Observar el espacio para entender el tiempo

/ Javier González de Durana /

¿El «sueño americano» muestra algún tipo de expresión en el plano urbano de una ciudad estadounidense, algo que lo revele? ¿Las fronteras surgidas entre países por causas geográficas son menos artificiales que las aparecidas por decisiones políticas?, ¿de qué modo reconocer unas y otras? ¿Por qué un pintor impresionista formado en París retrató a una aldeanita con un cántaro de leche sobre su cabeza en un suburbio bilbaíno dividido entre lo rural y lo industrial?, ¿cómo entraron en contacto? Estas son el tipo de preguntas a las que los libros de historia no suelen dar respuesta, pues sus redactores consideran que hay asuntos más importantes: la conquista militar del héroe, el gobierno tiránico de fulano de tal, el precio del trigo en la Baja Sajonia… Sin embargo, los mapas, planos, directorios, agendas e itinerarios hablan del espacio, del tiempo y de nuestra propia historia. Ofrecen detalles que un historiador convencional a menudo pasa por alto: autopistas rectas o senderos que se bifurcan, estaciones de metro o embarcaderos de río, pavimentos urbanos o callejones sin salida, huellas-fantasma en el urbanismo, recorridos descritos en su agenda por un paseante… Un plano es el dibujo de un lugar específico representado en un momento dado; lugar y momento donde la gente vive, trabaja y que, sin ser consciente de ello, hace historia, la suya. Los mapas y planos permiten abordar asuntos para reflexionar desde coordenadas diferentes a las dominantes: describen espacios que habitan comunidades humanas.

La historia trata acontecimientos que siempre están relacionados con lugares que se experimentan de maneras diferentes. La creencia moderna de que naturaleza y sociedad son campos de conocimiento científico separados es una ficción que convierte en abstractas algunas cuestiones con bases materiales claras y concretas. La elocuencia de los detalles plasmados en planos y mapas geográficos fue desvelada por Karl Schlögel hace dos décadas en su libro En el espacio leemos el tiempo.

Los mapas -dice Schlögel- están ligados a un lugar y un tiempo, no se ciernen en un abstracto espacio vacío, se hallan en determinado contexto histórico y cultural. Identificar mapas, asignarles persona y fecha, no sólo se cuenta entre los deportes intelectuales más excitantes, es también un paso analítico inexcusable para interpretar y ordenar esos «documentos» exhaustivamente y con sentido. Cada mapa tiene su tiempo y su lugar, su ángulo de visión, su perspectiva, y leídos correctamente nos proporcionan una clave para ver o entender no sólo el mundo figurado sino también la orientación y los propósitos de quienes se hicieron tal imagen del mundo. Schlögel se planteó el reto de abolir las fronteras entre disciplinas, echar abajo los muros que separan artificialmente lo social de lo cultural.

Y ahora, con un salto quizás excesivo, paso de las grandes teorías al pequeño hecho histórico. En 1903 el pintor Adolfo Guiard realizó la pintura que, en mi opinión, mejor retrata la realidad de aquel Bilbao situado entre el espacio rural y la ría industrial, mostrándola en la figura de una preadolescente campesina que desde el lienzo nos mira directamente a los ojos. Ya hablé de esta pintura en otro post publicado aquí. ¿Cómo entraron en contacto un pintor bilbaíno de 43 años con una niña aldeana de Deusto, con apenas 10, llamada Asunción Ojinaga? ¿Qué circunstancias hicieron posible esta extraordinaria pintura?

En 1892 Guiard era un pintor de 32 años que, a pesar de su juventud, poseía un elevado prestigio artístico del que derivaba una clientela deseosa de sus obras. Una clientela encuadrada entre las élites industriales, navieras y financieras de un Bilbao exultante por su imparable crecimiento económico. En otras palabras, Guiard había logrado acumular dinero suficiente para retirarse a un lugar tranquilo donde poder pintar sin el ajetreo social al que, de vivir en Bilbao, se veía sometido (y al que él -todo hay que decirlo- se dejaba arrastrar con suma facilidad). Tras regresar de París en 1885, primero se instaló en Bakio y después en Murueta, dos aldeas situadas a 30 y 40 km de Bilbao. Sin embargo, el trabajo le exigía estar más cerca de su clientela. El municipio de Deusto conservaba entonces rincones en donde ese apartamiento era aún posible a cinco kilómetros del centro de las Siete Calles.

Así que el 24 de octubre de 1892 Guiard compró una casa denominada Echachu en el barrio rural de Deusto llamado Tellaeche. El terreno alrededor de la casa tenía una superficie de 2659 m2. El vendedor fue Marcelino Ojinaga, propietario del cercano caserío Recurti, a quien el pintor pagó 3750 pts. en efectivo metálico. La hija de Marcelino, Asunción, no había nacido todavía.

Plano del municipio de Deusto realizado el mismo año en que Guiard compró su casa. Dentro de un círculo rojo, a ambos lados del camino, Echachu y Recurti; a la izquierda, en otro círculo rojo, ubicación del caserío Elorrieta, donde el pintor retrató a Asunción Ojinaga, tras recorrer en su compañía el kilómetro y medio de distancia que separaba ambos lugares.

En este plano elaborado hacia 1940 se observa el terreno propiedad de Guiard, rodeado por caminos rurales en tres de sus cuatro límites, con los caseríos Larracotorre, Busturisco y Uduene, más el trazado de la Avenida del Ejercito que ya se preveía para el futuro barrio de San Ignacio.

En este plano se observa la superposición del los antiguos caminos rurales de Deusto y la prevista ordenación urbanística del barrio de San Ignacio, incluida la proyección del canal de Deusto. Los caseríos indicados son Recurti, Larracotorre, Busturisco, Uduene, Urquiza, Beascoechea, Zarandoco, Landaburu, Aresti y Basacoeche. En el centro y señalado en negro, Echachu. La parcela señalada con el número 287 es la actualmente ocupada por la ikastola Intxixu.

En el tercero de los planos se observa que en el recodo de un camino, a un lado estaba Echachu y al otro lado del camino, enfrente, Recurti. La vieja construcción que adquirió Guiard no le servía para vivir y trabajar. Por ello, la sustituyó por una casa nueva que diseñó el arquitecto Gregorio Ibarreche para él. Debió de ser el primer edificio concebido por Ibarreche, quien entonces tenía 28 años, pues obtuvo su título en Barcelona el mismo 1892. Nacionalista como Guiard, fue el primer alcalde de Bilbao con esta ideología. La casa constaba de dos plantas organizadas en tres cuerpos: el central alojaba en planta baja un porche, el vestíbulo, un distribuidor y, en la mitad trasera, la caja de escaleras que envolvía una pequeña bodega; los dos cuerpos laterales tenían un fondo más corto que el central, en el de la derecha estaba el estudio del pintor, de doble altura, cerca de 30 m2 de superficie (6’15×4’55 metros), con una ventana en la fachada a la que se adosaba un pequeño cuerpo saliente a la manera de mirador o bay-window y cuatro ventanas más en la parte alta de la fachada lateral, y en el de la izquierda se situaban la cocina junto a un reducido baño, al fondo, y el salón comedor orientado a la fachada con un bay-window similar al otro. En la planta superior existían tres dormitorios comunicados por un pasillo que partía desde la escalera, uno en el centro, orientado a un balcón en la fachada, sobre el vestíbulo-distribuidor, y otros dos en el cuerpo de la izquierda. Bajo la cubierta había altura suficiente para alguna habitación más o simplemente para camarote. El estilo arquitectónico era más bien ecléctico con influencias francesas.

Alzado de la fachada y seccionar transversal de Echachu, por Gregorio Ibarreche (1892).

Planta baja y primera de Echachu, por Gregorio Ibarreche (1892).

En la fotografía de la vega de Deusto tomada hacia 1895 se ven ambas casas, en azul Recurti y en verde Echachu.

En consecuencia, Guiard vio crecer a Asunción desde el día de su nacimiento, eran vecinos, y cuando ella tuvo edad y fuerza suficiente para transportar sobre su cabeza un cántaro de hojalata lleno de leche hasta el caserío Elorrieta, a un kilómetro y medio de su casa, el pintor le acompañaba por la vereda que comunicaba ambos lugares, y allí, al costado de Elorrieta, la vio para pintarla, para que nos mirara, para que comprobemos el modo en que el mundo industrial, al fondo, acechaba la existencia campesina de la muchacha sin que ella fuera consciente de ello.

La historiografía marxista estudió los asuntos en función de sus propósitos o fines a partir de teorías evolucionistas. Después los historiadores centraron su atención en espacios y tiempos concretos. Más allá de la historia urbana y de los estudios sobre la memoria, de un tiempo a esta parte se vienen abriendo perspectivas inéditas que enriquecen la mirada al dirigirla hacia el espacio, el territorio o el lugar en un sentido más amplio y, a la vez, más detallado. La complejidad de las sociedades demanda un encuentro mayor entre disciplinas, un diálogo entre diversos enfoques para integrar los procesos sociales no solo en su tiempo, sino también, para su completa comprensión, en su propio espacio. Las grandes teorías también ayudan a descubrir pequeños acontecimientos; por ejemplo, saber cómo fue posible que un pintor impresionista pintara la transformación de Bizkaia encarnada en una muchacha que, con firmeza, seguridad y equilibrio, miraba hacia el futuro. Una reelaboración de la iconografía ancestral que representaba a las deidades con un sol brillante sobre sus cabezas.

Suburbio, por Adolfo Guiard (1903); Asunción Ojinaga retratada junto al caserío Elorrieta. A la izquierda del cántaro se ven tres elementos, uno inorgánico (el muro de la casa) y dos orgánicos (la anciana -el pasado humano- y, al fondo, la empresa Talleres de Zorroza -el futuro industrial-); a la derecha del cántaro se contemplan otros tres elementos, dos orgánicos (el árbol y los tres niños -el futuro natural y humano-) y uno inorgánico (el barco velero -el pasado mercantil-). El muro de piedra separa dos realidades económicas y sociales, pero la hojalata -producto estrella de la industria siderúrgica vasca- ya se ha introducido en el mundo agropecuario.

Cuánto Bilbao en la memoria

/ Javier González de Durana /

Edificio de Marqués del Puerto 3, en 1980.

El ayuntamiento ha autorizado a Kutxabank la demolición del edificio número 3 de la calle Marqués del Puerto, colindante a su sede de la Gran Vía. Las razones aducidas son las de «deterioro, con lesiones y patologías» que no han sido especificadas, pero que, según la entidad bancaria, son «graves«. Habrá que creerlo… Esa supuesta gravedad exige que sea demolido, lo cual -de paso, ¡vaya!-, posibilitará que la construcción que se levante en su sustitución resuelva el problema de funcionalidad interior derivado de que las plantas de la sede central y las del condenado a la piqueta no coinciden en alturas. Una vez quede despejado el solar, las plantas del nuevo edificio y las de la sede sí estarán a la misma altura. ¡Qué cómodo!

Parece mentira que en la actualidad, con tantas experiencias acumuladas, no existan técnicas y soluciones capaces de armonizar los espacios interiores de ambos edificios. Decir que una reforma parcial del edificio condenado sería difícilmente compatible con el resto de la sede, no convierte la operación en imposible y el que sea difícil no debería echar para atrás a una entidad acostumbrada a resolver dificultades superiores, además de proclamar un ferviente amor por lo nuestro. En otras palabras, Kutxabank quiere hacer tabla rasa y no verse relacionado con un edificio que perteneció a diferentes entidades bancarias antes de llegar a sus manos y que ofrece un aspecto arquitectónico chocante con la imagen de la sede central orientada a la Gran Vía: frente a la modernidad -hacia el futuro- en acero y cristal tintado de mediados los años 70 el falso historicismo -hacia el pasado- de finales de los años 80.

Produce mucha inquietud, por otra parte, el propósito de que el nuevo edificio presente una fachada muy diferente a la actual, al ser sustituida ésta por otra más acorde con el estilo tradicional de esa zona del Ensanche, lo que significa un nuevo rostro falso, con apariencia de pertenecer a finales del siglo XIX. En los años 90 Kutxabank amplió su sede al inmueble número 5 de Marqués del Puerto -un notable edificio de viviendas construido un siglo atrás- y, aunque todo su interior fue demolido, al menos se consideró que la fachada merecía ser preservada. Una consideración no aplicada a este inmueble hacia el que ahora se expande la entidad bancaria. Demasiado abstracto y corporativo, parecen pensar, mejor simular viviendas burguesas con miradores y balcones. Esperemos que, una vez derribado, a mitad de camino no se produzca un cambio en la licencia urbanística y por arte de birlibirloque, en vez de una ampliación de las oficinas, aparezca un inmueble de viviendas de lujo, que en esa zona serían un muy buen negocio.

«Cuánto Bilbao en la memoria. Días / colegiales. Atardeceres grises, / lluviosos. Reprimidas alegrías, / furtivo cine, cacahuete, anises«, así dice la primera estrofa de un conocido poema de Blas de Otero publicado en 1956. Adelante con esta ciudad para turistas, perdamos nuestra historia urbana y arquitectónica más reciente, así cuando otro poeta pregunte cuánto Bilbao queda en la memoria podamos decirle que cada vez menos.

La primera ocupación de ese solar sucedió en 1931 con un proyecto del arquitecto Luis Arana Goiri para la empresa Beltrán Casado y Cía. consistente en un pabellón industrial de planta baja y dos pisos de estructura en hormigón armado y sobrio estilo racionalista. Concluida la guerra civil en Bilbao la empresa decidió ampliar el inmueble en cuatro plantas más y dotarse de una fachada con rasgos entre el expresionismo y el racionalismo mediante un proyecto de Pedro Ispizua.

Proyecto de 1931 para Beltrán Casado y Cía. tal como se encontraba siete años más tarde y proyecto de ampliación del edificio en 1938.

Pero volvamos al presente. Vamos a ver, el inmueble colindante, el 1 de Marqués del Puerto, fue construido en 1931 (arq. Emiliano Amann); el situado en la esquina al otro lado de la calle, el 35 de Colón de Larreátegui, se construyó en 1896 (arq. Alfredo Acebal); los inmuebles 4-6 de Marqués del Puerto se construyeron en 1897 (arq. Enrique Borda); en la misma manzana del Ensanche donde está el edificio condenado, otros inmuebles son de 1936 (Colón de Larreátegui 33, arq. Ricardo Bastida), de 1939 (Diputación 2, arq. Pedro Ispizua), de 1967 (Diputación 4, arq. José Ramón Garitaonaindia) y de 1885 (Diputación 6, maestro de obras Pedro Peláez)…, todos ellos son edificios de viviendas por pisos utilizados con aguda intensidad doméstica desde hace décadas o incluso más de un siglo, ¿¡y el único que tiene problemas estructurales es el más joven de todos ellos, un inmueble de oficinas que no llega a los 50 años de vida!? Difícil de creer…

Arriba-izquierda, maqueta de una propuesta no realizada y, arriba-derecha, edificio realizado. En medio, alternativa como balcón-tribuna presentada junto al proyecto de ejecución. Abajo, situación actual tras las alteraciones introducidas lo largo de los años.

Pienso que este edificio debería haber tenido algún nivel de protección patrimonial. Es una obra de dos brillantes arquitectos bilbaínos de la generación de los años 50-60, Félix Iñíguez de Onzoño y Juan Daniel Fullaondo, y en términos constructivos su singularidad reside en que la fachada fue la primera realizada en Bilbao como muro-cortina. El proyecto es de 1976 y la realización se llevó a cabo entre 1976 y 1980. El propio Fullaondo lo comentaba para el número monográfico que le dedicó la revista El Croquis en 1984. El cliente fue el Banco Europeo de Negocios, «al que se plantearon un par de soluciones, eligiéndose la más restringida, naturalmente«, terminaba diciendo con resignación. Sin embargo, el rechazo a su planteamiento de balcón-tribuna (véanse las perspectivas) no vino de la empresa, sino de la Dirección de Arquitectura municipal por contravenir esos «elementos decorativos» las ordenanzas de construcción entonces vigentes.

El inmueble de talleres de Beltrán Casado y Cía. no fue completamente demolido para la nueva empresa, sino que se «acondicionó» su estructura de hormigón tras despejarla de las connotaciones industriales y reforzarla. En cuanto a su fachada, los arquitectos reflexionaban en la Memoria que su «prestancia y singularidad no se puede conseguir, dadas las normas vigentes de ordenanzas de la construcción del Ayuntamiento, sino por una fachada de características de elegancia y particular ennoblecimiento que pueda ser fácilmente distinguido de los edificios colindantes». Con su diafanidad y las inflexiones que rompían la fachada en diversos planos, en 1976 este edificio era elegante, noble y distinguido. O tempora o mores.

Dado que la calle Marqués del Puerto es «estrecha, totalmente signada por fachadas salpicadas de miradores acristalados» los arquitectos concibieron todo el frente «como un enorme mirador, digamos ‘un orden gigante’ de mirador rojizo. Como un ópalo«, de modo que «cuando la fachada está limpia, cosa no demasiado frecuente, resulta interesante ver la manera en que se reflejan, en el espejo rojizo, los variados rostros luminosos de las incidencias urbanas (…) Me recuerda el vidrio de Duchamp«. En aquel comentario, Fullaondo se desmarcaba del «curioso letrero» existente en la marquesina, «obra de otras manos distintas. No hace falta decirlo«, y se quejaba de que no le hubieran dejado intervenir en la decoración interior del Banco, el cual ocupaba dos plantas, destinando las restantes a oficinas de otras empresas y sociedades. Asimismo indicaba que le parecía «de algún interés, la referencia superior con ese cuboide detonante«, siendo en este punto donde residían las mayores diferencias entre las dos soluciones planteadas por los arquitectos, la más y la menos restringida, puesto que «la organización interna es la normal en este tipo de edificios«. Preciosa, la alusión al ópalo y lástima que no desarrollara la idea acerca de Duchamp.

Se ha conservado la fotografía de una maqueta del edificio en su propuesta menos restringida, observándose que el punto superior-izquierdo de la fachada presenta un aspecto acusadamente escultórico consistente en un conjunto de planos, verticales y horizontales, paralelos y perpendiculares a la fachada, que albergan un abierto espacio interior: un gran plano alargado de hormigón se proyecta, a partir de la cornisa, hacia el ámbito de la calle, sobrevolándola, para mostrar otro plano vertical en el extremo exterior con un descentrado hueco circular al frente. En la planta inferior, justo debajo del plano saliente y con el mismo vuelo, se abre un vano a modo de gran balcón, con contundente grosor en los forjados de los que, perpendiculares a la fachada, surgen dos muros: uno ciego en su lado Norte y otro con un hueco circular en el lado Sur, pero con despliegue por debajo del balcón. Se advierten aquí ecos del Homenaje a Aita Donosti, de Jorge Oteiza, en Agiña. Ese segundo muro, a su vez, sirve para seccionar la fachada vidriada en dos partes: un tercio a la izquierda mantiene el plano de las fachadas existentes en los otros edificios de la calle, mientras dos tercios a la derecha avanzan en la misma medida que los cuerpos de miradores en los inmuebles vecinos. A su manera, desde un formalismo moderno y no mimético, esta solución es continuadora de los planos y volúmenes tradicionales, salvo en la primera planta, donde la fachada crece hacia la calle para conformar una galería en voladizo a la vez que funciona como marquesina sobre la acera.

Esta propuesta fue el punto de partida y el gran gesto volumétrico de la parte superior pasó a convertirse en un balcón-tribuna que fue rechazado por incumplir normativas, quedando reducido a lo que Fullaondo denominó , creo que con sorna, «cuboide detonante«, el cual con el tiempo desapareció también, al igual que el volumen de la galería en la primera planta para llevar esa zona al plano convencional de la fachada. Todo el frente en la planta baja ha sufrido, asimismo, abundantes modificaciones, sirviendo para deformar la cara del inmueble. Sería un magnífico gesto que Kutxabank se animara a recuperar el aspecto exterior original de este edificio, incluyendo el escultórico cuerpo en lo alto del proyecto «menos restringido» de Fullaondo e Iñíguez de Onzoño .

«…resulta interesante ver la manera en que se reflejan, en el espejo rojizo, los variados rostros luminosos de las incidencias urbanas…».

Licencia caducada y justicia poética

/ Javier González de Durana /

Estado actual del solar tras dieciocho meses de abandono.

El ayuntamiento de Bilbao ha declarado caducada la licencia que otorgó al obispado de Bilbao para construir un edificio en el solar de su propiedad situado en confluencia de las calles Lersundi-Heros-Barrainkua. Hace unas semanas me preguntaba aquí mismo lo siguiente: «¿Ha culminado el ayuntamiento el expediente de caducidad de la licencia de tres años que dió para realizar las obras? Esa licencia finalizaba en diciembre de 2024 y a día de hoy, sin existir un plan de obra, las vallas y el solar agujereado continúan allí como si todo estuviera en orden, como si la licencia hubiese sido prorrogada, como si Construcciones Murias – Urbas no estuviera en concurso de acreedores y atravesando turbulencias financieras desde el año pasado«. Bueno, la prórroga fue solicitada, pero el consistorio decidió rechazar la petición a la vista de que el asunto y sus promotores no presentan capacidad para salir del entuerto en que se hallan metidos. Lo que los vecinos del barrio han venido denunciando y solicitando desde que dio comienzo esta operación inmobiliaria ha venido a darse, parcialmente y de momento, por causas exógenas al vecindario, centradas en la quiebra económica de la constructora Murias, implicada en el disparatado negocio. Cualquiera que haya sido el detonante de la situación actual, bienvenida sea esta suerte de justicia poética. No obstante, si bien el obispado ha fracasado en su objetivo (por ahora), las aspiraciones de los vecinos no han vencido (todavía).

El obispado puede recurrir y lo más probable es que lo haga. Está en su derecho y lo tiene fácil. Mucho más complicado le resultará encontrar otra constructora que acepte verse implicada en una operación que tiene un oscuro historial administrativo en el ayuntamiento y una legión de vecinos opuestos activamente a que en ese solar se levante un masivo bloque hospitalario.

Grabado número 18 de los Disparates, por Francisco de Goya.

«Dios los cría y ellos se juntan» es un dicho popular que se utiliza para expresar que personas con características o inclinaciones similares, aunque sean opuestas o diferentes en un principio, tienden a unirse y a encontrarse para lograr puntuales objetivos comunes.  Todos lo conocemos y usamos a menudo, pero ahora no está de más recordar que Francisco de Goya lo utilizó para titular el grabado número 18 de sus Disparates o Proverbios (1815-24) y que Benito Pérez Galdós lo introdujo en su obra Un faccioso más y algunos frailes menos (1879). Al aludir con cierta ironía a la inclinación natural que lleva a juntarse a los de un mismo genio y temperamento, se aplica más bien a personas de conducta censurable. Como dijo Sebastián de Covarrubias, el lexicógrafo español del siglo XVI, autor del Tesoro de la lengua castellana o española, «el codicioso y el tramposo, fácilmente se conciertan».

Portada de la décima y última entrega de la Segunda Serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.

Lo digo porque si Murias ha sido una empresa cuya defectuosa gestión le ha conducido a la quiebra, su alianza ocasional con el obispado revela compartir con éste malas prácticas por más que, a veces, merced al amparo institucional consigan salirse con la suya. Así fue la recalificación urbanística del solar ahora en tan complicada situación. Amén de lo anterior, la empresa matriz de Murias, el Grupo Urbas, se encuentra, por su parte, en pre-concurso de acreedores y sus directivos esperan juicio por estafa ante la Audiencia Nacional. La víctima de las malas prácticas de uno y otro ha sido Mutualia, que ahora se ve copropietaria de un terreno en el que no se sabe qué, para qué o cuándo se podrá hacer algo en él.

La divina providencia ha proporcionado este respiro a los briosos vecinos de Abando Habitable en su ya larga lucha por conseguir que ese solar se convierta en un jardín público. No debe olvidarse que es un compás de espera, no una victoria, y que la iglesia católica sabe esperar porque su reino no es de este mundo, ja. «First we take Manhattan, then we take Berlin«, cantó Leonard Cohen. Digamos ahora nosotros, primero impidamos el edificio, después construyamos el jardín. Como dice el profesor y sociólogo Vicente Huici en su blog: «…tras cinco años de cerrazón ominosa, la Diócesis, propietaria de la parcela, acceda a partir de ahora a negociar sobre su uso futuro, toda vez que ya no puede argumentar que el asunto símplemente le cayó en suerte como herencia del antiguo obispo, el hoy arzobispo de Burgos que ya tiene sus propios líos con las monjas de Belorado…». Esta gente, ya se sabe, siempre con sus líos.

El caserío: origen desvelado, destino incierto

/ Javier González de Durana/

Villa Arnaga, construida para Edmond Rostand en Cambo-les-Bains.

En el Instituto de Arquitectura de Euskadi se está presentando una interesante exposición en torno al caserío vasco con el título de Baserria. Madera, piedra, mito, presente. La muestra concluye este próximo domingo 14 de septiembre. El tipo de caserío vasco que es el objeto de atención aquí es el de la vertiente cantábrica, el vizcaíno y, sobre todo en este caso, el guipuzcoano. Otros tipos de caseríos vascos, el de la llanada alavesa o el de las Encartaciones, tan diferentes en origen y forma, aunque no en su función agropecuaria, supongo que serán atendidos en futuras ocasiones.

Es imposible abordar una reflexión arquitectónica del caserío sin tener en cuenta la mitografía que lo ha venido rodeando desde hace algo más de un siglo, exactamente desde que se dio inicio a su declive y paulatino abandono de sus usuarios como lugar residencial y laboral en el diseminado campestre para pasar a vivir y trabajar en las concentraciones urbanas de ciudades y pueblos. La literatura y la pintura, empujadas por un fuerte sentimiento de nostalgia, idealizaron desde las localidades industrializadas, la vida en estas tradicionales construcciones rurales transmitidas de padres a hijos, generación tras generación. La idea de paraíso perdido, de apacible vida en contacto con la Naturaleza, sin la contaminación de las costumbres modernas, donde la existencia transcurría sin tensiones, en armonía con tradiciones seculares, en el autoabastecimiento de las necesidades cotidianas… arraigó con fuerza en las mentes de unas gentes que habían olvidado la dureza de esa clase de vida para quedarse con una estampa que nunca existió en la realidad.

«Ikusten duzu goizean / argia hasten denean / menditxo baten gainean / etxe txikitxo aitzin zuri bat / lau haitz handiren artean / iturritxo bat aldean / txakur zuri bat atean? Han bizi naiz ni bakean«, así cantaba en aquellos años Jean Baptiste Elissanburu. La vida del agricultor, «nekazari» (en la propia palabra está inserto el «neke», el sufrimiento, la fatiga), no era tan maravillosa. Sin embargo, la casa en la que habitaba, donde estabulaba su ganado y cuyos alrededores cultivaba para su alimentación y la de su familia, por su origen, evolución y configuración, sí poseía un carácter peculiar y hasta cierto punto asombroso.

Primera sala de la exposición.

La exposición se divide en dos partes. La primera explica el origen y los materiales constructivos que se utilizaron desde el inicio en que estas construcciones que se erigieron como lagares, esto es, no como lugares donde se habitaba, sino donde se trabajaba. Inicialmente estuvieron realizadas exclusivamente con madera, tanto el interior como el exterior. Poco a poco se fue introduciendo la piedra a medida que algunos de sus espacios interiores pasaron a estar ocupados para ser habitados, hasta que las cuatro fachadas exteriores se hicieron con piedra de mampostería salvo puntuales sillares en esquinas y huecos quien podía permitírselos. La madera, prodigiosamente labrada quedó restringida a la estructura portante interior. En esta sección hay una gran maqueta de un caserío en su puro esqueleto de madera que permite entender muy bien su construcción. También hay distintos tipos de maderas y piedras, así como secciones de troncos que posibilitan a la dendrocronología averiguar la edad en la que el tronco fue cortado y, por tanto, presumiblemente la época en la que se construyó la casa donde ese tronco se halla. Se echa de menos la mención al ladrillo como material de construcción; en Gipuzkoa quizás no fue tan importante, pero en Bizkaia, particularmente en el Duranguesado durante los siglos XVII y XVIII, sí la tuvo.

Fachadas Norte y Sur de Villa Arnaga.

En la segunda parte se aborda la mitificación moderna del caserío y las maneras en que sus rasgos estereotípicos han sido trasladados a las construcciones del siglo XX, especialmente en sus aspectos exteriores más visibles. El estilo neovasco nació en Hendaya y a lo largo de la costa vascofrancesa, arraigando en villas y chalets unifamiliares para clases acomodadas al principio, como una clase de regionalismo más en una época en que esta manera de diseñar triunfaba por toda Europa. Más tarde esos rasgos, muy mixtificados y como ecos de ecos, han podido verse en toda clase de construcciones, desde gasolineras hasta pabellones de almacenes.

Segunda sala de la exposición.

Libros que estudiaron el caserío ya como una reliquia de otras épocas, discos musicales y fragmentos de películas junto con planos de edificios resueltos en clave neovasca, si bien me quedo con la impresión de que el papel neovasquizador desempeñado por los arquitectos Pedro Guimón y Alfred Baeschlin no está suficientemente reconocido. Me resultó un tanto maniquea la utilización de dos pinturas de Aurelio Arteta para demostrar la «idealización» del caserío frente a la «demonización» de lo urbano. Ejemplos neovascos desde intentos pegados a la tradición, como el erigido para el escritor Edmond Rostand con el nombre de Villa Arnaga por el arquitecto Albert Tournaire, 1903-06, en Cambó-les-Bains -pegados en la medida de lo posible, pues los interiores siempre estuvieron adaptados a la vida doméstica moderna y en el caso de Rostand son, además, directamente lujoso-parisinos- hasta experimentaciones modernas, entre ellas alguna bien interesante, como la Casa Sobrino, del arquitecto Javier Carvajal, en Ondarreta, 1971, que fue incomprensiblemente demolida en 2008.

Casa Sobrino, «masivo, negro y potente desde la lejanía del Paseo Nuevo; frágil, leve y artesanal en la distancia corta», era la actualización más brillante de la imagen del caserío y lo hizo, además, en pleno centro urbano.

No se ven a menudo exposiciones tan interesantes en el Instituto Vasco de Arquitectura. Les cuesta producirlas. Esta es una de ellas y ha sido comisariada por Ibón Tellería Julián y Jon Arcaraz Puntonet. El montaje es claro y eficiente, utilizando materiales actuales de construcción muy normales, aunque la primera sala hubiese merecido mayor espacio y la lectura de los textos sobre esos paneles metalizados se hace difícil por los brillos de las luces artificiales. En un par de vídeos, los comisarios explican con detalle y didactismo todos los pormenores de la evolución histórica del caserío.

Son miles de caseríos repartidos por los montes de la zona septentrional de Euskadi. Su destino no puede estar restringido a la hostelería y a las segundas residencia. Hay que encontrar la formula que posibilite su supervivencia adaptada a los usos actuales para evitar su desaparición.

Zorrotzaurre: primeras impresiones

/ Javier González de Durana /

Bloques de viviendas concluidas y en construcción junto al bulevar que, de momento, funciona como cambio de sentido para vehículos y termina ante una barandilla sobre la ría, aunque su destino futuro es otro.

Hoy por hoy ese mirador, al fondo del aparente bulevar y sobre la ría, coloca al peatón ante las potentes instalaciones industriales de Sader y Profersa, ambas en Zorroza, al otro lado del Nervion.

Visto desde la margen izquierda, el conjunto de viviendas que se está levantando en la Punta Norte de la isla de Zorrotzaurre ofrece un aspecto desolador: pegadas unas a otras en apiñados bloques, elevándose con unas alturas y anchuras que desde la distancia se antojan excesivas…, no muestra muy buen aspecto y hace temer que el asunto irá a más, pues en los alrededores se levantarán otros bloques similares a los existentes. Con la esperanza de que la realidad a pie de calle fuera menos dura, me acerqué a verlo.

Los viales que conducen a esa Punta Norte llevan habilitados desde hace varias semanas y, caminando o en coche, cualquiera puede acceder sin problema a este nuevo barrio. Algunas viviendas están ocupadas ya por los vecinos y en los tendederos cuelgan vestimentas al sol como evidencia de que la vida cotidiana trata de acomodarse entre grúas, terrenos agujereados y ruinas industriales. Los residentes van llegando poco a poco y en los portales de las viviendas se pueden leer carteles que recomiendan a los transportistas de muebles y electrodomésticos el cuidado en sus actuaciones, el control de las puertas que necesiten tener abiertas y la recogida de embalajes o restos de paquetería. No hay ningún comercio activo todavía, pero en las calles se ven jubilados de paseo con sus perros y parejas jóvenes que empujan cochecitos con criaturas. En el ambiente flota un aire de provisionalidad, de asunto en marcha a la espera de que las tiendas abran sus puertas y más jubilados con perros, más parejas con cochecitos y criaturas completen el paisaje, llenándolo de animada vida urbana. Es lógico, queda mucho por hacer. No obstante, algunas intenciones acerca de lo que se pretende sea este lugar van mostrándose con cierta claridad. Una cosa es que te lo cuenten, siempre adornado con adjetivos encomiásticos en boca municipal o inmobiliaria, y otra, que lo veas.

Una prueba de lo aún pendiente y que ahora deja extrañado al observador «flaneur» es un supuesto bulevar desarbolado que termina ante una barandilla que, a la vista de los dos bancos allí plantados, se espera que funcione como mirador sobre el cauce de la ría tras elevarse en rampa unos diez o doce metros por encima de la cota cero de la isla. La idea no es que el tal bulevar funcione como paseo, pues las aceras son estrechas, el vial tiene un doble carril de ida y vuelta, y el parterre central no muestra indicios de que vaya a ser accesible al margen que, de serlo, tampoco ofrecería muchas satisfacciones al paseante. Visto tal y como está hoy, parece un desorbitado cambio de sentido para vehículos. En realidad, se trata de la rampa de acceso al puente que se construirá en el futuro para comunicar la isla con el barrio de Zorroza. Eso sí, de momento la barandilla-mirador proyecta al observador hacia dos potentes instalaciones industriales existentes en la orilla de enfrente, Profersa, que fabrica fertilizantes a través de residuos, y Sader, una empresa de descontaminación y eliminación de residuos, peligrosos y no peligrosos. Llevan más de 30 años en esa localización, quedando como vestigios del pasado industrial de Bilbao; son las únicas empresas de estas características ubicadas tan cerca de zonas habitadas y cuyos residentes se han quejado repetidamente a causa de los malos olores. El Gobierno Vasco ordenó el año pasado la paralización de Profersa debido a varios incidentes ocurridos en sus instalaciones. Se han iniciado los trámites para el traslado de ésta a las inmediaciones portuarias de Zierbana, si bien parece que Sader continuará en su actual ubicación, aunque dedicada a otras tareas. Se supone que el futuro puente desembarcará en esa orilla justo donde se encuentra Sader. De momento, las dos fábricas están ahí, ofreciéndose como espectáculo inesperado para quien las contemple desde la (provisional) barandilla.

Los tres primeros bloques en la Punta Norte con formas definidas; con formas silueteadas los bloques que se implantarán en el futuro.

Primeros tres bloques construidos y en parte ya habitados; muestran fachadas en dos tonos de gris, claro y oscuro.

Mi intención no es tanto hacer un comentario sobre las arquitecturas edificadas como referirme al paisaje que ellas crean aquí. Doy por sentado que la calidad de materiales, metros cuadrados útiles, suelos radiantes con aerotermia, sostenibilidad energética y demás cuestiones técnicas y domésticas se cumplen tal y como se prometieron. Sólo puedo aludir al espacio urbano, pues no he visitado ninguna vivienda, aunque las webs de las promotoras inmobiliarias que venden los pisos muestran los planos de distribución en las diferentes opciones ofrecidas a la clientela.

Los tres primeros bloques construidos y ya entregados por la constructora Jaureguizar en la parcela RZ13 (172 viviendas VPO) se despliegan en planta según el diseño previsto por la arquitecta anglo-iraní Zaha Hadid a partir de una analogía con la genética y, en concreto, con los cromosomas. Patrones y procesos biológicos que, con la ayuda de la Inteligencia Artificial, buscan crear espacios dinámicos y orgánicos a imitación de la complejidad de la naturaleza. Parte del objetivo es superar las limitaciones de la arquitectura tradicional mediante la exploración de nuevas formas, la integración de la naturaleza en el entorno construido y la creación de espacios singulares. Así, los edificios se alejan de las líneas rectas y las formas rígidas para adoptar curvas y quiebros que sugieren crecimiento, movimiento y adaptabilidad. Con ello se suscitan recorridos fluidos y conexiones visuales entre diferentes áreas para fomentar la interacción y la movilidad dentro de su espacio urbano. 

Estos edificios rompen la tradicional unidad del bloque-manzana con patios interiores (comunes en el Ensanche y, más recientemente, en Txurdínaga) para, fragmentando esa idea, provocar la aparición de piezas menores con calles peatonales entre ellas. La circulación de vehículos y el acceso a garajes se realiza alrededor del conjunto de las piezas así divididas, que en este caso son tres con dos breves paseos intermedios. Esta idea no es nueva, aunque sí el modo de formalizarla aquí. Los movimientos de las fachadas, de sobrio cromatismo, no dan a lugar a juegos de luces y sombras especialmente ricos. Se aprecia que no son secos paralelogramos, pero no queda claro dónde está la ganancia ofrecida por esos planos verticales fraccionados, dónde su funcionalidad ni de qué modo logran mejorar la calidad de vida urbana.  En todo, caso, a la vista de un rincón -resultado de aplicar la, digamos, planta en forma «cromosomática»- en la trasera del bloque central, es fácil imaginar que su función como patio de luces exterior será superior a cualquier otro valor y que, a ras de calle, propiciará la acumulación de fluidos humanos y animales, además de desperdicios arrastrados por el viento.

Como en otras ocasiones, no se dice en ningún lugar el nombre del arquitecto que ha diseñado estos bloques. El concepto de autoría queda adscrito a la empresa constructora. El individualismo creativo se disuelve en la entidad corporativa, siendo el conjunto de sus trabajadores quienes diseñan, construyen y, a veces, comercializan lo realizado, sin personalismos. Aunque los planos estarán firmados por algún arquitecto con nombre y apellidos singulares, la responsabilidad sobre el diseño de la obra, se supone, es empresarial. Los edificios con autorías conocidas en la actualidad se reservan para los nacidos en estudios puros de arquitectura, esto es, externos a las empresas constructoras… y no siempre.

Entre bloque y bloque una calle peatonal con parterre de césped y arbolado. Trasera de bloque central, con resultado de un espacio que actúa como patio de luces exterior.

Jaureguizar está construyendo otros dos bloques en la parcela RZ5 (233 viviendas VPT), cercanos a los tres anteriores. Estos edificios son mucho más elevados: 17 y 19 plantas. Uno es de desarrollo ondulantemente longitudinal y el otro, «cromosomático». Tampoco tienen a un arquitecto como autor, sino a la propia empresa con sus empleados-arquitectos, engullidos en el conjunto corporativo.

La imagen de estos dos edificios es bastante impactante por sus enormes dimensiones. Lo que aparentaba ser desmesurado desde la orilla de enfrente, sigue pareciendo gigantesco de cerca, no sólo en altura, también en anchura. En Santutxu, donde el urbanismo despendolado de los años 60 cabalgó a sus anchas, hay pocos edificios que tengan este aspecto tan masivo. Puestas en comparación, las recientes cinco torres de Bolueta son casi una exquisita delicadeza y, antes de construirse, no parecía que llegarían a serlo, ni de lejos. Así que hay que dar margen de confianza hasta que todo esto en Zorrotzaurre concluya, con la esperanza de que las piezas vayan encajando.

Los dos bloques en construcción actualmente, con formas definidas; con formas silueteadas los bloques los tres que ya se han concluido más los que se implantarán en el futuro.

No obstante, hay un factor que amortigua todos los excesos puntuales: los dos cursos de agua que rodean la isla, el viejo cauce del Nervión y el canal de Deusto. No sólo dan singularidad al entorno geográfico, sino que mantienen a los núcleos urbanos preexistentes, San Ignacio y Zorroza, en la lejanía y esa espléndida amplitud espacial alrededor del nuevo núcleo edificado mitiga su densa aglutinación. El despliegue longitudinal o levemente diagonal de los bloques de viviendas respecto a los cursos fluviales permite que desde cualquier ventana se pueda contemplar el agua, pero esto ya lo había descubierto hace tiempo Marina d’Or en la mediterránea Oropesa, aunque sin la firma de un Premio Pritzker. Perdón por decirlo.