/ Javier González de Durana /

Panorámica ofrecida por la propuesta de IDOM.
En abril de 2023 el Ayuntamiento de Bilbao convocó un concurso de ideas orientadas a la recuperación ambiental y paisajística de los márgenes del Nervión y el Cadagua en la zona de Zorroza, así como también al mejor encaje de los distintos usos previstos para este “espacio de oportunidad”: residencial, actividades económicas, parques y paseos… El proyecto de transformación de Punta Zorroza se presenta como una de las grandes operaciones urbanas del Bilbao actual que vendrá a continuación de Zorrotzaurre. Un nuevo barrio verde, creativo y residencial levantado sobre antiguos suelos portuarios e industriales. Sin embargo, bajo ese aspecto de Edén afloran contradicciones profundas que ponen en cuestión tanto su modelo urbano como su sostenibilidad social y ambiental.
La propuesta ganadora fue la presentada por IDOM que ahora quiero comentar aquí. Uno de los pilares del plan es la creación de un gran Hub Audiovisual de 125.000 m², concebido como motor económico y reclamo mediático. La apuesta por la “ciudad creativa” funciona bien en las infografías y en el relato institucional, pero plantea dudas evidentes. Existe el riesgo de que este polo se convierta en un enclave monofuncional, activo sólo en horario laboral y desconectado de la vida cotidiana del barrio. Si la industria audiovisual no logra arraigar con una base social estable, Punta Zorroza podría derivar en un parque temático de técnicos temporales y nómadas digitales, ajeno a la realidad socioeconómica de Zorroza, un barrio históricamente marcado por el desempleo y la precariedad. Además, en un contexto de producción virtual y estudios deslocalizados, resulta discutible hipotecar una superficie tan extensa a naves de rodaje fijas, cuyo modelo productivo podría quedar obsoleto antes incluso de consolidarse.
En el plano residencial, el proyecto plantea unas 2000 viviendas organizadas en bloques y torres aterrazadas, diseñadas transversalmente para garantizar vistas al agua. Esta estrategia responde a un urbanismo de “fachada”, donde el paisaje fluvial se convierte en el principal valor inmobiliario. Aunque se anuncie un 45 % de vivienda protegida, el 55 % restante corre el riesgo de ir a la inversión especulativa, generando una segregación entre quienes acceden a la “primera línea” y quienes quedan relegados a los ejes viarios interiores.
El tratamiento del patrimonio industrial, en particular la recuperación de Grandes Molinos Vascos, constituye otro punto crítico. Se trata de uno de los edificios industriales más valiosos de Euskadi, pero también de uno de los más difíciles de integrar. La experiencia reciente en la isla de Zorrotzaurre invita a la desconfianza: bajo el término “integración” a menudo se esconde el fachadismo, el vaciado interior y la introducción de usos genéricos que borran la memoria productiva del lugar. Este edificio no debería ser un mero decorado rodeado de torres contemporáneas, sino el elemento que marcase el carácter material, espacial y simbólico del nuevo barrio para no quedar reducido a un gesto estético.
A todo ello se suma el problema de la conectividad. Punta Zorroza se define como un paisaje “entre aguas”, una imagen poética, pero dependiente de puentes, pasarelas y sistemas de transporte que históricamente han llegado tarde o se han quedado a medio camino. Sin una conexión potente, fluida y fiable con Zorroza, Burceña u otros tejidos urbanos cercanos, el nuevo desarrollo corre el riesgo de convertirse en un gueto dorado que acentúe la brecha social y dé la espalda al barrio tradicional que dice querer regenerar.
Más allá del debate urbano y social, Punta Zorroza plantea un desafío ambiental de primer orden. El ámbito se asienta sobre suelos que durante más de un siglo han soportado actividades portuarias, almacenamiento de combustibles, industrias químicas y depósitos de chatarra. Construir viviendas y equipamientos sobre este sustrato implica enfrentarse a una herencia tóxica invisible que, si no se gestiona con rigor extremo, puede derivar en problemas de salud pública y sobrecostes enormes.
La “firma contaminante” de estos suelos es conocida: metales pesados como plomo, cadmio, arsénico o mercurio, hidrocarburos con potencial cancerígeno y compuestos orgánicos volátiles procedentes de disolventes y pinturas. La excavación para cimentaciones y garajes rompe el equilibrio de los contaminantes, con riesgos claros de arrastre de sustancias solubles hacia el Nervión y el Cadagua, así como de dispersión de polvos y lodos que podría afectar a barrios colindantes como Zorroza u Olabeaga.
Ante este escenario, el proyecto debe optar entre distintas estrategias de remediación, todas ellas problemáticas. La excavación y traslado a vertedero es la más habitual, pero también la menos sostenible, por su enorme huella de carbono. El confinamiento in situ resulta más barato, pero limita el uso futuro del subsuelo y convierte el barrio en una suerte de cápsula sellada. El biorremedio y la fitorreparación son las opciones más ecológicas, pero requieren plazos largos que chocan frontalmente con la lógica inmobiliaria y la urgencia política.
Todo ello conduce a una pregunta incómoda: ¿quién pagará realmente la descontaminación? Aunque la ley establece que “quien contamina, paga”, en Punta Zorroza muchas de las empresas responsables ya no existen, y el suelo es hoy de titularidad pública. Existe un riesgo ético evidente de que el coste recaiga sobre el erario público o de que, para hacer rentable la operación, se opte por una limpieza ajustada al mínimo legal. En ese caso, el nuevo barrio no sería un entorno natural recuperado, sino un confinamiento de lujo cuidadosamente maquillado.
En definitiva, Punta Zorroza corre el riesgo de convertirse en el último gran ejemplo del urbanismo de infografía: impecable en lo visual, verde en el discurso y ambiguo en lo social y ambiental. La pregunta clave no es cómo se verá el barrio, sino para quién se construye y sobre qué se construye realmente. Si no se gestiona con transparencia, rigor técnico y voluntad de integración social, la prometida Arcadia postindustrial puede acabar siendo, más que una regeneración urbana, una brillante operación de marketing levantada sobre un suelo que nunca terminó de curarse.
IDOM ganó y la propuesta de KREAN quedó en segundo lugar. Al compararlas nos encontramos ante dos visiones que comparten el «qué» (viviendas, Hub audiovisual, Molinos Vascos) pero difieren radicalmente en el «cómo» arquitectónico y en la gestión de las infraestructuras críticas.
KREAN introduce un factor técnico que IDOM pasaba por alto: la capacidad de adaptación del sistema del agua frente a sequías, inundaciones y, en definitiva, el cambio climático. Su ventaja consiste en que, al proponer elevar la cota de edificación a +6 metros y crear un paseo inundable a +5 metros, plantea una respuesta a los futuros y previsibles cambios provocados por el clima, consciente de que la Ría reclamará amplitud y, por ello, diseña «espacios inundables controlados», evitando el desastre de un sellado rígido. La desventaja es que elevar la cota de 32 hectáreas (superficie total del área a urbanizar) implica un movimiento de tierras faraónico; si el suelo contaminado se remueve en tales volúmenes para ganar altura ello multiplica el riesgo de dispersión de tóxicos y encarece la urbanización de forma exponencial.
En cuanto al edificio de Molinos Vascos, su destino cambia el carácter del barrio. IDOM lo enfoca hacia actividades culturales y educativas, integrándolo en el Hub audiovisual, en tanto que KREAN abre la puerta al uso terciario: hotel, co-living o residencia de estudiantes. Es decir, mientras IDOM arriesga con la «cultura», KREAN apuesta por la rentabilidad inmobiliaria; convertir Molinos Vascos en un hotel de lujo o un co-living puede acelerar la gentrificación, convirtiendo el patrimonio en un activo exclusivo para residentes temporales de alto poder adquisitivo, alejándolo de los vecinos de Zorroza. Los muros de la cordelería que sobreviven del antiguo Real Astillero de Zorroza, construidos en el siglo XVII y situados en largos tramos dentro de la propia finca de Molinos Vascos, son contemplados por ambas propuestas como objeto de conservación y reutilización.
En cuanto al ferrocarril que divide el barrio, KREAN utiliza su soterramiento para crear el «parque del ferrocarril» y ello no sería sólo un jardín, sino que supondría la eliminación de la barrera psicológica que separa el futuro Punta Zorroza del actual barrio de Zorroza; al soterrar las vías garantiza que el flujo de personas sea constante entre ambas zonas y no una «isla» separada al final de una carretera. La idea de IDOM está más «autocentrada» en la Punta, volcándose a las vistas, pero descuidando la cicatriz ferroviaria que es el verdadero trauma del barrio.
Estamos ante una elección fascinante. Por un lado, IDOM nos ofrece vivir en un anuncio de perfumes: edificios aterrazados, artistas rodando películas y una vida idílica frente al agua (mientras no suba la marea). Por otro, KREAN nos propone la «eficiencia climática total»: un barrio elevado sobre un pedestal de seguridad, donde se podrá dormir en un hotel-monumento (si uno se lo puede permitir) mientras se onserva cómo el parque se inunda «controladamente» bajo los pies.
KREAN es el proyecto del realismo resignado: sabe que el tren hay que taparlo, que el mar va a subir y que el patrimonio solo sobrevive si alguien paga una noche de hotel. Es menos poético que las infografías de IDOM, pero al menos te dice a qué altura tienes que poner los muebles para que no floten en 2050. Eso sí, ambos coinciden en lo esencial: el futuro de Zorroza pasa por dejar de ser Zorroza para convertirse en un «Ecosistema Dinámico de Innovación«, un término técnico que suele significar que el precio del café en el barrio está a punto de duplicarse.

Planeamiento en la propuesta de IDOM.
Que interesante!
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