/ Javier González de Durana /

Torre Urizar hacia 1925.
A Josefi Canibe Arnaiz
El proyecto Opengela, impulsado por el Gobierno Vasco con el respaldo de programas europeos como Horizon 2020 y LIFE, representa una evolución en las políticas de regeneración urbana al proponer un enfoque que trasciende la mera rehabilitación física. El modelo busca articular aspectos técnicos, sociales, económicos y ambientales, pues su objetivo no es sólo rehabilitar edificios, sino transformar barrios enteros bajo criterios de sostenibilidad, eficiencia energética y participación social. Un sistema de gobernanza colaborativa que implica a varias entidades públicas y privadas. Su funcionamiento dice apoyarse en la creación de oficinas de barrio que actúan como ventanillas únicas para reducir la brecha administrativa y técnica de los vecinos, facilitando la gestión de ayudas y la mediación comunitaria.
Torre Urizar, una singular construcción-bloque de 25 portales y 264 viviendas, es donde ese proceso de rehabilitación está en marcha, buscando reducir el consumo energético, mejorar la accesibilidad y fomentar la cohesión vecinal. Recuérdese que Torre Urizar fue un destacado proyecto de barriada diseñado por Ricardo Bastida en 1919, una de las primeras actuaciones públicas de vivienda social en Bilbao. Los trabajos de Opengela aquí se iniciaron en diciembre de 2024 y se espera que finalicen entre junio y julio de 2026.
Teniendo en cuenta los puntos de fricción entre las declaraciones institucionales y la realidad urbanística que se plantea, caben hacerse algunas reflexiones. Más allá de su discurso integrador la aplicación del modelo Opengela suscita algunas reservas y dudas técnicas al enfrentarse al riesgo de «ecocidios» estéticos, especialmente cuando se interviene en conjuntos arquitectónicos de valor histórico que carecen de una protección legal del más alto nivel.
El riesgo principal reside en que la prioridad otorgada a la eficiencia energética -basada en la reducción del consumo mediante envolventes térmicas- pueda entrar en conflicto con la integridad estética y constructiva de edificios que poseen una identidad urbana y una memoria colectiva que merecen ser preservadas. Existe el riesgo de que los Sistemas Técnicos de Aislamiento Exterior (SATE) o las sustituciones de carpinterías desvirtúen el carácter arquitectónico original de Torre Urizar o de otros barrios en favor de resultados estrictamente energéticos. En este caso, la instalación de ascensores y la renaturalización de espacios comunes también supondrá modificaciones en los espacios interiores y circundantes.
Bajo el mantra de la eficiencia energética, la implementación de soluciones industriales estandarizadas amenaza con imponer una homogeneización arquitectónica que actúe como una funda sobre la memoria obrera de Bilbao. El conjunto diseñado por Bastida, no es un bloque de hormigón genérico, sino una pieza fundamental del patrimonio histórico. Si la prioridad otorgada a las métricas de la Unión Europea termina por devorar las texturas, detalles singulares y proporciones originales, el proyecto dejará de ser una rehabilitación para convertirse en una sustitución cultural irreversible que sacrifica la identidad en el altar de la sostenibilidad técnica.

Torre Urizar en la actualidad.
Asimismo, surgen dudas sobre la sostenibilidad a largo plazo del modelo debido a su fuerte dependencia de la financiación europea una vez finalicen los marcos temporales de los proyectos Horizon 2020 y LIFE. Este sistema de regeneración urbana funciona como un experimento de laboratorio que difícilmente podría sostenerse en el mundo real sin un dopaje institucional constante. Incluso con subvenciones que alcanzan el 70%, las derramas económicas necesarias para cubrir el resto de la inversión pueden resultar inasumibles para las familias en barrios vulnerables. Se corre el riesgo de aprobar proyectos que, lejos de ayudar, hipotecan a una población envejecida y de rentas bajas, transformando el derecho al confort térmico en una nueva brecha de endeudamiento doméstico.
Otro punto crítico es el impacto social indirecto: la notable mejora del parque edificado y del confort ambiental corre el riesgo de desencadenar procesos de gentrificación verde, incrementando el valor de los inmuebles y las rentas de alquiler. Como un «caballo de Troya», la revalorización de los inmuebles tras la instalación de ascensores y la optimización energética prepara el terreno para inversores inmobiliarios. Sin mecanismos estrictos de control de rentas, el aumento del valor de los alquileres en un entorno que será más atractivo, paradójicamente, expulsará a quienes el modelo pretendía proteger. Así, la rehabilitación energética corre el riesgo de mutar en una herramienta de limpieza social suave, donde el habitante histórico es sustituido por un perfil de mayor poder adquisitivo atraído por la nueva estética sostenible. Esta «habitación abierta», por tanto, debe serlo para quienes la necesiten de verdad, no para los negociantes.
Finalmente, la estructura de la oficina de barrio o «ventanilla única» puede ser cuestionada como una maquinaria de marketing institucional diseñada más para fabricar consenso que para fomentar una participación real. Si las decisiones técnicas clave ya están condicionadas por los estrictos hitos de financiación y los plazos europeos, la co-creación con el vecindario se reduce a un simulacro participativo sobre aspectos secundarios.
En última instancia, el éxito de Opengela en Torre Urizar podría correr el riesgo de ser meramente estadístico: un triunfo en los despachos de Bruselas basado en kilovatios ahorrados, pero un fracaso en la cohesión social y la preservación del alma de Bilbao, consolidando un modelo tecnocrático que prioriza el dato frío sobre la realidad humana y el legado histórico del barrio. La consolidación de Torre Urizar -y de Opengela- como referente dependerá no sólo de la eficiencia técnica de sus obras, sino de su capacidad para equilibrar la innovación ambiental con el respeto al patrimonio arquitectónico y la garantía de una permanencia social que evite que la rehabilitación energética se convierta en una vía para la expulsión de los residentes más desfavorecidos.

Difusión institucional de las viviendas en Torre Urizar hacia 1947 con la iglesia de San Luis Beltrán en construcción.
El proyecto de rehabilitación lo ganó en 2023 el estudio Abitura que, en su web afirma lo siguiente respecto a este proyecto: «1º puesto concurso mejora de la envolvente energética, mejora de la accesibilidad, habitabilidad e instalaciones de paneles fotovoltaicos en edificios de viviendas. Se disponen ascensores y se incorporan tendederos para ocultación de vistas del tendido de ropa. Se reproducen fielmente las fachadas de un edificio protegido del arquitecto Ricardo Bastida«. Es un estudio especializado, precisamente, en labores como las requeridas en Torre Urizar, habiendo ganado varios concursos orientados a estas mismas tareas. Su experiencia, por tanto, está acreditada. La ejecución material la lleva a cabo Andrasa, que en su web no menciona estar implicada aquí, aunque sí lo hace en otros proyectos similares.
Me he acercado a ver el estado de las obras. Las fachadas se están, literalmente, forrando con placas y paneles de poliestireno expandido fabricados por Fassatherm y Knaufinsulation con los que se replican los detalles originales, como molduras, filetes, estrías y fajas, con bastante o total exactitud. Son placas que engrosarán el edificio con una nueva piel de unos seis centímetros, lo cual resultará inapreciable en la magnitud del inmueble. Al menos eso me ha parecido esta tarde, cuando he visitado el proceso del que dejo aquí abajo algunas imágenes. Parte del inmueble está ya terminado y como otra parte no lo está aún es posible comprobar las diferencias entre el antes y el después; lo más evidente es el cambio de color en ciertas zonas de los paramentos que han pasado de ser grises a tomar un naranja ladrillo, un cambio frívolo con el que supongo se quiere insuflar «alegría» frente a la austera seriedad original, pero en todo lo demás la obra me ha parecido que se está llevando bien. Eso sí, se hace rara esa nueva piel al tacto, pues no es lo mismo palpar con la mano una fachada de ladrillo y estuco que otra de poliestireno por muy parecido aspecto que terminen teniendo. Tampoco suenan parecido ni tienen la misma dureza y temperatura. A ver cómo aguantan el paso del tiempo. Las de Bastida han sobrevivido más de un siglo.
Desciendo de Torre Urizar con una extraña sensación. Cuando la obra esté terminada volveré a ver el edificio tal como lo he visto siempre, incluso mejor, limpio y recién pintado, pero sabré que no estaré viendo el edificio de Bastida sino una piel que lo recubre con su mismo aspecto porque el original estará debajo de esa dermis. También sabré -y me alegrará- que los vecinos tendrán en ese momento unas viviendas mejoradas con eficiencia térmica y adecuada habitabilidad.

Aspecto de una zona exterior del edificio sin intervenir todavía. El tendido eléctrico bordea el exterior del edificio.

Fachada ya intervenida y acabada. Salvo en los colores, no se aprecian diferencias; los cables eléctricos no rodean el edificio.

Detalle de la fachada en proceso de intervención. Se observa con claridad cómo las placas aislantes se superponen a la fachada original de ladrillo, estuco y revoco a la tirolesa.. Estas placas son planas por lo que deben ser tratadas para que ofrezcan la imagen de largas franjas horizontales.

El forrado avanza a lo largo y alto de toda la fachada.

El exterior de un portal en proceso de forrado.
