Krasznahorkai y el último lobo de Extremadura

/ Javier González de Durana /

A Granada Plaza

No suelo dedicar muchos artículos al paisaje y la literatura en este blog. Debería de haberlo hecho más a menudo y no haber acudido a ellas sólo cuando desempeñaban un papel determinante en la arquitectura. Si esta entrada es una rareza, la explicación se hace necesaria: hace justo un mes, el pasado 10 de diciembre László Krasznahorkai, ganador del Nobel de Literatura 2025, dedicó una emotiva mención a Extremadura en su discurso durante la entrega del premio en Oslo. Al evocar la tierra que inspiró su reflexión sobre las relaciones entre el hombre y la naturaleza, Krasznahorkai concluyó con estas palabras: Al último lobo de Extremadura; a la naturaleza que se nos dio; al príncipe Siddharta; a la lengua húngara; a Dios”. Esa frase se dio conocer en aquel momento, hace un mes, pero mucha gente se debió de preguntar por qué la dijo, sin encontrar respuesta.

¿El motivo? En el año 2008 la Fundación Ortega Muñoz invitó al escritor a conocer Extremadura y de ahí salió una novela corta o relato extenso de 57 páginas publicadas en un único párrafo, escrito entre comas, sin puntos seguidos o apartes, como si fuera un largo soliloquio, en español y húngaro: El último lobo. Publicado por la Fundación Ortega Muñoz dentro de su colección de ensayos Territorios escritos, el libro forma parte de un conjunto de otras miradas sobre esta tierra dañada por prejuicios insostenibles (pero seculares) y absurdos (pero dolorosos). Otros textos encomendados expresamente por y para la Fundación extremeña dentro de esa colección han sido el de Peter Sloterdijk, El reino de la fortuna (2013), y el de Fernando R. de la Flor, Las Hurdes. El texto del mundo (2016).

Krasznahorkai estuvo en Extremadura doce días, entre febrero y marzo de 2008. Entregó su texto en septiembre. No se quería que la suya fuera una visita turística, sino que viniera en blanco y que, libremente, expresara en un texto su vivencia. Lo hizo rápido, con un relato fantaseado. En El último lobo aparece el mundo rural de una parte de la Europa profunda, la vida de los cazadores y sus presas, el paralelismo entre los seres humanos y los lobos, la compasión y las dificultades del lenguaje, el afán por dilucidar las entrañas de un drama ecológico y, atravesando todo eso, las peripecias de un desencantado escritor que, perplejo ante lo desconocido, deambula por pueblos de sonoridad extraña para sus oídos, como Navalmoral de la Mata, Talayuela, Alburquerque o La Gegosa: «…Extremadura era fascinante y no sólo le parecía magnífico su paisaje, sino también su gente, ¿sabe?, dijo al húngaro, la manera más exacta de definirla era decir que eran hombres buenos, ¿hombres buenos?, preguntó el húngaro arqueando las cejas, pues sí, respondió él, hombres buenos, eso también le parecía maravilloso, aunque al mismo tiempo le resultaba horrendo pensar qué ocurriría cuando esa gente buena se enterara de lo que les esperaba, porque las autopistas y los nuevos barrios de Cáceres y de Plasencia, de Trujillo, de Badajoz y de Mérida indicaban ya por dónde irían los tiros…».

La narración se desarrolla en un bar de Berlín y presenta a un filósofo en horas bajas (trasunto del propio Krasznahorkai) relatando a un camarero húngaro (otro alter ego) las peripecias de un viaje que acaba de hacer a Extremadura. Entre tragos de cerveza y crisis existencialess, un día le había llegado una carta inesperada: una fundación que no conocía lo invitaba a viajar a Extremadura, en España, y pasar una o dos semanas para escribir algo sobre la región. «Ni siquiera sabía qué era Extremadura«, ni dónde estaba situada, pero le pagaban todo, el viaje, la estancia, la comida…, le daban todas las facilidades. Lo único que tenía que hacer era escribir acerca de ese territorio. Lo que quisiera, lo que deseara contar. Extremadura buscaba su mirada, que la retratase de algún modo. Perplejo tras leer la carta, el protagonista va a un cibercafé y busca información sobre Extremadura; la cantidad de dinero que le ofrecen es importante y no puede renunciar a esa oportunidad que le brinda la fortuna. Así, encuentra la noticia de que «en 1983 falleció el último lobo al sur del río Duero«. En esa invitación intuyó la posibilidad de que tal viaje le podría ayudar a salir del empantanamiento anímico en que estaba sumido.

Según transcurre el viaje, la sucesión de lo real se va alterando en el relato por medio de derivas en varias direcciones que en la imaginación del protagonista se ensanchan como un conjunto articulado de desviaciones y paréntesis narrativos. El bebedor de cerveza, un filósofo escritor de libros prescindibles y renegado de su profesión, recibe dinero, un pasaje de avión, un chofer personal y la asistencia de una intérprete que lo ayudará a comunicarse. Sospecha que la invitación es un equívoco, el error que alguien ha cometido en Extremadura, pero acepta sin tener la menor idea sobre qué le espera. Obligado a escribir un texto, recuerda lo leído sobre el último lobo, indaga sobre este acontecimiento y descubre que la modernidad está acabando con los últimos vestigios del mundo natural. A través de entrevistas con cazadores se entera que el lobo de 1983 no había sido el último: años después toda una manada fue perseguida hasta la aniquilación completa.

Los territorios donde el lobo buscaba sus presas para alimentarse habían sido invadidos por el ser humano. Al destrozarlos, convirtieron la lucha por la supervivencia de estos animales en una tragedia cruel. Los supermercados en los extrarradios, las carreteras y autovías, los adelantos tecnológicos, las ciudades masificadas… son los asesinos del orden natural y cuando los lobos no son cazados con trampas o a tiros de escopeta mueren atropellados por vehículos: «…había de saber que Extremadura se hallaba fuera del mundo, extre, ¿entendía?, por eso era todo tan maravilloso, desde la naturaleza hasta las personas, y nadie sabía nada del peligro que suponía la amenazante proximidad del mundo, la gente de Extremadura vivía en una situación de peligro extrema, explicó al húngaro, la gente de Extremadura no tenía ni la menor idea de lo que estaba dejando entrar, a qué espíritu estaba dando acceso cuando construían establecimientos comerciales y autopistas a diestro y siniestro…». El filósofo bebedor de cerveza y el camarero húngaro se miran a los ojos desde ambos lados de la barra del bar; uno duda estar explicándose con claridad cuando dice que «Extremadura ha iniciado el camino hacia una nueva historia«, el otro piensa que el cliente quizás ha bebido ya demasiado y toca cerrar el local.

László Krasznahorkai con Antonio Gutiérrez, agente forestal, en una dehesa de la Sierra de San Pedro, octubre de 2009.  

Su interés por la leyenda del último lobo ibérico lo llevó hasta los parajes de la Sierra de San Pedro, situada entre Cáceres y Alburquerque. Aquella experiencia dejó huella en su obra, en su visión de la naturaleza: «Extremadura poseía un encanto especial, dos días le habían bastado para comprobarlo (…) la naturaleza era espléndida en Extremadura, de que a él le gustaba sobre todo la dehesa, ese paisaje que era una superficie ondulada salpicada con un tipo de roble, la llamada encina, que, sin embargo, no cubría todo el paisaje, pues he ahí la esencia del asunto, los árboles se alzaban de forma dispersa, cada tronco con sus ramas y su fronda estaba lejos del otro, era por la sequedad, le explicó el sentido de la palabra dehesa el chófer que de pronto se había despojado de su mudez, la causa de todo ello era la sequedad, el agua sólo alcanzaba para que las encinas vivieran de esa manera, como podía comprobar, dijo el chófer señalando por la ventanilla, no había arbustos ni monte bajo por ninguna parte, sólo tierra cubierta de una hierba de color verde claro y, esparcidas, las encinas en la inmensa llanura, esa era la dehesa«. Ese paisaje artificial de bosque aclarado, con el nivel arbóreo de encinas y alcornoques conviviendo con el estrato de los pastizales, esa combinación que permite la explotación sostenible de recursos agrícolas, ganaderos, forestales y cinegéticos, equilibrando producción y conservación de la biodiversidad, es lo que convirtió Extremadura en parte del legado literario de Krasznahorkai.

Años después el escritor recordaría en una entrevista que, al aceptar la invitación que le hizo la Fundación Ortega Muñoz, «no buscaba unos símbolos baratos, sino una forma histórica por medio de la cual expresar mi consternación sobre lo que experimentaba durante mi corta estancia aquí. Debido a que, a donde iba, sentía la consternación, sabía dónde me encontraba (…) Observé la reducción de la adversidad histórica y, al mismo tiempo me alegré de la misma, me encontré en un dilema, es decir: ¿cómo va a conservar la población actual su dignidad?«. Castillos, palacios, casonas, catedrales (¿símbolos baratos?)… no lograron llamar su atención por grandiosos que fueran, no menciona ninguno, Algún lugar concreto descrito con brevedad, como Alburquerque, tampoco le despertó la emoción: «una ciudad pequeña y fantasmal en lo alto de un inmenso monte que emergía de la llanura«. Tanta arquitectura notable de siglos pasados y no cita ninguna, pero ese pasado le conmueve, «sabía lo que había sido Extremadura (…), la integridad histórica de Extremadura tuvo un gran impacto en mí«, siendo consciente de sus heridas y sufrimientos, «esta tierra de nadie, históricamente, este nido secular de la miseria humana«. En cambio, le interesan el edificio abandonado donde se fabricaban las trampas para cazar lobos y la «casita un tanto destartalada, consistente en una estrecha cocina y una habitación» en la que «tan pronto como entraron en el cuarto enseguida vieron, en una enorme vitrina, con las cuatro patas un poco separadas, al último lobo…«; le cautiva la historia acerca de cómo aquel ser libre fue cazado.

Respecto a las relaciones edénicas del ser humano con la naturaleza, Krasznahorkai confesaba en otra ocasión que nunca había entendido los motivos por los que «las gentes al salir a la naturaleza pasean, se suben a una roca, miran abajo, a la profundidad, luego a la lejanía, donde en lo alto de una peña un lobo aúlla, y entonces suspiran y dicen: ¡ah, qué maravilla! La naturaleza está en contra de nosotros. Todo cuanto se encuentra en la naturaleza desearía alimentarse de nosotros, o sea, que no soy un entusiasta de la naturaleza. Claro que la naturaleza a mí también me significa mucho, únicamente la naturaleza significa algo para mí, es más, lo significa todo, pues no conozco nada fuera de ella (…) nuestra cultura, nuestra civilización está para protegernos de la naturaleza, para que no tengamos que estar siempre alerta tratando de averiguar por dónde nos ataca algo, y en este sentido nuestra civilización es maravillosa, pero a mí una única cosa me inquieta hasta la locura, hasta la desesperación, la pregunta de para qué es todo esto. ¿Qué hacemos dentro de la civilización? Lo mismo que los demás seres vivos. Nos multiplicamos, y todo está subordinado a eso«. Para Krasznahorkai el nihilismo no es un simple sinsentido, sino un rasgo peculiar de nuestro mundo en decadencia. Su prosa, a menudo tremebunda, explora el colapso moral y la impotencia humana actuales. No obstante, en vez de rendirse al vacío, consigue transmitir una lucidez trágica porque, aunque tiene algo de «lobo estepario» a la manera del personaje de Hermann Hesse, su naturaleza humanística y espiritual es más grande. 

La Fundación Ortega Muñoz siente el orgullo por haber hecho posible la existencia de este libro, una experiencia que traspasó lo literario de la mano de un guardabosques vocacional. Cada lector puede sacar su propia y exclusiva conclusión, diferente de otras, por esa forma tan particular de narrar una realidad paralela. El relato transmite sensaciones imprevistas sobre la protección de la naturaleza y el territorio, sobre la riqueza de una región y las consecuencias positivas o negativas del aislamiento geográfico. Al final de la lectura, se palpa la transformación que puede producir en el ser humano la visita a una tierra extraordinaria y, con ello, Krasznahorkai elabora una reflexión sobre la belleza, la búsqueda de lo trascendente y el poder redentor del lenguaje.

2 comentarios sobre “Krasznahorkai y el último lobo de Extremadura

  1. Querido amigo, has despertado mi curiosidad.

    La obra de László Krasznahorkai la descubrí en una de mis primeras largas estancias de varios meses en Berlín: Guerra y guerra, Destrucción y tristeza bajo los cielos, Tango satánico,… y alguna novela corta. En aquellos años Krasznahorkai era un autor de culto en Berlín.

    Perdida mi relación con esa ciudad desde hace unos años, también la perdí con al trabajo de es autor escritor recién nobelado, y con su más reciente producción.

    Tú me has abierto los ojos (gracias) y de inmediato he pedido «El último lobo». Lo espero con añoranza de tiempos no muy lejanos. Un sincero y fuerte abrazo.

    Me gusta

Replica a Vicente Huici Cancelar la respuesta