Investigar, difundir y criticar arquitectura de hoy

/ Javier González de Durana /

«Resulta obvio que la arquitectura, como toda actividad humana, no sólo puede ser, sino que aun debe ser sometida a crítica. Admitido esto, se plantea la cuestión de por quién y cómo será ejercida esa crítica. Es incontestable el hecho de que cualquier materia llevada a análisis exige del analizador un conocimiento suficiente de la misma. No se trata, como tantas veces se ha dicho, de que el crítico deba estar capacitado para igualar o superar la labor que critica. Es menester sólo que conozca a fondo aquello de que habla, las leyes, si las hubiera, que pueden regir su mundo, el conjunto, en fin, de circunstancias, factores y fenómenos que influyen y determinan el ser de la cosa criticada. La arquitectura, por la multiplicidad de factores a que se halla ligada -espaciales, técnicos, plásticos, sociales, humanos, económicos, funcionales, culturales, políticos, urbanísticos, etc- , exige del crítico la posesión de una suma de datos de mucha mayor complejidad que los necesarios para juzgar cualquier otra actividad artística«. Este es el párrafo con el que Carlos Flores, arquitecto y director de la Revista Nacional de Arquitectura (RNA), abría su artículo dado a conocer en la revista Indice en 1957 y después en la RNA, nº 200, agosto de 1958.

Al igual que la crítica de arte, la de arquitectura puede abarcar múltiples actividades y modos de expresarse (desde el comentario de actualidad hasta la historia o la estética) en diversas esferas, sea en la del debate público a la cual la crítica está históricamente ligada desde el siglo XVIII, sea en la de los círculos profesionales restringidos. Si la crítica ya es compleja en el dominio del arte, aún resulta mucho más complicada en la crítica arquitectónica. La arquitectura es una práctica y una disciplina con múltiples vertientes y, por ello, tomada en su contexto económico, tecnológico, social y urbano, la arquitectura no es comparable con la producción artística, en la cual dichas dimensiones son menos determinantes.  En el ejercicio de la reflexión en torno a la arquitectura escrita por historiadores, creo que es preciso diferenciar entre investigación, alta divulgación y análisis crítico.

La investigación implica averiguación de datos y contextos inéditos sobre un asunto bien delimitado mediante la consulta directa de las fuentes originales (sean archivos públicos y privados, sean accesos a edificios o zonas de ellos no estudiados anteriormente…). A esa averiguación sigue el examen científico, ordenado y clarificador de la suma de hallazgos y deducciones que permita alcanzar conclusiones que amplían y/o rectifican lo que ya era conocido, lo cual termina ofreciéndose al conocimiento académico mediante una publicación. Eso es investigar, aunque al margen de la consulta directa de fuentes originales, también debemos considerar como investigaciones aquellas reflexiones puramente teóricas que plantean perspectivas e interpretaciones inéditas acerca de asuntos que ya han sido tratados con anterioridad desde otros puntos de vista distintos bien documentados.

La alta divulgación, por su parte, no exige investigación, sino conocimiento de lo ya investigado y publicado por otros para, despojado del aparato científico, ofrecer una síntesis rigurosa a un público que conoce determinada cuestión, pero quiere saber más. Una buena guía urbana que, de manera sucinta y esencial, plantea rutas mediante un hilo vertebrador para poner en conexión diversas arquitecturas, al tiempo que ofrece explicaciones y datos de cada pieza reseñada: ese es un ejemplo correcto de alta divulgación. A veces estas guías también incorporan datos y perspectivas inéditas que merecen ser tenidas en cuenta.

Junto a la investigación y la alta divulgación conviene añadir el análisis crítico, y con ello me refiero a la opinión de quien, con conocimiento de la historia y el presente de la arquitectura, elabora desde su subjetividad reflexiones acerca de las novedades ofrecidas por la actualidad urbanística y constructiva. Una opinión subjetiva que no renuncia al gusto personal, al tiempo que señala los rasgos distintivos de las nuevas arquitecturas, apuntando sus posibles valores -o falta de ellos- en el contexto de la sociedad, la economía y la tecnología que las hacen posibles. Un análisis crítico de dos folios bien hecho no deja de ser una micro-investigación o micro-reflexión centrada en un producto concreto edificado. Además, también es el posible nutriente para futuros análisis más profundos. El carácter apasionado, parcial y político, como dijo Charles Baudelaire que debía ser la crítica de arte, le hace ser a este tipo de análisis algo ideológicamente sesgado, de acuerdo, pero con el tiempo se convierte en información contextual muy valiosa. Las mismas crónicas de Baudelaire sobre los Salones de pintura parisinos a mediados del XIX eran reflexiones hechas al viento del yo, el aquí y el ahora, pero hoy no es posible pensar en aquellos Salones sin tener en cuenta lo escrito por Baudelaire.

En mi opinión, las tres líneas (investigación, alta divulgación y análisis crítico) se alimentan mutuamente, con la imprescindible colaboración de una escritura diáfana y comprensible: «Lenguaje claro y preciso al alcance de cualquier lector, y la formación necesaria para poder juzgar a la arquitectura en su real dimensión, parecen condiciones a exigir al posible crítico de arquitectura, condiciones que, a nuestro entender, no posee en general y hoy por hoy el crítico de arte de este país«, era el párrafo final de Carlos Flores en su artículo.

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