/ Javier González de Durana /

Casas en Vegaviana, Fotografía de Kindel.

Mismas casas en la actualidad.
El pasado miércoles, 13 de febrero, se inauguró la exposición Pueblos de colonización. Miradas a un paisaje inventado en la sala del ICO, Instituto de Crédito Oficial (c/ Zorrilla 3, Madrid). Sobre los orígenes e historia de estos pueblos existen bastantes investigaciones, pero será interesante ver el modo en que ahora, mediante esta muestra pública, se consigue la divulgación que aquella experiencia arquitectónica se merece. Los montajes expositivos en ICO suelen ser originales y creativos en su diseño, siempre singulares. En una próxima ocasión que vaya a Madrid, la visitaré y comentaré aquí.
Ahora quiero recordar mi última visita a uno de estos pueblos de colonización. Me ha gustado mucho conocerlos desde hace años. No está fácil llegar a ellos salvo que el visitante se lo proponga con determinación porque suelen estar apartados de las grandes rutas y porque, si alguno se encuentra justo al lado de la autovía por la que se circula, te das cuenta de su presencia cuando ya lo has dejado atrás y marchas a toda pastilla con ganas de llegar a destino. A Vegaviana, en Cáceres, fuimos un pequeño grupo con decidida determinación: salimos de Badajoz, tomamos la Ruta de la Plata hacia el Norte y poco antes de llegar a Plasencia nos desviamos hacia la raya portuguesa, la cual queda a poca distancia. La visita tuvo lugar a finales del pasado mes de octubre.
Vegaviana formó parte de la transformación del paisaje agrícola español llevada a cabo entre 1939 y 1971 por el Instituto Nacional de Colonización, organismo estatal que para llevar a cabo una reforma agraria planificó la construcción de infraestructuras hidráulicas y más de 300 neopoblaciones en el entorno rural. En ellas confluyeron novedades urbanísticas, arquitectónicas y artísticas. Sus humildes, limpias y espaciosas calles nos transportan a una época en la que un grupo de arquitectos -teniéndolo todo en contra- supo abrirse a las vanguardias para insertar modernidad en la España profunda.
Antes de realizar la visita no teníamos más que una información básica sobre Vegaviana: que era uno de los neopueblos más celebrados por arquitectos e historiadores, que lo diseñó el arquitecto José Luis Fernández del Amo en 1954 y estuvo en obras hasta 1959, que en 1961 le valió la Medalla de Oro de la VII Bienal de São Paulo con encendidos elogios de Oscar Niemeyer y, por supuesto, conocíamos algunas fotografías de la localidad al poco tiempo de concluirse, tomadas por Joaquín del Palacio -utilizó el pseudónimo de Kindel-, y en especial la famosa foto en que se ve el frente de una fila de casas blancas y geométricas reflejándose en el agua ante ellas y con la que una mujer vista de espaldas, en cuclillas, con pañuelo en la cabeza y baldes a los lados, está lavando ropa. En esa imagen se condensaban, por un lado, las ideas de racionalismo constructivo aplicado con sensatez al hábitat rural y, por otro, la pervivencia de un popular costumbrismo con siglos de historia. Una imagen espléndida que he incluido al comienzo de este post.
Nada más llegar buscamos el río en el que aquella mujer lavaba su colada. No lo veíamos. Tampoco había mucha gente a la que preguntar dónde estaba y cuando encontramos una persona de cierta edad a la que pedirle información nos miró con cara de asombro y dijo «¿Río?, ¿qué río? Aquí no hay ninguno». En la pantalla del móvil le enseñamos la fotografía famosa y, al ver las casas, señaló hacia la zona de la que veníamos, indicando que aquellas viviendas estaban allí, pero que el agua no era un río, sino que fue una charca que se llenaba después de las lluvias, habiendo desaparecido mucho tiempo atrás. «Y esta mujer, ¿por qué lavaba su ropa en una charca?», preguntamos. «Bueno, los primeros colonos se instalaron aquí con las casas terminadas, pero sin alcantarillado, agua corriente ni electricidad, así que esta mujer estaría aprovechando la única agua disponible, la de la charca», nos informó. Situándonos donde Kindel tomó la foto, vimos al fondo las casas y, entre estas y nosotros, una breve pradera con un informal área de juegos infantiles. Fue un pequeño chasco que puso en evidencia algo que sabíamos: las imágenes generan sus propias leyendas al margen de las causas que las provocaron y los motivos que sus autores tuvieron. La belleza de las fotografías de Kindel colaboraró activamente para que Vegaviana lograra premios y reconocimientos.

Plano de la urbanización de Vegaviana, por José Luis Fernández del Amo. En negro, los edificios públicos.

Vista aérea de Vegaviana al poco de acabar las obras.
Nos acercamos al centro de la población, el ágora donde se encuentran el ayuntamiento, la iglesia con su hermosa -si bien ingenua- fachada de colorista cerámica, la casa rectoral, el edificio social, el bar y las antiguas hermandad sindical y cooperativa. Rodeamos el amplio espacio e intentamos entrar en la iglesia, pero estaba cerrada. Fuimos al cercano bar, donde se congregaba el mayor número de personas visto hasta el momento, una docena más o menos, y preguntamos al hombre que lo atendía si sabía quién tenía la llave de la Iglesia. Nos respondió señalando a otro: «Preguntad al alcalde, es ese que está ahí». El regidor, amable, nos dijo quién nos podía abrir las puertas del templo: «La encontrareis en la vivienda junto al consultorio médico, por allá». Sin embargo, en la tal vivienda un hombre mayor nos informó que la llave la tenía su mujer y que en aquellos momentos estaba en otro pueblo. «Y usted, ¿no nos la puede abrir?» preguntamos, pero el hombre se hizo el sueco, «eso es cosa de mi mujer», repetía mientras notábamos cómo tras la ventana próxima una mano femenina movía los visillos. Ante nuestra insistencia -acompañada con gestos de sospecha sobre la presencia de su mujer dentro de la casa- el hombre respondía con la misma actitud, que eso no era cosa suya. Para que le dejásemos en paz nos pidió un número de teléfono con la promesa de que, cuando llegara su mujer, nos llamaría. Aceptamos, qué remedio.
Fuimos a dar un paseo por el pueblo; la dehesa penetra en la población. No es un pueblo con sus calles urbanizadas, sus aceras, su asfalto, su paisaje artificial…. rodeado por la dehesa, sino que es el pueblo lo que forma parte de la dehesa con sus espléndidos encinar y alcornocal más la vegetación baja de jaras, tomillo, jaramago y retama. Es precioso y ha sufrido muy pocas modificaciones desde su nacimiento, a pesar de que ya casi nadie es agricultor o ganadero allí y los nuevos modos de vida exigen un tipo de vivienda diferente. Seguro que han cambiado por dentro, pensamos, pero por fuera se conservan muy bien. Intentamos encontrar alguna casa con la puerta abierta por si sus dueños tenían la amabilidad de mostrárnosla, pero no hubo suerte.
No habían pasado ni diez minutos cuando el teléfono sonó. La mujer había «regresado», milagrosamente, porque en aquel rato no vimos que llegase ningún coche al pueblo ya que el único acceso se controla casi desde cualquier punto. Quedamos citados en la puerta de la Iglesia. Nos la abrió y dejó que la recorriéramos de arriba a abajo, a nuestro aire. Sacamos muchas fotografías. Aunque un poco descuidada en su mantenimiento, la arquitectura del templo es hermosa. Por supuesto, hacía años que no había un cura permanente al cargo y los fieles que acudían a misa una vez a la semana cada vez eran menos en número y más en ancianidad. De hecho, apenas quedan jóvenes en Vegaviana, al menos esa impresión nos dió. Como en casi todas las iglesias de los pueblos de colonización, el templo tiene detalles artísticos muy interesantes y modernos. José Luis Sánchez se encargó del presbiterio y las vidrieras, Antonio Suárez, de los mosaicos del altar y del viacrucis, y Antonio Valdivieso, del mural de fachada.

Aspecto exterior de la Iglesia, obra de José Luis Fernández del Amo.

Mural cerámico en la fachada del templo, obra de Antonio Valdivielso

Escultura y relieves en el ábside, obras de José Luis Sánchez.

Vidrieras en los laterales del presbiterio, obras de José Luis Sánchez. Las vidrieras laterales de la nave también son de su autoría.

Frontal del altar, mosaico obra de Antonio Suárez.

Nave de la Iglesia hacia el presbiterio; el ábside es de planta triangular, acabando en punta.

Confesonario y luminarias con diseños atribuibles a José Luis Fernández del Amo, junto a dos escenas del viacrucis, obras de Antonio Suárez, y sagrario también de este último.

Hueco de escaleras en una de las torres-campanario.
Al salir de la Iglesia era ya casi la hora de comer. Nos dirigimos al bar para picar algo. El momento del aperitivo es el que convoca a casi toda la población residente -cierto que era sábado-, pues habría unas veintitantas personas e incluso habían aparecido niños y jóvenes. Pusimos nuestras cámaras sobre una mesa y nuestros cuerpos de urbanitas en sillas cuando un hombre joven se acercó: «¿Sois arquitectos, verdad?». «No», respondimos, «historiadores, artistas y gentes de incierto vivir». Acertó al suponer que nos habíamos desplazado hasta allí para visitar Vegaviana por su arquitectura y nos dijo que él sí era arquitecto, que había comprado recientemente una casa allí mismo y la estaba reformando con escrupuloso respeto. «¿Queréis que os la enseñe?». Nosotros, encantados, le acompañamos y la suya resultó ser, precisamente, una de las casas que aparecen en la foto famosa de Kindel. La había adquirido poco tiempo atrás por una cifra muy razonable para tratarse de un espacio bastante grande -casa delantera y almacén, ambos con dos alturas, patio intermedio y cuadra trasera- en comparación con un piso medio en ciudad y estaba en la tarea de ir, poco a poco, cambiando las funciones de cada espacio (su mujer era artista y necesitaba un estudio) y actualizándola, pues nunca se había puesto al día en instalaciones y mantenimiento desde que se construyó a finales de los años 50. Con trabajo en Mérida, su plan era convertir aquella vivienda en futura residencia familiar, con unos hijos aún niños. Si al principio de la visita el pueblo nos dio la impresión de estar habitado sólo por gente mayor, este final arrojaba luces de esperanza hacia el futuro con una población nueva de distinto tipo al de aquellos para los que se construyó.
Esta idea tuvo su efecto en uno de los amigos que visitamos el pueblo, animándole a seguir esos pasos. De hecho, poco después en otro pueblo de colonización alquiló un gran almacén para guardar sus cosas de trabajo y ya tiene las miras puestas en comprar una vivienda. En aquella tranquilidad, envueltos por una Naturaleza exuberante, con la templada temperatura en un día soleado de otoño y el aire aromatizado por la vegetación, cualquiera se plantea seriamente residir en uno de estos pueblos que son historia a la espera de un nuevo comienzo para otra historia que los mantenga vivos.

Escuelas con su torre. Fotografías de Kindel.

Unas viviendas por su parte delantera. Fotografía de Kindel.

Mismas viviendas por su parte posterior, Fotografía de Kindel.

Ayuntamiento en cuya fachada se abre un pórtico corrido que, como pasaje cubierto, tras hacer un ángulo de 90 grados, se conecta primero con el centro juvenil y a continuación con la iglesia. Los poderes religioso y civil del régimen… intentando controlar el futuro.

Muchas gracias. Ha sido muy interesante a la par que revelador.
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