Aurelio Arteta, el pintor que amaba los muros.

Foto de JGdD.

Mañana, 10 de noviembre, se cumplen 80 años desde el fallecimiento del pintor bilbaíno Aurelio Arteta en la ciudad de México como consecuencia de un choque de tranvías, en uno de los cuales viajaba con su mujer para disfrutar de un soleado domingo en Xochimilco, precioso pueblo situado al Sur de la capital federal que aún hoy conserva lagunas y canales supervivientes de la antigua masa de agua que rodeaba la Tenochtitlan azteca. Pasó la noche anterior llorando por la muerte de su amigo Julián Zugazagoitia, periodista y político socialista, mandado fusilar por Franco tras ser detenido en Francia por la Gestapo y entregado a la policía española. El viaje a Xochimilco, con su vistoso mercado de flores y las coloristas embarcaciones, buscaba paliar el dolor causado por esta noticia. Hubo otro motivo para coger el tranvía hacia el pintoresco lugar: quería comprar allí un terreno al que retirarse de vez en cuando, lejos del ajetreo urbano.

Todo ello (el descanso, el consuelo y el terreno idílico) se frustró cuando el tranvía en que viajaba se empotró contra otro estacionado en una parada de Coyoacán situada a mitad de camino. El conductor no vio el vehículo detenido o le fallaron los frenos o iba distraído… El caso es que falleció el viajero que iba a su lado, en la zona delantera del tranvía que no paró. Ese viajero era Arteta. El encontronazo entre ambos vehículos fue brutal. Un hierro golpeó la cabeza del pintor, abriéndole el cráneo, y otro hierro le atravesó el estómago con salida de masa intestinal. La agonía duró tres horas. La prensa publicó al día siguiente la fotografía de su cabeza, ya sin vida, en la que se observa la brecha profunda cruzando su cara y un paralizado rictus de dolor en la boca.

Arteta y su familia fueron favorecidos por la generosidad del México presidido por Lázaro Cárdenas. Miles de exiliados encontraron la posibilidad de rehacer allí sus vidas, al sentir que su regreso a la normalidad anterior a la guerra civil era imposible con Franco. No es que el pintor sospechara que podía ser acusado de delitos políticos por los militares gobernantes, pues no los hubieran encontrado, salvo que ser demócrata, sin carnet de partido político alguno, fuera considerada actitud delictiva. 

Sin embargo, temió por la vida de sus dos hijos y ellos fueron el motivo de su marcha a México. Ambos lucharon en el frente republicano. Su hijastro Andrés, que estaba haciendo el servicio militar en el norte de África el 18 de julio, fue obligado a pasar a la península con el ejército insurrecto, pero una vez en Málaga huyó para integrarse en las tropas leales a la República. Es decir, un traidor a ojos de los franquistas. El otro hijo, Aurelio, trabajó como intermediario en comunicaciones para el Servicio de Inteligencia Militar. O sea, un espía. Un  traidor y un espía. Evidentemente, Arteta no podía regresar con ellos a Bilbao o a Madrid sin que sus vidas corrieran grave riesgo. Acabada la guerra los hijos pasaron a Francia, donde su padre vivía refugiado desde marzo de 1938 con el amparo del Gobierno Vasco, tras haber vivido en Valencia con la protección del Gobierno de la República. Carentes de documentación, si no querían ser detenidos por la policía del gobierno de Vichy con el riesgo de entrega a este lado de la frontera, a los hijos de Arteta no les quedaba otra opción que alistarse en Legión Extranjera en vísperas de una conflagración mundial. La única alternativa razonable era escapar lo más lejos posible.

La epopeya del exilio vivido por los defensores de la legitimidad republicana que temieron por sus vidas o por las de sus seres queridos se encuentra ya estudiada, en términos generales. Los archivos y la documentación están abiertos y disponibles desde hace algunas décadas, de manera que tras la omertá franquista se ha podido conocer la magnitud de aquella tragedia. Se encuentran pendientes de abordar las odiseas personales de algunos de aquellos individuos obligados a dejar atrás una parte importante de sus vidas para intentar dar comienzo a una existencia nueva en lugares inesperados para ellos. 

Como es obvio, no todas las personas exiliadas pasaron por vicisitudes dignas de ser conocidas, aunque todas sufrieron injustamente, pero algunas sí reclaman ser examinadas por la fuerza poderosa de su personalidad. Y más si, como en el caso del pintor vasco, ese exilio estuvo caracterizado por una prodigiosa reinvención de sí mismo que, por desgracia, no pudo culminar. Diecisiete meses vividos en México no le dieron tiempo para mucho aunque, de los numerosos artistas en la misma situación que él, fue quien en ese breve periodo de tiempo se situó y adaptó mejor profesionalmente al nuevo contexto.

Arteta embarcó en el puerto francés de Sète a bordo del buque Sinaia, junto con su mujer e hijos, el 25 de mayo de 1939, después de pasar varios días tirados sobre las arenas del campo de concentración de Le Bercarés. Llegaron al puerto de Veracruz el 13 de junio. Si un fotógrafo de prensa anónimo del Distrito Federal tomó la imagen de su cabeza rota año y medio más tarde, en aquel momento fueron los servicios mexicanos de inmigración los que fotografiaron su clara cabeza, de frente y de perfil.

Foto de JGdD.

Las dos personas clave durante los meses mexicanos de Arteta fueron Francisco Belaustegigoitia e Indalecio Prieto, un nacionalista y un socialista. El primero era el delegado del Gobierno Vasco en México y no conocía personalmente al pintor, pero sí su prestigio y obra. En su casa vivieron el pintor, con su mujer y sus hijos, las dos primeras semanas hasta encontrar domicilio propio. No sólo lo acogió, sino que lo introdujo ente sus amigos empresarios asentados allí, quienes le encargaron de inmediato pinturas y retratos, y consiguió que el Centro Vasco le comisionara una pintura mural, de la que sólo pudo elaborar el boceto.

Aparte de los retratos -trabajos alimenticios que resolvía con eficacia-, durante sus primeros meses Arteta ejecutó visiones vascas pintadas con el pincel de la nostalgia. Escenas de neskas y arrantzales como si estuviera en Bermeo, de layadores como si se encontrara en las laderas del Sollube o de romerías como si las viera en Orozko. Muchas de estas pinturas fueron adquiridas por miembros de la comunidad vasca local.

Su otro valedor, Indalecio Prieto, le puso en relación con la personalidad institucional más importante del momento, el Presidente de la República, Lázaro Cárdenas, de cuya esposa, Amalia Solórzano, realizó un elaborado y espectacular retrato. La satisfacción con que resolvió este encargo le iba a abrir todas las puertas de la sociedad mexicana deseosa de verse retratada por él o dueña de alguna de sus pinturas. Por desgracia, a los pocos días de entregar el retrato Cárdenas dejaba el cargo presidencial y Arteta encontraba la muerte.

Da que pensar, con tristeza, lo mucho que Arteta a los 61 años aún hubiera podido conseguir en ese país de muralistas, ¡él, que siempre se consideró un pintor muralista! Le separaba de los colegas mexicanos la ideología radical, de raíz anarquista o comunista, pero le acercaba a ellos el deseo de plasmar imágenes que hablaran desde el muro al pueblo con una estética comprensible. Poco días antes de su muerte se había inaugurado y pudo conocer la obra de David Alfaro Siqueiros, Retrato de la burguesía, plasmada en los muros del Sindicato Mexicano de Electricistas. El ataque ideológico es brutal y esto no debió de gustar a Arteta, hombre moderado en formas y delicado en gustos, pero es seguro que le interesó la utilización de modernas técnicas pictóricas, como el aerógrafo y la pintura Duco, esto es, tecnología del siglo XX aplicada a relatos del siglo XX.

Poco a poco Arteta fue dejando a un lado las imágenes relacionadas con su país natal, el indigenismo vasco que practicó con acierto y ternura, para dar paso a un indigenismo mexicano al que la realidad circundante le empujaba y obligaba. Apenas una docena de piezas dan testimonio de este tan interesante como breve recorrido. No podemos evitar preguntarnos cuál hubiera sido el destino de Arteta en México si el infortunio no se hubiera cruzado en su excursión a Xochimilco a las 11:00 horas de un soleado domingo de noviembre.

Arteta amaba los muros. Algunos de sus mejores amigos eran arquitectos que, como Ricardo Bastida, le encargaban pinturas para sus edificios. Así sucedió en el vestíbulo del Banco de Bilbao en Madrid, su mejor realización muralística, y en el Seminario de Logroño, resuelta insatisfactoriamente por las intromisiones del Obispo local. Junto a un par de realizaciones más en paredes de palacios privados, esto es todo lo que pudo llevar a cabo en España; demasiado poco para él. México pudo haber sido su gran oportunidad.

Las imágenes aquí mostradas forman parte de una carpeta de acuarelas que Prieto encargó a Arteta para regalársela a Luis I. Rodríguez, nombrado por Cárdenas en diciembre de 1939 embajador de México en Francia, donde este diplomático realizó una extraordinaria gestión en favor de los refugiados españoles. En esas acuarelas Arteta plasmó el recorrido de los últimos tres años de su vida: el drama de la guerra (heroicidad, desigualdad y exterminio), la triste salida al exilio, el abandono en el campo de refugiados y la jubilosa llegada a Veracruz. La portada es un fraterno saludo entre un español y un mexicano.

Lucha heroica. Foto de JGdD.
Armas desiguales. Foto de JGdD.
Exterminio. Foto de JGdD.
Marcha al exilio. Foto de JGdD.
En el campo de refugiados de Le Bercarés (Francia). Foto de JGdD.
Llegada a Veracruz (México). Foto de JGdD.

2 comentarios sobre “Aurelio Arteta, el pintor que amaba los muros.

  1. Hermosísimas acuarelas. Qué bien manejaba Arteta esa volumetría de aire cubista. La paleta de colores también es muy bonita. Son acuarelas tristes pero bellas. Sintéticas pero expresivas… Son auténticos iconos. Gracias por compartir.

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