«Disco Inferno», bailar al borde del volcán

/ Javier González de Durana /

Sigfried Giedion publicó en 1947 su ensayo La mecanización toma el mando. El futuro de una nueva tradición, un estudio mediante el que explicó cómo se había producido la división existente, en nuestra época, entre pensamiento y sentimiento a causa de la mecanización de la vida. Lo hizo con la misma clarividencia que pocos años antes había aplicado a Espacio, tiempo y arquitectura (1943), el texto más influyente de la historia de la arquitectura moderna. El arranque de la introducción en aquel ensayo es así:

«La historia es un espejo mágico. Quien se mira en él ve su propia imagen en forma de acontecimientos y cambios. Nunca está inmóvil. Siempre se halla en movimiento, como la generación que lo contempla. Su totalidad no puede ser abarcada, ya que la Historia sólo se desnuda por facetas que fluctúan según lo ventajoso de la posición del observador. A veces, los hechos pueden estar contenidos en una fecha o un nombre, pero no ocurre lo mismo con su significado más complejo. Por esto, escribir la historia tiene menos que ver con los hechos como tales que con sus relaciones. Estas relaciones variarán con el desplazamiento del punto de vista, ya que, al igual que constelaciones de estrellas, están some­tidas a un cambio incesante. Cada auténtica imagen histórica se basa en la relación y aparece en la opción del historiador entre la plenitud de los acontecimientos, una opción que varía con el siglo y a menudo con la dé­cada, tal como las pinturas difieren en tema, técnica y contenido psíquico. Unas veces son pintados grandes panoramas históricos y otras veces unos fragmentos de cosas cotidianas bastan para aportar la sensación de una época.

El historiador maneja un material perecedero: humanos. No puede calcular el curso de los acontecimientos futuros, como hace el astrónomo, pero, al igual que éste, puede ver la aparición en el horizonte de nuevas constelaciones y de mundos hasta entonces invisibles. Y, como el astró­nomo, puede ser un espectador siempre alerta. Su papel consiste en poner orden en su cuadro histórico, en aquello que experimentamos fragmentariamente día tras día, de modo que, en lugar de la experiencia esporádica, resulte visible la continuidad de los acontecimientos. Una época que haya perdido su conciencia de las cosas que informan su vida, no sabrá donde se encuentra ni, mucho menos, qué es lo que busca. Una civilización que ha perdido su memoria y tropieza un día tras otro y de un suceso a otro vive de modo más irresponsable que el ganado vacuno, el cual tiene por lo menos sus instintos en los que apoyarse«.

Para Giedion, el historiador debe menos a las evidencias documentales que al espíritu de la época, lo cual convierte su trabajo en un vehículo de expresión del inconsciente colectivo más que en el resultado del ejercicio erudito y disciplinado de sus investigaciones y reflexiones. Giedion apunta al inconsciente colectivo como matriz de toda la actividad creadora, idea derivada del idealismo alemán que se articula, junto con el mito del genio, como protagonista del Zeitgeist, siendo sus obras las manifestaciones canónicas del espíritu de la época. Desde estos planteamientos, Giedion dirigió toda su actividad investigadora a demostrar la concordancia entre Zeitgeist y arquitectura moderna, lo cual situaba a ésta en un plano de superioridad moral del que estaban ausentes otras manifestaciones artísticas y arquitectónicas contemporáneas a ella.

En Rotterdam existe un centro de arte que está definiendo el espíritu de nuestro tiempo y recientemente lo ha realizado con maquinarias que ya casi pertenecen a una época pasada. El lugar se llama Brutus y es un cruce entre laberinto y máquina del tiempo, entre refugio antiaéreo y plataforma de lanzamiento, entre laboratorio y ruina industrial, entre gabinete de curiosidades y grupo de expertos. Dispone de 6000 metros cuadrados de espacio expositivo en unos antiguos almacenes portuarios al oeste de esa ciudad holandesa, lo que le convierte en una de las instituciones de arte contemporáneo más grandes de los Países Bajos. Lo fundó en 2008 el artista Joep van Lieshout.

En Brutus se da total libertad a los artistas para crear sus visiones, sin importar lo extrañas o enloquecidas que sean, permitiendo exhibiciones que otros museos no acogen porque son demasiado grandes, demasiado difíciles de manejar, demasiado ruidosas, demasiado atrevidas o demasiado difíciles. En Brutus existen restricciones mínimas para garantizar la máxima creatividad sin obstáculos. Esto da como resultado instalaciones de gran tamaño, representaciones teatrales, proyecciones de películas y fiestas pletóricas. Los temas que se exploran allí interesan a la vida de todos: desde el cambio climático hasta la migración, desde la seguridad social hasta la perversión del poder. Los visitantes pasean por el complejo, participan (si quieren), expresan sus opiniones y se borran las distinciones entre conocedor de arte y lego, artista autodidacta y artista establecido, conductor de montacargas y profesor.

Atelier Van Lieshout (AVL) obtuvo reconocimiento como artista por sus instalaciones escultóricas, inventando objetos, estructuras, máquinas y conjuntos temáticos que rompen los límites entre arte, arquitectura y diseño. La práctica transgresora de AVL disecciona e inventa sistemas para coquetear con el poder, la autarquía, la política, la fertilidad, la vida, el sexo y la muerte. En el característico lenguaje de Van Lieshout, todo es un experimento de lo que “podría ser”.

El pasado otoño AVL presentó en Brutus la instalación «Disco Inferno». Se trataba de una enorme sala de máquinas rugiente a la que AVL llamó «monstruo industrial», un penumbroso espacio lleno de tanques, bidones y toneles, máquinas gigantescas hechas a mano, muebles, obras de otros artistas, generadores, bombas y trituradoras propulsadas por motores diésel e híbridos, utopías y distopías, conectado todo ello entre sí por un laberinto de tubos, mangueras, y cables, sumido en el traqueteo de ruedas dentadas, estridencia de cintas en movimiento sinfin y golpes rítmicos de martillos envueltos por un fuerte olor a brea. Así que, a pesar del nombre, ‘Disco Inferno’ no era una discoteca ni uno de los nueve círculos del infierno en la Divina Comedia de Dante. Probablemente el título estaba basado en la canción del mismo nombre, Disco Inferno, que compusieron The Trammps en 1976 al inspirarles la película El coloso en llamas (The Towering Inferno, 1974), aquella en la que un rascacielos de 135 plantas arde en llamas mientras se celebra una gran fiesta en el último piso.

El «Disco Inferno» de AVL era una Gesamtkunstwerk en la que se unían escultura, arquitectura, máquinas y mobiliario, mediante la que su autor sólo pretendía advertir sobre un peligro conocido: “Mientras tengamos petróleo o residuos de plástico, podremos seguir bailando al borde del volcán”, explicó Van Lieshout. Cada detalle está cuidadosamente pensado y diseñado. Cada cordón de soldadura, tuerca o perno era una elección consciente. Esas máquinas estaban propulsadas por extraños motores que podían funcionar con casi cualquier cosa, aceite vegetal, mantequilla o aceite de pirólisis casero, convirtiendo el conjunto en un mecanismo depredador con apetito insaciable de sus propios productos. Un ejercicio de autosuficiencia, un universo autosostenible, un espectáculo de la industria y su potencial en movimiento sin fin, con el único propósito real de seguir adelante y mantenerse en funcionamiento. El exceso de calor generado por los gigantescos motores que alimentan máquinas y generadores se reciclaba para suministrar combustión a la etapa final del proyecto, una fiesta, como en la planta 135 del rascacielos.

El proyecto provocaba fascinación, aversión y deseo de más-de-lo-mismo para poner a prueba los límites del poder, las materias de producción y la codicia, una máquina que se alimentaba de residuos con el objetivo de producir únicamente actividades inútiles. «Disco Inferno» era una obra abierta, no una instantánea estática de este momento; se irá transformando con el tiempo, las máquinas, los robots y seguramente la inteligencia artificial -otra etapa de la mecanización- lo provocarán.

heidundgriess, Oil on canvas II, 2023, óleo sobre lienzo, 160×120 cm. Formó parte de “Petromelancholia” (en Brutus del 01.09 al 19.11.2023, coexistiendo con «Disco Inferno»), una exposición que examinaba las enormes consecuencias de la vida después del petróleo. A diferencia de numerosas exposiciones que reflexionan sobre escenarios catastróficos y climáticos, «Petromelancholia» abordaba el legado de la era del petróleo y el nuevo significado que este pasado adquirirá irrevocablemente. ¿Qué nos ha aportado el petróleo, material y culturalmente, y qué podría desaparecer o cambiar la total finalización de su uso? Un fenómeno tan complejo sólo sale a la luz si hay espacio para diferentes perspectivas. El arte es una disciplina intuitiva y útil cuando se trata de prever los cambios y anticiparse a las consecuencias. Era difícil imaginar en una mejor ubicación para «Petromelancholia» que Brutus. En pocos lugares el impacto de la transición energética será más visible que aquí. Este es, por tanto, el lugar más adecuado para una reflexión crítica con buenas dosis de melancolía y nostalgia. La exposición incidía sobre una urgencia que nunca antes se había sentido tan fuerte.

Producir diésel sucio a partir de restos de plástico, aunque aparentemente factible, pudo no ser la mejor manera de reducir la contaminación; tampoco cuestionaba en exceso nuestro enfoque sobre el despilfarro de los recursos naturales que se presentara una Instalación que bombeaba constantemente aceite (como residuos negros) sobre un lienzo, deslizándose sobre su superficie en chorretones vertidos lentamente.

Sin embargo, «Disco Inferno» materializaba una reflexión visual sobre el espacio económico en que se halla enclavado Brutus, esto es, el corazón del puerto de Rotterdam, el más grande de Europa. Este paisaje heroico y distópico es un gigantesco conglomerado de refinerías de petróleo, contenedores de envío robótico, infraestructuras visibles e invisibles (como las que también existen en el de Bilbao) que alimentan la actividad de barcos, trenes y camiones, y extensas superficies de almacenes para soporte y apoyo del transporte y la transformación de materias primas, cuya misteriosa mecanización operativa no es fácilmente comprensible. El mensaje de ese complejo mundo físico-industrial-económico y su funcionamiento es el absurdo y la belleza de todo ello, el espejo mágico en el que nos miramos, nos diría Giedion.

DonostiÆterna

/ Javier Gonzalez de Durana /

A Montse Fornells

Es un asunto de insoportable cotidianidad la destrucción del patrimonio arquitectónico en Donostia. Ayer era una estación ferroviaria y un palacete, ambos del siglo XIX, hoy es el vaciado interior de un inmueble de viviendas y otro edificio que era el uno de los cines más antiguos de Europa, los dos con más de un siglo de vida, y mañana será una singular construcción industrial o una villa con jardín de los pasados años 40. La lista es ya demasiado larga. Los avisos, quejas y lamentos de asociaciones -en particular, Áncora– preocupadas por la preservación de esa riqueza excepcional, acumulada con esmero y delicadeza durante generaciones, no surten efecto en los responsables municipales. Así, poco a poco, el paisaje urbano que fue considerado uno de los más hermosos que podían contemplarse va desapareciendo ante nuestros ojos.

Podría pensarse que esto viene sucediendo desde hace relativamente poco tiempo, al ser una situación que ha tomado densidad, intensidad y volumen en las últimas dos décadas. Una de las causas está siendo un desmesurado incremento turistificador que desaloja vecinos locales para reconvertir pisos en apartamentos donde otras gentes puedan vivir unos pocos días de hospedaje. Sin embargo, esta tendencia que expulsa a los residentes tradicionales de sus casas y vacía de comercios las calles no es el único factor. También opera en esa destrucción la codicia por medio del aprovechamiento al límite -y más allá- del suelo disponible y la edificabilidad permitida. Además, no es algo tan reciente. Viene de muy atrás. El turismo hizo a Donostia y el turismo la está destruyendo. Lo que parecía destinado a ser eterno no lo será.

Hace 60 años, en 1964, el arquitecto municipal Luis Jesús Arizmendi (San Sebastián, 1912-1981) revelaba la existencia de presiones dentro del ayuntamiento para permitir la construcción de un edificio que rompía con el equilibrio existente entre los del Ensanche en lo concerniente a sus alturas. Se trataba, precisamente, de un hotel, el Orly.

El solar donde se levantó el Orly lo había venido ocupando un depósito provincial de preciosa arquitectura, erigido en 1887-88 con autoría de Manuel Echave. Al quedar sin uso, fue derribado y la Diputación (su propietaria) encargó al Ayuntamiento la redacción de las bases para sacar a concurso la construcción de un edificio para viviendas y hotel en ese solar rodeado por las calles San Martín (20 metros de anchura, lo que permitía edificar planta baja, cinco plantas y otra más retranqueada), Blas de Lezo y Triunfo (12 metros de anchura, permitiendo planta baja, cuatro plantas y una más en retranqueo), más la plaza Zaragoza por delante.

Al redactar las bases del concurso el arquitecto municipal tuvo en cuenta la anchura de la calle San Martín para autorizar un edificio destinado a viviendas, quedando más o menos igualado a los edificios cercanos. Sin embargo, la parte del edificio orientada a las calles Triunfo y Blas de Lezo, más estrechas, proyectaba un estrechamiento en planta de forma que esas dos calles ganaban anchura. Algo similar sucedía en la parte orientada a la plaza Zaragoza al permitir el retroceso del edificio respecto a la línea de fachadas de la calle. Así, los metros que el edificio perdía en planta se compensaban con más volumen en altura, pero no fue sólo una compensación. Este trastoque de edificabilidad proporcionó una sustancial ganancia de metros cuadrados útiles: la redistribución de volúmenes distó de ser igualitaria. Además, la mitad superior del inmueble, al alzarse por encima de las construcciones delanteras, ganaba la visión de la bahía.

Arizmendi fue quien redactó las bases para que un edificio de planta baja más doce plantas surgiera ahí, pero no estaba de acuerdo con la decisión política que lo autorizaba. Tuvo presiones. Desde 1948 hasta 1968 Arizmendi fue Jefe de los Servicios Técnicos de Arquitectura, siendo autor del Plan Director de la Ciudad de San Sebastián de 1959. Era un humanista que realizó estudios sobre defensa de cascos urbanos, circulación viaria, parques y jardines, estacionamientos y limitación de crecimiento de ciudades.

El concurso lo ganó el constructor José Lizarazu y el arquitecto que diseñó el edificio fue Francisco Antonio Zaldua, un interesante profesional que desde mediados de los años 20 venía desarrollando su actividad con buenos resultados, transitando por el art-decó, el racionalismo, el historicismo… hasta desembocar en esta torre de traza moderna que, a mí, siempre me ha gustado.

«En la fotografía aparece el edificio de altura a que se hace mención en la ‘Anécdota final’. Triste ejemplo de lo que no debe hacerse», escribió Luis Jesús Arizmendi.

¿Cómo expuso Arizmendi su desacuerdo? Además de hacerlo en la propia corporación municipal, se valió de un artículo que escribió para la revista ARQUITECTURA, cuyo número 69 (Madrid, septiembre de 1964) estuvo dedicado íntegramente a San Sebastián. El texto se llamó «Sobre los derribos y la renovación de las ciudades. Previsiones y normas», pp. 7-16, y a continuación reproduzco de él tan sólo la parte final. Quien desee leerlo completo -no es muy largo- puede hacerlo aquí.

Estamos construyendo nuestra fisonomía del año 2000, llena de privilegiadas singularidades. El hecho acrecienta nuestra responsabilidad. Reflexionemos. Porque el «nativo» radicante en el lugar, morador y vecino, sabe que «aquello no está bien». La televisión (mágico elemento divulgador), radio y prensa, le han orientado lo bastante. Se da cuenta de que a la personalidad de su tierra le han impuesto el uniforme de la mediocridad, sepultando en vida todos sus maravillosos incentivos. Es misión de los arquitectos divulgar entre las gentes aquellos principios de vida colectiva intuídos por ellas. Ayudarlas en la justificación de los conceptos legales que han de amparar la defensa legítima de sus respetables derechos. 

El ámbito histórico y tradicional de la ciudad pertenece a todos, y dado que al construirse desarrolló su cuerpo merced a una situación jurídica establecida, todos debemos evitar las iniciativas de imposible coexistencia social. Rechazar de plano la elección de tanto volumen impertinente que si bien ofrece a ciertas gentes gozo, contemplando vistas de excepción y privilegio desde los huecos de sus ventanas, sustraen a la colectividad el disfrute de los panoramas naturales, obligándole a soportar su enfática presencia junto a las congestiones y desequilibrios originados por un inadmisible y antisocial privilegio. 

Para evitarlo, sea cual fuere nuestra situación llegado el momento, propugnemos la radicación de estas iniciativas en zonas marginales y áreas nuevas. Y, repetimos, si las ideas urbanísticas no han modificado las costumbres de los hombres que viven en las ciudades, es mejor cambiar de ideas. Por ejemplo: si el automóvil es ya un miembro de la familia y al mismo tiempo útil común de trabajo, que viva junto a nosotros. Debemos lograrlo para quienes habitan en el casco urbano. Y será imperdonable que hoy, en áreas nuevas, edificando para el año 2000, olvidáramos «alojarlo en casa». 

Anécdota final. La ciudad de San Sebastián es un conjunto equilibrado al que presta singular atractivo la uniformidad de volúmenes y materiales, acertadamente distribuída por su recinto planificado. Es obra tranquila, simple y en general modesta; pero radicada sobre terrenos gozando de dotaciones urbanísticas completas. A caballo sobre tierras bellas por sí mismas, el mar y la montaña se han dado cita en un territorio excepcional. Que sepamos, en ninguna otra ciudad se alojan tantas familias dispersas en su área urbana, todas convencidas de habitar en el mejor punto de la misma.

La frase muy popular se halla en boca de cualquier vecino. Dicen: ¿verdad que como esta vista no hay otra en San Sebastián? Y así lo creen. Ello es síntoma de natural y auténtica «felicidad comunitaria». A nuestro parecer, el secreto de aquella dicha lo proporcionan sus edificios construídos sin afanes publicitarios ni exhibicionistas. La contemplación simultánea por doquier de sus alzados regulares discretamente ordenados. Y es que hasta el momento no han cuajado en su territorio las excepciones de mayor altura; lo que sí ha ocurrido en otras ciudades españolas. La sola excepción, «el edificio Orly», es un triste ejemplo de lo que no debe hacerse. Y así consta en el expediente. 

En su día nos tocó advertir que el solar no era apto para justificar el nacimiento de un bloque presidencial, desbordando la escala general de la ciudad. Y también con dicho motivo significar por vez primera nuestras opiniones contrarias a los volúmenes privilegiados (admitidos en otras partes), etc. Mas grupos de presión, actuando sobre la buena fe de la Diputación y el Ayuntamiento, lograron sacar adelante el aumento del volumen superior, adjudicándoselo a la parcela que iba a subastarse (el técnico informa nada más). Sólo en último extremo logramos que, cuando menos, las plantas elevadas se dedicaran a hotel de primera categoría (¡mediante inscripción registral!), impidiendo la ubicación en esta zona privilegiada alta de viviendas-apartamentos.

El elevado montante de la cifra alcanzada en la subasta probó que el adjudicatario había detectado el rendimiento excepcional financiero del cuerpo alto. El acto administrativo confirmando nuestros presagios nos daba la razón. Pero, ¡ay!, demasiado tarde. La operación se había consumado. Y así nació un derecho que jamás debió existir, hollando el familiar paisaje de la «ciudad equilibrada». Rompiendo la vestidura añeja de su silueta horizontal.

No obstante, como la verdadera historia rara vez se divulga, hubo quienes, juzgando erróneamente lo sucedido y carentes de información, nos atribuyeron complacencia a tal desafuero urbanístico (aquí aludo a la revista que publicó la carta abierta al alcalde de San Sebastián). Nada más lejos de la verdad. Gajes del oficio, diremos, injustos y amargos en tan triste ocasión y circunstancia. ¿Oponiéndonos habíamos luchado en vano? De ninguna manera. Gracias a ello es hoy para muchos inteligible cuanto vaticinábamos.

Precisamente la Corporación actual, deseando, como antaño, seguir ejerciendo sobre todo el país la influencia ejemplar de su brillante pasado urbanístico e inigualado conjunto arquitectónico, está en vísperas de dar un paso resuelto y decisivo en la resolución de los problemas expuestos. Prueba fehaciente de todo ello será la ordenanza especial «para la salvaguardia del patrimonio estético e histórico de la ciudad en el recinto ya planificado y el mantenimiento de su equilibrio urbanístico-social, evitando la congestión orgánica de vías, espacios libres y servicios». Esta normativa ambiciosa, laboriosamente gestada por la Corporación, expertos vecinos y el equipo técnico municipal, pretenderá ordenar en justicia la renovación de la ciudad. 

Es curioso que Arizmendi no se lamentara por la desaparición del histórico depósito provincial que estuvo en ese solar y centrara su crítica tan sólo en la altura del nuevo edificio, prueba de cómo ha evolucionado en concepto de patrimonio arquitectónico en estas décadas. Tampoco criticó el diseño del Orly, indicio de que no le disgustaba. Por desgracia, su ordenanza, «para la salvaguardia del patrimonio estético e histórico de la ciudad en el recinto ya planificado y el mantenimiento de su equilibrio urbanístico-social, evitando la congestión orgánica de vías, espacios libres y servicios», hace tiempo sus sucesores en el cargo municipal se la pasaron por el arco de triunfo.

Todas las fotografías y fotomontajes de las riberas del Urumea fueron tomadas y elaborados por Luis Jesús Arizmendi, presentándolas como pruebas demostrativas del equilibrio en las alturas de las edificaciones.