Pasarela, paseo y paisaje por el monte Banderas

/ Javier González de Durana /

La pasarela peatonal de madera que asciende al Monte Banderas es una ambiciosa infraestructura paisajística, concebida para reforzar la relación entre la ciudad de Bilbao y el conjunto montañoso Banderas-Artxanda. El proyecto no se limita a resolver una conexión funcional, sino que aspira a construir una experiencia de recorrido como paseo, integrando accesibilidad, paisaje y arquitectura. En este sentido, la intervención busca superar la mera condición de hecho técnico para convertirse en una oferta cultural y territorial.

Ejecutada en 2022-23 por Impregna y Viconsa con la colaboración, al parecer, de Boslan y Arkigest, aunque no veo que éstas la incluyan en sus respectivas webs. El recorrido se materializa mediante una pasarela de algo más de 4 kilómetros de longitud en dos tramos continuos. El primero arranca en las inmediaciones de la histórica Bombeadora de Aguas de Elorrieta y asciende hasta la carretera de Enekuri, BI-604, que se salva mediante el puente peatonal que conduce al Colegio de las Esclavas-Fátima para ascender suavemente hasta la cima del Monte Banderas. Desde allí, ya sin pasarela de madera, el itinerario se prolonga por Berriz-bidea hasta conectar con el Paseo Mirador de Artxanda, completando un eje continuo entre ciudad, monte y mirador. Este ajuste preciso a la topografía constituye uno de los aspectos más logrados del proyecto, de cara a la comprensión territorial y al facilitar una transición gradual entre espacios de carácter muy distintos, aunque en determinados puntos la proximidad a infraestructuras viarias reduce la sensación de inmersión paisajística que el discurso general del proyecto persigue.

Formal y constructivamente, la apuesta por la madera como único material estructural y expresivo dota a la pasarela de una identidad clara y reconocible. El uso de un sistema de pilares aislados y una estructura modular, ligera y reversible permite reducir el impacto directo sobre el terreno con una voluntad explícita de intervención mínima. Sin embargo, esta elección material, coherente desde el punto de vista conceptual y ambiental, plantea también interrogantes a medio y largo plazo relacionados con el mantenimiento, la durabilidad y el envejecimiento de la infraestructura en un entorno de elevada humedad y exposición.

El trazado responde a los criterios de accesibilidad universal, manteniendo una anchura útil constante de 2 metros, una pendiente máxima del 8% y la incorporación de descansillos cada 20 metros. Estos parámetros garantizan un uso inclusivo y continuo, reforzando el carácter público del paseo. No obstante, esta estricta adaptación normativa condiciona en algunos tramos la expresividad espacial del recorrido, que se ve obligada a mantener una sección muy homogénea incluso en situaciones topográficas donde podría haberse explorado una mayor variación formal.

Desde el punto de vista constructivo, la magnitud de la obra fue considerable: una superficie aproximada de 3.400 m², 1.600 pilares de madera y alrededor de 350 toneladas de material configuran una intervención de gran escala. La ejecución, realizada en diez meses mediante un proceso constructivo invertido -de arriba hacia abajo-, evitó la apertura de pistas auxiliares y minimizó la afección sobre el entorno natural, lo que supuso un acierto técnico. Sin embargo, la propia magnitud de la estructura genera una presencia constante en el paisaje que, aunque controlada, resulta dominante desde determinados puntos de vista lejanos.

El recorrido dispone de una serie de miradores concebidos como espacios de pausa y observación. Estas plataformas ofrecen espectaculares vistas panorámicas de Bilbao, la comarca del Bajo Nervión y la ría hasta su desembocadura en el Abra. El uso de barandillas de vidrio laminado y templado elimina obstáculos visuales y refuerza la accesibilidad, aunque introduce un contraste material que, en algunos casos, tensiona la coherencia expresiva del conjunto dominado por la madera.

Uno de los valores más destacados de la pasarela es su capacidad para construir una experiencia visual en movimiento. El paisaje no se revela de forma inmediata, sino que aparece de manera gradual a medida que se asciende. En los tramos iniciales, la vegetación densa y la proximidad del terreno generan una experiencia introspectiva, casi doméstica, reforzada por el sonido del viento y el crujir de la madera bajo los pasos. Esta condición sensorial es otro de los aciertos del proyecto.

A medida que se gana altura, el paisaje comienza a abrirse y la ciudad aparece de forma fragmentada entre los árboles. Los miradores intermedios introducen pausas estratégicas desde las que Bilbao se despliega como un paisaje construido, articulado por la ría como eje visual. Al alcanzar la cumbre, la experiencia panorámica se vuelve total, permitiendo una lectura amplia del Bajo Nervión y del sistema de montes que rodea la ciudad. En este punto, la pasarela se consolida como un auténtico observatorio paisajístico, aunque su carácter lineal limita la posibilidad de estancias prolongadas más allá de los puntos específicamente diseñados para ello.

Integrada en el Plan de Activación de Artxanda, la pasarela supuso un esfuerzo notable por transformar una infraestructura en una experiencia arquitectónica sensible. Sus aciertos -claridad conceptual, coherencia material y atención al paisaje- conviven con tensiones propias de su escala, mantenimiento y relación con infraestructuras existentes. Precisamente en ese equilibrio imperfecto reside su interés: una obra que no oculta las contradicciones inherentes a intervenir en el territorio contemporáneo y que, aun con sus límites, contribuye de manera significativa a repensar la relación entre ciudad, infraestructura y paisaje.

Una recomendación: llevar en el móvil las fotografías que desde estos mismos lugares que recorre la pasarela tomó Pedro Telesforo de Errazquin a finales del siglo XIX y, así, por comparación, comprobar la enorme, casi dramática, transformación que en 150 años ha vivido este área.

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