Vestir y habitar en el lugar de la pintura.

“Autorretrato en el estudio” (circa 1783), Museo del Prado. Vestido con buen gusto y suntuosidad, Paret luce ropajes similares a los habituales en los majos de Madrid -ciudad que añora desde Bilbao, donde se encontraba al realizar esta pintura-, pero en clave distinguida: casaca bordada, chaleco, encajes en cuello y puños, calzas, medias, faja, pañuelo, redecilla en el pelo y zapatos de raso con hebillas de plata; a su lado, el sombrero redondo con cordoncillo completa el efecto entre popular y refinado. 

El último cuarto del siglo XVIII fue el tiempo durante el cual un extraordinario artista alcanzó en España la representación más excelente de la pintura rococó, comparable en calidad a Watteau o a Fragonard. Sin embargo, aquel pintor español, Luis Paret y Alcázar (Madrid 1746 – 1799), que gozó de un prometedor arranque profesional al lado del Infante Don Luis, hermano de Carlos III, no tuvo demasiada suerte y su carrera como pintor se vio entorpecida por avatares de diverso tipo que le condujeron al destierro de la Corte, primero en Puerto Rico y después en Bilbao.

Estando en la ciudad vasca, recibió el encargo real de pintar las vistas de los puertos de la Mar Océana localizados en la costa cantábrica y realizó maravillosos paisajes de los puertos de Fuenterrabía, Pasajes, San Sebastián, Bermeo, Portugalete, Bilbao… Este encargo de Carlos III fue una manera de aliviar las penalidades del destierro al que le había condenado el propio rey, consciente de la dureza del castigo y de que el pintor había sido el chivo expiatorio de un escándalo provocado por la depravada conducta del Infante Don Luis. El perdón de su destierro por parte de Carlos IV, nuevo rey en 1788, le permitió regresar a Madrid, interrumpiendo su serie de vistas marítimas.

Paret fue un pintor que se interesó de manera intensa y directa tanto por la arquitectura como por la vestimenta elegante de los personajes de sus pinturas, pertenecieran a la aristocracia o al pueblo llano. De hecho, en esas vistas marítimas antes mencionadas incluyó pequeñas figuras de remendadoras de redes, pescadores, cargadoras y otros tipos populares todos los cuales visten como delicadas damas y aristocráticos caballeros, figuras de un ballet refinado. Exquisitez es la palabra que define el trabajo de este artista singular, quien, además de pintor, también fue diseñador multifuncional, pues hizo trazas de edificios, retablos, monumentos, fuentes públicas y celebraciones festivas. No existe documentación al respecto, pero por su carácter creativo y por la atención que prestó a la vestimenta en sus pinturas, es muy probable que también diseñara ropa, al menos la que él y sus familiares vestían.

Paret daba una extraordinaria importancia al modo en que vestían sus retratados, fueran personas conocidas o desconocidas, y al modo en que se relacionaban con los lugares que ocupaban. Múltiples ejemplos lo demuestran. En un autorretrato que se hizo en el abarrotado interior de su estudio, ante una pintura oval, se presenta vestido no como si estuviera en un taller, sino como si se hubiese preparado para acudir a una fiesta cortesana. Y cuando pintó una muchacha en una pequeña alcoba, componiendo una escena cargada de erotismo, las telas nacaradas de la ropa interior de ella entremezcladas con las sábanas de la cama establecen un tumultuoso juego de tejidos donde resulta indistinguible dónde empieza una y donde terminan las otras. Por no mencionar los espectaculares cortinajes que visten las escenas por los laterales de las habitaciones y la atención prestada a los delicados zapatos.

“La tienda” (1772), Museo Lázaro Galdiano.

En relación con el hecho de comprar tejidos, la más conocida de sus pinturas es la denominada “La tienda” (1772), hoy propiedad del Museo Lázaro Galdiano, pero que fue realizado para el Infante Don Luis, su protector y su desgracia. Se trata del local del italiano José Geniani ubicada en la calle de la Montera, uno de los establecimientos más exclusivos de Madrid, lugar frecuentado por la nobleza. En esta tienda, según Nicolás Fernández de Moratín en El arte de las putas (manuscrito, 1777), se vendían toda clase de objetos, algunos “ilícitos” si se pagan “bien y con secreto”. La pintura, después de la muerte del Infante, pasó a su hija María Teresa de Borbón, esposa de Manuel Godoy, de quien la adquirió el Marqués de Salamanca en 1858. Tras su venta, en 1867, pasó por diversas colecciones, como la del conde Vandalin Morizsech, Wildenstein, hasta que fue adquirida por José Lázaro en París a la Galería Knoedler & Comp. en 1922.

Interpretando a la perfección el gusto rococó y el refinamiento de la vida y las costumbres cortesanas, se representa el momento en el que una dama aristocrática contempla diversos tejidos en una tienda ricamente adornada. Sin perder su peculiar modo de pintar, de caligrafía detallista, Paret se persona en la escena sin distancias y queriéndose introducir a sí mismo en ella. Es como si en esta tienda Paret se sintiera cómodo y cercano a sus preferencias personales: el espacio construido, las pinturas, los paños, las máscaras y objetos decorativos…, y la conversación que todo ello suscita.

El espíritu ilustrado del XVIII en su versión comercial a ras de calle inunda esta pintura: el detalle culto del hombre que consulta un libro, el objeto elegante que adorna un extremo del mostrador o la cercana mesa, las telas primorosas y de diversas calidades que cuelgan de lo alto, la amable atención a la clienta, el orden de las vitrinas…, y, sobre todo, la proximidad de las personas, concretas y reconocibles en este interior, frente a las multitudes indeterminadas que abarrotan el exterior de otras pinturas suyas. Como si dijera que la relación con el bienestar intelectual se produce en el ámbito reducido y acondicionado de lo privado y personal. La luz procede de la derecha y arroja sombras sobre el primer término. La mirada de Paret cruza diagonalmente la estancia y los paños colgantes introducen un cromatismo informal en el espacio, bien armonizado con el azul verdoso general, suave y aterciopelado. La luminosidad se concentra en la mujer que atrae las miradas de sus acompañantes (hombre, criada y niña en brazos de ésta), mientras que los dependientes se afanan en otras tareas a la espera de la decisión final de la mujer, que se debate interiormente acerca de la mantilla blanca que lleva puesta sobre cabeza y hombros mientras estira con la mano un extremo de ella para contemplarla mejor… y tomar una decisión.

“María de las Nieves Micaela Fourdinier, esposa del pintor” (circa 1783), Museo del Prado. Viste a la moda francesa de los últimos años del reinado de Luis XIV y se representa a través de una ventana, rodeada de flores. La obra es refinada y suntuosa en todos los detalles, tanto de la ambientación como de los objetos y vestuario, quizás demasiado ricos para las posibilidades económicas del pintor.

5 comentarios sobre “Vestir y habitar en el lugar de la pintura.

    1. Cierto, Vicente. Yo también animé a María a que hiciera esa investigación. La conocí en el Museo San Telmo con motivo de una conferencia que pronuncié sobre Paret. Después estuvo en mi casa y le facilité materiales. De hecho, en la introducción de su tesis nos agradece a tí y a mí el impulso que le dimos.

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  1. Gracias Javier por esta información sobre Paret. Desde que vi por primera vez sus pinturas de Bilbao y Bermeo me intrigaba la relación que alguien apellidado Paret pudiera tener con esta tierra.

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  2. Recuerdo la impresión que me causó, por no esperarlo, el excelente cuadro que cuelga en la National Gallery de Londres. Qué bonito, pensé. Se parece a la ría. Me acerqué al cartelito y leí: “View of El Arenal. Bilbao”. Y allí estaba, como parte de su colección permanente, un paisaje soberbio de nuestra ría de Luis Paret.
    Por si queréis verlo: https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/luis-paret-view-of-el-arenal-de-bilbao

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