Vegaviana, visita a un pueblo de colonización

/ Javier González de Durana /

Casas en Vegaviana, Fotografía de Kindel.

Mismas casas en la actualidad.

El pasado miércoles, 13 de febrero, se inauguró la exposición Pueblos de colonización. Miradas a un paisaje inventado en la sala del ICO, Instituto de Crédito Oficial (c/ Zorrilla 3, Madrid). Sobre los orígenes e historia de estos pueblos existen bastantes investigaciones, pero será interesante ver el modo en que ahora, mediante esta muestra pública, se consigue la divulgación que aquella experiencia arquitectónica se merece. Los montajes expositivos en ICO suelen ser originales y creativos en su diseño, siempre singulares. En una próxima ocasión que vaya a Madrid, la visitaré y comentaré aquí.

Ahora quiero recordar mi última visita a uno de estos pueblos de colonización. Me ha gustado mucho conocerlos desde hace años. No está fácil llegar a ellos salvo que el visitante se lo proponga con determinación porque suelen estar apartados de las grandes rutas y porque, si alguno se encuentra justo al lado de la autovía por la que se circula, te das cuenta de su presencia cuando ya lo has dejado atrás y marchas a toda pastilla con ganas de llegar a destino. A Vegaviana, en Cáceres, fuimos un pequeño grupo con decidida determinación: salimos de Badajoz, tomamos la Ruta de la Plata hacia el Norte y poco antes de llegar a Plasencia nos desviamos hacia la raya portuguesa, la cual queda a poca distancia. La visita tuvo lugar a finales del pasado mes de octubre.

Vegaviana formó parte de la transformación del paisaje agrícola español llevada a cabo entre 1939 y 1971 por el Instituto Nacional de Colonización, organismo estatal que para llevar a cabo una reforma agraria planificó la construcción de infraestructuras hidráulicas y más de 300 neopoblaciones en el entorno rural. En ellas confluyeron novedades urbanísticas, arquitectónicas y artísticas. Sus humildes, limpias y espaciosas calles nos transportan a una época en la que un grupo de arquitectos -teniéndolo todo en contra- supo abrirse a las vanguardias para insertar modernidad en la España profunda.

Antes de realizar la visita no teníamos más que una información básica sobre Vegaviana: que era uno de los neopueblos más celebrados por arquitectos e historiadores, que lo diseñó el arquitecto José Luis Fernández del Amo en 1954 y estuvo en obras hasta 1959, que en 1961 le valió la Medalla de Oro de la VII Bienal de São Paulo con encendidos elogios de Oscar Niemeyer y, por supuesto, conocíamos algunas fotografías de la localidad al poco tiempo de concluirse, tomadas por Joaquín del Palacio -utilizó el pseudónimo de Kindel-, y en especial la famosa foto en que se ve el frente de una fila de casas blancas y geométricas reflejándose en el agua ante ellas y con la que una mujer vista de espaldas, en cuclillas, con pañuelo en la cabeza y baldes a los lados, está lavando ropa. En esa imagen se condensaban, por un lado, las ideas de racionalismo constructivo aplicado con sensatez al hábitat rural y, por otro, la pervivencia de un popular costumbrismo con siglos de historia. Una imagen espléndida que he incluido al comienzo de este post.

Nada más llegar buscamos el río en el que aquella mujer lavaba su colada. No lo veíamos. Tampoco había mucha gente a la que preguntar dónde estaba y cuando encontramos una persona de cierta edad a la que pedirle información nos miró con cara de asombro y dijo «¿Río?, ¿qué río? Aquí no hay ninguno». En la pantalla del móvil le enseñamos la fotografía famosa y, al ver las casas, señaló hacia la zona de la que veníamos, indicando que aquellas viviendas estaban allí, pero que el agua no era un río, sino que fue una charca que se llenaba después de las lluvias, habiendo desaparecido mucho tiempo atrás. «Y esta mujer, ¿por qué lavaba su ropa en una charca?», preguntamos. «Bueno, los primeros colonos se instalaron aquí con las casas terminadas, pero sin alcantarillado, agua corriente ni electricidad, así que esta mujer estaría aprovechando la única agua disponible, la de la charca», nos informó. Situándonos donde Kindel tomó la foto, vimos al fondo las casas y, entre estas y nosotros, una breve pradera con un informal área de juegos infantiles. Fue un pequeño chasco que puso en evidencia algo que sabíamos: las imágenes generan sus propias leyendas al margen de las causas que las provocaron y los motivos que sus autores tuvieron. La belleza de las fotografías de Kindel colaboraró activamente para que Vegaviana lograra premios y reconocimientos.

Plano de la urbanización de Vegaviana, por José Luis Fernández del Amo. En negro, los edificios públicos.

Vista aérea de Vegaviana al poco de acabar las obras.

Nos acercamos al centro de la población, el ágora donde se encuentran el ayuntamiento, la iglesia con su hermosa -si bien ingenua- fachada de colorista cerámica, la casa rectoral, el edificio social, el bar y las antiguas hermandad sindical y cooperativa. Rodeamos el amplio espacio e intentamos entrar en la iglesia, pero estaba cerrada. Fuimos al cercano bar, donde se congregaba el mayor número de personas visto hasta el momento, una docena más o menos, y preguntamos al hombre que lo atendía si sabía quién tenía la llave de la Iglesia. Nos respondió señalando a otro: «Preguntad al alcalde, es ese que está ahí». El regidor, amable, nos dijo quién nos podía abrir las puertas del templo: «La encontrareis en la vivienda junto al consultorio médico, por allá». Sin embargo, en la tal vivienda un hombre mayor nos informó que la llave la tenía su mujer y que en aquellos momentos estaba en otro pueblo. «Y usted, ¿no nos la puede abrir?» preguntamos, pero el hombre se hizo el sueco, «eso es cosa de mi mujer», repetía mientras notábamos cómo tras la ventana próxima una mano femenina movía los visillos. Ante nuestra insistencia -acompañada con gestos de sospecha sobre la presencia de su mujer dentro de la casa- el hombre respondía con la misma actitud, que eso no era cosa suya. Para que le dejásemos en paz nos pidió un número de teléfono con la promesa de que, cuando llegara su mujer, nos llamaría. Aceptamos, qué remedio.

Fuimos a dar un paseo por el pueblo; la dehesa penetra en la población. No es un pueblo con sus calles urbanizadas, sus aceras, su asfalto, su paisaje artificial…. rodeado por la dehesa, sino que es el pueblo lo que forma parte de la dehesa con sus espléndidos encinar y alcornocal más la vegetación baja de jaras, tomillo, jaramago y retama. Es precioso y ha sufrido muy pocas modificaciones desde su nacimiento, a pesar de que ya casi nadie es agricultor o ganadero allí y los nuevos modos de vida exigen un tipo de vivienda diferente. Seguro que han cambiado por dentro, pensamos, pero por fuera se conservan muy bien. Intentamos encontrar alguna casa con la puerta abierta por si sus dueños tenían la amabilidad de mostrárnosla, pero no hubo suerte.

No habían pasado ni diez minutos cuando el teléfono sonó. La mujer había «regresado», milagrosamente, porque en aquel rato no vimos que llegase ningún coche al pueblo ya que el único acceso se controla casi desde cualquier punto. Quedamos citados en la puerta de la Iglesia. Nos la abrió y dejó que la recorriéramos de arriba a abajo, a nuestro aire. Sacamos muchas fotografías. Aunque un poco descuidada en su mantenimiento, la arquitectura del templo es hermosa. Por supuesto, hacía años que no había un cura permanente al cargo y los fieles que acudían a misa una vez a la semana cada vez eran menos en número y más en ancianidad. De hecho, apenas quedan jóvenes en Vegaviana, al menos esa impresión nos dió. Como en casi todas las iglesias de los pueblos de colonización, el templo tiene detalles artísticos muy interesantes y modernos. José Luis Sánchez se encargó del presbiterio y las vidrieras, Antonio Suárez, de los mosaicos del altar y del viacrucis, y Antonio Valdivieso, del mural de fachada.

Aspecto exterior de la Iglesia, obra de José Luis Fernández del Amo.

Mural cerámico en la fachada del templo, obra de Antonio Valdivielso

Escultura y relieves en el ábside, obras de José Luis Sánchez.

Vidrieras en los laterales del presbiterio, obras de José Luis Sánchez. Las vidrieras laterales de la nave también son de su autoría.

Frontal del altar, mosaico obra de Antonio Suárez.

Nave de la Iglesia hacia el presbiterio; el ábside es de planta triangular, acabando en punta.

Confesonario y luminarias con diseños atribuibles a José Luis Fernández del Amo, junto a dos escenas del viacrucis, obras de Antonio Suárez, y sagrario también de este último.

Hueco de escaleras en una de las torres-campanario.

Al salir de la Iglesia era ya casi la hora de comer. Nos dirigimos al bar para picar algo. El momento del aperitivo es el que convoca a casi toda la población residente -cierto que era sábado-, pues habría unas veintitantas personas e incluso habían aparecido niños y jóvenes. Pusimos nuestras cámaras sobre una mesa y nuestros cuerpos de urbanitas en sillas cuando un hombre joven se acercó: «¿Sois arquitectos, verdad?». «No», respondimos, «historiadores, artistas y gentes de incierto vivir». Acertó al suponer que nos habíamos desplazado hasta allí para visitar Vegaviana por su arquitectura y nos dijo que él sí era arquitecto, que había comprado recientemente una casa allí mismo y la estaba reformando con escrupuloso respeto. «¿Queréis que os la enseñe?». Nosotros, encantados, le acompañamos y la suya resultó ser, precisamente, una de las casas que aparecen en la foto famosa de Kindel. La había adquirido poco tiempo atrás por una cifra muy razonable para tratarse de un espacio bastante grande -casa delantera y almacén, ambos con dos alturas, patio intermedio y cuadra trasera- en comparación con un piso medio en ciudad y estaba en la tarea de ir, poco a poco, cambiando las funciones de cada espacio (su mujer era artista y necesitaba un estudio) y actualizándola, pues nunca se había puesto al día en instalaciones y mantenimiento desde que se construyó a finales de los años 50. Con trabajo en Mérida, su plan era convertir aquella vivienda en futura residencia familiar, con unos hijos aún niños. Si al principio de la visita el pueblo nos dio la impresión de estar habitado sólo por gente mayor, este final arrojaba luces de esperanza hacia el futuro con una población nueva de distinto tipo al de aquellos para los que se construyó.

Esta idea tuvo su efecto en uno de los amigos que visitamos el pueblo, animándole a seguir esos pasos. De hecho, poco después en otro pueblo de colonización alquiló un gran almacén para guardar sus cosas de trabajo y ya tiene las miras puestas en comprar una vivienda. En aquella tranquilidad, envueltos por una Naturaleza exuberante, con la templada temperatura en un día soleado de otoño y el aire aromatizado por la vegetación, cualquiera se plantea seriamente residir en uno de estos pueblos que son historia a la espera de un nuevo comienzo para otra historia que los mantenga vivos.

Escuelas con su torre. Fotografías de Kindel.

Unas viviendas por su parte delantera. Fotografía de Kindel.

Mismas viviendas por su parte posterior, Fotografía de Kindel.

Ayuntamiento en cuya fachada se abre un pórtico corrido que, como pasaje cubierto, tras hacer un ángulo de 90 grados, se conecta primero con el centro juvenil y a continuación con la iglesia. Los poderes religioso y civil del régimen… intentando controlar el futuro.

Ultra Alta Tensión Arteche: estrategia de camuflaje

/ Javier González de Durana /

Al circular a 120 km/h por la autovía hacia Mungia, tras descender Artebakarra, de pronto, a la derecha, durante años tuve la incierta sensación de haber observado un área de fugaces destellos, a poca distancia, sin llegar a estar seguro si la causa era algo material o una insólita descarga de relámpagos. Duraba muy pocos segundos y, claro, yo tenía toda mi atención puesta en conducir el automóvil. Desde hace algún tiempo, ahora ya sé que es un edificio, pero la incierta sensación se repite cada vez que voy a Mungia por esa carretera. Al principio, lo puedes estar mirando, pero probablemente no lo estás viendo y cuando, por fin, lo ves te preguntas cómo es posible que no te hubieses dado cuenta antes de su existencia. Es enorme y pasa desapercibido, casi fantasmagórico. Este edificio camufla su presencia entre los colores del cielo y las luces del ambiente envolvente, haya sol o lluvia, esté nublado o despejado, sea de día o de noche, se mimetiza con la atmósfera de su entorno de un modo discreto, casi exquisito.

Algunos de los edificios más discutidos y relevantes del siglo XXI se caracterizan por ser singulares y llamativos. Hay proyectos que exaltan la autonomía de la arquitectura a cambio de la renuncia a establecer relaciones de amable naturalidad con el lugar en que esos proyectos, ya como piezas edificadas, se instalan. Sin embargo, a lo largo de los últimos años ha ido cobrando relevancia un tipo de proyecto que marcha en dirección contraria. Al protagonismo del edificio icónico, este otro contrapone su neutralización al plantear una arquitectura que hace lo posible por pasar desapercibida, aceptando cierto grado de invisibilidad. Es decir, hay quien prefiere desplegar estrategias para anular la visión de lo arquitectónico sin renunciar a la arquitectura.

Hace ya más de una década, el año 2013 en las inmediaciones de Mungia, se inauguró el edificio destinado a Laboratorio de Ultra Alta Tensión perteneciente a Electrotecnia Arteche Hnos. S.A. , grupo empresarial que enmarca su actividad dentro del sector eléctrico, desde la generación hasta la distribución, especializándose en la industria de equipos, componentes y soluciones eléctricas, para lo cual cuenta con trece factorías en Europa, América, Asia y Oceanía, incluyendo seis centros dedicados a la investigación, y cuenta con más de 2.700 empleados y empleadas en todo el mundo.

Con un diseño del arquitecto Javier Aja Cantalejo (ACXT / Idom), el proyecto de ese laboratorio supuso la construcción de una nave diáfana de 57 m. de longitud, 30 m. de anchura y 27 m. de altura útil libre interior, conformando una «Jaula de Faraday para ensayos dieléctricos de transformadores de medida hasta 850 kV» (sea esto lo que sea). En su momento se dijo que era el único laboratorio de este tipo en España (puede que continúe siéndolo hoy) y uno de los pocos existentes en todo el mundo. Recibió premios de prestigio y reconocimientos destacados.

La nave principal se halla dividida en tres espacios, adecuados para ensayos de choque, resonancia y medidas de precisión. Anexo al espacio principal, se encuentra un bloque con vistas al área de ensayos que cuenta con salas de control/recepción, de reuniones y para presentaciones ante 60 personas. En lo técnico-constructivo, la mayor dificultad consistió en levantar una estructura hueca de 27 m. de altura sin que un núcleo estructural interior ayudase a sostener la envolvente. Una dificultad que se veía acrecentada por los vientos existentes en la zona y porque tres caras de las cuatro fachadas del prisma contienen grandes vanos que son las puertas por donde se introducen los alternadores.

En lo que a este blog interesa, debe decirse que la apuesta de Arteche por la innovación se manifiesta en todos sus campos de actuación, incluidas unas fachadas de acero inoxidable que con evanescente apariencia provocan dudas acerca de lo que hay y lo que no hay ante las miradas. Según palabras de sus propios creadores, se trata de “una fachada metálica pulida que vibra y se quiebra a lo largo de su perímetro, permitiendo la integración en un volumen tan importante en el entorno en el que se halla, caracterizado por edificaciones de altura sensiblemente inferior a las de este edificio”. Esa fechada es una gran pantalla o mampara, formalmente muy depurada y producida con un metal reflectante.

Por lo general, la presencia de un gran edificio industrial en un entorno marcadamente rural aconseja su fragmentación en un conjunto de pequeñas unidades fabriles. Sin embargo, en este caso, al margen de que tal fragmentación no era operativa para la actividad del laboratorio que Arteche buscaba, la escala de la construcción constituía, en sí misma, una gran fuente de energía y fuerza presencial, reflejo de la actividad humana en su interior y de su inserción en el paisaje.

La piel que cubre el frente del edificio está constituida por una zigzagueante cortina metálica, pulida y brillante. Los pliegues de tal cortina actúan como instrumentos ópticos, dando la impresión de multiplicar o reducir los rayos de luz. De este modo, el paisaje se refleja, se separa y se amplifica con sutiles distorsiones de color y forma. El movimiento de la luz se transcribe así sobre el espejo plegado que constituye la fachada metálica. La naturaleza está presente en todas partes. El juego de los reflejos de luz e imágenes deforma el lugar y sus bordes, impidiendo hacernos una idea precisa de las dimensiones reales de la arquitectura por disgregación de su masa volumétrica. Este diseño tan sólo hace aparecer afilados el borde superior del volumen, recortado contra el cielo, y las nítidas líneas verticales entre pliegues a su alrededor. Su diseño persigue el monolitismo de la forma mínima, en un intento de máxima abstracción y desmaterialización, conseguido a través de grandes y estrechas planchas metálicas, y una forma pura y elegante que trae a la memoria las indumentarias «pleats» de Issey Miyake además de, cómo no, algunas construcciones de Dominique Perrault y, más cerca de nosotros, el trabajo de los donostiarras VAUMM en los ascensores de Alaberga, en Errenteria. Espléndidos ejemplos, todos ellos, de colaboración entre la arquitectura y la ingeniería.

Interior del Laboratorio de Ultra Alta Tensión Arteche.

La especial relación del Grupo Arteche con la arquitectura tiene un prestigioso antecedente en el edificio para sus oficinas diseñado por Juan de Madariaga entre 1969-70 y que, situado en las cercanías del Laboratorio, se mantiene en perfecto estado de conservación y uso, no como otras obras de Madariaga que, por desgracia, han desaparecido en los últimos años, siendo lamentable la reciente destrucción del edificio de oficinas para Cromoduro, de 1965, en Zorrotzaurre.

Todas las fotografías son de Aitor Ortíz, reproducidas aquí con su permiso.

La biblioteca de un arquitecto

/ Javier González de Durana /

El pasado 1 de febrero en Bilbao salió a subasta pública la biblioteca de un arquitecto. Supongo que, como en otros casos, han debido de ser sus descendientes y herederos quienes la pusieron en venta. No es habitual que lo haga el propio arquitecto mientras vive, pues suele mantener una relación sentimental con sus libros, aunque ya no los utilice por haberse jubilado o haberlos leído. No he podido averiguar quién fue, pues las portadillas y páginas interiores no desvelan su nombre, ni ex-libris, ni firmas ni dedicatorias. Nada. Si lo pusiera tampoco yo lo diría aquí. Cabía deducir que se trataba de un arquitecto fallecido, aunque sin posibilidad de aventurar cuándo murió. Las fechas de edición de los libros iban, mayoritariamente, desde los años 50 hasta los 70 del siglo pasado, décadas durante las que es lógico suponer que actuó profesionalmente, los compró por necesitarlos o le interesaron para ampliar conocimientos en campos específicos de su trabajo.

Eran cerca de doscientos volúmenes que permitían entender cuáles habían sido sus gustos y los asuntos preferentes en los que había desarrollado su labor. En cierto modo, era casi como entrar en su intimidad. No eran muchos libros; todos los arquitectos que conozco poseen bibliotecas mucho más abundantes. Quizás constituían sólo una parte de la que tuvo y puede ser que veamos nuevos lotes de libros en subastas futuras. Debía de ser una persona residente en el País Vasco, tanto por el lugar en el que los pusieron a la venta como porque unos pocos de ellos se referían a la arquitectura tradicional (los caseríos, los escudos…) y al arte moderno en esta zona de España, sin que ningún otro territorio peninsular estuviera atendido de igual manera.

¿Cómo caracterizar a este desconocido profesional? Intentaré acercarme a su personalidad mencionando algunos títulos y autores que le interesaron. No todos, no hace falta. Me agradó que entre estos volúmenes hubiese dos escritos por Richard Neutra, un arquitecto que admiro. Son dos publicaciones en español que salieron a la luz en 1957 (Fondo de Cultura Económica, México) y 1970 (Gustavo Gili, Barcelona), conservando las dos sus sobrecubiertas originales. La primera, Planificar para sobrevivir, se dio a conocer al tiempo que Luis Laorga y José López Zanón, con el asesoramiento de Neutra, diseñaban las viviendas para el personal militar de las fuerzas aéreas norteamericanas en las bases de Zaragoza y Torrejón.

Lo que más resaltaba de este conjunto era la abundancia de temas relacionados con la construcción en hormigón, tales como Prefabricación de viviendas en hormigón, de K. Berndt, editado por Blume en 1970, Edificios de hormigón, de Paul Gerhard Wieschemann/Konrad Gatz, publicado por Gustavo Gili en 1969, Bauen in Sichtbeton, escrito por Max Bächer/ Erwin Heinle y publicado por Julius Homann (Stuttgart, 1966) o Fisuras y grietas en morteros y hormigones. Sus causas y remedios, de Albert Joisel, sacado por Editores Técnicos Asociados (Barcelona, 1975), entre muchos otros. No faltaban los ejemplares relacionados con arquitectos que desarrollaron sus trabajos bajo el signo del hormigón en tanto que estilo y material visualmente característico de sus edificaciones, como Marcel Breuer y Ralph Rudolph, dos grandes.

Por supuesto, entre ellos había publicaciones escritas por o referidas a los maestros de su época, como la monografía sobre Mies van der Rohe, escrito por Philip C. Johnson y publicado por el Museum of Modern Art (New York, 1947); la referida al propio Philip Johnson, Architecture. 1949-1965, de 1966; el trabajo sobre Candilis Josic Wood. Una Década de Arquitectura y Urbanismo, escrito por Jurgen Joedicke y publicado por Gustavo Gili en 1968; el estudio en torno a José Luis Sert: architecture, city planning, urban design, escrito por Knud Bastlund y publicado por Verlag für Architektur (Zurich, 1967); el texto de Pier Luigi Nervi sobre las Nuevas estructuras, dado a conocer en España por Gustavo Gili en 1963; o, por no alargar más este capítulo, el análisis en torno Arne Jacobsen realizado por Tobias Faber y publicado por Edizioni di Comunita (Milán, 1964).

Es interesante señalar que este arquitecto leía en inglés, alemán e italiano ya que son abundantes los libros en estos tres idiomas. Coincidiendo con Neutra, también le interesaba la arquitectura japonesa, como evidencia Japanese Houses Today, de Yamakosi, Kumihiko, Masaru Katsumi y Shingo Yamaji, publicado por The Asahi Shimbun (Tokyo, 1958), y Contemporary japanese houses, de Kiyosi Seike. La arquitectura finlandesa tampoco le era indiferente.

En cuanto a los teóricos, disponía del Walter Gropius. L’homme et l’oeuvre, de Siegfried Giedion (Ed. Albert Morancé, Paris, 1954) y de este mismo autor su fundamental Espacio, Tiempo y Arquitectura, en la edición de Hoepli (Barcelona, 1955). Entre los arquitectos-escritores españoles, tuvo devoción por Juan Daniel Fullaondo, pues conservaba el Antonio Fernández Alba/1957-67. Arquitecto (Madrid, 1967), así como las monografías de Eduardo Chillida (1968) y Jorge Oteiza (1968), publicados todos ellos por Alfaguara/Nueva Forma. También tenía la Arquitectura española contemporánea, de Lluís Domenech i Girbau, por Blume (Barcelona, 1968), la Historia de la arquitectura moderna, de Leonardo Benevolo ( Taurus, 1963) e incluso la Arquitectura contemporánea en España. El arquitecto Zuazo Ugalde, tomo I, con prólogo de Juan de la Encina, publicado por Ediciones de Arquitectura y de Urbanización Edarba (Madrid, 1933).

Le interesaban las estructuras metálicas y prefabricadas, sus resistencias y defectos, debió de especializarse en escaleras y construcciones de madera, le atraían las piscinas, la decoración interior y el color en la arquitectura, las casas rurales, las viviendas unifamiliares ajardinadas y cómo protegerlas de la acción solar, los almacenes y los garajes, los edificios escolares y los hospitalarios, el aislamiento de las cubiertas, la uralita (con Ernst Neufert como guía)…, en fin, sería largo enumerar sus intereses y curiosidades. Hurgar en estos libros que pertenecieron a otra persona empieza a hacerme sentir incómodo…

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Un grupo específico estaba constituido por las construcciones religiosas, de ahí la existencia de The new churches of Europe, de George Everard Kidder Smith, publicado por Holt, Rinehart & Winston (New York, 1964), así como Moderne kerken in Europa en Amerika. Eglises modernes. Moderne Kirchen. Modern churches, elaborado por J. G. Wattjes, publicado por Uitg. Kosmos (Amsterdam, 1931) o la Arquitectura y Liturgia (Arte sacro moderno), por Moisés Díaz-Caneja, que dio a luz Artes Gráficas Grijelmo (Bilbao, 1947).

No puedo evitar preguntarme si éste es un final digno para una biblioteca. La subasta está tan sólo un peldaño por encima de mercadillos callejeros y rastros populares, donde se ven a veces colecciones de libros y fotografías que documentan las vidas de personas (parejas de novios sonrientes, grupos familiares felices, amigos brindando alrededor de una mesa con comida, personas que se sintieron especiales para alguien cuando fueron fotografiadas…) que seguro nunca se imaginaron en el suelo de la calle, sobre una sábana. Me pregunto por qué los últimos propietarios de estos libros no pensaron en donarlos al Colegio de Arquitectos o a la Facultad de Bellas Artes, si no tuvieron en cuenta que con ellos se ganó la vida un familiar suyo que quizás, incluso ganó el sustento, la ropa, los estudios… para quienes ahora los han puesto a la venta. Por cuatro miserables euros, porque los precios de salida en la subasta han sido de risa, 5 €, 10 €, 15 €… ¿No hay en ese gesto una ingratitud hiriente, un desapego vejatorio hacia quien los quiso, adquirió y utilizó? Estos asuntos desleales e indignos me dan muy mal rollo melancólico. Para quitármelo de encima acudí a la subasta y adquirí media docena de esos libros (incluidos los dos de Neutra). Los forraré y cuidaré, también leeré, como desagravio a un arquitecto desconocido.