/ Javier González de Durana /

Manifestación el 14 de julio de 1977.
Durante los últimos meses Estados Unidos ha venido manifestando claros gestos de apoyo a la revitalización de sus centrales nucleares y a la creación de otras muchas nuevas -pequeños reactores modulares- para dotarse de la energía eléctrica suficiente que demanda el funcionamiento de los gigantes tecnológicos y sus centros de datos. También recientemente se ha conocido la noticia de que la sociedad Azpilur (Departamento de Industria del Gobierno Vasco) ha reservado 29 millones de euros para relanzar una piscifactoría en Lemoniz, dando arranque a la reparación del dique que protege las instalaciones frente a las acometidas del oleaje. Además, hace apenas un mes los alcaldes de los municipios situados en las inmediaciones de Lemoniz han reclamado al Gobierno Vasco y la Diputación de Bizkaia la activación de una consulta pública para escuchar propuestas que ayuden a determinar el destino de ese lugar. Estas cuestiones me han recordado que hace un año, entre los meses de marzo y abril, la sala de exposiciones de la Delegación en Bizkaia del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, presentó una muestra titulada «Proyecto de reconversión de la central nuclear de Lemoiz y los terrenos afectados en un espacio de uso público», basada en el proyecto final de carrera de la arquitecta Carmen Abad Ibáñez de Matauco
El proyecto de Carmen Abad para la Central Nuclear de Lemóniz (Bizkaia) se sitúa en las antípodas de la rehabilitación convencional. No es una propuesta de «reciclaje» arquitectónico al uso, sino un análisis conceptual sobre un enclave donde convergen la traumática violencia política de los años 70-80 y la interrupción abrupta de un megaproyecto energético. Abad aborda Lemóniz no como una herida que requiere sutura, sino como una superposición de huellas que debe permanecer legible. La central no es tratada como un solar vacante, sino como una infraestructura de escala sublime -caracterizada por sus dos imponentes reactores y su masivo muro de contención- que ha modificado irreversiblemente la topografía de la cala de Basordas.
Frente a la tentación de la demolición total (que supondría un segundo trauma paisajístico) o la musealización estática, Carmen Abad propone una «reclamación territorial». Sus estrategias clave son, básicamente, tres. El vaciado crítico como propuesta que opera mediante la sustracción; al vaciar partes de las estructuras de hormigón, se permite que el paisaje -el mar, el viento, la vegetación- penetre en el recinto; la central deja de ser un objeto ensimismado para convertirse en un sistema poroso. La inserción ligera que, frente a la pesadez del hormigón armado preexistente, permita introducir elementos metálicos y pasarelas de vidrio que no intenten competir en masa, sino en precisión; estos elementos actuarían como dispositivos de observación que median entre el usuario y la magnitud de la ruina industrial. En tercer lugar, la ambigüedad programática como ética pues, dado que el proyecto de Abad rehúye la asignación de un uso único (como un museo o una sede corporativa), se propone una superposición de estratos: investigación marina, espacios de memoria silenciosa y laboratorios culturales; esta indeterminación sería un posicionamiento político: el lugar es demasiado complejo para ser clausurado con una sola etiqueta funcional.

Maqueta de trabajo con situación de la parcela en la franja de costa entre Armintza y Bakio, 70 x 37 cm., escala 1/10.000, corcho, cartulina y madera, realizada por Carmen y José Luis Abad
Desde que en 1984 se decretara la moratoria nuclear y en los años 90 se abandonara definitivamente el lugar, Lemóniz ha sufrido un «rosario» de propuestas institucionales. Un análisis crítico de estas iniciativas revela un patrón de miedo a la memoria y un marcado oportunismo funcional. El desfile de planes de aprovechamiento de esas estructuras ha sido el siguiente:
Centro de investigación energética y tecnológica (años 90),
Museo o Centro de Interpretación de la Energía / Medio Ambiente (1990–2000),
Centro Cultural y de Congresos (finales de los 90–2000),
proyectos intermitentes de demolición parcial o total,
proyectos de energías renovables, eólicas, de hidrógeno, etc. (2000–2010), y
la última, una piscifactoría.
Tomadas en conjunto, estas propuestas revelan una constante: la dificultad institucional para aceptar Lemóniz como lugar problemático, no como activo a rentabilizar ni como error a borrar. Cada nuevo proyecto intenta cerrar el sentido del lugar -con tecnología, cultura, naturaleza o pedagogía- y fracasa precisamente por eso. Lemóniz no es un solar en espera, sino una infraestructura histórica saturada de significado. La mayoría de las propuestas lo ignoran; por eso se acumulan sin resolverse. La arquitectura aquí se reduce a gestión de activos, intentando «amortizar» el hormigón mediante programas genéricos que podrían ubicarse en cualquier otro polígono industrial.
Algunas propuestas han sugerido convertir la central en un centro didáctico. Sin embargo, esta musealización de diseño suele ser una trampa narrativa. Se encapsula el conflicto en paneles expositivos y pantallas táctiles, neutralizando la potencia física de la ruina. El edificio se convierte en un contenedor mudo y despolitizado, donde la memoria se consume como un producto cultural amable y edulcorado, evitando la confrontación real con el fracaso del proyecto nuclear y sus secuelas sociales.
También han proliferado proyectos que utilizan el lenguaje de la «arquitectura verde» (fachadas vegetales sobre el hormigón, huertos solares, etc.) como un velo discursivo, como un camuflaje que esconde la incapacidad de enfrentarse al significado del lugar. Estas propuestas operan bajo la oportunista lógica del vacío funcional: asumen que Lemóniz es un espacio «sin uso» que debe ser llenado para borrar su carga negativa. Es una estética de la reconciliación instantánea que busca tranquilizar la conciencia colectiva. Al intentar «embellecer» Lemóniz con el ropaje de la sostenibilidad, estas propuestas cometen una violencia conceptual: niegan la naturaleza brutalista y traumática de la infraestructura original, sustituyéndola por una retórica de la innovación que es, en última instancia, intercambiable e irrelevante.
Mientras que las propuestas institucionales buscan la «solución» definitiva (la clausura del problema), el proyecto de Carmen Abad defiende la interpretación permanente. La ruina de Lemóniz funciona como un espejo incómodo de la sociedad vasca y española; el deseo de darle un uso cerrado es, en realidad, un deseo de olvidar. Solo una aproximación que, como la de Abad, acepte la incomodidad, el vacío y el silencio de la central, podrá reclamar Basordas no como un parque temático o industrial, sino como un auténtico espacio de conciencia territorial.

Defender el valor cultural de propuestas como la de Carmen Abad exige aceptar que la arquitectura más necesaria no es siempre la más fácilmente institucionalizable, porque su mérito no reside en ofrecer soluciones cerradas, calendarios asumibles o retornos medibles, sino en sostener preguntas allí donde las instituciones buscan respuestas tranquilizadoras. Proyectos de este tipo operan en un registro incómodo, deliberadamente resistente a la lógica del encargo administrativo, porque entienden que ciertos lugares -marcados por el conflicto, la memoria y la interrupción histórica- no admiten una “puesta en uso” sin pérdida simbólica, y que forzar su normalización equivale a una forma de violencia cultural. Precisamente por eso, aunque resulten inviables dentro de los marcos de gestión pública, estas propuestas poseen un valor elevado y duradero: funcionan como dispositivos que preservan la complejidad del lugar, impiden su banalización y mantienen abierta la posibilidad de una relación más honesta entre arquitectura, territorio y memoria colectiva, incluso cuando esa honestidad no cabe en un pliego de condiciones.
Fui uno de los miles de jóvenes que aquel 14 de julio de 1977 se manifestaron contra la puesta en funcionamiento de la central nuclear de Lemoniz. Confieso que hoy me siento desconcertado ante cualquier asunto referido a ese lugar; no sé muy bien cuál es la mejor utilidad a la que pueda destinarse. Hace casi medio siglo me superaba su peligrosidad, hoy me supera su abandono y por ello agradezco reflexiones como la de Carmen Abad.
