Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (epílogo)

/ Javier González de Durana /

Vista aérea de la Plaza Elíptica y su entorno. La fotografía fue tomada hacia 1961-62.

A Rosaura y Juan Mari

Los inmuebles afectados en esa Plaza por su demolición/sustitución fueron cuatro, pero si ampliaremos la mirada a las manzanas colindantes encontraríamos otros ejemplos singulares durante más o menos una amplia década (1965-1976), infausta para la histórica arquitectura residencial burguesa, pero que podría ser considerada como muy interesante en lo referido a la arquitectura contemporánea. Me limitaré en este epílogo a mencionarlos, sin más. Quizás haya ocasión para entrar en algunos de ellos más adelante, como hice con el que ahora parece estar más en riesgo, el EuroBanco, en Marqués del Puerto 3, cuyos autores fueron Juan Daniel Fullaondo y Félix Iñiguez de Onzoño (1976-80).

El edificio Granada, en Gran Vía 38, es una notable pieza del arquitecto José Mª García de Paredes (1973). El edificio Santander, en Colón de Larreategui 28/Plaza de Jado 1, de Luis Mª Gana (1973). El edificio Bankinter, en la Plaza Pedro Eguillor 1, de Julián Larrea (1976). El edificio Bankunión, en Plaza Circular 4, de Ricardo del Campo, José Luis y Mariano Ortega Carnicero y Juan Manuel Pazos (1975). El inmueble Sabadell-Guipuzcoano, en Alameda de Urquijo 2 esquina con Gran Vía, de Luis Mª Gana (1965). El edificio en el ángulo de las calles Rodriguez Arias 23, esquina con Iparraguirre y Ercilla, de José Enrique Casanueva y Jaime Torres (1976). También se debe incluir en este listado el edificio entre medianeras de Alameda de Recalde 29, de Fernando Chueca Goitia y Ricardo Beascoa (1970).

Los grandes precedentes fueron Seguros Bilbao, en Rodriguez Arias 11, de Francisco Hurtado de Saracho y Luis Mª Gana (1954-57), la sede de Babcock Wilcox, en Gran Vía 50, de Álvaro Líbano y José Luis Sanz Magallón (1956-61), y naturalmente la magna torre del Banco de Vizcaya, en la Plaza Circular, de Casanueva, Torres y Chapa (1965-69). Entre estas piezas hay algunas que fueron diseñadas por Premios Nacionales de Arquitectura, como Chueca, García de Paredes y Fullaondo.

Todos ellos son edificios erigidos en el área más central de la ciudad para cumplir funciones de oficinas bancarias o de alquiler dentro del denominado estilo internacional, primer enfoque sistemático de la arquitectura hacia su industrialización, caracterizado por construir con estructura de acero, sistemas de muros cortina no portantes y una planificación modular estandarizada que podía replicarse de manera eficiente en diferentes lugares y condiciones climáticas. En el ámbito anglosajón, especialmente el de EE.UU., se extendió desde los años 20 hasta los 60; a Bilbao llegó más tarde, pero con mucha fuerza. Entre estos también podrían incluirse algunos otros construidos durante aquellas mismas fechas, pero que no llegan a poseer las calidades de los mencionados. El final de este tipo de arquitectura vino provocado por algunas de sus virtudes: su perfección mecánica finalmente provocó una reacción que impulsaría a la arquitectura hacia enfoques de diseño más expresivos, culturalmente sensibles (respeto a la historia y al entorno) y conscientes del medio ambiente.

La presión inmobiliario no fue tan fuerte durante aquella década a la hora de construir edificios de viviendas en este área urbana porque en las inmediaciones aún quedaban disponibles bastantes solares libres de edificación, sobre todo en la prolongación de la Gran Vía y la zona de Indautxu.

Al final de esta serie de escritos me han llegado comentarios que centran su crítica a la actual Plaza en la pérdida de la armonía que ésta tuvo hasta que llegó la época de las demoliciones y las sustituciones. Pero ¿acaso aquella Plaza tuvo algún tipo de armonía?, ¿qué vínculo relaciona en un rango de equidad arquitectónica el palacio Chávarri, neoflamenco de cuento de hadas (vía Flandes belga), y la sede de la franquista Hacienda estatal?, ¿y el edificio AURORA, puro y templado racionalismo, con el pomposo decorativismo en el inmueble de Paulino de la Sota? Podría seguir con otras desarmonías…, pero voy a dejarlo. Creo que lo que más molesta, en general, es la altura de las nuevas construcciones, pero de esto el único culpable fue el Ayuntamiento de Bilbao al permitir con sus normas urbanísticas que escalaran hasta tales cotas. No obstante, también pienso que dentro de un siglo esa falta de armonía nadie la notará y todo el conjunto, si sobrevive, parecerá mucho más unitario de lo que a algunos se les antoja hoy.

La catedrática de Historia de Arte en la Universidad de Salamanca y especialista en la arquitectura moderna en Bizkaia, Maite Paliza Monduate, señaló «la pauta de permisividad y falta de respeto hacia esta zona, que parece que imperó a lo largo de los años sesenta y setenta«, si bien reconocía que «con todo, hay que decir que el esfuerzo por modernizar la arquitectura de Bilbao a partir de 1960 trajo consigo la construcción de algunos edificios notables, aunque su número es irrelevante en comparación con lo que nos legó aquella gloriosa época de finales del siglo XIX y principios del XX«. En los artículos publicados durante este mes de diciembre he tratado de mostrar la calidad de las pérdidas patrimoniales derivadas de aquella «permisividad y falta de respeto» al tiempo que las virtudes de esos «edificios notables» que aparecieron en la Plaza Elíptica, sustituyéndolos.

A la izquierda la fantasía neoflamenca de Paul Hankar para Víctor Chávarri. A su derecha, el inmueble de Bilbao Lopategui compartiendo medianera con el de arquitecto desconocido; a la derecha de estos dos, el edificio de Paulino de la Sota. La fotografía fue tomada hacia 1955.

Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (y V)

/ Javier González de Durana /

A Manuel Salinas Larrumbe

La primera edificación en este emplazamiento correspondía a un inmueble de viviendas con planta baja y cuatro pisos. La esquina entre la Alameda Recalde (pares) y la Plaza estaba achaflanada y, sobre un gran ventanal en arco del primer piso, acogía una fila de miradores, sostenida por dos columnas a los lados del arco, en piedra, recorriendo los tres pisos superiores; dos huecos se abrían en la fachada a la plaza y otros tres lo hacían hacia la calle; otra fila de miradores cerraba el extremo, colindando con el edificio modernista promovido por Pedro Montero. El primer piso mostraba aspecto de ser subsidiario de los comercios situados en planta baja, mientras los tres superiores, residenciales, ofrecían una importancia jerarquizada: el segundo, el llamado también principal, mostraba destacados balcones corridos de piedra y sostenidos por poderosas ménsulas; el tercer piso individualizada los balcones en hierro; el cuarto piso volvía a los balcones corridos en hierro, pero con una altura más baja para el interior de la planta. Unas pilastras gruesas de orden gigante recorrían las fachadas a lo largo del segundo y tercer piso; otras pilastras más planas y cortas decoraban las fachadas a la altura de la cuarta planta. Las plantas baja y primera estaban decoradas por estrías lineales dispuestas horizontalmente, ofreciendo el aspecto de gran base. No he conseguido averiguar el año en que se construyó, aunque lo calculo hacia 1895-97, ni quién fue el arquitecto o maestro de obras que lo diseñó. Fue derribado en septiembre-octubre de 1970.

El proyecto de sustitución fue presentado al ayuntamiento por los arquitectos Julián Larrea y Germán Aguirre en marzo de 1971 como un encargo solicitado por la empresa Promociones y Construcciones Echesan S. A. «Consecuencia de nuevos proyectos en la misma zona«, los proyectistas se planteaban la «común preocupación de mantener en lo posible una dignidad arquitectónica en la Plaza«. El proyecto contemplaba tres plantas subterráneas, una planta baja y ocho plantas más, estando las dos más elevadas parcialmente retranqueadas en Alameda de Recalde. En superficie construida el nuevo edificio aumentaba en un 140 % la superficie del edificio anterior. Desde un primer momento el objetivo de Echesan era destinarlo a oficinas de alquiler.

No existe fotografía histórica que muestre con claridad las características de este edificio. En unos casos, como en esta imagen (mayo de 1901), se ve tras unos árboles, en otros, desde la distancia y siempre de modo fragmentario.

En la fotografía de la izquierda, tomada hacia 1950, se observa la primera edificación en esta esquina con Alameda de Recalde; a la derecha, el edificio La Estrella, de Julián Larrea y Germán Aguirre, que sustituyó al anterior.

En la fotografía de la izquierda se ve el edificio sin que el solar a su lado en la Plaza Elíptica esté aún ocupado, gracias a lo cual se puede contemplar, al fondo, la iglesia de San José con su torre en construcción, a punto de terminarse, así que la foto debió de ser tomada hacia 1915-16. Las obras del edificio blanco, a la izquierda, dieron comienzo en 1916 con un diseño del arquitecto José Santos Bilbao Lopategui; su quinta planta fue reformada y se le añadieron las plantas sexta, séptima y octava en 1967, lo que no supuso la desaparición del edificio, pero sí una importante alteración de su imagen.

En la Memoria redactada por los autores se dice, en lo referente a las fachadas, que «quizás sea ésta la parte de mayor preocupación del presente proyecto» para lo cual se estudió una fachada inicial no «bajo el punto de vista de Ordenanzas, sino de composición, ya que es la mayor preocupación de los autores del proyecto«. Adelantándose a la certeza de que el ayuntamiento les obligaría a introducir variaciones en esa idea inicial, aseguraban que «lo que sí se puede afirmar (es) que los materiales a usar en las fachadas serán de primera calidad y al decir esto entendemos materiales tales como mármol, aluminio y vidrios«. Nada más, ni una línea para explicar qué, cómo y por qué. Muchos arquitectos de las décadas de los años 60 y 70 no eran partidarios de incluir descripciones del aspecto que tendrían sus edificios; las consideraban no funcionales dentro de sus proyectos, literatura no técnica, prescindible.

Larrea/Aguirre plantearon dos propuestas no muy diferentes, una en 1970 y otra en 1972, pues ambas se basaban en la repetición modular; una modulación estructural cuya geometría y sistema constructivo permitían una espacialidad interior abierta, flexible y no jerárquica, propia de la arquitectura moderna, dando lugar en el exterior a una abstracción geométrica. Un único módulo se multiplica y adhiere a sus iguales con un ritmo constante y homogéneo para generar una estructura extensiva e isótropa. Este tipo de solución resultaba muy funcional para los usos cambiantes del interior de un edificio «comercial», pero al paisaje urbano le quitaba monumentalidad, añadiendo monotonía si esa repetición no estaba acompañada/matizada con detalles de diseño.

Aguirre/Larrea decidieron confiarlo todo a la calidad de los materiales y estos, sobre todo el granito, añadían grisura, frialdad y pesantez al inmueble. Durante el proceso de construcción se planteó un serio problema de asentamiento en los edificios colindantes, que se apoyaban en parte sobre el demolido, además de tener unas bases de asentamiento endebles. Fue esto, quizás, lo que llevó a los arquitectos a centrar toda su atención en los problemas constructivos más que en cuestiones de imagen exterior, las cuales quedaron empobrecidas.

Chaflán ciego y dos fachadas similares con una tajante coronación. La repetición crea un sentido de orden, ritmo y continuidad visual en las fachadas y los espacios interiores, guiando la percepción del espectador.

Aspecto del edificio de Larrea/Aguirre ante de su demolición.

Por fortuna, en el año 2008 el edificio de Larrea/Aguirre sufrió una drástica remodelación de la mano del arquitecto Manuel Salinas Larrumbe. Solo se conservaron los elementos estructurales verticales y horizontales, todo lo demás cambió. La fachada pasó a adoptar una fórmula combinada de superficies acristaladas, tipo muro cortina, y paños de celosía con lamas de cristal más ventana oculta practicable, posibilitando que en el interior sea posible la libre disposición de tabiques para la separación de espacios. Los dos tipos de vanos, cuadrados y rectangulares, se alternan en su despliegue horizontal y vertical, lo que proporciona movimiento al conjunto dentro de un orden impecable.

La gran singularidad aportada por estas celosías verticales es que están dotadas de iluminación con un sistema de leds de colores diferentes, siendo el primer edificio en Bilbao cuyas fachadas recibieron efectos mutantes de naturaleza lumínica.. Todo el conjunto por encima de la planta baja tiene un vuelo de unos 40 cm, equivalente al de un mirador convencional.

El resultado mejoró sustancialmente el aspecto anterior de esta esquina, al mostrarse más ligera y transparente. Las líneas de separación entre pisos se hallan marcadas por franjas blancas, con la anchura del forjado, mientras el resto de la fachada ofrece un verde acuoso que se aclara u oscurece dependiendo de la posición de los estores interiores. De día el inmueble muestra diáfana actividad y de noche proyecta un festín cromático que, últimamente, parece haberse detenido en la uniformidad azulada. El sistema estaba previsto para que las luces cambiaran con múltiples combinaciones cromáticas y rítmicas, propicias para sumarse a celebraciones callejeras (triunfos deportivos, festividades, homenajes…) con los colores oportunos. Debería recuperarse esa alegría nocturna. Con este edificio la Plaza Elíptica entró en el siglo XXI, sumándose al paisaje de un Bilbao muy distinto al que vio en este solar la primera construcción (el poderío industrial, comercial y financiero) y la segunda (los preámbulos del declive); esta tercera ocasión ha acertado al manifestarse diáfano, alegre y liviano.

Arriba, diseño de Manuel Salinas; abajo, dos aspectos nocturnos del edificio con su iluminación de leds.

Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (IV)

/ Javier González de Durana /

En esta fotografía inédita de mayo de 1901, a la derecha, se observa la parte baja de la fachada del primer edificio construido en este solar. El solar siguiente, donde se levantaría a partir de 1906 el inmueble de Paulino de la Sota (comentado en el tercer capítulo de esta serie), está aún vacío. A la izquierda, tras el ramaje de los árboles se ve el inmueble en la esquina de Alameda Recalde 36 / Plaza Elíptica (será comentado en el siguiente capítulo, el quinto). Vacío está también el solar donde se edificaría, adosado al anterior, el inmueble modernista de Pedro Montero (arq. Luis Aladrén+Jean Baptiste Darroquy, junio de 1901).

A Álvaro Chapa

No se ha podido localizar el proyecto de construcción del primer edificio en esta parcela situada entre la Gran Vía (pares), la Plaza Elíptica y Ercilla (impares). Alguna información indica que fue diseñado por Severino Achúcarro en 1902, pero el dato de la fecha es erróneo: existe un documento fotográfico de fecha anterior en el que se observa el inmueble al poco de edificarse. No he podido confirmar que Achúcarro lo diseñara, pero es probable que lo hiciera. El promotor del inmueble fue el empresario Pedro Govillar Ellacuriaga. A diferencia del palacete de Víctor Chávarri, situado enfrente, éste presentaba hacia la Plaza un carácter majestuosamente urbano. Constaba de semisótano, entreplanta, cuatro plantas y mansarda. La fachada de la entreplanta y el primer piso estaba adornada con sillares moldurados y pilastras rematadas por encima de los capiteles con pedestales y bolas, especialmente enfatizados sobre el portal de acceso en el centro de la fachada. Los dos pisos bajos funcionaban como gran zócalo para las plantas superiores, en color claro con relieves de bandas horizontales. La mansarda se retiraba discretamente sin ocultarse del todo, la cual se convirtió años más tarde en piso, de baja altura. Las esquinas estaban cubiertas con unos singulares miradores en ángulo recto; las cinco filas de huecos en la fachada a la Plaza presentaban balcones en voladizo para las dos filas extremas mientras las tres intermedias lo hacían con antepechos entre machones, excepto el del segundo piso, sobre el portal, que también iba voladizo. La intención estilística era neobarroca.

El promotor del edificio, Pedro Govillar, retratado por Adolfo Guiard en un café de París, hacia 1885.

Fue el más imponente edificio de viviendas por pisos de cuantos se habían construido hasta el momento en todo el Ensanche bilbaíno, precursor de los varios que se edificarían en la prolongación de la Gran Vía a partir de 1910. Salvo este fragmento de la fotografía de 1901, no existen documentos gráficos que hagan justicia a la magnífica construcción que fue.

Imagen del edificio hacia 1945, cuando la mansarda primitiva se había convertido en un piso de menor altura que los situados por debajo.

En la imagen de la izquierda se observa parcialmente el edificio de Achúcarro al poco tiempo de construirse, cuando la mansarda no se había convertido aún en la quinta planta del inmueble.

El edificio representaba un buen ejemplo de estratificación social plasmada en arquitectura. Existía un orden jerárquico que expresaba claramente la importancia social de sus ocupantes por medio de la decreciente altura de los pisos según se distanciaban de la calle, siendo «el principal», el primero sobre el gran zócalo, de hecho, la tercera planta. La ausencia de locales comerciales a ras de calle subrayaba la relevancia del inmueble y sus habitantes. Con el tiempo, el inmueble se dividió en dos y la entrada desde la Plaza Elíptica se anuló, habilitándose dos accesos nuevos, uno por Ercilla para llegar a los pisos que seguían siendo viviendas y otro por la Gran Vía, donde los pisos habían reconvertido su uso en oficinas; además, la entreplanta terminó por acoger locales comerciales con entradas desde las dos calles, pero no desde la Plaza.

En mayo de 1972 Alvaro Líbano y Javier Fontán firmaron la Memoria del proyecto de arquitectura que habían preparado para la empresa Locales Mercantiles S. A. Comprendía tres plantas destinadas a sótanos, seis pisos en vertical, un séptimo retranqueado por las calles laterales y un octavo «en forma de torreón o remate» con frente a la Plaza. Aunque la forma exterior no lo evidencie, prolonga la división del inmueble anterior, pues se trata de dos edificios con funciones distintas: el orientado a la Plaza y Ercilla contiene viviendas, mientras el de la Plaza y Gran Vía alberga oficinas. Sobre la solución arquitectónica adoptada, los arquitectos indicaban que «partiendo de un solar irregular, con fachadas a tres vías públicas y con un programa heterogéneo, ya que la propiedad solicitaba viviendas de lujo, oficinas y unos locales en los bajos para la instalación de un banco, era difícil llegar a un edificio uniforme en cuanto a la solución de fachadas con dos funciones totalmente contrapuestas (viviendas y oficinas)«. Sin embargo, lograron la uniformidad, evitando manifestar dos rostros diferentes.

La solución que encontraron fue la de una fachada escalonada, siendo los escalonamientos perpendiculares a la calle Ercilla. Si la fachada pierde la forma curva propia de la elipse, la idea se recupera en la marquesina que separa la planta baja y primer piso (comercial bancario) de los pisos superiores, repitiendo la curvatura, forma y vuelo en la poderosa cornisa que remata la octava planta del edificio. Bajo esa cornisa, el paramento se remete para mostrar los extremos de las vigas que soportan la cubierta, dando a ésta un aspecto de flotación. No todas las fachadas de los inmuebles orientados a la Plaza Elíptica adoptan la curvatura cóncava, plegándose a la forma del espacio urbano; las hay que la respetan y hay fachadas que no lo hacen; incluso la de la Hacienda estatal realiza una curvatura inversa, ¡¡convexa!!

Según Líbano/Fontán «la solución de las fachadas se ha resuelto satisfactoriamente adoptando un tamaño de huecos: mediano de suelo a techo, con la alternancia de paneles ciegos prefabricados de gran calidad, que permiten recoger tabique o armarios empotrados en la zona de viviendas«. En cuanto al cromatismo, «el tratamiento exterior será a base de aluminio anodizado en color bronce, vidrio parasol en gris o metalizado y los paneles prefabricados ya citados, pulidos y construidos con áridos de granito o mármol y cemento blanco«. Las dos esquinas se resuelven de distinta manera: la de la Gran Vía en forma de arista, siguiendo el desarrollo de la fachada y la linde del solar, mientras la de Ercilla lo hace mediante un ángulo recto ciego e interior.

El resultado es un edificio noble, compacto y de cálida visualización. Como gran parte de los de su época, utiliza un módulo para repetirlo, pero gracias al escalonamiento consigue evitar la monotonía de otros. El friso plano que, entre planta baja y primer piso, recorre la fachada y divide ambos niveles es utilizado para la publicidad de las entidades bancarias, en color rojo y con pantalla de vídeo,

A la izquierda, fachada a Ercilla, más larga que la orientada a la Gran Vía. A la derecha, fachadas a Plaza Elíptica y Gran Vía.

Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (III)

/ Javier González de Durana /

El primer edificio entre las calles Ercilla (pares), Plaza Elíptica y Alameda de Recalde (impares) fue diseñado y firmado en junio de 1904 por José Ramón Urrengoechea, maestro de obras, para el promotor inmobiliario Paulino de la Sota. La dirección de obra fue asumida por el propio Urrengoechea, pero en febrero de 1905 esta dirección fue encomendada al arquitecto Julio Saracibar, quien en febrero de 1906 introdujo algunos cambios en el aspecto exterior del edificio: «colocar sobre los frontones de los miradores extremos en las fachadas de las calles Ercilla y Recalde dos pequeñas torrecillas (…) con lo que no solamente mejorará el aspecto de la casa, sino que también el hornato público (…) magnificante reforma«. No fue el único cambio, pues los miradores se trasladaron desde las esquinas al frente de la Plaza Elíptica y las dos cúpulas previstas sobre la Plaza alcanzaron una mayor y airosa altura, además de incluir entre ambas una torrecilla semejante a las de los extremos. Su esbelta estampa fue plasmada en numerosas tarjetas postales y durante muchos años fue una de las imágenes más conocidas de Bilbao.

Fotografía del inmueble con fragmentos, a su derecha e izquierda, de otros dos edificios desaparecidos en la Plaza Elíptica.

Planos de José Ramón Urrengoetxea para las fachadas hacia la Plaza Elíptica y la cale Ercilla, idéntica a la de la Alameda de Recalde (arriba) y para la la planta de los pisos de viviendas (abajo). Los cambios introducidos por Julio Saracibar se hacen patentes al comparar estos planos con las fotografías del edificio concluido.

En esta fotografía de mediados de los años 60 se observa el edificio una vez se demolieron las dos cúpulas de los extremos y se había recrecido el edificio en una planta, transformando también la mansarda.

El edificio que sustituyó al de Urrengoechea/Saracibar fue diseñado en el otoño de 1968 por José Ramón Uribe Lastagaray , quien debía de ser pariente de los últimos propietarios del inmueble, la familia Lastagaray. Uribe era«consciente de las condiciones podríamos llamar privilegiadas, tanto por su situación como por su orientación (…) y, en consecuencia, el tipo de viviendas que en principio corresponde«. En cuanto a la composición de las fachadas, subrayaba «la firme decisión que nos ha llevado a eliminar toda clase de balcones, en beneficio de las viviendas, por considerarlos de mínima utilidad, y solamente como elementos decorativos que pueden, en ocasiones, facilitar simplemente composiciones de fachadas«. Sólo un párrafo de la Memoria del proyecto estaba dedicado al aspecto exterior del inmueble: «Las fachadas, en todos los casos, se ejecutarán en piedra natural, con tratamiento de bujarda, pulido, chorro de arena o puntero, en piedras de color, de acuerdo con una composición adecuada a las circunstancias». Uribe tuvo cuidado en que, «a efectos estéticos, de composición«, sobre la última planta no se hicieran visibles las dos viviendas para los porteros ni las cabinas de los ascensores.

El resultado es un edificio de gran sobriedad al que no le faltan elementos de interés centrados en el cromatismo y en el tratamiento de la piedra. En cuanto al color, el rojo apagado, casi rosa (granito de Ávila o de Porriño), domina la mayor parte de sus tres frentes. La piedra muestra distintas intensidades de color y aspecto, según zonas. Así, en planta baja y entreplanta, cercanas a tierra, ofrece un tono oscuro y un tratamiento pulido, brillante, si bien en los dinteles de los huecos, volados a modo de marquesinas, estriadas en tres pliegues horizontales, la piedra mate está abujardada.

Sobre ese zócalo se levantan las siete plantas de viviendas que vuelan apenas la mitad de lo que estaba permitido a balcones y miradores. Las esquinas se hallan achaflanadas y levemente rehundidas respecto a las fachadas laterales y frontal, como si buscaran protegerse. El frente a la plaza presenta una imagen rotunda: dos anchas franjas laterales enmarcan verticalmente el plano; entre ellas, tres franjas más estrechas subdividen en cuatro secciones iguales el paño; las ventanas en las dos secciones laterales son más grandes que las dos centrales; las dos franjas laterales y los paños sobre y bajo las ventanas están realizados con granito rosa abujardado, aquellas con placas de ligero relieve en pico colocadas a sardinel y estas con leves puntas de diamante; las tres franjas centrales están cubiertas con placas de piedra más clara, un tratamiento liso y también a sardinel (colocación de ladrillos o placas verticalmente de canto). Las dos anchas franjas laterales está rebordeadas por esta piedra más clara y, al igual que las tres franjas centrales, arrancando del borde inferior de la primera planta, mueren poco antes de llegar a la cornisa para que ésta muestre un perfil nítido que, sólo en las esquinas y por el rehundimiento de los chaflanes antes mencionado, exhibe unos ángulos en pico. Las fachadas laterales siguen este mismo juego de color y tratamiento de la piedra, al tiempo que en los extremos las dos últimas plantas se retranquean para equiparse a la altura de los edificios colindantes. La carpintería ocre oscuro de ventanas y persianas, de buena calidad y bien conservadas, armonizan con el cromatismo general del edificio.

Podrá parecer exagerado, pero creo que Uribe se fijó en algunos detalles del cercano palacio de Chávarri para trasladarlos a este edificio suyo, reduciendo la intensidad paroxística de aquel. La importante presencia del color rosa (mármol de Ereño) con diferentes tipos de piedras y diferentes tratamientos, como apomazado, abujardado, pulido, chorreado de arena…, la presencia de puntas de diamante, los estriados… Llama la atención cómo, en la opinión popular, el vibrante colorido del palacio es admitido como un valor destacable y, en cambio, con un tratamiento más contenido sea objeto de rechazo aquí. Por otra parte, la colocación de ladrillos o placas de piedra a sardinel es una técnica muy poco frecuente; en Bilbao sólo conozco un caso y, justamente, se encuentra al lado de éste que comento aquí, en Alameda de Recalde 31 esquina con Colón de Larreategui (arq. Raimundo Beraza, 1935). Se puede aceptar o rechazar mucho, poco o nada este inmueble, pero no se podrá negar que Uribe intentó aclimatar su diseño al de los edificios vecinos al suyo.

Este fue el único inmueble de los construidos en la Plaza entre 1969 y 1976 que incorporó una pieza de arte plástico, prolongando una tradición que ya estaba en trance de desaparecer: un gran mural cerámico, 250×250 cm aprox., en el interior del portal, de autoría desconocida.

Alzados de las fachadas a la plaza y a las dos calles laterales.

Detalles de la fachada (arriba y abajo).

Frente de una de las marquesinas bajo los dinteles de los huecos en la planta baja.

Detalles en el palacio Chavarri, diferentes tipo de piedra con tratamientos variados, incluidas puntas de diamante.

Mural cerámico en el interior del portal; autoría desconocida.

Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (II)

/ Javier González de Durana /

Plano de las fachadas del edificio diseñado por Leonardo Rucabado en 1909.

Logotipo utilizado por el arquitecto e ingeniero Rucabado y plano de ubicación del solar en la Plaza Elíptica

El primer edificio en esta esquina a punto de ser derribado, 1973.

El inmueble que estuvo en la esquina de la Plaza con la calle Elcano (impares) fue diseñado por Leonardo Rucabado (mayo de 1909) para el promotor Tomás Allende Bilbao, quien recibió el edificio concluido en 1912. En descripción de Maite Paliza Monduate, esta construcción responde a «una elegante simbiosis entre la sobriedad, propia del clasicismo inherente al Sezessionismo austriaco, y a las soluciones del Segundo Imperio, como bien evidencia el chapitel que enfatiza el eje del primer inmueble, así como los vanos amansardados de la cubierta«. La influencia vienesa se detecta en detalles como coronas, guirnaldas y barras verticales o péndulos que se localizan en las labores de hierro de balcones, miradores, terrazas y montantes de la planta baja. Los dos edificios colindantes a lo largo de la calle Elcano también fueron diseñados por Rucabado en los años siguientes. Por fortuna, estos sobreviven. Para Tomás Allende y sus familiares, poco después Rucabado concibió varios palacetes en Indautxu, transitando del Sezessionismo al regionalismo cántabro, de los que sólo uno ha llegado hasta hoy.

El inmueble tenía dos patios interiores, uno central y otro lateral, y fue de los primeros -si no el primero- en disponer de ascensor. Cada planta era una sola vivienda de más de 400 m2 de superficie útil: además de un vestíbulo de 32 m2, tenía un comedor (bajo la torre lateral hacia la Plaza), una sala, un gabinete (bajo la torre de la esquina), un despacho, ocho dormitorios, un baño y W.C. de 18 m2 y otro más pequeño para el servicio doméstico, un office, una cocina, una despensa y un cuarto de la plancha a ambos lados de un pasillo de 180 cm de anchura que, como un circuito, rodeaba el patio central y la caja de escaleras. Era espectacular, por dentro y por fuera. Fue demolido en 1973, sin que ninguno de sus valiosos materiales, herrerías, carpinterías, puertas, lámparas y apliques, vidrieras, relieves escultóricos…, fuese resguardado. Todo fue a parar a la escombrera.

En septiembre de 1974 Emiliano Amann Puente firmó su proyecto por encargo del Banco Industrial del Sur, Bankisur, para construir en el espacio urbano de una Plaza Elíptica que este arquitecto consideraba «actualmente en transición», aludiendo a los derribos y cambios de uso que se habían dado en los años precedentes y de los que el suyo sería el último. Amann Puente valoró la posibilidad de respetar el edificio de Rucabado, pero como explicaba en la Memoria del proyecto, «no se ha podido conservar debido a que sus características no concordaban con el destino: falta de funcionalidad, escasa sobrecarga de uso, huecos pequeños, etc.«. Sin dejar de ser cierto lo apuntado, la razón de mayor peso radicaba en el aumento significativo de metros cuadrados útiles por encima de la calle, además de tres sótanos que antes no existían, hasta lograr disponer de 7.830 m2 que la normativa urbanística de aquel momento permitía.

Se trataba de levantar un edificio «comercial«, eufemismo de «oficinas», para el que la composición fue concebida «de un modo diáfano, de tal modo que permita las diversas modificaciones distributivas que exigen el acontecer de la vida de los negocios actualmente». Es decir, el arquitecto previó que a lo largo de los años los negocios instalados en este edificio cambiarían -como así ha sido y es- y que, por tanto, cambiarían sus funciones y necesidades, motivo por el que la adaptabilidad del espacio laboral debía constituir una de sus principales virtudes.

El aspecto de la calle Elcano, caracterizado por el ritmo vertical originado por los miradores y balcones que vuelan de las fachadas, condujo a que el nuevo edificio hacia dicha calle tuviese en su propia fachada un tratamiento que seguía esa pauta, la cual se extendió a la de la plaza. Así, a partir de la entreplanta se originan seis cuerpos de vuelos discontinuos que tienen carácter de miradores. La discontinuidad viene marcada por los machones estructurales que, como en la plaza, arrancan de la cota de calle, dando asentamiento al edificio. Como consecuencia inmediata de seguir el perfil marcado por la alineación oficial en Elcano, estos vuelos desaparecen en la planta séptima, quedando retranqueada respecto a las situadas por debajo. La fachada a la plaza no tiene vuelos más que en el torreón, tres a la Plaza y dos a Elcano, rematando el edificio como elementos de composición y facilitando el tránsito de una cara a la otra. Recuerdan a los matacanes que existían en lo alto de las torres y murallas defensivas medievales. El carácter a la plaza es vertical, marcando este ritmo los machones estructurales, que modulan de un modo natural los paños de ventanales, que tienen una presencia más ligera al ir a paño con los machones.

Los cinco miradores del torreón vuelan sobre la fachada a la Plaza, cuyos ventanales se hallan a paño con los machones estructurales. Sin embargo, los miradores verticales en Elcano sí vuelan sobre la calle

Para la composición volumétrica del edificio Amann Puente consideró «conveniente suprimir el chaflán y no efectuar sucesivos retranqueos en la calle Elcano que rompen la composición«. Las fachadas son de granito rojo oscuro pulido, los ventanales, de aluminio anodizado y lacado en tono bronce claro, con un punto dorado, y los vidrios, parasol. La cubierta fue pensada para llevar pizarra. Los colores son elegantes, profundos y sobrios, al igual que la composición general del inmueble. En algún lugar he leído que este edificio enfada mucho a alguien que exige su demolición inmediata. No sé con qué argumentos, se trata de una buena obra de arquitectura. Habría sido preferible conservar el de Rucabado, sin duda, pero aquella grave pérdida no debe condicionar la opinión sobre su inocente sustituto, nacido para cumplir con unos usos diferentes en un tiempo muy distinto al de aquel y sus colindantes.

La altura alcanzada por el edificio de Amann Puente llega justo hasta donde llegaba el torreón tipo Segundo Imperio en el edificio de Rucabado. El actual sobresale respecto a los colindantes, pero es que el anterior, aunque menos masivamente, también lo hacía. La fotografía de la derecha fue tomada hacia 1955.

Plaza Elíptica: la gran demolición/sustitución (I)

/ Javier González de Durana /

Fragmento del Plano del Ensanche de Bilbao, dibujado sobre las preexistencias rurales del municipio de Abando, por el arquitecto Severino Achúcarro y los ingenieros Pablo Alzola y Ernesto Hoffmeyer, aprobado en 1876 por el ayuntamiento.

Entre 1969 y 1974 se demolieron cuatro edificios históricos en la bilbaína Plaza Elíptica. Puede que esa cantidad no parezca muy elevada, pero si se dice que fueron el 37’5 % de los orientados a ese espacio urbano se entenderá mejor la catástrofe patrimonial que afectó a más de un tercio de su paisaje edificado. Inmuebles de viviendas de notable calidad formal y constructiva, diseñados entre 1902 y 1909 por Severino Achúcarro y Leonardo Rucabado entre otros, desaparecieron en tan sólo siete años. Pilar Careaga Basabe, como alcaldesa de la Villa entre julio de 1969 y julio de 1975, autorizó los derribos.

La Plaza Elíptica es el punto de intersección urbana de cuatro grandes vías. El eje Norte-Sur lo marca la Alameda de Recalde; el eje Este-Oeste está definido por la Gran Vía; una diagonal, Ercilla, se despliega de Noreste a Suroeste; y otra diagonal, Elcano, recorre su trazado de Noroeste a Sureste. Esta formalización da lugar a que la Plaza se encuentre rodeada por ocho manzanas, cuatro al Norte de la Gran Vía y cuatro al Sur o, si se prefiere, cuatro manzanas al Este de la Alameda de Recalde y otras cuatro al Oeste.

La forma parcelaria de estas ocho manzanas no es idéntica debido a dos circunstancias: (1) la forma ovalada del espacio central, lo cual daría lugar a cuatro manzanas iguales al Norte y Sur de la Gran Vía y otras cuatro iguales al Este y Oeste de la Alameda de Recalde; sin embargo, sólo las cuatro situadas a los lados de Alameda de Recalde son iguales debido (2) al desplazamiento hacia el Este de la calle Marqués del Puerto, provocando que las dos manzanas situadas en ese costado de la Plaza sean más grandes que las dos situadas en el Oeste. Estas dos últimas están delimitadas por la calle Iparraguirre, que corre de Norte a Sur, y para que las dos manzanas situadas al Este fuesen iguales a ellas tendría que haber una calle paralela a Iparraguirre con similar recorrido. Pero los urbanistas Alzola, Hoffmeyer y Achúcarro decidieron que no la hubiera y, así, desplazaron hacia el Este el tramo comprendido entre Colón de Larreategui y Rodríguez Arias que, de no haber sido movido, habría dado lugar a una vía continua con un sólo nombre y que ahora son tres no continuas con denominaciones diferentes: Heros, Marqués del Puerto y General Concha. Ese desplazamiento de Marqués del Puerto es lo que origina en sus dos extremos sendas plazas triangulares, Jado y Pedro Eguillor.

Alzola, Hoffmeyer y Achúcarro no explican en la Memoria de su Plan por qué prescindieron de la recta linealidad para esta calle, prefiriendo que fueran tres en vez de sólo una. Lo más alusivo que dicen al respecto es que «se han establecido además otras pequeñas plazoletas de diferentes formas en algunos encuentros de calles, con el objeto de facilitar la circulación y evitar los ángulos agudos que presentaban algunas manzanas chaflanándolas convenientemente«, considerando interesante «la ventaja de interrumpir la monotonía que producen a la vista las calles de gran longitud«, además de proporcionar tales plazoletas «salubridad e higiene«. Cabe imaginar también que lo consideraran más interesante porque con tres calles de mediana longitud lograban crear ambientes urbanos más cercanos, de barrio. En efecto, la calle Iparraguirre es una larguísima vía, adueñada por el tráfico de vehículos, que sólo en su comienzo y su final posee ambiente de barrio. Siendo mucho más amable la calle fraccionada en tres tramos discontinuos, no se entiende que los urbanistas renunciaran a lo mismo con Iparraguirre.

La arquitectura envolvente de la Plaza tardó seis décadas en completarse con la primera generación de edificios que ocupó los diez solares que abren a ella. El primero fue el palacio de Victor Chávarri, en la esquina con la Gran Vía (pares), que se empezó a edificar en 1889, como casa de campo más que urbana, dado lo rural de sus entonces alrededores, siendo ampliada pocos años después hasta ocupar todo el frente a la plaza entre Gran Vía y Elcano. La ultima construcción fue la sede estatal de Hacienda, entre Ercilla y Alameda de Recalde, que empezó a levantarse en 1943 y terminó en 1951. De aquellos primeros inmuebles han sobrevivido dos dependientes del Estado (la subdelegación del Gobierno -el palacio Chávarri- y la sede de Hacienda), el Hotel Carlton (1919), el edificio de oficinas de la AURORA (1934) y dos de viviendas por pisos (1904 y 1917) que poco a poco están siendo reconvertidos en despachos y oficinas. De las ocho manzanas que rodean la Plaza Elíptica sólo dos conforman entidades unitarias, el Hotel Carlton y el palacio Chávarri. Todas las demás están subdivididas: en tres parcelas (dos manzanas), en cuatro (una), en seis (una), en once (una) y en trece (una). Estos dos últimas, lógicamente, son las dos manzanas grandes situadas al Este. Sólo dos frentes orientados a la Plaza presentan su rostro dividido por dos solares.

Parcelación de las manzanas que rodean la Plaza Elíptica con indicación de los cuatro edificios, marcados en azul, que fueron demolidos y sustituidos. Aunque no se orienta a la Plaza Elíptica, se ha señalado en verde otro edificio cercano demolido/sustituido en estos mismos años.; Granada, Gran Vía 38, es una notable pieza del arquitecto José Mª García de Paredes (1973). Sin embargo, el situado justo enfrente, Gran Vía 35, marcado en rojo, (1983), levantado diez años después del anterior, supuso el retorno del moderno edificio de oficinas al neo-revivalismo y la simulación de formas de principios del siglo XX.

Como cabía esperar para tan céntrico ámbito, las nuevas construcciones levantadas para sustituir a los cuatro inmuebles demolidos fueron diseñadas por destacados arquitectos y los resultados -que aún siguen a la vista- poseen calidad, aunque en general no son bien valorados por la ciudadanía. Despreciados por considerarlos inmuebles burocráticos, fríos y sin alma, algunas personas los rechazan al recordar cómo eran los edificios derribados, añorándolos, lo que es muy comprensible, y otras los detestan incluso a pesar de no haber conocido la traza de aquellos a los que estos sustituyen. Sobreviven sus fotografías y, sin duda, el contraste es muy acusado.

En cuanto a la altura de los edificios, muy superior a la de los históricos precedentes, se acusa a los arquitectos de haberlos recrecido en exceso, con la consiguiente ruptura de la escala. Si la arquitectura funciona como mediador entre el individuo y el espacio que éste ocupa, la escala es la variable que regula esa conexión inevitable. En la Plaza Elíptica no se tiene en cuenta que el primero que rompió la escala fue el prepotente edificio de la Hacienda estatal -una tronera- y que los levantados en los años 60 y 70 tomaron hasta ocho plantas de altura porque lo autorizaba la normativa urbanística municipal y los promotores inmobiliarios deseaban apurar al máximo posible los volúmenes de ocupación.

Además de un aspecto muy distinto, otro cambio que las nuevas construcciones trajeron fue la mayor terciarización de la plaza al sustituir viviendas por oficinas y comercios por entidades bancarias. Sin embargo, dejando a un lado los lamentos por lo perdido, debe reconocerse que los edificios sustitutos poseen valores y calidades, eso sí, en distintos grados y con diferentes estéticas. Es lógico, aparecieron en otra época, sesenta años después de los primeros, en un siglo de enormes transformaciones.

Resulta frecuente encontrar opiniones demoledoras acerca de las construcciones recientes, aunque casi todas superan ya el medio siglo de existencia. Un inmueble antiguo, incluso si es mediocre, se defiende más y mejor que uno de mucha mayor calidad, pero con sólo 50 años de existencia. En próximas entradas de este blog se verá cómo eran los cuatro edificios demolidos y cómo son los que les sustituyen.

Vista de la Plaza desde uno de los balcones del edificio, aún existente, en la esquina de Gran Vía 39 (arq. Alfredo Acebal, 1904), hacia 1950.

Vista de la Plaza desde, aproximadamente, encima del Hotel Carlton a mediados de los años 60, poco antes de que se produjeran las demoliciones, si bien el desvirtuamiento de alguno de estos edificios ya había comenzado.