D’Abraira y la imagen industrial de posguerra

/ Javier González de Durana /

Manufacturas Olaran (Legazpia), circa 1945, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 88 x 238 cm,

El próximo martes, 10 de marzo, se inaugurará en San Telmo Museoa una exposición de trabajos realizados por Gerardo D’Abraira, un dibujante -hasta hace poco tiempo totalmente olvidado- que en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado definió visualmente la imagen de la industria en el País Vasco y España. Los dibujos que se verán en Donostia serán, sobre todo, de fábricas guipuzcoanas, ULGOR, ALFA, Boinas Elósegui, BELLOTA…, aunque habrá alguna vizcaína, KRUG, y cuatro piezas singulares de Haro por referirse a un tipo de «fábrica» infrecuente entre sus trabajos, Viña Tondonia, una bodega.

La historiografía de la industrialización en España se enfrenta a un desafío ontológico: la proximidad temporal de su desmantelamiento. El periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y las últimas décadas del XX, especialmente su fase de aceleración tras 1975, permanece bajo un escrutinio constante debido a la carga traumática de su final. El cierre masivo de factorías durante los años 70, 80 y 90 no sólo supuso una crisis socioeconómica de magnitud sistémica, sino que desencadenó una catástrofe documental. La desaparición de archivos, planos y registros visuales, a menudo vendidos como papel de desecho o arrojados a vertederos, ha dejado vacíos irreparables en el registro de la cultura tecnológica del país.

En este escenario de desidia administrativa y pérdida material, la figura del trabajador se convierte en una «arqueología viva». El saber hacer (know-how) de los operarios desaparece sin ser registrado y la fisonomía de las fábricas se borra antes de ser estudiada. Es en este contexto de lucha contra el tiempo donde el hallazgo de la obra de Gerardo D’Abraira adquiere una relevancia excepcional. D’Abraira no fue solo un dibujante; fue el arquitecto de la imagen corporativa de la industria española en un momento crítico de su reconstrucción.

La trayectoria de Gerardo D’Abraira es la de un hombre cuya discreción personal contrasta con la rotundidad de su producción profesional. Nacido en Begoña (Bilbao) en 1904, su formación como delineante -registrado en la Federación de Técnicos de Vizcaya en 1923- constituye la base técnica de su lenguaje visual. Su rastro vital, difuminado por mudanzas y el paso implacable de las décadas, sitúa su madurez profesional en el entorno de Las Arenas (Getxo). Aunque su formación fue técnica, su obra trasluce una sensibilidad arquitectónica que desborda el mero dibujo lineal. El diseño de una vivienda racionalista que se conserva entre sus pertenencias sugiere que D’Abraira «sentía» la arquitectura como una vocación no titulada. Su capacidad para traducir volúmenes complejos a planos bidimensionales indica una formación superior, probablemente perfeccionada en estudios de arquitectura cuya identidad aún permanece en la penumbra historiográfica.

La génesis de la especialidad de D’Abraira -la vista aérea axonométrica de complejos fabriles- responde a una necesidad del mercado en la España de posguerra. Antes de que la fotografía aérea fuera accesible y estéticamente superior para las empresas, estas requerían de una representación que aunara fidelidad técnica y potencia visual.

Una hipótesis sólida sitúa sus inicios en la colaboración con la empresa Babcock & Wilcox. En los años 20 y 30, la firma disponía de fotografías de interiores de gran calidad, pero que perdían nitidez al ser reproducidas en papel couché. D’Abraira, mediante la técnica del silueteado y el redibujo interno, logró salvar estas deficiencias. El hallazgo de un anagrama que integra las letras G, D y A en estas obras tempranas refuerza la tesis de que este fue su campo de entrenamiento. El salto de los interiores a las vistas exteriores fue un proceso natural de evolución hacia la autonomía del dibujo frente a la referencia fotográfica.

ULGOR (Arrasate), 1956-59, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 96 x 178 cm.

Uno de los hitos más significativos en su producción es el dibujo de Altos Hornos de Vizcaya (Sestao), datado hacia 1941. Este trabajo es paradigmático por su valor documental y su metodología «proyectual». En la obra aparece representada la Escuela de Aprendices de la empresa, una institución obligada por el Ministerio de Industria en 1940. Lo relevante es que D’Abraira dibujó la Escuela no como estaba en el momento de su ejecución (en fase de construcción), sino como dictaban los planos del ingeniero José Ricardo Zubiría. Este acto de «dibujar el futuro» revela que D’Abraira no era un observador pasivo, sino un colaborador que tenía acceso a los planos de ingeniería y arquitectura de las empresas. Su dibujo se convertía en una promesa de modernidad, una realidad terminada antes de que el hormigón fraguase. En ocasiones, esto generaba anacronismos históricos cuando los proyectos originales se modificaban sobre la marcha de su ejecución, dejando el dibujo de D’Abraira como el único registro de lo que la empresa «quiso llegar a ser».

Tras su traslado a Getxo en los años 40, su cartera de pedidos se expandió de forma exponencial. El País Vasco, con el eje del Nervión como motor industrial, fue su principal mercado, pero su fama trascendió las fronteras regionales. Realizó trabajos extensos en Cantabria y Burgos, destacando su relación con el sector textil (SESA, Fabril Sedera, FEFASA). Su prestigio alcanzó dimensión nacional: Valencia, Barcelona, Vigo, Sevilla, Valencia y Salamanca, a menudo a través de las redes de contacto del empresariado vasco que poseía participaciones en industrias locales. D’Abraira utilizaba un membrete profesional que mencionaba Bilbao, Santander y Madrid, proyectando una imagen de consultoría técnica de ámbito nacional que superaba la realidad de su estudio doméstico en Las Arenas. En un mercado donde otros dibujantes realizaban esquemáticos paisajes industriales de forma esporádica, D’Abraira se erigió como el especialista indiscutible por su calidad y continuidad. Su obra no era un simple ornamento para las salas de Consejos de Administración o despachos de Dirección; era el elemento distintivo de la papelería industrial, facturas y catálogos, heredando la tradición de la litografía decimonónica, pero bajo un rigor métrico moderno.

Gerardo D’Abraira ante uno de sus dibujos.

El estilo de D’Abraira se define por la precisión axonométrica. A diferencia de la perspectiva caballera o cónica tradicional, su técnica permitía mantener una escala legible en todo el conjunto fabril, lo que resultaba fundamental para la comprensión técnica del complejo. Cuatro datos caracterizan sus dibujos. 

La Composición Espacial: Sus vistas se tomaban desde un punto elevado imaginario, un «ojo de Dios» que otorgaba grandiosidad a la industria. La línea del horizonte solía situarse en el tercio superior de la imagen, permitiendo la integración de la fábrica en su entorno geográfico, aunque a menudo este entorno fuera simplificado para no restar protagonismo al objeto industrial. A la vez, la visión angular del edificio provocaba que sus paredes laterales crearan dos puntos de fuga muy separados entre sí con la idea de sugerir una «grandeza» que la modesta realidad del inmueble, a veces, contradecía. Sin embargo, no modificaba la realidad; por decirlo de algún modo, D’Abraira era verdadero en los detalles y un poco inventivo en el conjunto.

La Humanización del Espacio: A pesar del rigor geométrico, D’Abraira introducía detalles extra-arquitectónicos: pequeños camiones, coches de la época, obreros caminando y, sobre todo, infraestructuras de transporte (ferrocarriles y barcos). Estos elementos no eran anecdóticos; servían para demostrar la conectividad logística y el dinamismo operativo de la planta junto a la contundencia inerte de las arquitecturas industriales.

ALFA (Éibar), 1954, reproducción fotográfica a partir de un negativo original de Estudio Pascual.

La Semiótica del Humo: Un rasgo constante es la presencia de densas humaredas negras saliendo de las chimeneas. En el contexto de la autarquía y la posterior estabilización económica, el humo no era interpretado como contaminación, sino como un signo inequívoco de salud financiera, empleo y progreso.

La Limpieza Formal: Sus dibujos presentan una realidad «limpia», desprovista de la suciedad y el caos inherentes a la actividad fabril real. Es una arquitectura idealizada, donde el orden y la pulcritud comunican la eficiencia administrativa de la empresa. Era la visión que los empresarios tenían de sí mismos y que deseaban transmitir a clientes, competidores…

En estos trabajos D’Abraira no pretendía pasar por artista, aunque para realizarlos tuviera que tener el oficio y las cualidades de un artista. Su rigor técnico no nacía de una falta de creatividad, sino de una autodisciplina profesional que subordinaba el estilo a la función. D’Abraira era consciente de que el empresario que contrataba sus servicios no buscaba arte, sino una atractiva herramienta de comunicación institucional. Sin embargo, su capacidad para introducir detalles deliciosos y transfiguraciones paisajísticas eleva sus dibujos muy por encima del mero plano de ingeniería.

Altos Hornos de Vizcaya (Sestao), 1941, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 71,49 x 194,8 cm.

Gerardo D’Abraira falleció el 28 de septiembre de 1964. Tuvo la fortuna de no presenciar la decadencia de las instituciones que con tanto esmero dibujó. Su muerte precedió a la crisis del petróleo y al posterior desmantelamiento industrial español, que condenó a gran parte de sus dibujos al olvido o la destrucción.

El rescate actual de su obra, a menudo recuperada de chamarileros o de almacenes olvidados, permite realizar una lectura transversal de la historia de España. Sus dibujos son microhistorias visuales que documentan no sólo edificios, sino una mentalidad: la de un país que buscaba en la industria su identidad moderna.

La obra de Gerardo D’Abraira debe ser reivindicada como una pieza fundamental del patrimonio industrial español. Su capacidad para sintetizar la complejidad de una planta industrial en una sola imagen coherente, estéticamente atractiva y técnicamente precisa, lo sitúa en la cúspide de su oficio.

En un mundo que hoy valora la sostenibilidad y el patrimonio, los dibujos de D’Abraira funcionan como un espejo de lo que fuimos: una sociedad que encontraba en la estructura fabril y el vapor la promesa de un futuro mejor. Su legado no es sólo artístico; es un archivo visual de la voluntad constructiva de un país, un testimonio que, a pesar de la desidia y el tiempo, hoy vuelve a reclamar su lugar en la historia.

La Conchita (Sodupe), circa 1949-50, tinta china, acuarela y guache sobre papel, 61 x 100 cm.

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