
Hubo un tiempo. Un tiempo al que los catálogos de la modernidad -esos folletos satinados que huelen a tinta fresca y a mentira- intentan sepultar bajo capas de diseño escandinavo. En ese entonces, la ciudad se reconocía en el inventario de lo minúsculo: el golpe seco, casi huraño, de una puerta al cerrarse; la vibración metálica de una radio que tosía noticias detrás de una persiana; la inclinación de una cabeza que ahorraba palabras porque el reconocimiento era un músculo entrenado. En aquel Bilbao, la geografía no era una hoja de cálculo ni una tasa de retorno. Era memoria pegajosa. Una persistencia.
Uno sabía. Sabía quién había muerto en el tercero izquierda, qué manos habían engrasado la maquinaria del taller que ahora es un loft con paredes de ladrillo visto, qué nombres rotulaban los comercios que aguantaron el asedio de las décadas. La ciudad era un archivo vivo. Una costumbre. Pero ahora, cuando uno camina por Bilbao aparece una inquietud. No es nostalgia. No es un romanticismo bobo por el humo de las chimeneas. La nostalgia es un sentimiento blando, una comodidad para domingos de lluvia. Es algo más ácido: la certeza de que esta ciudad hace tiempo que dejó de ser una madre fuerte –mater metalúrgica, entrañable y gris cuna industrial- para convertirse en una madrastra maquillada –bella donna, de preciosa flor púrpura y fruto tóxico-.

Donde antes había estratos de cansancio obrero, discusiones políticas masticadas con el humo del tabaco y bares con serrín en el suelo, ahora hay una superficie lisa. Impecable. Fotogénica. Una ciudad diseñada para ser mirada de lejos, como las maquetas que no se pueden tocar. Bilbao corre el riesgo de parecerse a esas mujeres demasiado operadas: más perfectas que verdaderas. El vecino, ese tipo que levantó la persiana durante cuarenta años, se descubre de pronto como un extra(ño). Un figurante en una película cuyo guion se escribe en una oficina con aire acondicionado y vistas a un gráfico de barras.
Bajo el brillo de mármoles y cristales pulidos, late el síntoma. Las casas ya no son refugios, sino activos. Cifras que bailan en una pantalla. Los alquileres suben con una ferocidad biológica, expulsando a los hijos de quienes pavimentaron estas calles. En los portales, el silencio familiar ha sido sustituido por el traqueteo de las maletas con ruedas. Ese ruido -seco, rítmico, provisional- es la banda sonora de la nueva ciudad: la de las estancias breves y las miradas superficiales que no reconocen nada.

Las plazas han dejado de ser el territorio del ocio improductivo. Ahora, estar allí sin consumir es una anomalía. Un error en el sistema. Hay que comprar algo -un café, un souvenir, una experiencia- para tener derecho al suelo…, aún no, pero vamos camino a ello. Mientras tanto, la administración pule la «marca Bilbao». Un concepto exportable. Una etiqueta que circula por ferias internacionales como un producto envasado al vacío. La marca es eficiente, limpia, exitosa. Pero es fría. Tiene la temperatura del éxito que no conoce a nadie en concreto.
La cultura real no está en el festival rockero de turno ni en la agenda oficial. Está en lo que no genera titulares: el jubilado que sostiene una conversación con su círculo de amigos en Santutxu, el joven que busca un sueldo que no sea un insulto en Rekalde, las mujeres que acuden a una conferencia en la biblioteca de Bidebarrieta. Esos gestos no aparecen en los informes de competitividad. Pero sin ellos, la ciudad es solo un decorado de cartón piedra.

Y luego está el resto. El desdoblamiento. Caminamos por el asfalto mientras los ojos se hunden en el flujo eléctrico de las pantallas. Consultamos mensajes de gente que está en otra parte mientras ignoramos a la persona que respira a nuestro lado. Estamos conectados, dicen. Pero la soledad tiene el mismo peso de siempre. El envejecimiento de las calles no es sólo una tabla demográfica; es un empobrecimiento del tejido. Las conversaciones en la panadería mueren, reemplazadas por el pulgar deslizándose sobre el vidrio. Hay mucho ruido, sí, pero es un ruido que no dice nada.
Quizá la verdadera rebelión hoy sea la pausa. Defender el derecho a detenerse sin producir. Recuperar la ciudad como ágora. Entender que la diversidad no es un eslogan para un cartel de FITUR, sino la condición para una vida auténtica. El desafío de Bilbao es resistir a la tentación de ser sólo una marca de éxito. Escuchar el latido del barrio. Preferir la sombra real de un árbol a la perfección muerta de una infografía.

En esta época de velocidad y exhibicionismo, la mayor audacia es defender lo que parece más frágil: esa humanidad que se construye entre vecinos, en la repetición humilde de los días. Porque, aunque no figure en ningún Excel, ese rumor de pasos que se reconocen y voces que se saludan sigue siendo el único corazón que late de verdad. La ciudad es lo común, la comunidad.
El aeropuerto de Loiu se prepara para la expansión, para recibir aviones más grandes, más pesados, cargados con una épica de eficiencia. Y en Abando, la futura estación se proyecta como el templo de la Alta Velocidad: trenes que prometen reducir el tiempo hacia Madrid a una cifra insignificante, pero que traen, de vuelta, una marea humana.

Dicen que son infraestructuras, el progreso. Pero detrás de la pátina de la mejora pública, lo que hay es un mecanismo de relojería diseñado para el turismo. Una metamorfosis que nos empuja, con una suavidad violenta, lejos de la ciudad-madre. Aquella que nos contenía, que nos conocía. Ahora nos movemos en las vísceras de una ciudad-madrastra; una con la que convivimos, sí, pero a la que nos cuesta amar sin reservas.
Es una extrañeza doméstica. La ciudad ya no se reconoce en sus usuarios -esa palabra aséptica para no decir visitantes- ni en sus servicios -ese eufemismo para no decir hoteles-. Caminamos por una geografía que ya no nos pertenece, buscando los restos de un naufragio que todavía llamamos casa, ciudad.

(Escrito a raíz de escuchar en la radio una entrevista que Javier del Pino le ha hecho el pasado sábado 14 de marzo a Pedro Bravo, autor del libro Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla, publicado por la editorial Debate).

Buen artículo que describe muy bien lo que es Bilbao en la actualidad. Ojalá podamos reconstruir el Bilbao de vida que dejamos y necesitamos.
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