Foodización: un extraño sabor de boca

/ Javier González de Durana /

A Manu Ibáñez de Aldecoa

La foodización es un término de reciente aparición en los estudios urbanos. Describe la refuncionalización de los espacios de la ciudad debido a una explosión en la oferta y consumo de alimentos, impulsada principalmente por la demanda turística. Este fenómeno implica que el paisaje comercial de los centros históricos se especializa de forma desmedida en la restauración y la venta de productos alimentarios «típicos», desplazando al comercio tradicional y a los servicios destinados a los residentes locales.

La foodización del Casco Viejo de Bilbao no es un fenómeno neutro ni espontáneo, sino el resultado de una deriva urbana que ha sustituido progresivamente la vida cotidiana por el consumo gastronómico para clientes efímeros como principal razón de ser del barrio. Lo que durante décadas fue un tejido mixto -residencial, comercial, social y cultural- se ha ido transformando en un escenario especializado casi exclusivamente en comer, beber y “experimentar” Bilbao en formato rápido y digerible para el visitante.

El problema no es la hostelería en sí, que siempre ha formado parte de la identidad del Casco Viejo, sino su hipertrofia. La proliferación de bares, gastrobares, locales tematizados y franquicias encubiertas ha desplazado al comercio de proximidad y a los servicios básicos para los residentes. Carnicerías, ferreterías, mercerías o librerías han sido sustituidas por propuestas gastronómicas intercambiables, orientadas a un cliente de paso y no a quien permanentemente vive allí.

Una motocicleta colgada del techo del restaurante promete una experiencia culinaria singular, un viaje más que un alimento. Vigas desnudas de madera, muros a medio hacer de ladrillo macizo, trompetas, cajas de vino parecen flotar en el aire junto a una motocicleta. El espíritu de la U.S. Route 66, al parecer, también es nuestro.

Esta dinámica ha tenido efectos claros sobre la vivienda. La foodización actúa como acelerador de la turistificación: más bares implican más ruido, más rotación de visitantes y mayor presión sobre el alquiler residencial. Vivir en el Casco Viejo se vuelve incómodo, caro y, en muchos casos, inviable. El vecindario se reduce y envejece o es directamente sustituido por pisos turísticos y alquileres temporales, lo que rompe las redes sociales que daban sentido al barrio. El Casco Viejo deja de ser un lugar para vivir y pasa a ser un lugar para consumir.

Además, la saturación hostelera ha transformado el espacio público. Calles y plazas funcionan cada vez más como extensiones privadas de los negocios, colonizadas por terrazas, barriles y reclamos visuales. El peatón ya no es un vecino que transita o se detiene, sino un cliente potencial. Esta mercantilización del espacio común erosiona la convivencia, intensifica los conflictos por el ruido y vacía de contenido cívico la calle, que deja de ser un espacio de relación para convertirse en un decorado productivo.

Desde el punto de vista cultural, la foodización genera una folklorización del Casco Viejo. La gastronomía se presenta como identidad, pero en una versión simplificada y estandarizada, pensada para el consumo turístico. Se vende “lo local” como marca, mientras se expulsan las condiciones materiales que hacían posible esa cultura viva. La paradoja es evidente: cuanto más se explota el Casco Viejo como experiencia auténtica, más se diluye la autenticidad que se pretende comercializar.

Todo esto responde a una lógica urbana más amplia, impulsada por políticas que priorizan la rentabilidad a corto plazo y la competitividad turística de Bilbao, frente a la calidad de vida de quienes habitan el centro histórico. La foodización no es sólo una suma de bares, sino una forma de planificación por omisión: no se decide qué ciudad se quiere, pero se permite que el mercado la decida por inercia.

Tradicionalmente, los estudios sobre turistificación han puesto el foco en la vivienda: el aumento de precios, la sustitución del alquiler residencial por el turístico y la expulsión progresiva de población local. Sin embargo, incorporar la alimentación -y, en concreto, la restauración y los usos gastronómicos- como variable central amplía significativamente el marco analítico. La foodificación no solo actúa como consecuencia de la turistificación, sino también como su motor: bares, restaurantes y locales “experienciales” se convierten en vectores de atracción turística, en instrumentos de revalorización inmobiliaria y en catalizadores de nuevas economías urbanas orientadas al consumo. De este modo, la transformación del tejido comercial alimentario tiene efectos directos sobre la vida cotidiana de los residentes, alterando el acceso a bienes básicos, los ritmos urbanos y las prácticas sociales asociadas al comer.

Considerar conjuntamente vivienda y alimentación permite abordar el fenómeno desde una perspectiva más integral, en la que la ciudad se entiende como un ecosistema funcional complejo. La proliferación de usos gastronómicos genera espacios urbanos altamente rentables en términos económicos, pero frágiles desde el punto de vista social, al depender de flujos turísticos volátiles y al reducir su capacidad de sostener una comunidad residente estable.

Desde esta óptica, las políticas urbanas no pueden limitarse a maximizar plusvalías o a reforzar la competitividad interurbana en el mercado turístico global. El equilibrio entre dinamismo económico y bienestar social debe situarse en el centro de la acción pública, especialmente en contextos donde el atractivo cultural y simbólico del lugar es precisamente el principal reclamo turístico. Resulta clave recuperar la idea de la ciudad como espacio de convivencia, donde el comer no sea sólo una experiencia turística, sino también una práctica social cotidiana accesible.

La cultura urbana no es un decorado ni un recurso estático: es el resultado de las relaciones sociales, las prácticas cotidianas y las memorias compartidas de quienes habitan un territorio. Cuando los residentes pierden protagonismo -ya sea por desplazamiento físico, por pérdida de capacidad económica o por la transformación radical de su entorno-, la autenticidad que sustenta el atractivo turístico se ve seriamente amenazada. Paradójicamente, la turistificación intensiva tiende a destruir aquello que dice poner en valor, sustituyendo la vida urbana real por una representación estandarizada y consumible de la misma.

Las auténticas tiendas de comestibles del Casco Viejo sobreviven medio escondidas, discretas y sin brillibrillis. Son las de verdad, las de siempre, las de los vecinos. Como único atrevimiento, un par de mesitas en el exterior con apio, pimientos, tomates, naranjas y limones.

Las mejores esquinas están copadas por amplios restaurantes de tapas que, además, ocupan parte de la vía pública con no pocas mesas y sillas.

Deja un comentario