/ Javier González de Durana /

Fernando Laroche, Ria de Bilbao en Olabeaga, 1918, óleo /cartón, 45,5 x 56 cm. Antes de SEFESA.
El llamado “renacimiento” de Olabeaga se presenta como una operación de modernización imprescindible, casi inevitable, envuelta en un lenguaje seductor -“dar oxígeno”, “coser la ciudad”, “liberar espacio”- que evoca reconciliación urbana y progreso compartido. Sin embargo, bajo esa retórica optimista se percibe un planteamiento más propio de los grandes ciclos expansivos del urbanismo financiero que de una estrategia sensible hacia un barrio con identidad histórica, tejido social consolidado y una escala humana muy definida.
Lo que necesita Olabeaga quizás no sea exactamente renacer para ser otro barrio distinto del que fue, sino resucitar para preservar, en un tiempo nuevo, la personalidad que durante siglos ha moldeado su carácter. El cierre de grandes empresas como SEFESA y Euskalduna, así como de pequeños talleres auxiliares vinculados a la construcción naval, la metalurgia y la química, junto a la desaparición del tráfico ferroviario, condujo al barrio a un estado de “muerte” laboral y social.
El núcleo de la propuesta recientemente conocida -la retirada de las vías ferroviarias como palanca de transformación- es, en sí mismo, una aspiración legítima. Nadie discute que la integración ferroviaria puede mejorar la conectividad y la calidad urbana. El problema surge cuando esa intervención pública estratégica queda subordinada a un modelo de financiación que convierte el suelo liberado en mercancía y la vivienda en instrumento de compensación económica. La construcción de casi 600 nuevas viviendas no aparece como respuesta a una demanda social diagnosticada en el entorno inmediato, sino como la “moneda de cambio” necesaria para hacer viable la operación. Es decir, no se planifica en función de las necesidades del barrio, sino en función del equilibrio contable del proyecto.
Presentar una densificación masiva en un barrio tradicionalmente angosto y de escala doméstica como una forma de “liberar espacio” roza la paradoja. Se sustituye una barrera física de hierro -las vías férreas- por otra de hormigón y cristal: bloques residenciales que alterarán radicalmente la morfología, la relación con la ría y la percepción espacial del entorno. El riesgo no es únicamente volumétrico; es social. Cuando el valor del suelo aumenta y el nuevo producto inmobiliario se orienta a segmentos de renta superiores, el proceso de gentrificación no es una posibilidad remota, sino una consecuencia previsible. El encarecimiento de alquileres, la transformación del comercio de proximidad y la progresiva sustitución demográfica son dinámicas ampliamente documentadas en operaciones similares. La identidad de Olabeaga -ese carácter casi de enclave propio, la “Noruega” bilbaína- podría diluirse en una continuidad estética con San Mamés o en una prolongación residencial de Zorrotzaurre.
La propia estrategia administrativa refuerza la sensación de un modelo predefinido y blindado. La simultaneidad de licitaciones y concursos internacionales antes de concluir los estudios informativos transmite una prisa poco compatible con la deliberación pública. Más que abrir un debate, parece buscar consolidar un marco de actuación difícilmente reversible. Delegar el diseño en un concurso con jurado técnico puede aportar calidad formal, pero también conlleva el riesgo de repetir errores ya conocidos: priorizar el gesto icónico, la imagen exportable, la arquitectura que funciona en renders y memorias promocionales, pero que no necesariamente resuelve las cuestiones cotidianas de quienes habitan el barrio. El comercio local, el aparcamiento, los equipamientos de proximidad, la protección frente a la subida de rentas o la garantía de vivienda asequible no suelen protagonizar las imágenes de portada de los concursos internacionales.

Gerardo D’Abraira, Sociedad Española de Fundiciones Eléctricas, SEFESA, circa 1945, tinta china / papel, 91 x 188 cm. SEFESA recién construida.
El debate de fondo es qué se entiende por regeneración urbana. Si se mide en número de viviendas nuevas, inversión privada captada o firmas arquitectónicas de renombre, el modelo actual puede considerarse exitoso. Pero si se mide en cohesión social, permanencia de la población residente, fortalecimiento del tejido económico local y mejora real de la calidad de vida sin desplazamientos forzados, la evaluación cambia sustancialmente.
Existen alternativas viables que no pasan necesariamente por hipotecar el suelo público para financiar infraestructuras. La integración ferroviaria podría concebirse como una inversión estratégica en infraestructura verde y resiliencia climática, susceptible de financiación europea orientada a la transición ecológica. El trazado liberado podría convertirse en un parque lineal continuo, en un corredor ecológico que conecte barrios y ría, generando valor ambiental y social sin necesidad de maximizar la edificabilidad. En lugar de expansión, cabría apostar por la rehabilitación intensiva del parque edificatorio existente: mejora de accesibilidad, eficiencia energética, refuerzo estructural y programas de ayudas que permitan a los vecinos permanecer en sus hogares. Esta estrategia tendría un impacto directo en la calidad de vida y reduciría la presión especulativa.
Asimismo, la regeneración podría orientarse hacia la diversificación económica y la generación de empleo local. Los antiguos espacios ferroviarios y tinglados ofrecen oportunidades para talleres de economía circular, centros de formación profesional vinculados a actividades portuarias y fluviales, laboratorios de innovación social o espacios de creación cultural. En lugar de convertir el barrio en un mero nodo residencial de alta demanda o en un lugar de paso, se podría consolidar una economía propia que refuerce su autonomía y su identidad.
En última instancia, la transformación de Olabeaga no debería plantearse como una operación de ingeniería financiera revestida de narrativa urbana, sino como un proyecto de cuidado territorial y social. Regenerar no es sustituir; es mejorar sin expulsar. No es llenar el horizonte de grúas, sino fortalecer las redes vecinales. No es atraer nuevos residentes a cualquier precio, sino garantizar que quienes ya forman parte del barrio puedan seguir haciéndolo. Si el supuesto renacimiento implica pagar el peaje de la masificación y la pérdida de identidad, quizá no se trate de un renacimiento, sino de una mutación irreversible cuya factura social será mucho más alta que la económica.
El concepto de «continuo metropolitano» que agrada en las altas instancias municipales es el eufemismo definitivo para la homogeneización de la ciudad. En ese modelo de «ciudad escaparate», los barrios pierden sus costuras y sus particularidades para fundirse en un diseño standard de paseos marítimos y torres de acero, donde el habitante histórico es sustituido por un perfil de usuario más acorde con la nueva estética global de la ría. Estamos ante una «integración» que, en la práctica, funciona como una absorción: Olabeaga no se integra en Bilbao, Bilbao devora a Olabeaga.

Gerardo D’Abraira, Sociedad Española de Fundiciones Eléctricas, SEFESA, circa 1955, tinta china, acuarela y guache / papel, 91 x 188 cm. SEFESA ampliada.


Uf! Cuando conocí Olabeaga, casi en los ’60, tan lejos de mi confortable Plaza Elíptica, creí estar en el fin del mundo. Tan diferente a mi barrio del centro bilbaíno, tan industrial…, procuraba no acercarme a él.
Me gustaría saber qué va a ser de ello.
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Renato, a mí me encantaba aquel barrio tan industrial, portuario y extraño a lo habitual en Bilbao. Era, literalmente, otro mundo a escasos kilómetro y medio de la Gran Vía en su extremo final del Sagrado Corazón. Aquello no era Bilbao, sino otra cosa, fuerte, carismática, obrera, dura… Desde hace una década más o menos se está convirtiendo en un espacio muy diferente, con acentos pijos de clase media, pero que aún conserva trazas de aquel pasado. Lo que se quiere hacer es, en mi opinión, un disparate, una densificación que lo convertirá en un barrio anodino más. Esperemos que no termine por suceder.
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Lo vivimos, pues, muy diferentemente. Como diferentes seríamos nosotros. (Yo antes que tú, que te gano en edad. Hehehe)
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