa adición provocaba su deterioro y ruina. Otras veces se realizaban sobre edificios que sí aguantaban el levante, pero con tan desafortunado diseño que degradaba edificios de notable calidad y valor patrimonial, provocando su desfiguración. Sobre todo en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado de llevaron a cabo numerosas intervenciones lamentables.

Sin embargo, estas actuaciones no son rechazables si se ejecutan con sentido. Hace unas semanas críticaba aquí que la densificación del Ensanche bilbaíno se orienta hacia el interior y hacia el subsuelo de los edificios existentes, lo que provoca grandes recelos y sospechas. Pero hacerlo hacia arriba, en edificios con cubierta plana de propiedad pública y relativa reciente construcción no es ningún despropósito, sino una oportunidad para crear nuevas viviendas sin consumir más suelo en ciudades que, como Bilbao o Donostia, no disponen de mucho más del que ya ocupan. Ayer, 2 de marzo, se celebró una jornada en Bilbao, organizada por el Departamento de Vivienda y Agenda Urbana del Gobierno Vasco y el diario El Correo, en torno a «La joven arquitectura vasca ante el reto de recrecer la ciudad construida» en la que se analizaron estas posibilidades a partir de cinco propuestas-ensayo.

Denis Itxaso, Consejero de Vivienda y Agenda Urbana, en la presentación de la Jornada.

La aprobación de la Ley 6/2025 y los anteproyectos impulsados en torno al parque público gestionado por Alokabide no constituyen únicamente una actualización normativa ni una operación técnica sobre edificios existentes; representan, más bien, la afirmación de una nueva conciencia urbana. Estamos ante un cambio de paradigma que abandona definitivamente la lógica expansiva basada en la ocupación continua de suelo para abrazar una cultura del aprovechamiento inteligente, responsable y creativo de la ciudad consolidada. Esta transformación no es solo física, sino ética: redefine la relación entre territorio, vivienda y bien común, y sitúa el urbanismo en el terreno de la responsabilidad intergeneracional.

La estrategia de las actuaciones de levante -la ampliación en altura sobre estructuras ya construidas- simboliza con claridad esta evolución. En lugar de extender la mancha urbana y tensionar el entorno natural, se opta por densificar con lógica, reconociendo que el suelo es un recurso limitado y precioso. Crecer sobre lo ya edificado no es únicamente una decisión pragmática; es una declaración de respeto hacia el territorio y hacia las infraestructuras existentes. La ciudad consolidada deja de verse como un espacio agotado para convertirse en un campo de oportunidades. Además, desde el punto de vista técnico y ambiental, la intervención en altura evita en gran medida la ejecución de nuevas cimentaciones -una de las fases más costosas y de mayor impacto en cualquier obra-, reduciendo significativamente la huella ecológica y económica del proceso constructivo. Se trata de un urbanismo de precisión y eficiencia, que fortalece los barrios existentes en lugar de dispersarlos.

Propuesta de Tudancaacedo arquitectura en Vitoria-Gasteiz, 82 alojamientos dotacionales en una superficie construida de 6.234 m2, para 209 personas, con sistema estructural a base de entramados ligeros de madera.

El hecho de que estas intervenciones se desarrollen sobre patrimonio público introduce un elemento decisivo: la vivienda resultante queda fuera de las dinámicas especulativas del mercado. La ampliación del parque residencial no responde a la lógica de la rentabilidad financiera, sino a la ampliación efectiva del derecho a la vivienda. Este enfoque devuelve al urbanismo su dimensión social y lo vincula a una gestión transparente orientada al bienestar colectivo. En este contexto, la arquitectura no es un instrumento de valorización privada, sino una herramienta de cohesión y equilibrio social. La ciudad se entiende como un bien común, y la vivienda como una infraestructura básica de dignidad.

Propuesta de Ortega Diago para Arrasate-Mondragón, 22 alojamientos dotacionales en una superficie construida de 1.700 m2, para 40 personas con un sistema estructural de madera contralaminada.

Resulta igualmente significativo que el diseño de estos anteproyectos haya sido confiado a brillantes estudios jóvenes de arquitectura vasca, todos ellos ganadores del Premio Peña Ganchegui en diferentes años. Esta decisión no es anecdótica, sino estratégica: supone reconocer que las nuevas generaciones aportan una mirada desacomplejada, sensible a los retos climáticos y sociales, capaz de integrar innovación tecnológica con responsabilidad pública. Lejos de reproducir soluciones estandarizadas, tratan cada inmueble como un caso específico, como un ejercicio de lectura urbana que exige respuestas particulares. Así, la intervención en altura no se percibe como un añadido improvisado, sino como una oportunidad para reconfigurar la imagen y la articulación del edificio en su conjunto, tanto estética como funcionalmente.

Propuesta de BeAr arquitectos para Leioa, 34 alojamientos dotacionales en una superficie construida de 3.141 m2, para 72 personas con un sistema estructural basado en entramado ligero de acero (LSF).

La incorporación de sistemas industrializados en estas actuaciones refuerza aún más la coherencia del modelo. La industrialización no se plantea como una mera estrategia de rapidez, sino como una apuesta integral por la calidad, la sostenibilidad y la reducción de molestias. Al trasladar gran parte del proceso constructivo a entornos controlados de taller, se optimizan tiempos, se mejora la precisión técnica y se disminuyen de manera notable el ruido, el polvo y las interferencias en la vida cotidiana de los vecinos. Este aspecto es especialmente relevante cuando se interviene sobre edificios habitados: la modernización no puede hacerse a costa del bienestar de quienes ya residen en ellos. La tecnología, en este sentido, se convierte en aliada de la convivencia.

Propuesta de Aurtenetxe & Usabiaga para Bilbao, 40 alojamientos dotacionales en una superficie construida de 1.545 m2, para 40 personas con un sistema estructural de madera contraminada.

Además, la construcción industrializada dignifica el trabajo al reducir las labores penosas y favorecer procesos más seguros y organizados. Se supera así la imagen tradicional de la obra prolongada y caótica, sustituyéndola por una metodología planificada y eficiente. La innovación técnica no se opone a la sensibilidad social; al contrario, la potencia. Y, frente al prejuicio de que lo prefabricado conduce inevitablemente a la monotonía, los anteproyectos demuestran que la estandarización de componentes puede convivir con una notable libertad compositiva. El control industrial permite experimentar con mayor precisión formal y garantizar acabados de alta calidad, generando soluciones arquitectónicas que aportan frescura e identidad al paisaje urbano.

Propuesta de Ocamica Berbois para Motriko, 23 alojamientos dotacionales en una superficie construida de 1.773 m2, para 50 personas con un sistema estructural basado en entramado ligero de madera.

En conjunto, este modelo de intervención dibuja una ciudad que sabe leerse a sí misma y que elige evolucionar sin negarse. No destruye para reconstruir, sino que transforma con inteligencia lo existente. Protege el territorio, optimiza recursos, amplía el parque público de vivienda y sitúa el talento joven en el centro de la acción pública. Es la expresión de una arquitectura consciente de su responsabilidad social y ambiental, que entiende la eficiencia no como un fin en sí mismo, sino como el medio para mejorar la vida cotidiana. Lejos de la resignación o la inercia, lo que se plantea es una invitación al optimismo: la ley, la gestión pública y la creatividad profesional pueden alinearse para construir ciudades más compactas, más humanas y mejor preparadas para afrontar los desafíos del siglo XXI.

Mesa redonda con algunos de los jóvenes arquitectos participantes, moderada por Pablo García Astraín, Director de Vivienda y Arquitectura.

J. C. Eguillor: la melancolía de Bilbao como arte

/ Javier González de Durana /

A Garikoitz Fraga

Interpretar el legado artístico de Juan Carlos Eguillor implica adentrarse en un escenario donde la arquitectura deja de ser un telón estático para transformarse en un ente con conciencia, temperamento y estados anímicos. En el núcleo de toda su prolífica labor late un Bilbao observado con intensidad casi biográfica. En su cosmos ilustrado, los inmuebles respiran, evocan y hasta emiten juicios; no funcionan como simples espacios de actividad, sino como archivos de memoria y sentimiento. En la topografía de su imaginario bilbaíno, el ladrillo, la piedra y el hierro adquieren una densidad psicológica que habla con las personas, casi siempre vulnerables, cáusticas o sobrepasadas por la realidad.

Eguillor fue un cronista extraordinario del cambio urbano vivido por Bilbao durante la segunda mitad del siglo XX. Su mirada se detenía con particular énfasis en sus señoriales fachadas de miradores y en esa verticalidad distinguida de chimeneas industriales que definía la silueta de la villa. No se limitaba a utilizar estos elementos con precisión técnica; los revestía con una atmósfera acuarelada, una bruma sutil que parece mantenerlos suspendidos en el tiempo. La metrópolis se convierte así en una maqueta emocional, firme y al mismo tiempo levemente flotante, como si estuviera construida con recuerdos o ensoñaciones más que con ladrillos.

Las orillas de la ría desempeñan un papel fundamental en esta iconografía. La ría no es solamente un dato geográfico, sino el eje que articula identidad y mutación. Las grúas, los tinglados y las armaduras metálicas de la ingeniería industrial emergen con una elegancia imprevista. Para Eguillor, el hierro no representaba suciedad ni decadencia, sino el esqueleto noble de la urbe, la columna vertebral que sustentaba su personalidad. Y cuando ilustró interiores domésticos, su mirada era reveladora, al desplegar fachadas como si fueran casas de juguete para dejar visibles unas habitaciones ordenadas, cuadros en las paredes, mesas-camilla y butacones de época. Esa maniobra visual enlazaba lo público y lo reservado, la fachada social y la intimidad familiar, sugiriendo que la arquitectura resguarda enigmas y pasiones.

En cuanto a la forma, el estilo de Eguillor se identifica por recursos técnicos sumamente precisos. Con regularidad empleaba una perspectiva picada, una visión desde la altura que metamorfosea la ciudad en maqueta y coloca al observador en un plano casi celestial. Este ángulo no sólo facilita apreciar la disposición urbana, sino que añade una distancia irónica, como si el artista contemplara el hormigueo ciudadano con una mezcla de afecto y recelo. El claroscuro que utilizaba era delicado, envolvente, más afín al crepúsculo que a la noche. Las sombras no amedrentan; perfilan los volúmenes y otorgan a las construcciones una melancolía serena. En muchos dibujos, los edificios aparecen perfectamente equilibrados, organizados, casi idealizados, mientras que los sujetos humanos quiebran esa armonía con su desproporción y su expresividad caricaturesca. El diseño ambiental representa el anhelo de estabilidad; el individuo, la imposibilidad de alcanzarla por completo.

La conexión entre la producción de Juan Carlos Eguillor y el declive industrial de Bilbao resulta clave para entender la dimensión moral y estilística de su propuesta. Eguillor no fue un observador social en el sentido más convencional ni un dibujante de la conflictividad; tampoco se dedicó a denunciar con trazo incisivo la contaminación, el desempleo o el enfrentamiento político que marcaron las décadas finales del siglo XX en Bilbao. Su método fue más refinado y, en cierto modo, más vanguardista: mientras la ciudad real se enfrentaba a una crisis aguda, él salvaguardaba su esencia. Operó como un preservador de belleza, alguien que percibía que un mundo se desvanecía y que requería ser inmortalizado en trazos antes de su disolución. Su Bilbao ilustrado no niega la adversidad, pero la desplaza; levanta una arcadia urbana que actúa como refugio simbólico y como acto de resistencia artística frente al deterioro físico.

En los años setenta, cuando la villa vivía bajo la humareda de los hornos siderúrgicos, en la efervescencia laboral y en la inestabilidad política, Eguillor eligió una táctica de esteticismo consciente. El contraste era notorio: mientras las fachadas del Ensanche se ensombrecían por el hollín y el oxígeno se cargaba de residuos industriales, él las retrataba con contornos diáfanos, perfiles sutiles y matices suaves que parecían filtrar la realidad a través de una seda poética. Esa resolución no conllevaba candidez, sino una manera de discrepancia. Frente a la hegemonía del gris, ofrecía una gama que rescataba la dignidad edificatoria. Dibujó interiores domésticos de clase media que actuaban como oasis de orden en medio de una sociedad que empezaba a cuestionar su modelo productivo. La edificación se convirtió en santuario anímico: un lugar donde todavía era posible la charla, el descanso, la introspección y, en ocasiones, el sueño de la razón.

La década de los ochenta, marcada por la clausura de grandes empresas y por la reconversión industrial que afectó a miles de empleados, introdujo un matiz novedoso en su iconografía. Astilleros como Euskalduna o consorcios siderúrgicos como Altos Hornos de Vizcaya dejaron de ser motores económicos y se transformaron en emblemas de un colapso sistémico. Sin embargo, en los dibujos de Eguillor, las máquinas, las chimeneas y los esqueletos metálicos no aparecen como despojos funestos ni como estandartes de lucha obrera, sino como esculturas nostálgicas. Fue uno de los precursores en romantizar visualmente esa maquinaria, vaticinando una sensibilidad que posteriormente convertiría ciertos vestigios fabriles en patrimonio cultural. Sus grúas se ven estilizadas, casi señoriales; el hierro oxidado se transmuta en línea depurada. Ante la herrumbre real, él proyectó una ciudad de cristal y destellos, donde la piedra antigua conversaba con superficies translúcidas. Se establecía así una interacción entre la robustez del pasado aristocrático y la fragilidad de un mañana que aún carecía de contorno definido. En ese escenario, sus protagonistas -modernos, desganados, a menudo sarcásticos- habitan espacios evocadores de ambientes de entreguerras, entre surrealistas y metafísicos, como si voluntariamente ignoraran el estruendo de la reconversión. Esa indiferencia simulada era, en verdad, una sentencia: la cultura y la creatividad podían prevalecer sobre la quiebra financiera.

En los años noventa, cuando Bilbao emprendió su metamorfosis urbana con nuevas dotaciones y planes culturales de gran envergadura, el trabajo de Eguillor experimentó otra transformación. Antes incluso de que la mutación estuviera totalmente establecida, su imaginario empezó a despojarse del peso de la nostalgia. En sus primeras incursiones digitales, las armaduras de hierro de la ría se fragmentaban en tramas geométricas, en configuraciones donde la arquitectura dejaba de ser masa para convertirse en información, en luz, en superficie vibrante. El metal ya no pesaba; se desmaterializó. Este cambio visual acompañó metafóricamente el tránsito de una economía industrial a otra fundamentada en servicios, arte y tecnología. Conforme la ciudad auténtica se higienizaba, se peatonalizaba y se proyectaba globalmente, su iconografía arquitectónica se hizo más abstracta y esquemática. La utopía informática no suprime el legado arquitectónico, sino que lo transfigura. El autor que había custodiado el pasado clásico comenzó a visualizar una ciudad futurista que nacía de los escombros fabriles, validando de este modo la evolución sin renunciar al pasado, pues incluso en estas incursiones futuristas perduran rastros de la herencia: columnas, arcos y cadencias simétricas emergen bajo formas renovadas.

En conjunto, la obra de Eguillor propone una indagación constante sobre la urbe como organismo vivo, como catálogo emocional y como teatro de la comedia humana. Su arquitectura ilustrada no sólo describe entornos; diseña una ética visual donde cada frente es un relato y cada ángulo, una manera de meditar sobre el paso del tiempo. Eguillor ocupó un lugar único en la gestión simbólica de la decadencia. Allí donde la polución manchaba fachadas y cielos, él aplicaba transparencias y tonos etéreos que devolvían levedad a la piedra. Y cuando la obsolescencia industrial convirtió en desperdicio lo que anteriormente había sido motivo de orgullo productivo, él estetizó las estructuras de metal como tesoros melancólicos de la villa. Su obra permitió a muchos bilbaínos contemplarse en un espejo menos riguroso durante los periodos más crudos, ofreciendo una estampa optimista en la que los edificios permanecían valiosos y bellos pese a la suciedad y al hundimiento de la economía. Más que disimular el conflicto, lo sublimó, forjando una mitología urbana que contribuyó a apuntalar la moral colectiva en una etapa de incertidumbre.