Plaza Euskadi: mejoras bajo la suela del zapato

/ Javier González de Durana /

El viernes pasado reflexionaba aquí sobre los cambios que en la vida cotidiana de los vecinos de Bilbao vienen dándose desde hace algunos años. El tono era de melancolía crítica y cierto desencanto. Trataba de transmitir una idea general de pérdida y nostalgia, sin que la disección pretendiera negar mejoras urbanas y sociales que hacen más fácil y agradable la convivencia de quienes residen en los edificios que flanquean sus calles. Hay casos. Frente a las grandes operaciones urbanísticas, complejas de gestionar en su largo desarrollo y de conclusión impredecible, es en las pequeñas intervenciones puntuales donde, a modo de microcirugías, se pueden dar pasos más controlados y manifestar beneficios inmediatos.

La reciente reforma de la plaza Euskadi, por ejemplo, no debe celebrarse como simple mejora de la fluidez del tráfico o renovación del mobiliario, sino como un ejercicio de reparación del espacio urbano. Durante años, esta glorieta funcionó como una isla de asfalto, una rotonda monumental diseñada para ser admirada desde las alturas de la Torre Iberdrola pero profundamente hostil para quien la transitaba a pie. Lo que se ha inaugurado ahora es, en realidad, un atrio extendido que permite que el Museo de Bellas Artes respire y se derrame hacia la ciudad. Al ensanchar las aceras y elevar la plataforma a la misma cota que el granito peatonal, se ha eliminado esa sensación de asalto que sufría el ciudadano al intentar cruzarla. Ya no se trata de una frontera que hay que sortear con prisa, sino de una superficie continua que dicta, mediante el diseño y no solo mediante señales, que el peatón ha recuperado su soberanía en el corazón cultural de Bilbao.

Este éxito radica en una limpieza visual que va mucho más allá de la reducción de carriles. Al pasar de tres a dos viales en el tramo crítico, la plaza pierde esa escala inhumana de autopista de circunvalación y recupera una proporción equilibrada. El coche, ante la plataforma única y la proximidad de la acera, recibe un freno psicológico inmediato; entiende que ha entrado en un espacio de respeto y no en una vía de evacuación. Es un urbanismo que educa al conductor a través del diseño, creando una calma radical que antes era imposible en un nudo de comunicación tan vital. Incluso la decisión de no peatonalizar totalmente el frente del museo, que inicialmente pareció una claudicación ante la presión vecinal, se revela hoy como un acierto de pragmatismo lúcido. Se ha evitado crear una curva forzada que habría estrangulado el tráfico en otras arterias de Abandoibarra, optando en su lugar por una convivencia tensada pero funcional que mantiene la permeabilidad necesaria en un acceso principal al centro.

Finalmente, la apertura de ese nuevo camino interior que enlaza con Mazarredo funciona como una sutura necesaria en la piel de la ciudad. Históricamente, la plaza Euskadi era un obstáculo circular que obligaba a rodeos innecesarios; hoy es un espacio que se puede atravesar, una plaza que invita a ser cruzada en diagonal, rompiendo la tiranía de la curva. Los nuevos pasos de peatones no son solo marcas de pintura, sino conectores que integran de forma orgánica los flujos que bajan desde Elcano y Ajuriaguerra hacia la ría. En definitiva, Bilbao ha ganado una puerta de entrada que ya no intimida, transformando un nodo logístico en un lugar de estancia. Se ha pasado de un diseño de maqueta a un diseño de uso, donde el asfalto ha cedido el protagonismo justo para que el ciudadano deje de sentirse un intruso en la entrada de su propio museo.

Escribir sobre el progreso en una ciudad como Bilbao exige, casi siempre, una disposición al martirio. La queja ciudadana por la incomodidad de las obras tiene algo de liturgia inevitable, un rito de paso donde el vecino se aferra al inconveniente inmediato -el ruido de la radial, el polvo que se cuela por la rendija de la ventana, la valla que obliga a un rodeo de cincuenta metros- para no tener que mirar la transformación. Hay una crueldad necesaria en el urbanismo: para que una plaza deje de ser una glorieta sitiada por el tráfico y se convierta en un lugar donde el cuerpo pueda estar, primero tiene que ser una herida abierta. Esas semanas de caos durante el transcurso de las obras no han sido un error de cálculo, sino el precio biológico de una ciudad que se niega a ser un museo estático. La molestia es, en el fondo, la prueba de que algo está vivo, de que el tejido urbano está cicatrizando hacia una forma nueva, más amable, aunque el proceso sea un estorbo para quien solo quiere llegar pronto a la frutería.

Sobre el diseño de los falsos adoquines, ese rastro de hormigón impreso que algunos señalan con el dedo como una impostura estética, subyace una nostalgia por una autenticidad que nunca existió. El adoquín real es un fetiche romántico, una trampa para los tobillos y una tortura sonora para los vecinos que deben soportar el traqueteo constante de los neumáticos sobre la rugosidad. Lo que se tacha de «falso» o de «inadecuado» es, en realidad, un recurso necesario para la movilidad contemporánea. No es una emulación historicista, sino una adaptación al silencio. Ese diseño no está ahí para ser una réplica arqueológica, sino para permitir que la plaza Euskadi deje de vibrar con cada autobús que la atraviesa.

Criticar la remodelación porque el dibujo del suelo no satisface es mirar el dedo cuando el dedo señala el museo. Lo que importa no es la textura exacta del pavimento bajo la suela del zapato, sino el hecho de que el coche ha perdido aquí su dominio. La verdadera incomodidad no ha sido la obra, sino la década previa de aislamiento en una rotonda que expulsaba a los ciudadanos. Al final, cuando el polvo se asienta y las vallas desaparecen, lo que queda no es la queja por el carril cortado o la duda sobre el material de la calzada, sino una plaza que permite caminar sin pedir permiso. La ciudad no se construye para complacer al transeúnte que busca la perfección del detalle, sino para salvar al habitante que necesita, desesperadamente, que el espacio público deje de ser una carrera de obstáculos y se convierta en una superficie continua donde, por fin, nada interrumpa su paso.

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