Torres más altas han caído

/ Javier González de Durana /

Acabo de descubrir que algún vecino del barrio de Abando, enfadado y harto por la situación creada en el solar propiedad del obispado de Bilbao, ha escrito sobre el muro entre la calle y el abandonado espacio urbano la frase «Torres más altas han caído». La alusión a la institución eclesiástica impulsora del fallido negocio no admite dudas y me ha recordado a Blas de Otero, quien en su libro Historias fingidas y verdaderas (1970) señaló que «Una espada de fuego nos conmina a ir adelante, a continuar entre papeles que pronto son pavesas, flores de trapo para nosotros cuando aún arden en las manos de tantos lectores. Torres de marfil han caído muchas, pero torres más altas han caído empedradas con las mejores intenciones”, o sea, torres que, en realidad, eran infiernos.

La expresión coloquial acerca de esas torres más elevadas que otras se refiere a la arrogancia y soberbia de quienes se sienten superiores a los demás o que, por su posición de mando o supuesta mayor autoridad moral, se creen merecedores de privilegios exclusivos. Pero todo lo imponente y poderoso, tanto si es real como fingido, está sujeto al cambio y eventual declive. El proceso de la caída a veces es atronador y estrepitoso, otras veces, en cambio, es lento y sucede en silencio, como un rumor sordo. La arrogancia es una enfermedad del yo, haciéndole creer a quien la sufre que merece más prerrogativas que los demás y, por ello, se apropia de derechos que no tiene y de honores que no posee.

La versión argentina, en clave tango, de la frase «torres más altas…», es Mala entraña, cuya primera estrofa dice: «Te criaste entre caficios, malandrines y matones / Y entre gente de avería desarrollaste tu acción / Por tu estampa en el suburbio florecieron los balcones / Y lograste la conquista de sensibles corazones / Por tu prestigio sentado, de buen mozo y de varón», mientras la última resuelve: «Pero al final todo cambia, en esta vida rastrera / Y se arruga el más derecho si lo tiran a doblar / Vos que sos más estirado que tejido de fiambrera / Quiera Dios que no te cache la mala racha fulera / Que si no, como un alambre, te voy a ver arrollar».

Al hilo de Otero, repasando episodios bilbaínos en que torres bien altas se precipitaron al suelo, real o simbólicamente, he recordado la imagen xilográfica de Agustín Ibarrola, Magistratura de Trabajo contra los trabajadores de Bandas (1966-67). En esa estampa, el elegante «rascacielos» situado al comienzo de la calle Bailén, donde tuvo sede el juzgado de lo laboral durante el franquismo, aparece representado como una torre ominosa que se alza imponente sobre la masa de obreros en huelga. Parecía invencible lo que representaba, pero lo no fue. Cayó y en la imagen de Ibarrola, sacudida por la muchedumbre apiñada a los pies, su altanera verticalidad empieza a tambalearse.

Edificio del arquitecto Manuel Galíndez en c/ Bailen 1, sede de la antigua Magistratura de Trabajo, y xilografía alusiva de Agustín Ibarrola.

La frase ha aparecido en ese muro metálico sobre el que durante años los vecinos han expresado con pulcritud su descontento y reclamaciones, sistemáticamente borradas con inmediata disciplina municipal, mientras los anuncios publicitarios de conciertos, fiestas y bandurrias permanecen durante meses, sepultándose unos sobre otros sin que a ninguna autoridad moleste la sucia imagen resultante. Como imagino que terminará siendo eliminada esta hermosa frase (a la que no le faltan las tildes allí donde deben estar, no en vano cerca hay un centro escolar), quiero dejar aquí constancia de su efímera vida: una señal de esperanza, en absoluto resignada, del inconformismo vecinal a la espera de tiempos mejores, que llegarán.

¿Ha culminado el ayuntamiento el expediente de caducidad de la licencia de tres años que dió para realizar las obras? Esa licencia finalizaba en diciembre de 2024 y a día de hoy, sin existir un plan de obra, las vallas y el solar agujereado continúan allí como si todo estuviera en orden, como si la licencia hubiese sido prorrogada, como si Construcciones Murias – Urbas no estuviera en concurso de acreedores y atravesando turbulencias financieras desde el año pasado. Esta promotora-constructora ejecutaba el encargo de levantar en la parcela un edificio que aglutinaría todos los servicios de la diócesis bilbaína más una clínica de Mutualia. Se dice que el obispado ganó con la operación 11,5 millones al vender a la mutua médica la mitad del futuro edificio.

Entre los acreedores de Murias se encuentran particulares que han sufrido daños por sus obras, ayuntamientos, empresas, bancos y el propio obispado, que reclama a Murias le pague las tasas de la ocupación de la vía pública derivadas de las obras, paradas desde abril de 2024. Mutualia reclama también que la constructora pague su deuda por la demora en la finalización de las obras y amenaza con rescindir el contrato, lo que, en caso de suceder, dejaría a la parcela sin edificio alguno. Una auténtica chapuza.

El obispado de Bilbao, dueño del solar cuya utilidad y uso público reclaman los residentes en el barrio, es hoy una «torre más alta» que las aspiraciones de los vecinos, pero esta operación urbanística, sostenida con enjuagues bendecidos por los responsables políticos de la ciudad, está siendo un tropezón para su estabilidad. Derribaron un edificio perfectamente útil, eliminaron árboles centenarios, ocuparon aceras y restaron plazas de aparcamiento, empeoraron la calidad del aire, llenaron de polvo y ruido el vecindario, la parcela permanece sin desbrozar y asalvajada…, un conflicto que dura ya cinco años y sin visos de solución.

Vista parcial del estado actual del solar con las obras abandonadas.

Un comentario sobre “Torres más altas han caído

Deja un comentario