El caserío: origen desvelado, destino incierto

/ Javier González de Durana/

Villa Arnaga, construida para Edmond Rostand en Cambo-les-Bains.

En el Instituto de Arquitectura de Euskadi se está presentando una interesante exposición en torno al caserío vasco con el título de Baserria. Madera, piedra, mito, presente. La muestra concluye este próximo domingo 14 de septiembre. El tipo de caserío vasco que es el objeto de atención aquí es el de la vertiente cantábrica, el vizcaíno y, sobre todo en este caso, el guipuzcoano. Otros tipos de caseríos vascos, el de la llanada alavesa o el de las Encartaciones, tan diferentes en origen y forma, aunque no en su función agropecuaria, supongo que serán atendidos en futuras ocasiones.

Es imposible abordar una reflexión arquitectónica del caserío sin tener en cuenta la mitografía que lo ha venido rodeando desde hace algo más de un siglo, exactamente desde que se dio inicio a su declive y paulatino abandono de sus usuarios como lugar residencial y laboral en el diseminado campestre para pasar a vivir y trabajar en las concentraciones urbanas de ciudades y pueblos. La literatura y la pintura, empujadas por un fuerte sentimiento de nostalgia, idealizaron desde las localidades industrializadas, la vida en estas tradicionales construcciones rurales transmitidas de padres a hijos, generación tras generación. La idea de paraíso perdido, de apacible vida en contacto con la Naturaleza, sin la contaminación de las costumbres modernas, donde la existencia transcurría sin tensiones, en armonía con tradiciones seculares, en el autoabastecimiento de las necesidades cotidianas… arraigó con fuerza en las mentes de unas gentes que habían olvidado la dureza de esa clase de vida para quedarse con una estampa que nunca existió en la realidad.

«Ikusten duzu goizean / argia hasten denean / menditxo baten gainean / etxe txikitxo aitzin zuri bat / lau haitz handiren artean / iturritxo bat aldean / txakur zuri bat atean? Han bizi naiz ni bakean«, así cantaba en aquellos años Jean Baptiste Elissanburu. La vida del agricultor, «nekazari» (en la propia palabra está inserto el «neke», el sufrimiento, la fatiga), no era tan maravillosa. Sin embargo, la casa en la que habitaba, donde estabulaba su ganado y cuyos alrededores cultivaba para su alimentación y la de su familia, por su origen, evolución y configuración, sí poseía un carácter peculiar y hasta cierto punto asombroso.

Primera sala de la exposición.

La exposición se divide en dos partes. La primera explica el origen y los materiales constructivos que se utilizaron desde el inicio en que estas construcciones que se erigieron como lagares, esto es, no como lugares donde se habitaba, sino donde se trabajaba. Inicialmente estuvieron realizadas exclusivamente con madera, tanto el interior como el exterior. Poco a poco se fue introduciendo la piedra a medida que algunos de sus espacios interiores pasaron a estar ocupados para ser habitados, hasta que las cuatro fachadas exteriores se hicieron con piedra de mampostería salvo puntuales sillares en esquinas y huecos quien podía permitírselos. La madera, prodigiosamente labrada quedó restringida a la estructura portante interior. En esta sección hay una gran maqueta de un caserío en su puro esqueleto de madera que permite entender muy bien su construcción. También hay distintos tipos de maderas y piedras, así como secciones de troncos que posibilitan a la dendrocronología averiguar la edad en la que el tronco fue cortado y, por tanto, presumiblemente la época en la que se construyó la casa donde ese tronco se halla. Se echa de menos la mención al ladrillo como material de construcción; en Gipuzkoa quizás no fue tan importante, pero en Bizkaia, particularmente en el Duranguesado durante los siglos XVII y XVIII, sí la tuvo.

Fachadas Norte y Sur de Villa Arnaga.

En la segunda parte se aborda la mitificación moderna del caserío y las maneras en que sus rasgos estereotípicos han sido trasladados a las construcciones del siglo XX, especialmente en sus aspectos exteriores más visibles. El estilo neovasco nació en Hendaya y a lo largo de la costa vascofrancesa, arraigando en villas y chalets unifamiliares para clases acomodadas al principio, como una clase de regionalismo más en una época en que esta manera de diseñar triunfaba por toda Europa. Más tarde esos rasgos, muy mixtificados y como ecos de ecos, han podido verse en toda clase de construcciones, desde gasolineras hasta pabellones de almacenes.

Segunda sala de la exposición.

Libros que estudiaron el caserío ya como una reliquia de otras épocas, discos musicales y fragmentos de películas junto con planos de edificios resueltos en clave neovasca, si bien me quedo con la impresión de que el papel neovasquizador desempeñado por los arquitectos Pedro Guimón y Alfred Baeschlin no está suficientemente reconocido. Me resultó un tanto maniquea la utilización de dos pinturas de Aurelio Arteta para demostrar la «idealización» del caserío frente a la «demonización» de lo urbano. Ejemplos neovascos desde intentos pegados a la tradición, como el erigido para el escritor Edmond Rostand con el nombre de Villa Arnaga por el arquitecto Albert Tournaire, 1903-06, en Cambó-les-Bains -pegados en la medida de lo posible, pues los interiores siempre estuvieron adaptados a la vida doméstica moderna y en el caso de Rostand son, además, directamente lujoso-parisinos- hasta experimentaciones modernas, entre ellas alguna bien interesante, como la Casa Sobrino, del arquitecto Javier Carvajal, en Ondarreta, 1971, que fue incomprensiblemente demolida en 2008.

Casa Sobrino, «masivo, negro y potente desde la lejanía del Paseo Nuevo; frágil, leve y artesanal en la distancia corta», era la actualización más brillante de la imagen del caserío y lo hizo, además, en pleno centro urbano.

No se ven a menudo exposiciones tan interesantes en el Instituto Vasco de Arquitectura. Les cuesta producirlas. Esta es una de ellas y ha sido comisariada por Ibón Tellería Julián y Jon Arcaraz Puntonet. El montaje es claro y eficiente, utilizando materiales actuales de construcción muy normales, aunque la primera sala hubiese merecido mayor espacio y la lectura de los textos sobre esos paneles metalizados se hace difícil por los brillos de las luces artificiales. En un par de vídeos, los comisarios explican con detalle y didactismo todos los pormenores de la evolución histórica del caserío.

Son miles de caseríos repartidos por los montes de la zona septentrional de Euskadi. Su destino no puede estar restringido a la hostelería y a las segundas residencia. Hay que encontrar la formula que posibilite su supervivencia adaptada a los usos actuales para evitar su desaparición.

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