/ Javier González de Durana /
El mundo se encuentra inmerso en convulsa revisión crítica de las esculturas y monumentos dedicados a honrar la memoria de individuos que, sobre todo, a lo largo de los dos últimos siglos fueron homenajeados, de esa manera y en su mayoría, con dinero público por calles y plazas de aquí y allá. La consecuencia de tal revisión es que algunas están siendo censuradas y eliminadas por resultar ofensivas según actuales criterios de justicia y moralidad. Parece descubrirse ahora que muchos de aquellos tenidos por prohombres en otros tiempos fueron, en realidad, esclavistas, fascistas, machistas, explotadores, abusadores, conquistadores, depredadores de la Naturaleza, racistas, pederastas, genocidas… o simples despreciables seres humanos.
Esta cuestión daría para abundantes y entretenidos debates en torno a su pertinencia, el fluir de la historia, la dependencia del arte respecto de los poderes, la justicia poética, etc. No voy a entrar ahí. Tan sólo quiero traer a nuestro solar bilbaíno el asunto para que, en un ejercicio imaginativo, se considere si aquí no deberíamos actuar con similar determinación y contundencia; lo digo porque más de uno puede pensar que esas cosas suceden en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Bélgica…, pero de ningún modo en nuestra Villa. Pues no, caso de ponernos estrictos en la aplicación de esos parámetros de corrección política que entontecen a algunos individuos, no se salvaría la mayor parte de las esculturas públicas sobre las que cálidamente defecan nuestras blancas palomas.
Además, conviene recordar que nos avalan gloriosos antecedentes. Tras la muerte de Franco, el busto del General Mola (esc. Moisés Huerta, 1945) fue arrojado a las aguas del Nervión tras ser tumbado al suelo del Arenal, en donde el execrable militar faccioso ocupaba un relevante emplazamiento. En 1985 el Monumento a los Caídos (arq. Luis Gana, esc. Enrique Barros) fue casi completamente demolido, después de permanecer deteriorado durante nueve años por un artefacto explosivo que le colocaron unos jóvenes «alegres y combativos». En ambas ocasiones tuve el honor de intervenir: en la primera para jalear y aplaudir el sumergimiento del odioso militar en las entonces metalizadas aguas de la ría y en la segunda para impedir, desde el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco, que los bonitos relieves clasicistas de Barros fueran destruidos, otorgándoles una resignificación, por otra parte, fácil de atribuir.
Pero aquí no nos detenemos en los límites de la política anti-franquista. ¡Qué va! Nos gusta ir más allá, como cuando después de la guerra (1948-50) se sustituyó la Melpómene desnuda del Homenaje a Arriaga (esc. Paco Durrio, 1906-35) por otra musa de la música pudorosamente vestida (algunos bilbaínos argumentaron: “No estamos de acuerdo con esa desgraciada matrona, verdadero engendro del mal gusto más propia para un anuncio de charcutería”, amenazando con que quizás “una buena mañana aparezca destripada una jamona que precisó de aquella cochina república de trabajadores para su desgraciado engendro”), o como cuando se produjo la sustitución de la imagen de la Virgen Inmaculada frente a la iglesia de San Vicente porque la que se había ejecutado y colocado inicialmente (esc. Agustín de la Herrán, 1954) manifestaba unas procaces formas femeninas que levantaban inapropiados entusiasmos viriles en caballeros recién confesados y comulgados.
Si nos ponemos severos, pocas esculturas importantes que adornan los espacios públicos de Bilbao sobrevivirían a un examen de rigurosa pulcritud político-moral como el que se estila en otros predios. Veamos:

Diego López de Haro (esc. Mariano Benlliure, 1890, en Plaza Circular). Le arrebató por la fuerza a su sobrina María Díaz de Haro, legítima heredera, el Señorío de Bizkaia entre 1295 y 1310, lo que le granjeó el sobrenombre de «el Intruso» (vale, mientras tanto fundó la Villa de Bilbao) y luchó contra los musulmanes del Reino de Granada durante el sitio militar de Algeciras. Su belicismo contra los granadinos lo justificó sólo por ser mahometanos, pues eran tan ibéricos de origen como él mismo, aunque en realidad lo que buscaba era arrebatarles sus tierras. Es decir, nuestro Don Diego era un militar machista, usurpador violento e intolerante xenófobo. Para colmo, ni siquiera era bizkaino originario, sino un castellano servidor de sus reyes. En consecuencia, ¡¡abajo con esa escultura!!

Casilda de Iturrizar (esc. Agustín Querol, 1906, en el parque de Dª Casilda). Ejerció la caridad y la beneficencia, cierto, pero lo hizo después de que su marido, Tomás Epalza, se hubiese enriquecido desmesuradamente como promotor de distintas operaciones mercantiles entre España y las colonias asiáticas y americanas (¿esclavismo incluido?, Joseba Agirreazkuenaga tiene la palabra); además, antes, formando parte de la Diputación Provincial, atendió y participó en distintas comisiones sobre contribuciones de guerra y suministros de tropas. Casilda, al aceptar mansamente el título de Viuda de Epalza tras fallecer su marido, demostró un sumiso anti-feminismo, lo cual, unido al origen espurio, castrense e imperialista del dinero heredado de Tomás, le hace ser merecedora de inmersión permanente en las aguas de la ría. ¡¡Fuera, basta de caridades, misericordias y monsergas!!

Antonio Trueba (esc. Mariano Benlliure, arq. Severino Achúcarro, 1895, jardines de Albia). Algunas personas considerarían muy equívoca la morbosa atención que prestó a la literatura infantil, colaborando en publicaciones destinadas a niños y niñas de la época, para quienes escribió incluso un libro de villancicos, tratando de vestir con ropajes navideños no-se-sabe-qué-interés por lo púber. Con su libro Cuentos de color de rosa, cuya segunda edición corrió a cargo de la reina Isabel II (¡otra que tal baila!), casi se le fue la mano -basta ver el título-, y con Las hijas del Cid demostró un acendrado españolismo que en su vertiente política adoptó el marchamo carlista… ¡en la liberal Bilbao! Si hasta el mismo Telesoro de Aranzadi señaló que esa efigie no tenía cráneo vasco, ¡por Dios! ¡¡Fuera, a la hoguera!! (la fotografía presenta a Trueba en su posición original, antes de que un paleto concejal de cultura la mandase girar 180 grados para que dejara de mirar las verdes laderas del monte Artxanda -motivo por el cual se situó donde se situó- y pasase a contemplar un bar de pinchos morunos).

Ramón Basterra (esc. Quintín de Torre, 1935, en una de las entradas al parque de Dª Casilda, frente a c/ María Díaz de Haro). Diplomático, escritor y poeta, su participación en la Escuela Romana del Pirineo -un grupo de artistas e intelectuales vizcaínos dirigidos por el proto-fascista Pedro Eguillor- le acercó a la derecha monárquica tras partir de un radicalismo juvenil (El Coitao). Tradicionalista en política, su lírica buscaba los valores del catolicismo, tanto en lo moral como en lo estético. Homosexual que no se atrevió a salir del armario y colaboracionista con la Dictadura de Primo de Rivera, defendió la tarea imperial de España en Latinoamérica y la del Imperio Romano en toda su extensión, desde Rumanía hasta Lusitania. Admirador de Trajano y Mussolini, su última obra poética está llena de resonancias prefascistas. ¡¡Insoportable en democracia!!

Ignacio Zuloaga (esc. Julio Beobide, 1947, frente a la fachada del Museo de BBAA). Negó que Eibar -su propio pueblo- y Gernika fueran bombardeadas por la Legión Cóndor nazi y la Aviación Legionaria italiana, retrató a conspicuos y rancios carlistas sublevados contra la República, al repulsivo general Millán-Astray y, lo que es peor, efigió al mismísimo Francisco Franco en 1940, vestido con botas militares, camisa azul de la Falange y boina roja de los requetés (no le exculpa nada que el retrato sea espléndido). Además, era aficionado al asesinato de inocentes toros en lidias bárbaras con la excusa de ser cultura popular. En consecuencia, ¡¡derríbese de su pedestal!!

John Adams (esc. Lourdes Umerez, 2011, esquina Gran Vía / Diputación). Su presencia se justificó por el hecho de que este Padre Fundador de los EEUU escribió un libro en el que incluyó cierta frase con la que elogiaba a los bizkainos como «pueblo milenario» o alguna monserga así. Sin embargo, a pesar de rechazar que negros esclavizados trabajaran para él, prefirió que sus trabajadores fueran negros formalmente libres, aunque peor retribuidos en el salario que sus trabajadores blancos. Adams se pronunció en 1777 contra un proyecto de ley para emancipar a los esclavos en Massachusetts, su estado, diciendo que el tema era demasiado polémico, por lo que la legislación abolicionista debería “dormir por un tiempo“. También estuvo en contra del reclutamiento de soldados negros durante la guerra de independencia contra la metrópolis británica, debido a la oposición de los sureños; Adams siempre trató de mantener este asunto fuera de la política nacional debido a la previsible negativa de los antepasados de Scarlett O’Hara. Por tanto, como consentidor de la esclavitud y por no poner fin a esa situación, pudiendo haberlo hecho como segundo Presidente que fue de los EEUU, ¡¡largo de ahí ahora mismo, aprovechado racista!!

Sagrado Corazón de Jesús (esc. Lorenzo Coullaut Valera, arq. Pedro Muguruza, 1927, plaza del Sagrado Corazón). Su inauguración tuvo lugar ocho años después del Congreso Eucarístico celebrado en Madrid en 1919, momento en que nació la idea, siendo financiada mediante suscripción pública; se hubiera tardado más tiempo e, incluso, una se hubiera realizado de no haber sido por el impulso económico que le dio la Dictadura de Primo de Rivera, permitiendo su finalización. En el año 1933, la corporación municipal presidida por Ernesto Ercoreca (Bloque Antimonárquico / Acción Republicana) solicitó la retirada de la imagen por ser España un país laico. Se aprobó la demolición (23 votos a favor, republicanos y socialistas), con la oposición de los monárquicos, PNV y ANV (21 votos en contra), aunque el acuerdo fue suspendido temporalmente por un recurso interpuesto ante los tribunales y nunca se llegó a aplicar. El pueblo laico y los bilbaínos de otras religiones -o con ninguna- se sienten ofendidos por esa presencia ominosa procedente de una oscura época vaticanista y exigen su retirada inmediata (los oftalmólogos de la Villa se opondrían a ello debido a que el estridente brillo dorado de la escultura daña con severidad los globos oculares de la población y esto les reporta pingües beneficios).
Me detengo aquí, pero hay muchos más supuestos ilustres en quienes encontraríamos justificadas razones para despeñarlos de esos pedestales a los que algún insensato los encumbró: Simón Bolívar, Víctor Chávarri, Miguel de Unamuno, Sabino Arana, Alexander Fleming, el payaso Tonetti, el Puppy…, las numerosas representaciones de la Sagrada Familia con toda la carga hetero-patriarcal negadora de otras formas actuales de entender y formar una familia (homoparental, monoparental, extensa, compuesta, con perros y gatos…); incluso las esculturas abstractas y arteramente tituladas Sin título encierran espantosas historias…, en fin, prefiero callar ahora. Sólo diré que gigantes más grandes han rodado por los suelos.
Invito a los lectores de este blog -que tanto me quieren y a los que tanto debo- a una interesante participación: ampliar este disparatado juego a sus respectivas localidades de residencia -o a donde les parezca- y, argumentando estrafalarias razones con apariencia de respetabilidad y corrección postmodernas, comenten y señalen qué monumentos y estatuas reducirían a cascotes. ¡Atrévete a desbarrar! ¡Que nadie limite tu libertad de expresión! ¡La rocosa y profunda ignorancia de la historia vale tanto como la erudición más pedante y pretenciosa!


























