/ Javier González de Durana /

Pabellón Lost Forest, en Sagüés, del equipo de arquitectos madrileño formado por Julia Ruiz-Cabello Subiela y Santiago del Águila.
Viajé a Donosti el pasado 31 de octubre para visitar la cuarta edición de la Bienal Internacional de Arquitectura de Euskadi (BIAE). Lo que sigue son unos pocos comentarios a partir de la impresión recibida y que, en aquello que tienen de tono crítico, se refieren más a la organización que al comisariado.
1.- La Bienal da muestras de cierto encogimiento tanto en sus contenidos como en la incidencia sobre la propia ciudad. La exposición presentada como central, en torno al tema de Habitar el cambio, carece de la fuerza que debería exigírsele a un evento como éste y que en ediciones anteriores la exposición central sí tuvo. Al ser buena la idea e interesantes los participantes, cabe deducir que esa debilidad está ocasionada por su presentación en los espacios expositivos del antiguo convento de Santa Teresa, hoy sede del Instituto de Arquitectura de Euskadi (IAE), promotor de la Bienal. Esa sede es un lugar de enorme singularidad arquitectónica, urbanística e histórica, pero de ningún modo es un buen espacio para mostrar exposiciones. La accesibilidad es dificultosa y sus tres salas expositivas, desarticuladas entre sí, tienen pequeñas dimensiones, lo cual conduce a montajes abigarrados y de apariencia caótica en los que cuesta entender qué es exactamente lo que se está viendo y de quién es la autoría, agravado por el hecho de que los arquitectos invitados son demasiados para la disponibilidad existente. A la sensación de embrollado enredo colabora el que al comienzo de cada espacio se ofrezca una presentación genérica de lo que en él se muestra, con lo que más tarde, ya en el propio espacio, resulta complicado discernir qué obras son de unos y otros autores, pues no hay cartelas específicas indicativas.
Esos espacios en el IAE podrían funcionar para exposiciones en pequeño formato de un autor individual o temáticas de cámara, pero no para constituirse en el eje vertebrador de una Bienal. Creo que a la BIAE le vendría bien conveniar con alguna institución central de Donosti el uso de un amplio e importante espacio expositivo durante los dos meses que cada dos años va a necesitar.
De hecho, un aspecto que diferencia esta Bienal de las anteriores es que otros años el evento se diseminaba por la ciudad, impregnándola de cierto espíritu temático, al involucrar a San Telmo Museoa, Tabakalera, el Palacio Miramar, la catedral de Santa María, galerías privadas… Eso no ocurre en esta ocasión, aunque para compensarlo, supongo, se ofrecen múltiples y puntuales actividades de tipo taller, conferencia, paseo… en plazas públicas y centros cívicos. La deslocalización de la Bienal en Vitoria y Bilbao con unas pocas actividades no compensa el retraimiento donostiarra, sino que ofrece un conjunto, si cabe, más desordenado. El resultado es una mínima socialización de la Bienal, la cual, a pesar de la mini-sección dedicada a niños y jóvenes, termina por dar la impresión de estar concebida por y destinada para los profesionales y académicos del sector.
2.- Habiéndose inaugurado oficialmente la Bienal el miércoles 25 de octubre, un visitante procedente de otras ciudades pensaría que a la semana siguiente todo habría de continuar dispuesto para ser contemplado, pero no y no porque algo se haya retirado ya, sino porque algunas actuaciones aún no se han inaugurado. Esta circunstancia produce bastante frustración, pues obliga a una segunda visita, lo que para algunos es incordiante y para otros no siempre posible. Tal es el caso del Premio Peña Ganchegui y la exposición derivada de él, pues se ha inaugurado el jueves pasado, 2 de noviembre, ocho días después de abrir oficialmente la Bienal. Al ser este Premio quizás el elemento fijo más importante en las Bienales celebradas hasta ahora y poseer sus contenidos un enorme interés por centrarse en actuaciones recientes llevadas a cabo por jóvenes arquitectos vascos, habrá que regresar de nuevo para no dejar de verlo y conocer al equipo-autor de la obra galardonada, verdadero premio autonómico de arquitectura, así como los trabajos de los equipos finalistas. Supongo que la idea de separar las inauguraciones de las diferentes exposiciones busca conseguir la mayor repercusión mediática posible, pues si todas se inauguraran al mismo tiempo unas muestras eclipsarían a otras sin obtener la visibilidad máxima para cada una. Se comprende, pero para los foráneos es un engorro. No es esa la única exposición llevada a una fecha posterior a la del día de la inauguración oficial.

Dos aspectos de la instalación Arquitectura de Apropiación, proyecto impulsado por el equipo de arquitectura integrado por Marina Otero Verzier, Katía Truijen y René Boer.
3.- En esta edición se han acentuado las maneras artísticas de las propuestas presentadas; los proyectos arquitectónicos, en sentido estricto, tienen menor presencia. Quiero decir que uno encuentra trabajos muy semejantes a los que podría ver en una exposición actual de Bellas Artes protagonizada por artistas visuales y creadores de instalaciones multi-media o sofisticados montajes escultóricos relacionados de algún modo con aspectos medioambientales, sociales, económicos y sanitarios. Está muy bien introducir tales propuestas, pues son como laboratorios de ideas, algunas de las cuales pueden llegar a ser funcionales en ulteriores proyectos de arquitectura e incluso que las que no lo sean sirvan para despejar dudas o provocar otras ideas útiles a la práctica profesional. Se trata más de exploraciones de filosofía visual en el campo de lo teórico y ensayístico que de arquitectura entendida como proyectos realizados o realizables. Como decía Andrés Jaque este fin de semana: «están surgiendo cuerpos, formas sociales, culturas, sensibilidades estéticas, lenguajes, economías y formas de vida que tienen el potencial de articular otros presentes, otros pasados y otros futuros. Ahí el arte tiene el poder fundamental de acelerar e influir en esas emergencias. Y por eso hoy el arte y la arquitectura se solapan tanto. La arquitectura no se limita hoy a responder a cuestiones funcionales inmediatas, sino que se ha convertido en el contexto en el que se recompone y se reinventan los cuerpos, los ecosistemas, y las sociedades. En estos momentos arquitectura y arte son inseparables».
Claro que la base filosófica es una condición previa imprescindible para realizar una buena arquitectura y que a lo largo de la historia las artes visuales, tan libres, han fertilizado a menudo la arquitectura, tan condicionada por los límites del encargo, y viceversa. Por este motivo ese perfil explorador no está de más en la Bienal. Cabe deducirse que la organización quiere que lo más profesional y menos especulativo, o sea, la vida real en la que se diseña para necesidades ciertas y concretas, quede expresado por medio de los trabajos seleccionados en el Premio Peña Ganchegui, dejando lo restante al libre fluir de la imaginación especulativa. En este sentido, el trabajo de un escultor como Isaac Cordal, Follow the Leaders, posee una inteligibilidad más diáfana y vigorosa, por ser artista, que las de algunos arquitectos al oscurecer sus mensajes con pretenciosas retóricas y abigarradas propuestas visuales. La crepuscular y devastada ciudad de Cordal, en la que unos individuos caminan desconcertados entre escombros bajo las luces de farolas en incomprensible funcionamiento, es directa y explícita sin pretender ser otra cosa.

Un par de ángulos en la instalación de Isaac Cordal, Follow the Leaders.
4.- No quiero dejar de mencionar alguna obra concreta de las que conforman esta cuarta BIAE y la paradoja que me plantea. Lost forest es el pabellón ganador del concurso de ideas convocado por TAC! Festival de Arquitectura Urbana en su segunda edición, cuyos autores son Julia Ruiz-Cabello Subiela y Santiago del Águila. Pretende trasladar la realidad de los incendios forestales al entorno urbano y atraer la atención de la ciudadanía sobre este problema por medio de una icónica estructura compuesta por troncos de árboles quemados.
Estos troncos de pino laricio (Pinus nigra) provienen de ocho incendios que en junio de 2022 arrasaron casi 15.000 hectáreas en los montes próximos a Puente la Reina (Navarra). Dar a esa madera una función de impacto en la memoria de la gente para inculcar una conciencia ecológica respecto al cuidado, mantenimiento y gestión sostenible de los bosques es la idea motriz. El resultado tiene algo de Peter Zumthor en la capilla Bruder Klaus (Mechernich, Alemania). De carácter escultórico, este bosque perdido es también un pequeño espacio de refugio en el que está previsto celebrar algunas charlas que abordarán la desconexión y el distanciamiento del «homo urbanitas» con respecto a esa candente realidad, acercándola a la ciudad en forma de efímero monumento transitable.
Y ahora la paradoja. A escasos 200 metros de Lost Forest se halla la única zona verde que sobrevive con árboles y grandes arbustos en una parcela de dominio público de 5.500 m2 en la zona de Oquendo-Ulia-Manteo, cuya desaparición está prevista para acoger la segunda sede del Basque Culinary Center en Donostia, con el beneplácito del Ayuntamiento, que ha cedido gratuitamente al prestigioso centro gastronómico durante 75 años el uso de 3.800 m2 de esa parcela. ¿No resulta contradictorio que la denuncia de los incendios forestales tenga lugar cerca de una zona arbolada de la ciudad condenada a la desaparición para levantar un edificio que, aunque de mucho interés, no necesita tal centralidad urbana? Y algo que sorprende aún más: ¿no tiene nada que decir al respecto el IAE, promotor de esta BIAE?, ¿es un asunto demasiado local para sus miras o prefiere guardar silencio ante una iniciativa que alientan las mismas instituciones que le sostienen?, ¿le preocupa lo que ocurre en China, pero no lo mismo en su propia casa? Es evidente que el IAE tiene decidido no intervenir en los debates públicos sobre la arquitectura y el urbanismo de Euskadi; es una lástima, pues le impide acceder al nivel de autoridad moral.

Vista lateral del futuro edificio de la segunda sede del Basque Culinary Center, junto a la Avenida de Navarra, el monte Ulla detrás a la derecha y la playa de la Zurriola al fondo. Esta es la única imagen que ofrece la web del estudio BIG, de Biarke Ingels, con la apostilla de que se encuentra en proceso de diseño sobre una superficie edificada total de 9.090 m2.