El paisaje humano e industrial de Vicente Cutanda

/ Javier González de Durana /

La barca que atraviesa la ría, c. 1898, óleo / tabla, 13×21,6 cm.

El pasado viernes 10 de noviembre se celebró el evento cultural «SestaOn Fire«, coincidente con la visita de una delegación integrada por 60 personas de la ERIH – European Route of Industrial Heritage, para celebrar la puesta en valor del único horno alto superviviente de la mítica acería, ahora sometido a un proceso de restauración que culminará en 2026. Ello me hizo recordar que recientemente había aparecido en el mercado una interesante pintura de Vicente Cutanda (1850-1925), La barca que atraviesa la ría, protagonizada por un grupo de obreros industriales a bordo de un bote de remos ante el paisaje industrializado como el que a finales del siglo XIX debieron de ser las riberas de Sestao y Barakaldo. Aunque no está datada, debe considerarse contemporánea a otras obras suyas con la misma temática realizadas durante la última década del siglo XIX, años en los que este artista madrileño vivió en Bizkaia.

En La barca que atraviesa la ría los trabajadores expresan agotamiento o resignación ante su destino en un pequeño bote maniobrado por dos hombres de pie: uno en la popa hinca su remo en el lecho del río para empujar la embarcación aprovechando aguas poco profundas, el otro hombre, cerca de la proa, es menos protagonista y también maneja su remo. El pequeño fragmento visible de agua no permite deducir la dimensión del río que atraviesan, pero este tipo de transporte era habitual entre ambas orillas del Nervión, sobre todo entre Deusto y el Abra. El paisaje al fondo no es la descripción detallada de algún lugar concreto, sino una ambientación lo bastante explicita como para entender qué clase de territorio estamos viendo: dos pabellones gemelos con grandes cubiertas a dos aguas de cuyo interior sale una enorme humareda, la mitad inferior de una chimenea de ladrillo, otro pabellón ante una estructura cónica a cuyo pie hay un gran fuego, otras chimeneas humeantes al fondo… y poco más en grises, azules, negros y ocres. La orilla carece de muelle de atraque y en la ribera tan sólo hay un par de simples peldaños para acercarse al agua. Sobre su superficie se reflejan la chimenea y el fuego. Cutanda no necesitaba muchos más elementos para plasmar un paisaje industrial, quizás alguna gran rueda dentada, el fragmento de una grúa, palancas y poleas, una vagoneta… Se trata de una recreación obrerista del mito clásico de Caronte al atravesar la laguna Estigia con las almas de los condenados: «Caronte, el barquero infernal, transporta las almas al lugar de su suplicio a la otra margen del Aqueronte. Un terremoto estremece el campo de las lágrimas y un relámpago rojizo surca las tinieblas», Dante, Divina comedia.

Confieso que en algún trabajo mío de juventud no fui muy comprensivo con Vicente Cutanda y, al referirme a las ilustraciones gráficas publicadas por él en la revista socialista bilbaína La Lucha de Clases, escribí lo siguiente:

Las realizaciones de Cutanda están correctamente acabadas y en ellas destaca el valor del dibujo; sin embargo, carecen de mordiente, les falta el incentivo que estimula a la acción inmediata bien por la exaltación del ánimo hacia un posible futuro mejor bien por la constatación de una descarnada injusticia social (…).

Vicente Cutanda es un caso paradigmático para comprender por dónde iban los radicalismos en torno a 1900. Sus obras siempre tenían por tema situaciones extraídas de la vida de la clase obrera, la dureza del trabajo, la miseria cotidiana y demás. Sin embargo, este «radicalismo» temático no lo era en realidad a los ojos de los enemigos de clase del proletariado, pues Cutanda era un pintor repetidamente premiado en las exposiciones académicas y conservadoras, y a modo de ejemplo local bien lo demuestra la medalla de segunda clase que obtuvo en la Exposición Artística de Bilbao de 1894 gracias a un enorme cuadro titulado Preliminares del 1º de Mayo. Curiosamente, Cutanda también era muy reproducido en la burguesa y artísticamente reaccionaria revista La Ilustración Española y Americana. La paradoja de que Cutanda publicara dibujos durante los mismos años de La Ilustración Española y Americana y en La Lucha de Clases, tan antagónicas entre sí, se explica porque Cutanda era un conservador en cuanto a las formas (lo importante en la pintura de este momento) y un radical en cuanto a los temas (lo anecdótico en aquella época). Por ello, los artistas verdaderamente radicales no eran necesariamente los politizados de izquierdas, sino aquellos otros que rompían por las vías estrictamente plásticas y estéticas. Esto último tardaron en comprenderlo los socialistas.

Dibujo sin título de Vicente Cutanda para La Lucha de Clases de Bilbao: «las figuras de dos obreros, uno de los cuales lee el texto de un papel, quizá un panfleto, al otro que escucha atento. Un cierto aspecto «pabloiglesiano» en los protagonistas, de obrero técnico, instruido y relajado, sólo alcanza a transmitir la idea de que la mejora de la educación e instrucción del obrero a través de la lectura es un arma en manos de éste de cara a su liberación social».

Hoy no escribiría sobre él exactamente lo mismo, aunque tampoco entraría en contradicción con lo que dije entonces. Simplemente, creo que me faltó mencionar otros aspectos. En primer lugar, señalar que fue un buen pintor dotado con las mejores cualidades, si bien en su trabajo pesaron más las ideas sociales que la libertad pictórica orientada a lo expresivo y a la formulación renovadora del lenguaje plástico. Me molestaba que hubiese utilizado la pintura para una labor militante y propagandística, subordinando la tarea del arte a un mensaje político, pues estos contenidos podían transmitirse, sin ser explícito, con mayor efectividad. La teatralización de sus primeras pinturas historicistas la mantuvo después en el ámbito de las fábricas modernas, así que la impostura narrativa (entre grandilocuente y sentimentaloide) era similar.

Me equivoqué al juzgarle por aquello que, a mí, casi un siglo después, me parecía que era la manera correcta en que debería haber pintado (entendido lo correcto como la práctica de l’art pour l’art, la autonomía del arte, aunque esto supusiera separarlo de la vida, a lo que evidentemente él no estaba dispuesto). Había que estar en su piel, ver lo que sus ojos vieron y después tomar la decisión de gastar o no gastar el tiempo en si este azul debía ser más prusia o si ese ambiente merecía el tratamiento de una puntillista orfebrería de luz y aire. Quién era yo para reprocharle a un pintor cómo debería haber pintado para que a mí me pareciese bien… cien años después.

Me chocaba y sorprendía, por otra parte, que Cutanda no hubiese establecido ninguna relación con los artistas modernos del Bilbao de entonces. No consta ningún contacto con los conocidos Regoyos, Guiard, Guinea, Iturrino…, sus colegas de generación No era partidario de sectarismos ni de capillismos, se movía por su cuenta a lo largo de la margen izquierda de la ría, atento sólo a la pintura que le gustaba y a los dramas laborales que, por conciencia, pensaba tenía la obligación de denunciar, pensasen lo que pensasen otros artistas; en suma, política social sí en unión con otros, pero arte sólo él consigo mismo.

La promulgación por el Papa León XIII de la encíclica Rerum novarum (1891), relativa a las condiciones laborales y de vida de la clase obrera, le causó una honda impresión y, como toda la obra de Cutanda tiene un tamizado trasfondo religioso, se consagró de lleno a pintar temas sociales. En todo caso, su cercanía a lo social venía de antes de promulgarse la encíclica papal, pues en 1884 ganó una plaza de profesor de dibujo en la Sociedad Cooperativa de Obreros de Toledo, ciudad en la que desarrolló una amplia y fecunda labor cultural, llegando a ser Director de la Escuela de Artes Industriales e impulsar la creación de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas. 

Una huelga de obreros en Vizcaya, 1892, óleo / lienzo, 275 x 550 cm., Museo del Prado, con esta obra obtuvo una primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes.

A mediados del próximo año 2024 está programada en el Museo del Prado una exposición titulada Arte y transformaciones sociales en España con la que se abordará desde esa perspectiva la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. En ella se verán obras de Cutanda y es de esperar que una valoración bien meditada de su obra sirva para poner en el justo lugar que le corresponde a este artista durante mucho tiempo relegado, por prejuicios ideológicos (incluidos los míos), a una posición secundaria. Ya que fue el artista que más y mejor plasmó el ambiente laboral y los sufrimientos de la clase obrera vasca, también estaría muy bien que alguna institución bizkaina decidiera reunir el mayor número posible de obras de Cutanda (no creo que sean muchas las que han sobrevivido al paso del tiempo) en una exposición y, así, celebrar en 2026 la recuperación histórica, cultural y turística del horno alto de Sestao.

La cruz del trabajo, c. 1897. Una revisión del tema «Jesús camino del Gólgota».

Preparativos del 1º de Mayo, 1892. Óleo / lienzo, 49’5 x 150 cm, Museo de Bellas Artes, Bilbao.

Ensueño. Virgen obrera, 1897, óleo / lienzo, 250 x 150 cm., Museo de Santa Cruz, Toledo.

Accidente laboral y atención médica, c. 1895.

Epílogo, 1895, óleo / lienzo, 77 x 145 cm., Museo del Prado.

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