Eclecticismo, herencia y fricción en Getxo

/ Javier González de Durana /

Esta es la historia de otro noble edificio en Getxo, por fortuna muy diferente de la del palacete comentado aquí hace un par de semanas. Con el escrito de hoy espero levantar el ánimo, decaído por la pérdida patrimonial.

Existen edificios en los que la relación con el arquitecto no es neutral. La cercanía biográfica, la herencia intelectual o la memoria familiar introducen inevitablemente una carga emotiva que condiciona la mirada. Este es uno de esos casos, pues Alde Etxea, la vivienda proyectada Ricardo Bastida en 1910 en la Bajada de Ereaga, Getxo, ha sido restaurada e intervenida recientemente (2025) por Foraster Arquitectos, donde ejerce José Ramón Foraster Bastida -nieto de aquel arquitecto- junto con Cristina Ybarra Muguruza, estableciéndose un vínculo entre pasado y presente: no sólo pertenece a uno de los periodos más fértiles de la arquitectura vasca de comienzos del siglo XX, sino que remite a una genealogía profesional y doméstica que obliga a extremar las cautelas.

El edificio se inscribe en un momento de intensidad creativa de Bastida, cuando su arquitectura ecléctica alcanzó un grado notable de madurez. Lejos de una simple acumulación estilística, el eclecticismo que practicó el arquitecto bilbaíno entre 1905 y 1925 es selectivo y estratégico. Sin embargo, esta actitud no estuvo exenta de ambigüedades. La voluntad de síntesis entre tradición vasca y referencias anglosajonas respondía tanto a una apertura cultural como a una necesidad de representación social propia de la burguesía de la época.

La casa de Ereaga es un buen ejemplo de esta tensión. Su lenguaje combina elementos neovascos con influencias británicas, especialmente del estilo Reina Ana, incorporando oriel windows, miradores, cubiertas complejas y una veranda curva asociada al Shingle Style. El conjunto resulta eficaz desde el punto de vista compositivo, pero también revela cierta voluntad escenográfica: la arquitectura como expresión de estatus, como escenario doméstico cuidadosamente construido para ser contemplado. Esta dimensión, inseparable del contexto histórico, plantea hoy preguntas sobre cómo intervenir sin alterar acríticamente su carácter original.

Para abordar este proyecto fue fundamental el estudio previo de carácter patrimonial, orientado a documentar, contextualizar y valorar Alde Etxea desde una perspectiva histórica, tipológica y constructiva. Ese análisis aportó una base sólida para la toma de decisiones técnicas y administrativas. Tanto la documentación archivística como una lectura directa del edificio permitieron entender la casa no como un objeto congelado en el tiempo, sino como un proceso que, sometido a transformaciones, pérdidas y reinterpretaciones sucesivas, evita la idealización del estado original y pone de relieve las capas históricas que conforman el edificio en la actualidad.

No obstante, la solidez de tal análisis no elimina las contradicciones inherentes a cualquier operación de rehabilitación con cambio de programa. La decisión de dividir una vivienda unifamiliar histórica en dos unidades independientes introduce una fricción inevitable entre conservación y adaptación, entre la lógica espacial original y las exigencias contemporáneas. En este caso, la operación no puede entenderse como neutra ni reversible en un sentido estricto, por mucho que se invoque esa condición desde el discurso patrimonial.

La vivienda proyectada por Bastida respondía a un esquema unitario, con recorridos jerarquizados y una relación fluida entre estancias. Dividir este edificio histórico, originalmente unifamiliar, en dos viviendas independientes representó un desafío arquitectónico que debía equilibrar la habitabilidad contemporánea con la preservación del patrimonio. La complejidad radicaba, en primer lugar, en las estrictas normativas de protección que limitan alteraciones en fachadas, estructuras y elementos ornamentales, exigiendo intervenciones reversibles que a menudo chocan con los estándares de obra nueva. A nivel espacial, la fragmentación de esquemas unitarios -como ejes de simetría y espacios encadenados- requirió un diseño quirúrgico para evitar espacios residuales y resolver el reto de duplicar accesos y núcleos de comunicación sin degradar el carácter. Técnicamente, la presencia de muros portantes y forjados antiguos condicionó la nueva compartimentación, mientras que la integración de sistemas duplicados de instalaciones, a menudo invasiva, puso cuidado en evitar los falsos techos y las rozas agresivas. Asimismo, garantizar que ambas unidades cumplen con los estándares modernos de iluminación, ventilación natural y aislamiento acústico -aspectos para los que el edificio original no fue concebido- añadió una capa de dificultad técnica y de privacidad. En última instancia, esta operación no consistió en una simple división administrativa, sino en una reinterpretación que obligó a aceptar renuncias espaciales para garantizar que la nueva funcionalidad no erosionara el valor histórico, entendiendo que el respeto a la preexistencia era el límite infranqueable.

El proyecto contemporáneo de Foraster/Ybarra ha tratado de minimizar estas tensiones mediante una intervención contenida, poniendo en valor elementos originales -arcos de piedra, empanelados de madera, carpinterías históricas- y evitando alteraciones visibles en fachadas y cubiertas. Sin embargo, esta estrategia plantea un dilema recurrente en la rehabilitación patrimonial: hasta qué punto la preservación de lo visible compensa las transformaciones profundas que se producen en la organización interna del edificio. La fidelidad material no siempre garantiza la fidelidad espacial.

La excavación de un gran garaje y la incorporación de una piscina en el jardín responden a demandas contemporáneas legítimas, pero introducen una capa adicional de conflicto. Aunque estas operaciones se hayan resuelto con cuidado, refuerzan una lógica de domesticación del patrimonio que lo adapta a modelos de confort actuales sin cuestionarlos. La pregunta no es tanto si estas intervenciones están bien resueltas técnicamente -que lo están-, sino si son coherentes con el significado cultural del edificio y con su condición de testimonio histórico.

En este sentido, el proyecto se sitúa en una zona intermedia, incómoda pero reveladora. No cae en la musealización ni en la reproducción nostálgica del pasado, pero tampoco se atreve a introducir una ruptura clara que haga explícita la condición contemporánea de la intervención. Opta, en cambio, por una continuidad controlada, donde lo nuevo se disimula y lo antiguo se subraya, una elección frecuente en la rehabilitación residencial de alto nivel.

La arquitectura ecléctica de Bastida, entendida como un laboratorio de ideas entre tradición y modernidad, admite lecturas complejas y no siempre complacientes. Intervenir hoy sobre una de sus obras exige aceptar esa complejidad y asumir que toda rehabilitación es, en última instancia, una interpretación. El proyecto no es tanto una respuesta definitiva como una toma de posición: una negociación entre memoria, uso y deseo contemporáneo, donde los aciertos conviven inevitablemente con renuncias y contradicciones.

Precisamente, en esa falta de cierre absoluto reside su interés crítico. Más allá de ser una restauración ejemplar o una transformación radical, la intervención evidencia las dificultades reales de trabajar sobre el patrimonio doméstico del siglo XX, recordándonos que conservar no es solo proteger la materia, sino también pensar críticamente qué hacemos hoy con la herencia arquitectónica que hemos recibido.

Todas las fotografías son de Alejandro Bergado.

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