/ Javier González de Durana /

Caserío Azkarraga. Fotografía: Biderbost Photo.
A Maria Asunción Ortuzar y José Ramón Sagarduy
Escribo este artículo con la boca impregnada por el sabor de un postre llamado «polvo de bergamota, plátano y maracuyá» que he probado en el restaurante La Revelia…, en fin, ya se sabe, una cosa te lleva a otra y terminas escribiendo de arquitectura a partir de un dulce. No está mal…
El estudio bilbaíno de arquitectura BABELstudio desarrolla un trabajo caracterizado por la atención al contexto y a la precisión constructiva mediante una sensibilidad contemporánea que dialoga con lo existente. Dos de sus proyectos más o menos recientes -la reconstrucción del caserío Azkarraga (2021) y la microcabaña Aralar (2023)- ejemplifican esta aproximación desde escalas, programas y situaciones patrimoniales muy distintas, pero unidas por una misma lógica de respeto, reinterpretación de lo heredado y claridad formal.
La reconstrucción del caserío Azkarraga fue desarrollado por BABELstudio junto a Bonadona Arquitectura. El conjunto se localiza en una ladera entre el Parque Natural de Urkiola y la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, en una parcela vinculada a un grupo de caseríos históricos del barrio Aldana, protegidos por su valor patrimonial. El edificio original, de mediados del siglo XIX, se encontraba en estado de ruina avanzada, conservando únicamente los gruesos muros perimetrales de mampostería, mientras que la estructura interior y la cubierta habían colapsado tras décadas de abandono.
La normativa urbanística obligaba a mantener la huella original del caserío, incluido un volumen anexo añadido posteriormente, aunque permitía modificaciones en altura, huecos y materiales. Estas condiciones dieron lugar a una reinterpretación contemporánea del caserío tradicional, eliminando elementos discordantes y adoptando un lenguaje arquitectónico sobrio y minimalista, coherente tanto con el entorno rural como con las necesidades del programa para que que se llevó a cabo la reconstrucción.
El nuevo edificio integra tres usos complementarios en un volumen compacto: vivienda unifamiliar, restaurante y alojamiento de agroturismo. Cada uno de ellos dispone de un acceso independiente, señalizado mediante retranqueos en la fachada. La vivienda se organiza alrededor de un espacio central de doble altura que acoge la zona de día, con cocina abierta, comedor y sala de estar. Grandes cerramientos acristalados correderos permiten una continuidad visual y física con el exterior, reforzando la relación con el paisaje. Las tablas de madera teñida de negro en el exterior están sometidas al sol y la lluvia, lo que exige un mantenimiento adecuado para que no sufran erosiones ni decoloraciones.
La zona de noche se sitúa en el volumen anexo e incluye una suite principal y dos dormitorios individuales, todos ellos con acceso directo al jardín. La cubierta plana de este cuerpo adosado se conserva y se transforma en una terraza exterior vinculada al alojamiento de agroturismo ubicado en la planta superior. En la planta baja, un espacio de spa con piscina y sauna actúa como elemento de transición entre la vivienda y el restaurante, tanto desde el punto de vista funcional como estructural, apoyándose en un potente muro portante de hormigón.
El restaurante, La Revelia (se entiende ahora el comienzo de este escrito), se abre hacia el suroeste mediante grandes ventanales en esquina, estableciendo una relación directa entre el comedor interior y el entorno natural, donde se dispone un huerto destinado al propio establecimiento. El diseño interior recurre a una paleta cromática oscura y a materiales continuos, de modo que las ventanas funcionan como auténticos marcos del paisaje. La cocina, visible desde el comedor a través de un cerramiento transparente de acero y vidrio, refuerza la conexión entre el acto culinario y la experiencia del comensal. Hace unos días estuve en este restaurante: la comida fue deliciosa y, aunque la acústica del local podría ser algo mejorar (así me pareció), el conjunto -atención, alimentación, espacio y vistas- resultó encantador.
http://www.babelstudio.net/#/casero-azkarraga/



Henry David Thoreau en su libro Walden o la vida en los bosques (1854) escribió que se fue «a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que tenía que enseñar» y Martin Heidegger en sus escritos sobre la cabaña de Todtnauberg dijo que «el trabajo del pensar está ligado al lugar, la cabaña no es un refugio romántico, sino el ámbito donde el pensamiento puede demorarse«.
En una escala mucho más pequeña que Azkarraga pero con una filosofía igualmente clara y semejante por parte de BABELstudio, podría pensarse que el proyecto Aralar surgió de la lectura esos textos literarios y, de hecho, es probable que en parte así sucediera, pero la realidad más concreta nos habla de la transformación de una antigua caseta de aperos de apenas 20 m², situada en un enclave natural de alto valor paisajístico, en pleno bosque de la Sierra de Aralar, en Gipuzkoa. Aunque el deteriorado estado de la construcción original impidió conservar elementos materiales, la normativa vigente exigía mantener su huella, tamaño y volumetría. Esta condición se convirtió en una oportunidad para depurar la forma y reforzar la imagen esencial de una cabaña tradicional: una planta cuadrada y una cubierta a dos aguas, libre de añadidos y distorsiones.



La intervención apostó por una arquitectura contenida, donde la simplicidad formal se combina con sistemas constructivos sostenibles inspirados en el entorno inmediato. La envolvente se resuelve mediante una estructura de entramado de madera, con aislamiento térmico intermedio y un revestimiento exterior de tablas de madera colocadas sobre rastreles. La cubierta se ejecutó con aislamiento y chapa, garantizando eficiencia térmica y durabilidad. Para acentuar el contraste con la vegetación circundante y reforzar la abstracción volumétrica, toda la cabaña se tiñó de negro, logrando una presencia sobria y rotunda en el paisaje.
El programa respondía a las necesidades de sus propietarios, una joven pareja creativa que buscaba un lugar de retiro, trabajo e inspiración. El espacio interior se divide en dos mitades de igual superficie. Una de ellas alberga el dormitorio y una pequeña zona de estar con chimenea, concebida como un refugio cálido y acogedor. Dos grandes ventanales establecen una relación directa con el exterior, diluyendo los límites entre interior y bosque. La otra mitad se destina a un taller de carpintería, donde se trabaja la madera recogida en el propio entorno. Este espacio incorpora un baño seco y se ilumina mediante una ventana circular y una gran puerta abatible, que facilita tanto la entrada de luz y ventilación como el acceso de herramientas y troncos. El resultado es una arquitectura mínima, pero precisa, donde cada decisión responde a una lógica funcional, ambiental y estética.
http://www.babelstudio.net/#/casero-azkarraga/
Ambos proyectos, desde la intimidad de una microcabaña hasta la complejidad programática de un caserío rehabilitado, reflejan una arquitectura que entiende el lugar, asume las restricciones normativas como motor de diseño y apuesta por una reinterpretación contemporánea de lo vernáculo, precisa, honesta y profundamente ligada a su contexto.

Microcabaña Aralar. Fotografía: Biderbost Photo.