/ Javier González de Durana /

Santos López de Letona Apoita
A Ainara Martínez Matia
Hasta el próximo 12 de abril se puede visitar en La Encartada Museoa, Balmaseda, la exposición titulada Una vida tejida entre dos mundos, dedicada a la polifacética personalidad de Santos López de Letona Apoita (1842-1925), un hombre que moldeó ciudades, empresas y fortunas a ambos lados del Atlántico. Como muchos jóvenes vascos de su generación, emigró a México en busca de oportunidades económicas. Allí desarrolló una brillante carrera empresarial en el sector textil y comercial, vinculándose a la prestigiosa fábrica de tejidos La Providencia, lo que le permitió acumular una considerable fortuna, así como adquirir conocimientos técnicos y organizativos que serían decisivos en su trayectoria posterior.
Tras su regreso a España, López de Letona reinvirtió el capital indiano acumulado con una visión estratégica y diversificada. Participó en sectores clave para la modernización del país -el ferroviario, el financiero y, de forma muy destacada, el inmobiliario-, convirtiéndose en una figura relevante de la economía española de la Restauración. No fue un inversor pasivo: su actuación revela un perfil de empresario con ambición y capaz de conectar industria, finanzas, arquitectura y urbanismo. Estuvo implicado en proyectos como el Puente Colgante de Portugalete, en la Plaza de Arcos del Ensanche bilbaíno, en la fábrica de hilados de algodón de Usánsolo… entre muchos proyectos, unos exitosos, otros frustrados.
El vínculo entre Santos López de Letona y la fábrica de La Encartada constituye uno de los ejemplos más claros de la conexión entre el capital indiano y la industrialización vizcaína de finales del siglo XIX. Fundada en 1892, la fábrica de boinas y géneros de punto La Encartada no fue una inversión secundaria, sino un proyecto central en la trayectoria de López de Letona. Aunque se asoció con otros indianos y empresarios locales, fue él quien aportó conocimiento técnico textil, adquirido en las fábricas mexicanas. Su experiencia internacional le permitió concebir La Encartada como una fábrica integral, un modelo avanzado para su tiempo.
Importó maquinaria de última generación directamente del Reino Unido, especialmente de la firma Platt Brothers de Oldham, líder mundial en tecnología textil, y eligió estratégicamente la ubicación de la fábrica junto al río Cadagua para garantizar la autosuficiencia energética mediante una turbina hidráulica, reduciendo costes y asegurando la continuidad de la producción.
Al igual que en sus promociones urbanas y residenciales, López de Letona entendió que la arquitectura industrial debía ser funcional, pero también representativa. El complejo de La Encartada no se limitaba a la nave de producción: incluía viviendas para los obreros y ciertos servicios esenciales. Este modelo paternalista era una estrategia orientada a garantizar mano de obra estable, disciplinada y especializada. López de Letona había observado este tipo de funcionamiento en grandes fábricas textiles americanas, adaptándolo al contexto vizcaíno.
Las viviendas obreras de La Encartada, proyectadas bajo su dirección, forman un conjunto arquitectónico y urbanístico de muy interesante valor histórico. No se trataba de alojamientos aislados, sino de un bloque residencial integrado en el propio complejo fabril, con lo que se borraba simbólicamente la frontera entre la vida privada y el trabajo. El edificio residencial presenta una arquitectura sobria y funcional, un bloque alargado de tres plantas, muros de mampostería y entramados de madera. La fachada transmite sensación de orden y disciplina acorde con los valores industriales de la época.
La jerarquía empresarial también se expresaba arquitectónicamente. La casa del director, situada en una posición estratégica dentro del recinto fabril permitía controlar visualmente tanto la entrada de la fábrica como las viviendas de los obreros con lo que se reforzaba el orden social y moral más allá del horario laboral. Para evitar que los trabajadores abandonaran el recinto y se expusieran a influencias externas -como el sindicalismo emergente-, López de Letona incluyó en la cercanía del complejo una capilla y una escuela para los hijos de los obreros (actualmente en proceso de consolidación/restauración a cargo del estudio HIKA, que ya intervino en la rehabilitación de la fábrica). La Encartada funcionaba como un microcosmos autosuficiente donde trabajo, vida cotidiana, educación y moral estaban estrechamente vinculados.

Casa en la esquina Ercilla-Henao, proyectada en 1878 por el arquitecto Julio Saracíbar como su propia vivienda y estudio; en 1879 el edificio ya estaba concluido, para pasar poco después a propiedad de López de Letona. Fotografías de Telesforo de Errazquin.
Al margen de su relación con La Encartada, en el ámbito inmobiliario López de Letona destacó como promotor, concentrando su actividad en Madrid, Bilbao y San Sebastián, ciudades que a finales del siglo XIX se encontraban en proceso de expansión. En Bilbao promovió viviendas en la Gran Vía-Ledesma, en Mazarredo-Henao y en los Jardines de Albia-Arbolancha-San Vicente; en Madrid participó activamente en la consolidación del barrio de Salamanca, símbolo del urbanismo burgués de la época, con edificios que resumían bien su filosofía: obtener rentabilidad, sí, pero también proyectar prestigio social; construía artefactos de poder, permanencia y representación. Contrató a arquitectos de primer nivel y apostó por lenguajes formales que combinaban el eclecticismo de influencia francesa con la solidez y gravedad asociadas a la alta burguesía española. Sus edificios funcionaban como una tarjeta de presentación del estatus económico y social de sus habitantes, integrándose en el tejido urbano como hitos reconocibles.
La exposición en La Encartada consta de materiales documentales que incluyen libros, cartas, planos y fotografías originales. Con ello se ofrece una imagen nítida con la se empieza a hacer justicia a la personalidad de López de Letona. A este paso podrían seguir otros más porque su obra fue amplia y variada en campos muy diferentes.
La relación de López de Letona con la arquitectura alcanzó otro de sus puntos culminantes en San Sebastián, donde en 1883 mandó construir en la ladera del monte Igeldo la torre-villa Satrústegui -conocida así por el apellido de su yerno, el barón Francisco de Satrústegui-, una de las edificaciones más icónicas de la ciudad. En esta torre también se casaban el capital indiano y empresarial con el relumbrón social de la aristocracia cortesana. El proyecto responde a una singular estética, cercana al cottage británico o al palacete de inspiración nórdica. La torre se distingue tanto por su arquitectura como por su posición estratégica en el paisaje.
López de Letona comprendió que en San Sebastián el valor inmobiliario no residía únicamente en el edificio, sino en su relación con el entorno natural. Al situar la torre en una cota elevada, logró crear una de las imágenes más potentes y reconocibles de la bahía. De este modo, vinculó de forma permanente su apellido -y el de su familia política- a la silueta urbana de la ciudad, demostrando una visión avanzada de la arquitectura como construcción de paisaje y memoria.
La gran paradoja de su legado se aprecia al comparar el destino de La Encartada con el de la torre Satrústegui. Mientras la fábrica de Balmaseda se ha conservado como una auténtica cápsula del tiempo -gracias a que mantuvo la maquinaria original en funcionamiento hasta su cierre en 1992- y hoy es uno de los museos industriales más importantes de Europa, la torre Satrústegui se encuentra en el centro de debates sobre su “flexibilización” y uso hotelero de lujo, como ya comenté aquí recientemente.

La torre Satrústegui.